miércoles, 21 de diciembre de 2016

Rogue.

Las cosas que construimos
son siempre las cosas que nos destruyen.
Nada nace de la nada,
todo es una consecuencia.
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Fui a ver Rogue One. Los publicistas, siempre muy inteligentes y dispuestos, y que consideran siempre a su público como un ente inmaterial pero igual muy inteligente, le agregaron un muy sugerente subtítulo: "una historia de Star Wars". No me hagan mucho caso, pero mi teoría es que uno sabe que la cosa no anda bien cuando a una película de una saga tan exitosa como la iniciada por George Lucas le tienen que agregar un subtítulo. No, no me hagan mucho caso. Es una mera suposición basada en una observación empírica en la que llevo ya varios años (y estrenos). Y tampoco me agradezcan si van a verla y se llevan un chasco. Yo les avisé que tenía subtítulo. No sean así.
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La historia no es mala, pero recordé las palabras de La Malagueña, quien como buena esposa (casi, próxima salida, prepare su cuota) de cineasta siempre tiene la crítica certera (y mamonsona, la verdad) al borde de los labios: "Es una película absolutamente innecesaria". Van a decir que qué tonto soy, que si ella tanto sabe cómo es que no le hice caso y me ahorré yo también el chasco que ahora pretendo que ustedes se ahorren, a lo que responderé que desistí de su invitación a no verla pensando que era más bien producto de que su marido (casi, próxima salida, prepare su cuota) la llevó a verla al estreno, esto es, de madrugada, cuando es bien sabido (está en Wikipedia, búsquenle) que La Malagueña no puede desvelarse sin que el orden natural en el sistema planetario se altere y alguien sea asesinado (su casi marido, próxima salida, prepare su cuota, tiene varias vidas en su haber. Es como Mario Bros... o un gato). 
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Pero ella tenía razón. Y no sólo es absolutamente innecesaria como historia, como película, como producto cinematográfico: se suma a la larga lista que he comenzado el año pasado de filmes que nos están viendo la cara (llamémosla "Holliwoodgate"). Esas producciones que prometen mucho, muchísimo, cuyos lanzamientos de trailers son verdaderos fenómenos en YouTube y demás redes sociales y plataformas digitales, que llaman multitudes al cine a través de portentosas campañas publicitarias previas (muy previas, de más de un año), y que luego terminan como esa triste historia del teatro lleno que al descorrerse el telón tiene que contemplar durante hora y media un escenario vacío y en silencio (lo malo es que aquí no se trata de un espectáculo postmoderno, ni un performance, ni nada. Se trata prácticamente de nada).
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Sin causar más tristezas, diré que uno se pasa la primera hora de la cinta bostezando (a excepción de unos cuantos minutos en que Darth Vader aparece, y tras los cuales el sueño vuelve a tomar cancha). El resto del tiempo que dura la película, medio despiertan las peleas con espadas láser y las batallas entre naves espaciales (ya saben, el sello clásico de las de Star Wars). Cuando termina, uno mira a su acompañante con total desolación: ochenta pesos menos en la cartera (o más, si le entró a la dulcería), y (otra vez, y ahora sin Marvel de por medio) el corazón roto. 
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Voy a hacer de este párrafo que ahora inicio un paréntesis informativo ocasional: sale Diego Luna, sí. Y juega un papel importante. Es decir: no lo vemos de migrante, ni de soñador bailarín de salsa, ni de habitante de barrio latino, ni de apellidado "Sánchez", ni de ninguno de esos clichés a que tan bien nos tienen acostumbrados los latinos que prueban Holliwood (o que son devorados por él). Quizá porque la historia sucede en una galaxia muy, muy lejana, y allá no hay tantas etiquetas. O quizá porque simplemente su look desgarbado o sus capacidades actorales (o su bajo precio como actor, oops, no lo dije yo, o sí, pero no le digan a nadie) lo hicieron apto para el papel. En todo caso da gusto no verlo siendo perseguido por la policía migratoria ni ganándose el amor de ninguna chica rubia que trae ganas de prole. Aquí termina este párrafo paréntesis informativo ocasional. Sigamos con nuestras vidas.
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La cinta no aporta, ni acerca, ni se entiende tampoco qué pretende. Por ello es que es fácil sumarla al ya mencionado Holliwoodgate. Lo más grave de todo es que seguimos cayendo en la trampa. Es de humanos confiar, y es de humanos también ser engañados. Parece parte de nuestra naturaleza, y lo parece también volver a confiar, una y mil veces. Es probable, entonces, que el próximo año me esté quejando una vez más de esto mismo. No me culpen. Es la época (¿ya vieron el trailer de la nueva de Transformers, por cierto? #kemosión).
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La otra noticia es que abrí mi cuenta de Netflix la semana pasada. Requería de algunos días para desconectarme de todo y la plataforma digital encabezó las respuestas de la encuesta que hice a mis amigos sobre cómo lograr esa desconexión (la otra propuesta más numerosa fue tener un hijo, pero no hay con qué ni hay cómo ni hay por dónde). La desconexión fue un éxito. En lo que he sido menos exitoso ha sido en desconectarme de la desconexión. "¿Cómo vas?", me preguntó La Veros, amiga del talón experta en Netflix, con quien comparto la cuenta. "Bien, sólo veré la primera de Club de cuervos y me pongo a hacer mis cosas". "Suerteee", contestó, alargando las es. Y tenía razón. 
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Antes de terminar, y a punto de poner a Blanquita, poderosa asistente de circuitos y pantalla que me ayuda a escribir esto, a trabajar en otros temas, me viene un chispazo de esos que cada vez me vienen menos: Jyn Herso, el personaje protagonista de Rogue One, sí aporta y tiene con qué. Nos recuerda que hay personas que cargan el pasado y el dolor como la gasolina para una misión superior. Es decir, nos recuerda que existen misiones superiores, y que lo peor que uno puede hacer es renunciar a ellas, a las que le han sido asignadas para su propia trinchera, para su propio par de manos y entendimiento. Que en el cumplimiento de esas misiones encontraremos manos dispuestas, capacidades puestas en marcha. Aún no sé cómo funciona, me refiero a eso de las misiones y las personas que se suman desde sus respectivas historias a impulsar las nuestras. Lo he visto varias veces en mis días, y no dejo de verlo. Mientras que  muchas otras cosas que me venden como "verdades" han terminado por caer, esa manifestación de las misiones y sus impulsores se mantiene incólume para mí. Si es por eso, si creen en eso, sí vean Rogue One. Si no, pues ahí está Netflix, que quien quita y les tenga alguna misión asignada. Uno nunca sabe.
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¡Salud!

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