miércoles, 21 de diciembre de 2016

Rogue.

Las cosas que construimos
son siempre las cosas que nos destruyen.
Nada nace de la nada,
todo es una consecuencia.
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Fui a ver Rogue One. Los publicistas, siempre muy inteligentes y dispuestos, y que consideran siempre a su público como un ente inmaterial pero igual muy inteligente, le agregaron un muy sugerente subtítulo: "una historia de Star Wars". No me hagan mucho caso, pero mi teoría es que uno sabe que la cosa no anda bien cuando a una película de una saga tan exitosa como la iniciada por George Lucas le tienen que agregar un subtítulo. No, no me hagan mucho caso. Es una mera suposición basada en una observación empírica en la que llevo ya varios años (y estrenos). Y tampoco me agradezcan si van a verla y se llevan un chasco. Yo les avisé que tenía subtítulo. No sean así.
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La historia no es mala, pero recordé las palabras de La Malagueña, quien como buena esposa (casi, próxima salida, prepare su cuota) de cineasta siempre tiene la crítica certera (y mamonsona, la verdad) al borde de los labios: "Es una película absolutamente innecesaria". Van a decir que qué tonto soy, que si ella tanto sabe cómo es que no le hice caso y me ahorré yo también el chasco que ahora pretendo que ustedes se ahorren, a lo que responderé que desistí de su invitación a no verla pensando que era más bien producto de que su marido (casi, próxima salida, prepare su cuota) la llevó a verla al estreno, esto es, de madrugada, cuando es bien sabido (está en Wikipedia, búsquenle) que La Malagueña no puede desvelarse sin que el orden natural en el sistema planetario se altere y alguien sea asesinado (su casi marido, próxima salida, prepare su cuota, tiene varias vidas en su haber. Es como Mario Bros... o un gato). 
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Pero ella tenía razón. Y no sólo es absolutamente innecesaria como historia, como película, como producto cinematográfico: se suma a la larga lista que he comenzado el año pasado de filmes que nos están viendo la cara (llamémosla "Holliwoodgate"). Esas producciones que prometen mucho, muchísimo, cuyos lanzamientos de trailers son verdaderos fenómenos en YouTube y demás redes sociales y plataformas digitales, que llaman multitudes al cine a través de portentosas campañas publicitarias previas (muy previas, de más de un año), y que luego terminan como esa triste historia del teatro lleno que al descorrerse el telón tiene que contemplar durante hora y media un escenario vacío y en silencio (lo malo es que aquí no se trata de un espectáculo postmoderno, ni un performance, ni nada. Se trata prácticamente de nada).
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Sin causar más tristezas, diré que uno se pasa la primera hora de la cinta bostezando (a excepción de unos cuantos minutos en que Darth Vader aparece, y tras los cuales el sueño vuelve a tomar cancha). El resto del tiempo que dura la película, medio despiertan las peleas con espadas láser y las batallas entre naves espaciales (ya saben, el sello clásico de las de Star Wars). Cuando termina, uno mira a su acompañante con total desolación: ochenta pesos menos en la cartera (o más, si le entró a la dulcería), y (otra vez, y ahora sin Marvel de por medio) el corazón roto. 
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Voy a hacer de este párrafo que ahora inicio un paréntesis informativo ocasional: sale Diego Luna, sí. Y juega un papel importante. Es decir: no lo vemos de migrante, ni de soñador bailarín de salsa, ni de habitante de barrio latino, ni de apellidado "Sánchez", ni de ninguno de esos clichés a que tan bien nos tienen acostumbrados los latinos que prueban Holliwood (o que son devorados por él). Quizá porque la historia sucede en una galaxia muy, muy lejana, y allá no hay tantas etiquetas. O quizá porque simplemente su look desgarbado o sus capacidades actorales (o su bajo precio como actor, oops, no lo dije yo, o sí, pero no le digan a nadie) lo hicieron apto para el papel. En todo caso da gusto no verlo siendo perseguido por la policía migratoria ni ganándose el amor de ninguna chica rubia que trae ganas de prole. Aquí termina este párrafo paréntesis informativo ocasional. Sigamos con nuestras vidas.
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La cinta no aporta, ni acerca, ni se entiende tampoco qué pretende. Por ello es que es fácil sumarla al ya mencionado Holliwoodgate. Lo más grave de todo es que seguimos cayendo en la trampa. Es de humanos confiar, y es de humanos también ser engañados. Parece parte de nuestra naturaleza, y lo parece también volver a confiar, una y mil veces. Es probable, entonces, que el próximo año me esté quejando una vez más de esto mismo. No me culpen. Es la época (¿ya vieron el trailer de la nueva de Transformers, por cierto? #kemosión).
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La otra noticia es que abrí mi cuenta de Netflix la semana pasada. Requería de algunos días para desconectarme de todo y la plataforma digital encabezó las respuestas de la encuesta que hice a mis amigos sobre cómo lograr esa desconexión (la otra propuesta más numerosa fue tener un hijo, pero no hay con qué ni hay cómo ni hay por dónde). La desconexión fue un éxito. En lo que he sido menos exitoso ha sido en desconectarme de la desconexión. "¿Cómo vas?", me preguntó La Veros, amiga del talón experta en Netflix, con quien comparto la cuenta. "Bien, sólo veré la primera de Club de cuervos y me pongo a hacer mis cosas". "Suerteee", contestó, alargando las es. Y tenía razón. 
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Antes de terminar, y a punto de poner a Blanquita, poderosa asistente de circuitos y pantalla que me ayuda a escribir esto, a trabajar en otros temas, me viene un chispazo de esos que cada vez me vienen menos: Jyn Herso, el personaje protagonista de Rogue One, sí aporta y tiene con qué. Nos recuerda que hay personas que cargan el pasado y el dolor como la gasolina para una misión superior. Es decir, nos recuerda que existen misiones superiores, y que lo peor que uno puede hacer es renunciar a ellas, a las que le han sido asignadas para su propia trinchera, para su propio par de manos y entendimiento. Que en el cumplimiento de esas misiones encontraremos manos dispuestas, capacidades puestas en marcha. Aún no sé cómo funciona, me refiero a eso de las misiones y las personas que se suman desde sus respectivas historias a impulsar las nuestras. Lo he visto varias veces en mis días, y no dejo de verlo. Mientras que  muchas otras cosas que me venden como "verdades" han terminado por caer, esa manifestación de las misiones y sus impulsores se mantiene incólume para mí. Si es por eso, si creen en eso, sí vean Rogue One. Si no, pues ahí está Netflix, que quien quita y les tenga alguna misión asignada. Uno nunca sabe.
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¡Salud!

