martes, 29 de noviembre de 2016

Flans, los ochenta y el neón.

No hay peor década
que la que se recuerda con nostalgia.
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Hay un hecho curioso: no se puede pensar ninguna década sin el color. Este fenómeno existe al menos desde que el influjo mediático se pudo hacer en colores, con el surgimiento de la televisión y el cine alcanzando esa característica o modalidad visual. Piensen ustedes en la que quieran. Los sesenta, los setenta, los ochenta, los noventa. Todo se trata de color y textura (que, si lo piensan, no es sino una combinación de colores llevada al extremo de los detalles mínimos, donde el límite de la flor o del círculo lo define, por dar un ejemplo, el del estampado que la continúa o la precisa). Todo se trata de la cara que damos a otros y cómo la pintamos.
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Los ochenta fueron una década particularmente dada al color. El color en las combinaciones más imposibles, más poco estéticas. Yo, que no sé nada de moda, lo puedo notar y recordar (nací cuando la década ya moría, presa de la vertiginosa y extraña llegada de los noventa, que llenó todo de metálicos e imprecisos). El color en aquellas míticas chamarras verde acuamarina con morado. El color en los calentadores rosa mexicano llevadas como calcetas. El color en los rubios de las melenas quemadas, lanzadas al vuelo en crestas y copetes. Resulta curioso: en un mundo donde las políticas neoliberales tomaban vuelo y sentido (se daban sentido a sí mismas, construyendo sus significados y sus propias razones de existencia y difusión), donde las crisis laborales alcanzaban niveles nunca vistos y donde la faz política del mundo rompía por completo con lo que había sido el resto de la historia del siglo XX, cuando el gris del Muro vaticinaba su caída, la gente se llenaba de color. Lo llevaba en la ropa y lo anunciaba en todos los movimientos contracultura que cobraron vuelo en la década: de los punks, surgidos en los setenta, a los altermundistas, con raíces hasta los sesenta. Era una época de profunda desolación, de incertidumbres plantadas, y en la que, en una respuesta que se puede suponer natural, la reacción de las subculturas (si es que tal terminajo puede ser aplicado a ellas) era contestataria y reaccionaria. 
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En México el asunto no era poco diferente. La revolución sexual de los setenta, aunque más timoratamente que en otros países, había abierto paso a una década de más posibilidades en cuanto a la expresión de identidades no hegemónicas. Perdónenmte tantas aseveraciones tan duras: en los ochenta los homosexuales, las madres solteras, las minorías étnicas y las clases no favorecidas siguieron enfrentando, esto es una verdad, los límites y las condicionantes legales y morales que habían vivido en las décadas anteriores. Esto es cierto, pero también lo es que los ochenta significarían una vuelta sin retorno a muchas de esas mismas limitantes. Los discursos cambiarían a partir de entonces, y la apertura de la sociedad mexicana al mundo sería irrefrenable, mucho más, sobre todo, con el arranque de las políticas neoliberales de los sexenios a partir de esta década y hasta la fecha, que no han podido evitar, catecismos aparte, los intentos del sistema político mexicano por alinear las conciencias a las definidas como "apropiadas" para obtener créditos económicos y morales de organismos internacionales.
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No era, pues, una década de libertades pujando, como en otras regiones del mundo, pero tampoco era ya, esto es definitivo, la época de los regionalismos y las microfronteras en las conciencias cerradas a hierro y fortaleza del México de las décadas anteriores. Esto se reflejaba también la música. Por primera vez en su historia, la música mexicana atendía a un nuevo segmento que incluso los rockanroleros impulsados por los industriales cinematográficos de los años sesenta habían ignorado, esto no por otra cosa que porque simplemente no se le pensaba: el de los adolescentes. Televisa, la entonces empoderada como gran empresa mediática audiovisual, tomaba la batuta de los empresarios del cine que dos décadas atrás habían llevado a la pantalla grande, y a la par de (o con) ello a las consolas de todo el país, a Enrique Guzmán o Angélica María, y generaba sus propios artistas para dar de comer a las masas.
