miércoles, 23 de noviembre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 5).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).

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V.
01/09/2014, 18:08 hrs.


Fuego. La cúpula arde en llamas. El hombre se alza al infinito (¿o desciende a las profundidades?) envuelto en fuego. Puedes escuchar el chirriar de su carne al ser abrasada. Puedes oír el lamento apagado, la furia contenida de una respiración acompasada. Sabes que ese Prometeo agigantado ilumina y quema. Bajo (¿o sobre?) el hombre-antorcha, tres figuras más guarecen el viaje del fuego, de la luz, rodeándolo con sus brazos extendidos, como en una de esas artesanías de barro en que un grupo de danzantes bailan alrededor de una fogata. 

Cierras el puño, recostada sobre la banca de madera. Los grupos de turistas se agolpan junto a ti, pero tú no dejas de mirar la cúpula. Ni cuando un hombre con sombrero patea tu rodilla sin querer ("Excuse me") ni cuando un par de niños se acercan a intentar sentarse en el pedazo de banca que tu cuerpo, delgado y adolorido por las horas de sueño faltantes, deja libre ("Sí cabemos, vente") ni cuando el guía de turistas te mira y luego revisa el reloj en su muñeca ("Ya se ha tardado mucho ella ahí"). 


-Eso es lo que te pasa por darlo todo- suspiras-. Eso es lo que te pasa, tonta, por jugar a las patadas con el amor. En ese juego nadie nunca gana.

El guía pasa a tu lado una y otra vez. Hace que la gente se acerque. Te presiona. Finalmente se anima, desesperado, y te habla.

-Señorita, otras personas también se quieren acostar a mirar el mural.

Lo miras con tus ojos llorosos. Han de ser rojos como la cúpula, rojos como el fuego (no cualquier fuego. Ese fuego). El guía entiende. Se calla y se aparta. Vuelves a tu observación con esos mismos ojos gordos de sangre.

La luz del sol que entra por las ventajas que rodean al hombre en llamas te ciega y te duele. Los tres sujetos rendidos a los pies del fuego (¿o sobre él?) parecen hacerse a un lado. 

-A nadie le gusta el sol. El sol nos habla de las cosas que perdemos. Cuando transita, cuando pasa sobre nosotros y luego cuando se esconde, se lleva nuestro tiempo. Se lleva nuestra vida. El sol está hecho del fuego que nos quita.

Cierras los ojos.  Diego viene a tu memoria. Lo rechazas. Te repites otra vez, para evitar pensar: "Mi nombre es Danae Durán Domínguez. Tengo veintisiete años de edad. Vivo en Guadalajara, Jalisco, México. Estoy soltera. Diego murió. Diego muere cada noche cuando me duermo y no lo sueño. Diego muere al fuego cada tarde, muerto con el sol que muere". 

Piensas en Durango. Inevitable. Aquel primer viaje juntos, la sensación de estar conociendo otro planeta de la mano de él. La novedad, cada segundo de día un descubrimiento. Las calles polvosas, los niños siguiéndolos a ti y a Diego agitando en sus manos latas de verduras Herdez llenas con piedritas. Rememoras el andar tumboso del autobús por la carretera, y luego de la camioneta que tomaron hacia las terracerías porque el camión ya no los quiso llevar ("No, jóvenes, yo a esas tierras calientes ya nuentro"). Los miles de baches. Las piedras sueltas que caían por el acantilado cada vez que el vehículo aceleraba (una 4x4, recuerdas, pesadísima). Las putas ganas de perderse, las tuyas y las de él. De jugarle al vivo, siempre jugarle al vivo. Lo mucho que te alegraste cuando pusiste un pie en el suelo y estabas viva, luego de tantas curvas con bordo hacia la nada. 