lunes, 12 de diciembre de 2016

Ser fan y estar de moda.

Para Benny,
por el gusto de recuperarnos y amarnos,
y para que nunca pasemos de moda.
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Asistí sin regocijo a la última emisión de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Si son danzantes asiduos a este baile, se habrán visto sorprendidos por la afirmación que he hecho. Habrán ido a revisar las entradas de hace unos años, cuando celebraba con particular devoción la llegada de ese evento que no es del libro y no es de la lectura. Que es de todo menos deso. De eso ya no queda nada, ni se esfuercen. Si buscan en mi corazón verán que la emoción en torno a la FIL está tan extinta ahí como el tigre dientes de sable o el pájaro dodó. Ya no hay, no busquen, nos comimos todo.
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Asistí sólo un par de veces y con la intención de guiar a un par de amigos que sí siguen interesados en la Feria -o, más bien, en el borlote, el montón de distracciones y cosas para mirar que, eso sí, hay que admitirlo, sigue ofreciendo ese magno evento (lo de "magno" es un decir, más bien un lugar común)-. Las dos veces terminé cansado de caminar y harto de no encontrar nada atractivo -ni libros, ni personas (salvo dos o tres que saludé de casualidad por los pasillos, no se esponjen)-. Las dos veces pedía esquina, fastidiado más que sobrepasado por esa hermosa sensación que es la labor finalizada. Las dos veces prometí no volver (la última de las dos la cumplí, denme el crédito debido).
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Y no pregunten qué vi. La orgía insufrible que se arma alrededor del libro con gastos innecesarios y cero aportación a la posibilidad de incentivar lectura. Ya lo sé, los organizadores lo han dicho muchas veces: esa no ha sido ni será la intención de la FIL. Sus llamamientos están en otros lados, y ellos se forman en otras filas. Hay, después de todo, que desquitar presupuestos y limpiar imágenes. Está bien. No discutamos ese punto si no quieren. Yo soy, sin embargo, de los que aún piensan que lo que nos hacen falta son más y mejores lectores y menos boatos, menos ceremonias, menos aglomeraciones. 
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En esta edición del evento se me reveló una particular tendencia, lejana, creo, por completo a aparadores, portadas bien diseñadas, tipografías atractivas y connotados escritores. Una tendencia entre la gente: las chicas adolescentes traen un rollo rarísimo de ir por ahí buscando chicos que les parecen atractivos y pidiéndoles fotografiarse con ellas. Voy a describirlo con mayor precisión (aprovechen, porque es cosa que parezco no poder hacer tan bien últimamente. No lo digo yo, lo dice mi tutora de tesis).
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Llegan en tropel y se paran frente al chico en cuestión o su grupo de amigos (¿notan que a esa edad andan los niños con los niños y las niñas con las niñas? Bueno, yo no, pero mi lesbianismo temprano es asunto de otro costal). Lo acechan, lo andan buscando, esperan el momento más propicio y se acercan. Por lo regular es cuando está solo, o apenas acompañado por uno o dos más de su grupito. Se acercan, eso sí, ellas en numerosa compañía. La interesada pregunta si puede tomarse la foto, a lo que por lo regular siguen chiflidos y burlas del club de Tobi en cuestión. El galán, convertido así de pronto en macho alfa (los bramidos de su manada lo coronan), sonríe estúpidamente (todo se hace un tanto estúpidamente a esa edad), se niega, da largas a la interesada, que sigue, pavorosamente arrastrada, rogando se le conceda la captura de la imagen. 
