lunes, 12 de diciembre de 2016

Ser fan y estar de moda.

Para Benny,
por el gusto de recuperarnos y amarnos,
y para que nunca pasemos de moda.
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Asistí sin regocijo a la última emisión de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Si son danzantes asiduos a este baile, se habrán visto sorprendidos por la afirmación que he hecho. Habrán ido a revisar las entradas de hace unos años, cuando celebraba con particular devoción la llegada de ese evento que no es del libro y no es de la lectura. Que es de todo menos deso. De eso ya no queda nada, ni se esfuercen. Si buscan en mi corazón verán que la emoción en torno a la FIL está tan extinta ahí como el tigre dientes de sable o el pájaro dodó. Ya no hay, no busquen, nos comimos todo.
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Asistí sólo un par de veces y con la intención de guiar a un par de amigos que sí siguen interesados en la Feria -o, más bien, en el borlote, el montón de distracciones y cosas para mirar que, eso sí, hay que admitirlo, sigue ofreciendo ese magno evento (lo de "magno" es un decir, más bien un lugar común)-. Las dos veces terminé cansado de caminar y harto de no encontrar nada atractivo -ni libros, ni personas (salvo dos o tres que saludé de casualidad por los pasillos, no se esponjen)-. Las dos veces pedía esquina, fastidiado más que sobrepasado por esa hermosa sensación que es la labor finalizada. Las dos veces prometí no volver (la última de las dos la cumplí, denme el crédito debido).
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Y no pregunten qué vi. La orgía insufrible que se arma alrededor del libro con gastos innecesarios y cero aportación a la posibilidad de incentivar lectura. Ya lo sé, los organizadores lo han dicho muchas veces: esa no ha sido ni será la intención de la FIL. Sus llamamientos están en otros lados, y ellos se forman en otras filas. Hay, después de todo, que desquitar presupuestos y limpiar imágenes. Está bien. No discutamos ese punto si no quieren. Yo soy, sin embargo, de los que aún piensan que lo que nos hacen falta son más y mejores lectores y menos boatos, menos ceremonias, menos aglomeraciones. 
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En esta edición del evento se me reveló una particular tendencia, lejana, creo, por completo a aparadores, portadas bien diseñadas, tipografías atractivas y connotados escritores. Una tendencia entre la gente: las chicas adolescentes traen un rollo rarísimo de ir por ahí buscando chicos que les parecen atractivos y pidiéndoles fotografiarse con ellas. Voy a describirlo con mayor precisión (aprovechen, porque es cosa que parezco no poder hacer tan bien últimamente. No lo digo yo, lo dice mi tutora de tesis).
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Llegan en tropel y se paran frente al chico en cuestión o su grupo de amigos (¿notan que a esa edad andan los niños con los niños y las niñas con las niñas? Bueno, yo no, pero mi lesbianismo temprano es asunto de otro costal). Lo acechan, lo andan buscando, esperan el momento más propicio y se acercan. Por lo regular es cuando está solo, o apenas acompañado por uno o dos más de su grupito. Se acercan, eso sí, ellas en numerosa compañía. La interesada pregunta si puede tomarse la foto, a lo que por lo regular siguen chiflidos y burlas del club de Tobi en cuestión. El galán, convertido así de pronto en macho alfa (los bramidos de su manada lo coronan), sonríe estúpidamente (todo se hace un tanto estúpidamente a esa edad), se niega, da largas a la interesada, que sigue, pavorosamente arrastrada, rogando se le conceda la captura de la imagen. 
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Insisten las amigas, insisten los amigos. Para ese momento, la gente que pasa por ahí está molesta porque obstruyen el paso, porque van lentos, porque nadie entiende qué hace un montón de féminas adolescentes de cabellos grasos rodeando y rogando una foto a un aparentemente no famoso varón (la gente se pregunta si lo es, lo de famoso, no lo de varón, y después de observar un poco se responde sola, negativamente). La presión del chico va en aumento. Se siente dividido entre los ruegos del grupo de chavas -sobre todo de la interesada, que ya para entonces llora desconsoladamente y da brinquitos