jueves, 17 de noviembre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 4).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).


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IV.
01/09/2014, 18:07 hrs.

"Es una verdad hasta ahora irrefutable que uno no encuentra nunca lo que anda buscando mientras lo anda buscando, sino después, cuando ya no lo espera. Si uno quiere encontrar algo, debe entonces dejar de buscarlo y rendirse a las posibilidades de la serendipia". Cierro la libreta. Me duele la espalda. Me incorporo. Mi rostro en el aparador de Juárez, blanco, ajado, me recuerda los tres días sin probar bocado. Busco en mi mochila por quinta vez en el día. Esto ya se ha vuelto una manía. "Si me sobrara tu amor, yo me lo comería". Eso ya no lo escribo. Pienso en escribirlo nada más. Por eso lo entrecomillo. Las comillas son un signo que uno usa a veces sin saber. Cierro la mochila. Dejo de verme en el aparador. Repaso los rostros de las personas a lo largo y ancho de la acerca, hasta donde puedo, hasta donde alcanza mi vista. No está Dublín. Miro a la acera de enfrente. Mi vista de águila, siempre capaz. Tampoco está Dublín ahí. En un movimiento que es casi un arrebato, estiro mi mano sobre la calle. Frente a mí, el Variedades, negro y estirado, se alza como una sombra iluminada por el sol que muere. Qué contradicción es un edificio negro iluminado por el sol. Me pregunto si... tal vez en el café Benito, sentado en una de las mesas, pidiendo una pasta, un trago, entre las cosas extrañas y caras del menú. Dudo si bajar el brazo y cruzar a buscarle... Un taxi se detiene. Bajo el brazo. Abro la puerta. Subo. Me mira sobre su hombro. Instrucciones. "Ande, no muy rápido por favor". El tsuru camina en medio del tráfico. Mi instrucción de ir despacio sirve de muy poco: hora pico. El perfil azul y amarillo del taxi baila sobre las vidrieras de la avenida. La acera atestada de personas. Mis ojos van de un rostro a otro. Brincan selectivamente a los muy viejos, los muy jóvenes, los que llevan gabardina. Los de gorra. Dublín no usa gorras. No puede. La circunferencia de su cabeza es el diámetro del sol. Sonrío recordando esa vez que se lo dije y luego reímos y reímos y luego hicimos el amor, enfurecidos, tirados sobre la alfombra. No es Dublín esa persona que acerca su mano a un cesto público y erra el tiro y deja otra botella más vacía de refresco sobre la banqueta. No es Dublín esa otra que sujeta un globo, ni esa otra que recibe un cono de nieve en la esquina con Donato Guerra. Sobre los primeros pisos en ambas aceras, que son negocios, se alzan fachadas de antiguas casas, pisos de departamentos, planas de vidrios cuadrados y canteras simuladas. Espacios vacíos para una avenida que se queda desierta cada noche. Sin perros que ladren, sin puertas que se abran, sin estufas que se enciendan. Una vez vi una postal de esta misma Juárez en los sesenta. Sus dos cuatro carriles, apenas ampliados. Sus automóviles. Sus cientos de anuncios luminosos. Su pasado con ensoñaciones de Times Square. De eso no queda sino una fila de árboles cuyas hojas caen en el otoño y molestan a los vecinos que las tienen que barrer cada mañana. Pasamos junto al edificio de Teléfonos de México. Tampoco es Dublín la estatua de Matute Remus se recarga en él tomando medidas. La leyenda popular de quienes vieron cómo ese ingeniero ahora petrificado en bronce movía el edificio dos carriles al norte desde sus cimientos, sin derribar un solo ladrillo, hasta colocarlo en su sitio actual. Dublín contaba esa misma historia mirando la estructura desde la avenida. La recuerdo de nuevo. Una mujer en el alto se acerca y golpea en la ventanilla. Andrajos. Pelos. Una nariz sucia y polvosa. Tampoco es Dublín, no puede ser Dublín. Mi mano le dice que no. "Vuelta aquí a la derecha, por favor". El tsuru azul y amarillo se precipita sobre Enrique González Martínez. "Más lento, por favor". El taxista me mira en el retrovisor. Desvío mi vista. No está Dublín entre las personas que esperan en la estética su turno, ni entre los comensales del Madoka. Imposible en el Madoka. Siempre le pareció un café de viejos. El taxi avanza un poco más. Un camión acelera y lo rebasa. Me tapa el lado derecho. Creo ver a Dublín en la fila de