sábado, 12 de agosto de 2017

Oye, Jesús.

Nos hemos hecho tan otros,
que ya no nos reconoceríamos al vernos,
que ya no sabríamos que todo fue real,
dolorosa, vertiginosamente real.
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Oye, Jesús, ¿ya viste? Nos cambiaron la ciudad. Desperté de las noches del último (vertiginoso, horrible, caluroso) verano, y descubrí que nos la habían hecho otra. En la oscuridad de este tiempo nos la taladraron, nos la llenaron de postes, nos la tumbaron. Sin que yo me diera cuenta, sin que pudiera detenerlos, pusieron trascabos a trabajar a nuestras espaldas, 24/7, y justo ahora una tuneladora recorre las entrañas de esta ciudad que un día fue nuestra, que conquistamos a golpe de pasos, besos, palabras. Que hicimos de nosotros andando de la mano por ella, en tiempos en que (aún más que ahora) eso era ser contestatario, un temerario, un activista.
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Ahora hablan de un tren que habrá de cruzarla por el aire, y yo sólo veo filas de placas de acero interminables. Hablan de que será posible recorrerla en media hora, de un extremo a otro, y yo sólo veo entrañas que se abren, pozos que se forman, tormentas de arena frente a las cuales, cada tarde, en medio de los peatones apresurados que veo huir de ellas, envueltos en ellas, declamo aquello de que "las estirpes destinadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra". 
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Pasé por el Dénker, y ya no estaba Marcos, ni el arte abstracto en las paredes, ni la barra, ni la dueña detrás, con su fleco rubio y sus ojos adormilados. Y en la puerta había un letrero (el Dénker jamás tuvo uno, ¿te acuerdas?) que decía: "Centro de Capacitación para el Trabajo". Y pensé en todo lo que aprendimos ahí, tú y yo, las batallas que ganamos, los cafés que disfrutamos, los viajes que planeamos, las películas que vimos, las cosas bonitas que dijimos, el amor que nos dimos, que aprendimos a darnos. Y ahora otros aprenderán ahí otras cosas que poco o nada tendrán que ver con lo que en el Dénker nos enseñamos, autodidactas.
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Tumbaron casas, Jesús, cornisas, plafones. Rompieron jardineras, desplazaron prados, eliminaron carriles, le pusieron otro nombre a las cosas para que ya no podamos nombrarlas. Echaron abajo árboles, paseos, columnatas. Abrieron zanjas en lugar de avenidas, y hoy son las banquetas una sola serpiente de tierra que es un socavón. Es tal la destrucción que me han obligado a caminar sobre el asfalto para no caer en los mil, dos mil hoyos que han abierto por todas partes, y al llegar a cada esquina desvío la mirada para no sorprenderme por el ventanal que ya no está, el panorámico que hoy anuncia otra cosa, el letrero de "estamos trabajando", "en remodelación", "pronto", que es una constante. Es más, esto ya no es una ciudad: es sólo un castillo cuyos ladrillos son esos letreros.
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Supe que te fuiste a Silao, y luego regresaste y te hiciste otra pareja. De todo eso, lo que me extraña es lo segundo. ¿A qué volviste? ¿Puedes acaso reconocerte en este planograma de rutas cambiadas, circuitos desviados, rotondas hechas un cuadro, viandantes descuidados (y lentos, más que antes, adormecidos por el cambio, por el vendaval que es esta ciudad que se les desaparece también a ellos) y automóviles que tienen días parados en una misma calle esperando el siga porque justo en la última luz roja les cambiaron el asfalto por una trinchera, un agujero, una cosa que ya no es lo que era ni sirve para andar? Siempre te admiré. Tu regreso a esta ciudad de desmemoria me hace admirarte más. Tal vez ahora es eso, la desmemoria, de lo que tú te alimentas. 