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Insisten las amigas, insisten los amigos. Para ese momento, la gente que pasa por ahí está molesta porque obstruyen el paso, porque van lentos, porque nadie entiende qué hace un montón de féminas adolescentes de cabellos grasos rodeando y rogando una foto a un aparentemente no famoso varón (la gente se pregunta si lo es, lo de famoso, no lo de varón, y después de observar un poco se responde sola, negativamente). La presión del chico va en aumento. Se siente dividido entre los ruegos del grupo de chavas -sobre todo de la interesada, que ya para entonces llora desconsoladamente y da brinquitos sosteniendo el celular en ambas manos, juntas, a la altura de su pecho, como rezando al santo que tiene frente a sus ojos, viva aparición-, la gente que pasa y lo mira con desgano, los amigos que con "órale, güey, cúmplele" no lo sueltan, y él mismo, supongo, pensando qué haría en semejante circunstancia el macho más cabrío que puede recordar. Termina cediendo la mayor parte de las veces, regala el recuerdo a la interesada y sigue su camino no sin sonrojarse. Agregue usted a esta referencia anecdótica el tremendo gozo con que las amigas, mismas que tomaron la foto, reciben a la ganadora. Los pájaros llegando a sus nidos por las noches en los árboles de la ciudad hacen menos alboroto comparando.
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Dirán que esto podría haber pasado muchas veces en el pasado. Que tal vez no sea una práctica sino esporádica. Les contestaré que juzguen ustedes: yo  jamás en mi secundaria vi eso pasar -no conmigo, claro, que no tenía con qué, sino con los otros guapos, ni vi a mis amigas ir por ahí recolectando fotos de chicos que les parecieran atractivos, y además la vi suceder unas cinco veces frente a mis ojos, y también vi a grupitos de chicas, muy cerca del pabellón de América Latina, invitada de honor (pésimo, pésimo, pésimo pabellón, tal vez el peor, el más flojo, el más inexpresivo e inútil que he visto en mi historia en la FIL), sentadas en el piso compartiendo y comentando muertas de risa y emoción las fotos tomadas. Sí, otras chicas, por completo diferentes cada vez. De nuevo, juzgue usted.
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Supongo que asistimos entonces a una progresiva moda del empoderamiento de los guapos. No hay en eso, estarán de acuerdo, nada nuevo. A los guapos siempre se les quiere, se les piden fotos, se les acecha, se les caza. Es, me imagino, un mecanismo de supervivencia: el ojo buscará llevar al individuo a reproducirse con el más apto de su especie. El ojo y todos los otros sentidos. El cerebro y el instinto -que se aloja en ese órgano y en cada una de nuestras células, aunque todavía no lo conozcamos en persona- lo mandan. Me preguntarán si no veo con buenos ojos que renunciando a las grandes tendencias mercadológicas estas chicas busquen sus propios ídolos, de carne y hueso y no mediados, tan feliz que soy yo siempre cuando los ciudadanos se empoderan solitos mediante sus propios medios. Les diré que sí, pero que aquí, contra lo que pasa cuando interceden las grandes comporaciones de la música, el cine y la televisión, se trata de un juego. Y si es un juego, debe ganar, como en la naturaleza, la que recolecta el mayor número de guapos o la que recolecta la foto con el más guapo. En todo caso, ¿eso cómo se juzga? En mi adolescencia la guapura oscilaba entre Justin Timberlake y Eminem, pasando por Omar, el profesor de español -amplio, muy amplio espectro-. Ahora la mitad de mis amigas adolescentes en aquel entonces se preguntan qué le veían a esos tres -sobre todo a Justin Timberlake-. Porque eso de la guapura, habrá que entenderlo también, va con las épocas y las culturas y se queda con ellas -es muy probable que uno deje de ser guapo de un vuelo trasatlántico a otro-. 
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Nada de esto, en todo caso, me preocupa. Me asombra, eso sí, la capacidad de los adolescentes de abrirse paso con modas y pasatiempos cada vez más estúpidos. Yo en esas edades enfrentaba las puntas de dos lápices a las de algún amigo o amiga enfrente mío, y el movimiento ocasionado por vaya usted a saber qué fuerza derivada del contacto nos ocasionaba risas y sobresaltos (se hablaba de un espíritu, de nombre Charlie, que movía las puntas de los lápices). Juzgue usted nuestro nivel de estupidez. Yo ya le pedí perdón a mi raciocinio por andar en esos trances. Me pregunto si en diez años esas chicas seguirán viendo las fotos con la misma emoción. Es probable que no. Es probable que las borren o las olviden. Que se sientan avergonzadas de sus cacerías. Si alguna de ellas logra hacer contacto con el chico retratado, el juego habrá valido más pena que la pena que ya causa. Así es esto de las modas también: inútil pero defendible en su momento.
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¡Salud!

