miércoles, 2 de noviembre de 2016

Los muertos.

Morir es, ciertamente, la última de las tareas. 
Es la única en la que no cabe duda de que tenemos lugar.
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Llegó otra vez el día de muertos. Nos han pasado otros 365 días y nos hemos vuelto a llenar de ellos. Varios por minuto, las estadísticas lo dirán. Y yo ahora me pregunto por qué los contamos a todos. Es una necesidad inevitable, pareciera absolutamente humana: todas las civilizaciones, de las antiguas a las modernas (y las postmodernas, incluso, de las que ya no se espera nada), llevan un registro minucioso de sus muertos. Hay entonces en la muerte reflejada, aparecida, otra necesidad que también pareciera absolutamente humana: la de recordar. No morimos cuando morimos, dice la sabiduría popular: morimos cuando nos olvidan los que aquí se quedan.
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Y tememos morir. No concebimos el final de nuestro paso por el mundo, y eso es, probablemente, porque no concebimos tampoco otros pasos por otros mundos. Esto, lo que vemos y construimos, es lo que nos ha sido dado. No tenemos otro panorama. No hay otro paisaje sobre el cual pintar. Intenten ustedes pensar en un color nuevo, en un aroma desconocido. Es imposible. Nuestra finitud es un cáncer que crece también en algo que tanto nos hace humanos, como la imaginación. No podemos crear un mundo que no tenga las cosas que no conocemos, las que no hemos visto. El Cielo católico, el Paraíso judeocristiano, el Yanna islámico. Todos los mundos (posibles) que imaginamos para después de este mundo (imposible), todos no son sino la expresión de nuestras encuentros más deseables no para un mundo después de morir, sino para este: la ausencia de toda necesidad, la presencia irrenunciable de Dios, los ríos de miel y de leche, las mujeres, los placeres, la abundancia. Nuestros paraísos imaginados son nuestros paraísos no conquistados aquí, imposibles aquí, en vida.
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La reciente decisión papal de obligar a que todo cuerpo incinerado de un creyente sea depositado en el "suelo santo" de las iglesias, motivos económicos aparte, ha desatado el ya conocido debate en torno a la voluntad del que muere y la necesidad afectiva que los deudos tienen sobre ese fetiche que son las cenizas -un fetiche, hay que decirlo, mucho más salubre que el cuerpo conservado, fetiche por el que la Iglesia católica pareciera tener una predilección indudable (San Sebastián de Aparicio no deja mentir)-. El debate es otra fuente de expresión sobre nuestra naturaleza: una vez muerto, el cuerpo (o lo que este deje tras su combustión) debe ser, dice el conocimiento popular, materia, responsabilidad y posesión legítima de quienes le sobreviven. La Iglesia ha amenazado (cosa rara, cosa que casi no hace) con negar las exequias a todo fiel que pretenda que sus cenizas tengan un fin distinto al de un nicho en cualquier iglesia. El movimiento es cruel y déspota: negar las exequias es negar una parte de la redención posible para el alma del que ha partido. Es atarlo, entonces, a una condena posible en el Infierno, a un no-descanso aquí en la Tierra. Tengo un chispazo (kind of) y lo comparto: si ha de negar exequias, la Iglesia tendrá que responsabilizarse entonces de los millones de fantasmas que poblarán ahora la tierra, cosa que no creo que haga, pues es de todos sabido que los fantasmas no pagan diezmos ni saben de aportaciones voluntarias a la construcción de nada. 
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Una conocida canción del grupo español Mecano dice lo que muchos podríamos pensar respecto al cuerpo que queda cuando la vida se extingue: "Otro muerto qué más da, que lo entierren y ya está". Pero no hay forma. Nos aferramos al que muere como nos aferramos al que vive. Con el mismo amor, con las mismas esperanzas. La de la resurrección en un día postapocalíptico, muy judeocristiana, es otra muestra de nuestro egoísmo: que el muerto descanse lo que quiera hasta ese día. Luego estará obligado, quiera o no, a revivir y (¡sacrebleu!) a ser juzgado. Se formará en una fila y su alma y sus cargas serán pesadas. De su peso relativo dependerá si el resucitado en cuestión pasa a la Gloria que existe junto a Dios, o es arrojado, sin remedio ni segundas vueltas, al fuego definitivo de las llamas infernales. Y yo, como Mecano, me atrevo a proponer: que lo entierren y ya está. ¿Qué necesidad la nuestra de llamar a la vida a los que ya no la tienen?
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Supongo que en todo esto, volviendo a la cuestión inicial de esta entrada, tiene mucho de benéfico el conteo de los muertos. El conteo y el recuerdo. El levantarnos cada mañana y hablar con ellos. El dedicarles canciones. El llevarles flores. El hacerles ofrendas. El prenderles la veladora, la vara de incienso. El dedicarles misas y rosarios. El llevarlos con nosotros permite que sus existencias se prolonguen más allá del inicio y el fin de sus días, más allá de su existencia física en este tiempo y en este espacio. Nos permite no perderlos, no soltar sus manos, sin las molestias y las emergencias sanitarias que supondrían tener sus cuerpos en descomposición en casa. Una foto que se carga en la cartera con amor resume una historia como especie buscando (hasta ahora sin éxito) encontrar la fuente de nuestra inmortalidad. Somos inmortales, sólo que aún no hemos podido serlo a propio pie. Sobrevivimos en las memorias y los corazones de otros. Es nuestra condición de eternos: para vivir por siempre necesitamos de otros. Como en vida, como siempre.
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¡Salud!

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