Recuerdas el sabor de la piel de Diego esa noche, salada. Su consistencia polvosa en tu boca. El olor de su sudor mezclado con el de sacos vacíos, madera curada, maíz quebrado, en la casa donde se quedaron, en San Dimas. Recuerdas tu intento por ahogar tus gemidos, temerosa de que la dueña de esa casa de adobe encalado los escuchara. Recuerdas las respiraciones profundas de Diego sobre ti, confundidas con los ronquidos de la dueña de la casa y de sus hijos (¿cinco? ¿cuatro? Tendidos a su lado todos en la misma cama, apenas a una cortina de distancia). Recuerdas sus manos amplias, tomándote entera por la cintura. Recuerdas el techo plagado de alacranes, y ese punto en la noche sin retorno. 

Te muerdes el labio. Te ahogas. Intentas desesperadamente respirar y no puedes. Abres los ojos. Fuego. De la mano del hombre ardiente frente a tus ojos cunde otro grupo de llamas. La figura con la boca abierta y el cabello al vuelo, debajo (¿o sobre?), mira al oriente aún más desesperado. Puedes ver su rostro desencajado, su boca abierta y hueca, como una cueva, sin labios. Abres las palmas de la mano y abrazas la madera de la banca. La sensación de la resina fría que la cubre te dispara un primer respiro. Tus pulmones se inflan, dos globos aerostáticos a los que apenas contiene, y con dolor, tu caja torácica. Tu boca se abre, como la de la figura despeinada. Intentas gritar, y sale de ella apenas un gemido. 

Miras a tu derecha y a tu izquierda. El resto de los murales son líneas grises, azules y rojas que rompen el muro en muchas historias con perspectiva. El rostro adusto de un conquistador robótico (¿Cortés?) encima a tu derecha te provoca escalofríos y te obliga a regresar tu mirada al hombre en llamas, en la cúpula central. Ahí está de nuevo, subiendo, o bajando. Conquistando un espacio que no es para nada esta capilla sin ornamentos, este hospicio sin niños.

Recuerdas de nuevo San Dimas. E intentas no pensar en eso otra vez. "Mi nombre es Danae Durán Domínguez. Tengo veintisiete años de edad. Vivo en Guadalajara, Jalisco, México". Ese año murieron casi veinte niños en el pueblo. "Estoy soltera. Diego murió". Las mujeres solas, esposas de migrantes, se resistían a dejar cremar los cuerpos. "Diego muere cada noche cuando...". Se abrazaban a los brazos y piernas de los que habían sido sus hijos. "Me duermo y no lo sueño".  Llamaban desconsoladas a la capital. Exigían respuestas. Funcionarios taciturnos les prometían devolver la llamada. "Diego muere al fuego cada tarde...". Nadie supo dar respuesta. Nadie regresó jamás los telefonazos. Hubo que encerrar a las mujeres en sus casas para, al menos, enterrarlos velozmente. "...muerto con el sol que muere".

Te rindes al recuerdo. Tú fuiste con Diego a documentar. Terminabas tu tesis de maestría, y la noticia que viste en un portal de internet llamó tu atención. Se hablaba de una enfermedad extraña. De una infección que no daba a nadie más que niños menores de trece años. "La edad perfecta", te dijo Diego cuando le comentaste, tendidos sobre cobijas en el suelo luego de otra noche sin dormir, amándose a mordidas y empellones, en esa que fue la casa de sus abuelos y que ahora estaba vacía y casi cayéndose a retazos, sobre Chapultepec. Te corriges: que entonces estaba vacía, porque luego la llenaron de mesas y sillas y la reacondicionaron para ser un bar. Su bar. El que administrarían juntos. En el que recibirían a todos sus amigos. A Daniel, a Diana, a Dublín, a Domingo. El proyecto de sus vidas. "La edad en que estás lo suficientemente pendejo para ser un niño y aún no lo suficientemente pendejo para ser un adulto".

Cierras los ojos de nuevo. La figura del hombre en llamas se dibuja sobre tus córneas como en el negativo de una fotografía. Vuelves a intentarlo. "Mi nombre es Danae Durán Domínguez. Tengo veintisiete años de edad". Diego fotografiando mujeres enlutadas. "Vivo en Guadalajara, Jalisco, México". Diego videograbando para ti a los pocos hombres del pueblo, los viejos que ya no migran, echando con dificultad paladas de tierra sobre los ataúdes. "Estoy soltera". Diego documentando sus espaldas cansadas, consumidas por el sol. "Diego murió". Diego entrevistando para ti a los pocos niños vivos. Los sobrevivientes. "Diego muere cada noche cuando me duermo y no lo sueño". Diego editando en su computadora personal las voces de infantes llenas de miedo. Sus expresiones aletargadas, dormidas casi por el hambre. "Diego muere al fuego cada tarde...". Diego sonriendo al sol, volteando a verte. "...muerto con el sol que muere".