sábado, 3 de diciembre de 2016

In the valley below (novela corta por entregas) (final).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).

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VI.
01/09/2014, 18:09 hrs.

I've been working on my knees baby it's alright. Everybody got disease maybe it's alright ... 

Aquí donde me ve, joven, yo he visto caer varios. De aquí, del Cerro del Cuatro, pero que no se avientan de aquí del cerro, de esta antena. No, se avientan allá abajo, en el valle. De otros edificios, menos altos. El Guadalajara, el Federal, la torre Iclar. Los veo caer, al suelo, despanzurrarse. Iiih, hago. Nomás chiflo. 

You can steal from me baby that's just fine. You can say it's free baby that's alright... 

Páseme mi torta, pues. No, pero échele su cebollita, su limoncito, así, no, más, y su chilito. Así. Báñela bien, por algo es ahogada. No, pásemela con todo y bolsa, para no mancharme las manos. Para no manchar la torta, ¿no? Jaja. Le decía. De aquí veo todo. Mmm. ¿A poco no me cree? Me mira como que no me cree. De aquí veo clarito todo. Está bien que no me crea, yo tampoco me creería. Es una, ¿cómo se le dice? Una habilidad. Ey. De aquí, sentado en esta antena, veo toda, todita la ciudad. Tengo vista de, ¿cómo se llama ese animal que hace así, con sus alas? De halcón. Me fijo en un punto, ¿no? Ahí, por ejemplo, en esa azotea. Veo clarito esa señora tendiendo la ropa. Y si voy allá, acá de este lado, veo clarito ese otro señor picando algo en su celular. Hasta lo veo mover el bigote, como que hablara.