sosteniendo el celular en ambas manos, juntas, a la altura de su pecho, como rezando al santo que tiene frente a sus ojos, viva aparición-, la gente que pasa y lo mira con desgano, los amigos que con "órale, güey, cúmplele" no lo sueltan, y él mismo, supongo, pensando qué haría en semejante circunstancia el macho más cabrío que puede recordar. Termina cediendo la mayor parte de las veces, regala el recuerdo a la interesada y sigue su camino no sin sonrojarse. Agregue usted a esta referencia anecdótica el tremendo gozo con que las amigas, mismas que tomaron la foto, reciben a la ganadora. Los pájaros llegando a sus nidos por las noches en los árboles de la ciudad hacen menos alboroto comparando.
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Dirán que esto podría haber pasado muchas veces en el pasado. Que tal vez no sea una práctica sino esporádica. Les contestaré que juzguen ustedes: yo  jamás en mi secundaria vi eso pasar -no conmigo, claro, que no tenía con qué, sino con los otros guapos, ni vi a mis amigas ir por ahí recolectando fotos de chicos que les parecieran atractivos, y además la vi suceder unas cinco veces frente a mis ojos, y también vi a grupitos de chicas, muy cerca del pabellón de América Latina, invitada de honor (pésimo, pésimo, pésimo pabellón, tal vez el peor, el más flojo, el más inexpresivo e inútil que he visto en mi historia en la FIL), sentadas en el piso compartiendo y comentando muertas de risa y emoción las fotos tomadas. Sí, otras chicas, por completo diferentes cada vez. De nuevo, juzgue usted.
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Supongo que asistimos entonces a una progresiva moda del empoderamiento de los guapos. No hay en eso, estarán de acuerdo, nada nuevo. A los guapos siempre se les quiere, se les piden fotos, se les acecha, se les caza. Es, me imagino, un mecanismo de supervivencia: el ojo buscará llevar al individuo a reproducirse con el más apto de su especie. El ojo y todos los otros sentidos. El cerebro y el instinto -que se aloja en ese órgano y en cada una de nuestras células, aunque todavía no lo conozcamos en persona- lo mandan. Me preguntarán si no veo con buenos ojos que renunciando a las grandes tendencias mercadológicas estas chicas busquen sus propios ídolos, de carne y hueso y no mediados, tan feliz que soy yo siempre cuando los ciudadanos se empoderan solitos mediante sus propios medios. Les diré que sí, pero que aquí, contra lo que pasa cuando interceden las grandes comporaciones de la música, el cine y la televisión, se trata de un juego. Y si es un juego, debe ganar, como en la naturaleza, la que recolecta el mayor número de guapos o la que recolecta la foto con el más guapo. En todo caso, ¿eso cómo se juzga? En mi adolescencia la guapura oscilaba entre Justin Timberlake y Eminem, pasando por Omar, el profesor de español -amplio, muy amplio espectro-. Ahora la mitad de mis amigas adolescentes en aquel entonces se preguntan qué le veían a esos tres -sobre todo a Justin Timberlake-. Porque eso de la guapura, habrá que entenderlo también, va con las épocas y las culturas y se queda con ellas -es muy probable que uno deje de ser guapo de un vuelo trasatlántico a otro-. 
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Nada de esto, en todo caso, me preocupa. Me asombra, eso sí, la capacidad de los adolescentes de abrirse paso con modas y pasatiempos cada vez más estúpidos. Yo en esas edades enfrentaba las puntas de dos lápices a las de algún amigo o amiga enfrente mío, y el movimiento ocasionado por vaya usted a saber qué fuerza derivada del contacto nos ocasionaba risas y sobresaltos (se hablaba de un espíritu, de nombre Charlie, que movía las puntas de los lápices). Juzgue usted nuestro nivel de estupidez. Yo ya le pedí perdón a mi raciocinio por andar en esos trances. Me pregunto si en diez años esas chicas seguirán viendo las fotos con la misma emoción. Es probable que no. Es probable que las borren o las olviden. Que se sientan avergonzadas de sus cacerías. Si alguna de ellas logra hacer contacto con el chico retratado, el juego habrá valido más pena que la pena que ya causa. Así es esto de las modas también: inútil pero defendible en su momento.
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¡Salud!

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