personas que esperan para pagar en una papelería. Estiro el cuello. Imposible ganarle a un armatoste de tres metros de altura. El autobús avanza. No está Dublín ahí. Ni en Oportunidades, ni en Azpeitia, ni en Lumen, ni en ninguna otra. "Vuelta a la derecha en la siguiente, por favor". El taxi supera a velocidad el templo de Jesús María, libra la cuadra y toma Hidalgo. "Por arriba, y más lento, joven", le indico, y el taxista recupera el carril lateral, salvándose del túnel al que se acercaba. "¿Estamos buscando a alguien?", pregunta por fin, con los ojos fijos en mí desde el espejo a la altura de sus cejas. No está Dublín en las mercerías, ni entre los empleados que estiran y miden listones, que depositan botones en bolsas pequeñas de plástico que entregan a las clientas. No está Dublín en el par de intendentes que cuelgan en el aparador un banderín tricolor, un busco de Morelos, un "Viva México" de unicel. Tiendas para maestras, ¿quién más compra ya aquí? No está Dublín en el rostro de Hidalgo que cuelga en otro aparador. No es Dublín quien recarga su cabeza sobre su mano en el módulo de paquetería de La Suerte, en la esquina con Santa Mónica. No está Dublín en el grupo de trabajadores que a mi izquierda participan en la demolición del Corona. "Joven, ¿buscamos a alguien?", vuelve a preguntar el taxista. Un mercado quemado. Una explosión. Calles ahora llenas de locatarios desalojados. Me transporto a Santa Mónica, la plazuela frente a la Preparatoria, los andadores atestados de puestos de frutas y verduras, remedios esotéricos, mesas con comida. Me pregunto si estará Dublín entre ellos, comprando una manzana, de las verdes, siempre, un pantalón, una película pirata, algo de fayuca. El taxi para en la esquina con Alcalde. Gente cruza a la carrera en todas direcciones, en medio del "pip-pip" ensordecedor de la alerta para ciegos. Voy de rostro en rostro, en las cuatro esquinas. No está Dublín en la mano que sostiene una bolsa de plástico ni en los ojos llorosos que leen en el teléfono ni en la boca que come desesperada una empanada. No está Dublín tampoco en el policía que bosteza recargado en una de las columnas del Ayuntamiento ni en el tipo concentrado sobre un libro en las escaleras circulares de la fuente de la Plaza de los Laureles. No está Dublín ni aquí ni ahí ni por allá en ninguna de las bancas de sus jardineras circulares. El taxi, sin que se lo pida, dobla en Alcalde. No me molesta. No está Dublín en las pedigüeñas frente al Sagrario, ni en ese hombre que sale de Catedral y se coloca el sombrero de nuevo. No está Dublín en los boleadores de los portales, ni en los meseros del café de las Sombrillas, ni en las manos que se estiran sobre los mostradores de las tiendas de relojes. No está Dublín entre los músicos de la orquesta típica que tocan en el kiosko de la Plaza de Armas, ni aquí ni ahí ni por allá en las caras de quienes escuchan, pacientes, sentados en las bancas. A Dublín no le gusta la música de orquesta. No es de Dublín esa cabellera que sale de una tienda de ropa en Juárez y 16 de septiembre y mira a ambos lados de la avenida mientras habla por teléfono. No está Dublín en los rostros que atienden clientes en la banqueta de la Plaza de la Tecnología. Un ruido seco dos carros adelante hace estallar un montón de pitazos. "Chingado", dice el taxista. "Ya se dieron". Miro por entre los dos asientos delanteros. Un camionero se baja de su unidad, rostro enrojecido, e impreca a un hombre que a su vez desciende de su mini van. Se hacen de palabras. El ruido de los claxon ahoga sus gritos y el ruido sordo que, imagino, deben generar sus puñetazos. "Ijos'e su ma... ya se están dando". Sonrío. No está Dublín en ninguno de esos dos que se golpean, ni en el círculo (voy cara por cara, ojo por ojo, diente por diente) que los rodea. El taxista aprovecha mi sonrisa, la supone, imagino otra vez, una invitación a que intimemos. "Joven, ¿no me va a decir si estamos buscando a alguien?" Esta vez le devuelvo la mirada en el retrovisor. "Es que tengo un cuñado que trabaja en la Procu. Igual él podría", me ofrece. No. No estará Dublín entre los nombres de los detenidos, en las manos tras las rejas, en la barandilla. No estará Dublín en los registros de muertos del forense, junto