Working on a feeling, breaking down the ceiling...

No, el inglés lo aprendí en United. Ese no es una habilidad. Ya sería mucho, ¿no? Dios nos da a todos, pero de a poquito. Viví allá muchos años. De morrito. Luego pues mis jefes se vinieron y pues yo con ellos, ¿no? Ni modo de quedarme allá, estaba así, así de chamaquito. Mi carnal el mayor sí se quedó. Él está allá, ey, tiene a su morra y a sus chavitos. Mire, mire, allá, ¿no lo ve? En esa esquina. Un señor bien cochino acaba de tirar la envoltura de su empanada. ¿No lo ve? Ahí, mire. El papel se le atoró en el zapato, ese, ahí, que se está agachando. Tsss. Ándele, por cochino.

Digging up a deep end, freezing on the beaches...

¿Allá? Sí, hasta allá también. Veo la barranca. Oh, en serio. Bueno, no me crea. Nadie me cree. Por eso me dicen "Dador", por una película que así se llama, ¿no la vio? Ahí también sale uno que ve todo, todo, como yo. Nomás que él es por conocimiento, pues, sabe todo lo que hay en el mundo, lo que pasó en todas las épocas, y por eso puede adivinar el futuro. Dicen que si sabemos todo lo que ha pasado y pasa podemos saber el futuro. No, yo, ¿cómo cree? Yo nomás puedo ver todo lo que pasa ahí abajo en la ciudad. Todito. Veo aquel pájaro que está parado en la rama de ese último árbol allá en la facultad de arquitectura, allá, allá, no, no lo ve, allá donde termina la ciudad. Ey, sí, lo veo. Y aquel niño, ahí, cruzando frente a Catedral. Y esa señora, agachada, con su rebozo morado, levantando la mano a los que pasan. Y veo a esa chamaca que le da diez pesos, y a esa otra que hace una mueca cuando pasa al lado. Se le nota que es de varo, ¡abara! ¡Morra abara!

Mire, esta es la parte que más me gusta cantar: Working on a feeling, breaking down the ceiling, digging up a deep end, freezing on the beaches, reaching for the sweetest, sweetest peaches...

Dador, me dicen mis compas, ¿no ves por ahí a mi morra? A ver, fíjate, ándale, a ver si se está portando bien. Y nel, les digo, desde acá la veo empinada con tu vecino, güey. Por güey. Jajaja. Se escaman, los mensos, se quieren subir acá conmigo a ver si también la ven. Y nel, no ven nada. Porque a veces no es que vea, pues, es que les invento, les cuento historias, para que se esponjen. Y ya que logran subir, ya que escalan hasta acá, ya que llegan todos bofeados, que me río, me río en sus caras, me río con ganas. Estás bien güey, les digo, neta estás bien pendejo, morro. ¿Cómo voy a ver a tu morra si tu morra no sale de casa, si la dejas encerrada, güey? Ándale, ya bájate. Y a veces se bajan. Pinche Dador, te pasas de lanza, me dicen. Y yo me sigo riendo. 

We won't live too long... Me gusta cómo estiran ahí las letras, ¿no? Liiiive tooo looong. So let's loooove for oooone soooong. Eso está chido, así.