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Oye, Jesús, ¿ya viste? Cerraron los dos hotelitos que frecuentábamos. El del par de jóvenes amables, con su patio central y sus regaderas improvisadas porque, dijeron, encontraron un día un huésped muerto en uno de los cuartos. El de los tres pisos, que olía a limpiador y papas fritas, donde cada fin de semana cambiaban de recepcionista y teníamos que decirle a una chica siempre nueva, siempre distinta, siempre con la mirada más perdida en la telenovela sobre el refrigerador de las Coronas, de dónde los visitábamos y cuántas horas estaríamos (y tú, divertido, decías una vez "Arandas" y otra "Bucarest", sin que la recepcionista, fijos los ojos en el beso apasionado sobre las Coronitas de a cuarto, pareciera anotar nada coherente en el registro antes de darnos la llave), a ese, pues, pasé por su frente el otro día y lo habían convertido en estacionamiento.
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Y, oye, restauraron Santa Mónica, y de la cantera deslavada surgieron columnas con uvas, querubines, corderos y símbolos cabalísticos, y de lo que no era ya sino un pedernal ovoide sobre el guardacantón, hicieron surgir un san Cristóbal con ojos españoles que carga sobre el hombro a un niño berrinchudo.
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Repararon la fuente del Jardín del Carmen, y ahora tiene un chorro desquiciado que baña a todo el que pasa y ya no hay vagos durmiendo en ella y a sus lados, oye, ya no bailan ancianitos danzoneros sino jóvenes keipoperos. Y enfrente, al Exconvento, con sus arcos donde, ¿te acuerdas?, nos tirábamos a comer comida china barata, le han puesto una reja que espanta a los amantes.
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Cambiaron los mosaicos bicolor por placas de concreto hidráulico, y las banquetas rojiblancas han dado lugar a largas planchas grises con líneas guía para ciego que dan calor nomás de verlas. Y tumbaron el mercado Corona, y antes lo quemaron, y en su lugar construyeron una cosa de tres pisos con una fachada de metal y mosaico que es todo menos un mercado, con pasajes que no llevan a ningún lado, y locales cerrados, y escaleras perdidas, y baños muy caros a los que uno entra como temiendo que algo le pase. 
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Incluso quitaron esa escultura de la vaca que caminaba sobre el muro del Cine del Estudiante y con cuya sombra jugábamos, ¿te acuerdas?, a adivinar la hora.
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Nos la quitaron, Jesús, la vaca y todo lo demás. Esta ciudad, ¿sabes?, ¿viste?, la hicieron otra cosa. Y, oye, ¿cómo puedes vivir en ella, entonces? Nos la arrancaron, mira, y lo que preservaron (muy poco, apenas un par de portones, un puñado de iglesias a las que nunca entramos, un grupo de jardines en los que no nos abrazamos), no lo mantuvieron y está que se cae a pedazos. Nos la quitaron mientras dormía, mientras pegaba el corazón, mientras recuperaba aire y vida, y ahora que la tengo, la vida, no sé dónde vivirla, no sé dónde poner mis pies ya de nuevo firmes porque esta ciudad me la han negado. 
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Y a ti, oye, ¿no te molesta todo esto? Yo ya no sé cómo vivir en ella, porque ya no genero recuerdos que sean suficientemente adobe, hierro y cristal como para hacerme otra como la que nos hicimos tú y yo antes de que nos la destruyeran. A mí solito no me salen las ciudades, mira, y no quiero vivir en otra cosa que no sea otra ciudad. No sé hacerlo. Soy ave del asfalto, y aquí me faltan las luces, me sobran las estrellas (como las que mirábamos, acostados en la hierba de parques que hoy tampoco existen). 
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Y yo vi que te pusiste un arete, tal vez un expansor, y me pregunto ahora si no estarás transformando tu cuerpo como se transforma esta ciudad, al mismo ritmo, para entenderla. Si no harás un socavón en tu ombligo, si no taladrarás la cicatriz en tu hombro, si no construirás un tren de tu frente a tus genitales. Si no sembrarás en tus costillas un jardín colgante, si no pondrás en el hueco de tu espalda baja un laguito artificial, un vasorregulador, una alcantarilla. Si no estarás entubando tu sangre, rellenando tu pecho con escombro, cambiando las fachadas de tus piernas por dos rascacielos de vidrio y aluminio. Si no, para entender toda esta ciudad que es otra cosa en la que no me hallo, si no estarás haciendo sobre tu cuerpo otra ciudad para vivir.
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Caray, Jesús, ¿qué ciudad te estarás construyendo? ¿Cómo habrás conseguido vivir en ella? Caray.
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¡Salud!