Te levantas y te sientas en la banca. Un dolor en tu estómago revive. Es el dolor de un hueco, de algo que debiera estar y no está. De un paso perdido, de un objeto que buscas cada día sin descanso, de sol a sol, y que es brújula, piedra, raíz, estrella. Miras en el piso del Cabañas reflejada tu sombra por la luz que entra por la puerta que mira al poniente. Tu cuello delgado, tus brazos estirados como los de las figuras en la cúpula, los guardianes del fuego. Levantas de nuevo tu rostro. Sientes dolor en tus ojos, en toda su superficie, la que ven los otros y la que se esconde y mira hacia tu interior. Imaginas que a estas alturas son dos bolas rojas, dos carbones que arden. Miras las figuras en la cúpula y de un segundo a otro todas se han nublado. No son sino manchas de dolores que se superponen y bailan sin ritmo, como cuando en medio de un chipi chipi te asomas sobre los estanques del Jardín Japonés en Colomos y contemplas los peces bajo la superficie del agua. Estás llorando. 

Un hombre se acerca. Intenta sentarse a tu lado y tu mirada ardiente lo detiene. 

-Cálmese. ¿Le puedo ayudar en algo? 

Una voz llama a un guardia. Bajas tu rostro y dos lágrimas caen sobre tus Converse rojos, una en cada uno. La tela del calzado las absorbe. Las manchas marrón que han dejado se extienden sobre los empeines. Levantas de nuevo la vista. Te tranquiliza un poco encontrar el hombre en llamas y sus guardianes, de nuevo todo en su lugar. 

-Mi nombre es Danae Durán Domínguez- repites en voz muy baja, rodeada de alboroto-. Tengo veintisiete años de edad. Vivo en Guadalajara, Jalisco, México. Estoy soltera. Diego murió. Diego muere cada noche cuando me duermo y no lo sueño. Diego muere al fuego cada tarde, muerto con el sol que muere. 

Se escucha algo en el radio del policía que toca tu hombro e intenta llamar tu atención. Hablan de unidades, mencionan códigos de emergencia, piden que la mayor cantidad posible se acerque. "No es para tanto", piensas. "No pienso morirme de esto. No pienso morirme aquí". 

Te inclinas sobre ti misma y exhalas un grito. Retumba en las paredes. Retumbas las paredes. Ves muchos pies acercarse, rodearte. El policía pide espacio. Los guías de turistas arman una valla a tu alrededor. Extienden sus brazos, impiden que la gente se acerque. Hay preguntas. Cientos de preguntas lanzadas por muchas bocas superan tu grito. El ruido de las voces ensordece. Sientes tu cara de pronto ponerse roja. Los brazos extendidos de los guías hacen una circunferencia casi exacta que te protege. 

El radio del policía exhala cada vez más desesperadas llamadas de auxilio. Recoges palabras al vuelo como naranjas que caen de un árbol en un temblor: emergencia, altura, atención en crisis, condominio guadalajara. "Alguien debe estarse tirando del Condominio", supones. "Alguien ya no aguantó toda esta mierda". Diego recibiendo la playera de Metallica que le regalaste. Diego sonriendo forzadamente frente al espejo, contigo detrás documentando el regalo. "Y no lo culpo". 

Miras de nuevo al hombre de fuego, en mitad de tu círculo de guías turísticos, que intentan romper un par de paramédicos. ¿Sube? ¿Baja? ¿Asciende? ¿Desciende? "Da igual", piensas. "De cualquier manera no llegará muy lejos. Habrá de ser llamarada, luz, humo, cenizas y luego nada. Silencio que arrastra el viento como una historia que se acaba". 

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