Antes les gritaba yo: ándale, güey, se están cogiendo a tu jefa. O: ándale, pendejo, se están madreando a tu jefe. Y subían acá todos espantados. ¿Dónde, dónde? Y ya me reía. Pero así se mató el Cano. Un güey acá, chaparrito, que tenía los bracitos chiquitos. A él no lo dejaban subir a la antena, porque veían que se le dificultaba trepar. Es que tiene su chiste, agarrarse de barra en barra, como un chango. Nomás hacía cosas allá abajo, les ayudaba con la limpieza. Y ese día que le digo: eh, Cano, se está inundando tu barrio. Y que empieza a querer subir. Yo nomás me reía. Brincaba de una barra a otra y ahí iba, subiendo. Parecía un oso de esos que salen en la tele, ¿cómo se llaman? Ándele, así, un koala, con sus bracitos. No, pues me dejé de reír cuando ya para llegar aquí, como ahí, ahí donde está parada esa paloma, que ya no alcanza, el güey, que intenta agarrarse y que el bracito así chiquito que tenía no le da. Y bolas. Cano al piso, hasta allá se fue el güey, no, no, pasó ese descansillo que está ahí. Ahí se golpeó nomás la cabeza. Dejó un charquito de sangre y se fue hasta el piso. Así como si ahorita soltara la torta, así quedó allá abajo, en la base de la antena. Oiga, páseme más cebollita, ¿no? Póngale aquí, en esta orillita. Ándele, y el chile. Échele un chorrito. Así, así, ya, si no no me la voy a poder comer. Es ahogada, no drogada.

We woooon't liiiive toooo looong...

Mire, mire, allá, allá por la central. ¿No ve? No, la nueva no, la vieja. Allá, esa señora comprando su birote de a metro. Le está regateando al del pan. Pinches viejas. Todo regatean. Regatean hasta el amor que uno les da. Aaaah, me manché. No, no la ropa, me manché con mi comentario. Dador, me dice el otro día mi jefe, habrías de rentarte a la policía. Tú que lo ves todo, me dice el güey. No, cuál, se estaba burlando. Así se burlan. Dador, me dicen, tú que lo ves todo allá abajo, ve si chingas a tu madre. Así son, bien llevados. Pero un día ya les dije que desde aquí voy a ver cómo se los chingan los cholos de Santa Chila, y me voy a estar nomás riendo. ¿Que si escalan? ¿Los cholos? Nel, esos nomás tiran la antena, se la roban. Aaaah.

So leeet's looove for oooone sooong... Estiran las vocales bien chido.

Está suave estar parado aquí, con el viento, con los pájaros, con las nubes, con la ciudad allá abajo en el valle. Yo le digo a mi jefa que se debería venir, que me dan ganas de subirla acá a que vea. No, una vez la traje, pero no la dejaron subir. Que se accidentaba. Se quedó con las ganas, mi jefecita. Préstame tus ojos entonces, me dice diario que regreso a casa, en la noche. Préstame tus ojos para ver lo que viste. Vi la ciudad, jefa, le digo, pero no le cuento más. No, no le cuento de los atropellados, de los balaceados, de las violadas en los andadores, de los que suben en carros blindados en plena luz del día, allá, no, allá por Zapopan, y allá, por Providencia. No le cuento de los polis que toman mordida, o de los que paran autobuses y bajan a la gente y los incidencian. No le cuento de las camionetas repletas con cuerpos que dejan en las avenidas, de los descabezados, de los que cuelgan de los puentes viales. No le cuento tampoco de los que queman vivos, de los que les cortan las manos y los dejan ahí, de aquel lado, junto a las vías. No le cuento de los que se avientan cuando va pasando el tren ligero, acá, de este otro lado. No le cuento tampoco de los cardenales que pasan de largo en sus sedanes en las tardes de lluvia y a propósito mojan a los peatones. De los que suben niños a sus autos en las esquinas. De los que ahí, ahí donde el estoy señalando, ahí en San Juan, venden a las mujeres. No le cuento de los camiones de redilas que llegan llenos y llenos de morenos a la Central de Abastos, ni de cómo los bajan y los ponen a trabajar en las bodegas, de cómo los encierran en las tardes con una tinaja de agua y una barra de pan, como perros. No le cuento de los ensangrentados, los amarrados, los sacudidos, los aniquilados, los electrocutados. No le cuento de las asesinadas a machetazos por el marido, de las cabezas abiertas, de los cuellos destazados. No le cuento de los dedos que se cortan y se pierden, de las viejitas a las que el hijo pone a pedir dinero en los camiones, de los niños drogándose en los cruceros. No le cuento de las ambulancias que entran y salen del Civil, de los dos Civiles, cargadas de enfermos. No le cuento que a mí se me figura que esta ciudad ya se fue al carajo, que ya ni pa' qué mirarla. Tome, mire, agárreme la bolsita vacía de mi torta. ¿Tiene otra? Pásemela. O mejor un taco. Ese, de frijol, así.