al Civil Viejo. No estará Dublín en los corchos donde cuelgan de una tachuela cientos de rostros de desaparecidos. "No, gracias, vuelta aquí". El taxi dobla en Miguel Blanco. No está Dublín en ninguno de los rostros de quienes van y vienen, como hormigas ciegas, en la arboleda de San Francisco. No está Dublín en los comensales de La Alemana. No está Dublín tampoco esperando el camión en la fila que se forma en el jardín de Aranzazú. Miro pasar por la ventanilla antiguos edificios porfirianos. Frontones adornados con guirnaldas que alguna mano insensata ha pintado de rosa pastel. Junto a ellos, hay huecos que alguien ha rellenado con edificios cuadrados con vidrios espejados. No me había dado cuenta de lo desesperado que me siento hasta que descubro que tengo la agarradera de mi mochila casi destrozada de tanto arrugarla y mojarla con el sudor de mi mano. "Vuelta aquí". El taxista vuelve a tomar González Martínez. "Joven, ya subimos por aquí. Oiga, en serio, si usted quiere...". No escucho el resto de lo que dice. No está Dublín en las parejas del mismo sexo que salen y entran de bares, restaurantes y cafés. No son las manos de Dublín esas manos que se toman, ni son suyas esas bocas que se besan. Recuerdo sus besos, siempre frescos. El sabor de su saliva. La textura de esa pequeña porción de su piel entre su labio superior y su nariz. Bajo la mirada. No estará Dublín entre neones y mesas, entre menús y vinos tintos. No estará Dublín en los pies que comienzan a bailar, ya a esta ahora, cuando no ha caído la noche. No estará Dublín en las cuentas que se pagan, en las copas que se sirven, en los platos que se acaban. No está Dublín tampoco en el niño que hace malabares en el crucero, en el indigente que se recuesta sobre una banca, en la mujer que acaba de sacar una cartera del bolso de otra mujer y lo guarda ahora, veloz, bajo su abrigo. No está Dublín pagando en las cajas del supermercado en la esquina con Juárez (otra vez Juárez, siempre Juárez), ni llenando su plato en el bufet enfrente. Repaso con velocidad los rostros de quienes van y vienen, se sientan y se paran, en el jardín del Carmen, en el Exconvento, enfrente. Miro su arquería incompleta y recuerdo nuestros abrazos ahí mismo, bajo los restos de cantera en que tres siglos en esta ciudad han convertido a lo que fue un claustro del Carmelo. Tampoco está Dublín en el hombre de corbata que mira su reloj en la esquina con Pavo, afuera de una agencia de colocación. No está Dublín en los viandantes en Federalismo. No estará Dublín en los cientos de rostros que viajan debajo en los vagones del tren urbano. No estará Dublín tampoco en los jóvenes que hacen danza aérea en los árboles del Parque Rojo. No está, no estará, esto de buscarle ya se fue al carajo. "Dé vuelta aquí". El taxi dobla en Prisciliano Sánchez y vuelve a bajar hacia 16 de septiembre. "Acelere". El taxista obedece y pisa a tope, aprovechando los semáforos en verde. Olvido lo dicho. Vuelvo a buscarle. No está tampoco en las caras borrosas que pasan de largo junto a mi ventanilla. "Pero si caminamos estas calles, si anduvimos siempre siempre siempre por estos mismos atardeceres, entre estos mismos edificios. Si nos quejamos mucho de esta arquitectura fragmentada, de esta ciudad de boquetes y fachadas deslavadas", murmuro. El taxista va a cruzar 16 de septiembre hacia el Parián y frena súbitamente. "Ay, cabrón, me asustaron". Una fila de vehículos de emergencia vuelan sobre el asfalto hacia los Dos Templos. "Algo pasó", agrega el taxista. Alguien estará por morir en algún lugar. Miro mi rostro en el aparador de la tienda de discos a mi derecha. Blanco, ajado. No he comido en tres días. Ya debería yo también dejarme de búsquedas idiotas y morirme en algún sitio. "¿Seguimos, joven?" Repaso la red de calles en mi memoria. El sol decrece. No estará Dublín en el resto de esta ciudad de pasos a desnivel, glorietas y fuentes. No estará en las rosas, en los camellones, en las colonias ni de este ni de aquel lado de la Calzada. No estará ya nunca jamás ni por asomo. "Cóbrese", extiendo un billete y abro la puerta. "Ya estuvo bueno de tanta pendejada". 
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¡Salud!

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