martes, 8 de noviembre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 3).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).
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III. 
01/09/2014, 18:06 hrs.


Tamborileas sobre la barra. Tus dedos en ella suenan como baquetas que acribillan un tambor. Burrum-burrum-burrum. Tu otra mano sostiene tu cabeza, con tu codo doblado sobre la superficie desgastada de madera. Levantas los ojos. Los espejos del lugar te regresan el rostro de un joven de, piensas, imaginas, supones, unos treinta y cinco años. Recuerdas tus veintiocho y un golpe en tu estómago te obliga a incorporarte y suspirar. Tus dedos sobre la barra dejan de sonar. Tu codo se desdobla. Tu cara en el espejo se alza. Miras entonces tu barbilla amplia, tu barba poblada, tu cuello apenas visible detrás de ella. Tu playera negra con el afiche estampado de alguna banda de rock impronunciable. Recuerdas que a ti no te gusta el rock. Que esa playera es una de las muchas cosas que aceptaste de ella, y que ahora no sabes dónde colocar, dónde guardarlas, si quemarlas...

-Chingado-pronuncias en voz alta. 

Voltea a verte el hombre que descarga las cervezas del camión. Miras Chapultepec. Sobre sus adoquines rojos pasan corriendo los automóviles. Si te inclinaras un poco más sobre la barra, verías al fondo el monumento a los Niños Héroes, su glorieta, sus piedras cuadradas, su Patria de cantera como punta. El hombre de la cerveza entiende ¿por tu mirada? que no te dirigías a él, se limpia el sudor de la frente con el antebrazo y sigue trabajando. Piensas en la bodega que se llena al fondo, poco a poco, de barriles y cajas con botellas. En los refrigeradores apagados, en el patio trasero, un poco más allá, y en las muchas cosas que tú y ella hicieron sobre el lavadero abandonado. Piensas en el resto de la casa. En los cuartos de la azotea, que en la noche invaden los grillos y cucarachas que salen del tinaco vacío y desconectado (anotas sobre la barra con tus dedos: "tirar ese tinaco"). En los cuartos del segundo piso, con sus baldosas amarillas, sus ventanas cuadradas, sus techos con pintura que se descarapela. Que cada día están entonces pintados un poco menos. (anotas también "impermeabilizar y pintar"). Piensas en los muchos proyectos que había de ampliar todo esto hace apenas un año. De tomar el resto de la casa. Tres meses ya. Tres meses ya que se fue. Y tú aquí, intentando levantar con dos manos un proyecto que surgió de cuatro.

-Son catorce, joven.

El camellón de Chapultepec, amplio como para que quepan dos carriles más sobre él, se llena de hombres con corbata y mujeres que cargan enormes bolsas. Revisan en ellas, sacan sus celulares, sus carteras, las llaves de sus coches. Un vendedor de fruta con su carro vacío termina el día, supones, y al llegar a la esquina su pecho se prende y apaga en ¿un suspiro? ¿Una respiración cortada?

-Son catorce, joven.

Miras al hombre que insiste frente a la barra. Sostiene una nota. Lees el escudo en su uniforme de mezclilla y en la punta del papel "Cervecería Modelo de Occidente, S. A. de C. V.". 

-Sí-dices, y firmas. "Diego Durán". Te preguntas de pronto cómo te has comprometido con otra firma. Siete, siete esta semana. Tu nombre apalabrado en un proyecto de cuatro manos que...

-Estas últimas no caben en el fondo, joven. ¿Quiere que se las suba?

Te interrumpen. Otro hombre uniformado, con un diablito atestado de barriles de cerveza, te mira en la banqueta. Piensas en el segundo piso de nuevo. En los cuartos ahora vacíos, en la casa de los abuelos convertida en bar. Piensas en lo ridículo que es que una casa vaya perdiendo cuarto por cuarto y se llene de cajas y de extraños. De gente bebiendo cada noche a la que nadie, ni tú mismo conoces. 

Niegas con la cabeza. La idea de más extraños en la casa te saca de balance. Le pides "déjelas aquí", y señalas junto a una de las mesas. Será la quinta o sexta vez que haces eso, y ahora tienes cajas y cajas de cosas del bar que poner en algún lugar, porque no quieres usar el segundo piso, porque te asusta invadir más la casa donde viviste tres años con ella. Piensas en tus propias cosas, tres colonias más al oriente, arrumbadas en una esquina junto a la cama que Diana y Daniel, tus amigos, improvisaron para ti en el sillón de la sala de su departamento. Piensas de pronto en todos ellos, en que se han quedado solteros juntos el mismo año. Sumando, entre todos son diez años de relaciones dados al carajo.

-Chingado.

El hombre del diablito, ¿acostumbrado a tus improperios?, termina de descargar sin mirarte, mientras su compañero deja la copia de tu nota sobre el mostrador. Le preguntas al del espejo frente a ti cómo va a pagar todo eso, con qué, a qué horas. El hombre del diablito termina de descargar y pasa frente a ti, frente a la barra, frente a las mesas y sillas. 

Un coro de sirenas pasa corriendo frente al local, rumbo a Niños Héroes. Los ¿oficinistas? en el camellón apenas detienen su marcha. Imaginas los vehículos de los servicios de emergencia tomar la glorieta del monumento, apenas unos metros a tu izquierda, ignorar el alto, seguir rumbo al poniente. Dibujas en tu mente Chapultepec avenida extendida frente a ti, su ancho camellón, sus bancas y arboledas, sus chicos en patineta asediando a los peatones ("con per", gritan, imaginas, rebasando gente a la mayor velocidad que permiten cuatro llantas y una tabla), sus fuentes una esquina sí y una esquina no, sus estatuas de los trece cadetes del colegio militar que murieron por la patria. Recuerdas que eso es una mentira, y el tipo del espejo frente a la barra te devuelve una sonrisa. 

-¿Qué no es una mentira?-preguntas en voz alta. 

Cierras la cortina y la avenida, su camellón, sus bancas y arboledas, sus skaters, sus fuentes una esquina sí y una no, sus estatuas de trece mentiras, sus oficinistas, sus vendedores de fruta, todo se calla. Quedas dentro de la que fue la casa de tus abuelos y que ahora es un bar que una vez fue un proyecto de cuatro manos y que ahora es un proyecto de dos. El tipo del espejo junto a ti y junto a la barra te devuelve un rostro que llora.

-Chingado.

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