So leeeet's looove for oooone soooong...

No, tampoco le cuento a mi jefa de los males de amor. Y mire que de acá veo muchos, todo el día, todos los días. De acá, de acá abajito, a allá, donde se acaba la ciudad. Y de allá, donde empieza la carretera, a allá, donde empieza la otra carretera, la que va a Vallarta. Así, a lo largo y a lo ancho. Muchos males de amor todos los días. El señor que repara calzado y que ve morir a su esposa. El joven que rompe esa carta de amor no recibida, ahí, en la Plaza Juárez, en pleno tianguis cultural, mientras al lado le están vendiendo un disco, una playera, un brownie feliz. Los chavitos que se pelean ahí, en la esquina de Calzada y Gobernador, y que se dan de chingadazos. Las chavitas que se empujan en esa otra esquina, no, allá, en Federalismo y Washington, que se gritan de cosas. O el par de tórtolos a los que veo pasar agarraditos de la mano por Juárez rumbo a la Normal, y meses después van cada uno en una acera, separados, sin mirarse. O el chamaco ese que no para de llorar cada vez que pasa por el Estadio en el Macrobús, que se limpia las lágrimas y los mocos y termina con las mangas empapadas como por una llave abierta. No le cuento que lo vi por años ir a los partidos del Atlas con la novia. Mire que no sé si llora por el Atlas o por la novia. No, la novia pasa después, en otro Macrobús, agarrada del cuello de otro vato. Y cuando pasa por el Estadio ni voltea. No le cuento de la señora con diez hijos que agarró marido en el Veracruz, danzoneando, así, caderita, caderita, uuuy, jaja, ni le cuento de la misma mujer cuando encontró a ese marido poniéndole duro con su secretaria en la bodeguita de papayas que tenía en el Corona. De los alaridos que daba, rodeada de sus diez hijos, sentada en la banqueta. No le cuento de los besos rápidos que ya no se dan, de los abrazos que se pierden en la noche. No le cuento de los que pelean por teléfono, caminando por la Calzada, de los que piden volver y no vuelven. No le cuento de ese joven delgado, delgadísimo, blanco, blanquísimo, que toma todos los días un taxi y anda por la ciudad dando vueltas, que a leguas se nota que está buscando a alguien. No le cuento de los que lloran sus penas en las barras de los bares de Chapultepec, o en los museos. De las chicas que entran al Musa, al Cabañas, al Raúl Anguiano, al de la Ciudad no porque ahí no se presta para el drama, y que salen dos horas después turulatas, con los ojos hinchados y los bolsillos llenos de kleenex. No le cuento de las que se meten a los conventos para que olvidarse del exnovio, que ahora anda de mano sudada con otra. No le cuento de las que se meten al convento para olvidarse del exnovio que ahora anda de culo sudado con otro. No le cuento de lo que no se dice en esta ciudad, de lo que nomás se escribe, de lo que ni una cosa ni otra. No le cuento de las manos que se toman, y luego ya no, de las cenas que se invitan, y luego ya no, de las tardes en el cine, y luego ya no. No, de nada de eso le cuento, ¿para qué?

The lion won't lay down... When the holy man's in town...

Mire, allá, en el Guadalajara. Ahí, en el centro casi. Esos dos. Ahí. Se aventarán. Íjole. ¿A cuántos no he visto caer de ahí, sabe? 

Working on a feeling... breaking down the ceiling...

A todos, los que se imagine. A todos he visto aventarse ahí. No, no ahí, en el Guadalajara. Ahí, en Guadalajara. Esta ciudad se hizo así, para matarse. Para enamorarse y luego dejarse caer. ¿Qué le voy a decir yo, que los veo de aquí, que de aquí he visto caer varios? Así, aquí donde me ve. Páseme otro taco, ándele. Pero ahora con carnita, como se comen ahí en el valle.

Reaching for the sweetest, sweetest peaches...