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En ese contexto nació Flans. El trío se sumaba a la lista de artistas "Made in Chapultepec" que buscaba y jalaba adolescentes. Generaba ganancias, aparecía en televisión, superaba expectativas, llenaba conchas acústicas y teatros. Era un producto del emporio para dar de comer al emporio, como tantos otros etiquetados apenas bajo conceptos como telenovelas, noticieros y películas. Los brazos del monstruo estirándose a todos los rincones del país (y de las conciencias). Las audiencias mexicanas consumiendo y asumiendo. 
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Las Flans tenían un par de cosas de virtud: sus integrantes sí tenían voces y educación musical, y transmitían con relativas posibilidades frescura y autenticidad. Luego sabríamos, como suele pasar con los productos mediáticos, que detrás del concepto había un andamiaje mercadotécnico preciso y programado. Todo en su lugar, todos haciendo su tarea. Pero para cuando la estructura misma se descubriría sería ya tarde, y el concepto del grupo habría pasado a la historia, en medio de otros muchos conceptos mucho peor planeados surgiendo y ganando la escena. Las Flans, sus copetes y sus coreografías, su representación de la lógica del sistema mediático mexicano nunca tan fuerte como a partir de esa misma década, habrían de pasar al olvido.
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Ahora va un recuerdo personal: El Mayordemishermanos llegando a casa con un casette recopilatorio de sus mejores éxitos. El sello Fonovisa, un lado A y un lado B retomando la ruta planteada por el emporio televisivo para venderse a las masas. Ahí estaban los sonidos planeados, las letras "juveniles" (vayan ustedes a saber qué cosa es eso), la moda hegemónica entera de una década, muchos años de historias. Lo puso en el estéreo y nos enseñó las coreografías que él miraba en televisión a La Mayordemishermanas, La Menordemishermanas y a mí. Lo miramos divertidos, supongo, ya casi no recuerdo (Me acuerdo. No me acuerdo. ¿Qué año era aquel?). Asumimos, eso sí, a ese grupo sonoro y de letras pegajosas (eso sí sabemos qué cosa es) como parte de la memoria ligada a ese hermano de brazos y corazón abierto.
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Por eso no me sonó extraño invitar a La Menordemishermanas al concierto que han dado recientemente en mi ciudad nada menos que las Flans. Después de una pelea por los derechos del nombre, propiedad de su primera representante, el trío logró un acuerdo legal y pudo reunirse y presentarse, incluso grabar un disco en directo. El tema no es en absoluto ligable al "cariño" hacia los fanáticos o cualquier otro tipo de melancolía sobreviviente a tres décadas: el continuo flujo de reencuentros y reapariciones de grupos musicales ochenteros y noventeros, todos ellos productos de Televisa Inc., hablan del éxito que existe en nuestro país, más en estas décadas, en la explotación del recuerdo y el mercado de la nostalgia. A las generaciones que casi no convivimos con ellos, se nos venden como nuevos y se nos dan a cantar sus canciones. A las generaciones que sí los llevan dentro, como parte de sus identidades musicales, se les recuerda y se les dan a comprar sus conciertos. El sábado pasado, junto a algunos amigos y la ya citada Menordemishermanas, lo vi con claridad: el auditorio consistía básicamente en mujeres mayores a cuarenta años. Bailaban las coreografías que el grupo hizo famosas en los ochenta, y coreaban esas mismas canciones. Se emocionaban cuando las tres vocalistas nombraban el siguiente éxito, y corrían a su encuentro cuando dejaban el escenario y entraban entre el público. Eso último tampoco era una mera ocurrencia: el grupo hizo parte de su identidad la careta de una ruptura pretendida con lo establecido, aunque liviana, todavía contenida en lo moralmente aceptable (la otra ruptura vendría en los noventa, por ejemplo, con conceptos mediáticos-musicales como el de Gloria Trevi, desgarrando la camisa de un hombre -un actor, obviamente- localizado en la primera fila de sus conciertos siempre en cada presentación, y retando abierta y hasta grotescamente a los padres, los profesores y otras autoridades de la "chaviza"). Lo natural era entonces verlas a ellas actuar pasar de largo la seguridad del evento (y sus años, pues ya todas llegan a los cincuenta de edad), mezclarse con la gente, hacer slam (con una capacidad, hay que reconocerlo, honorable para sus cinco décadas de existencia).
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Salimos del show satisfechos y recordando la década y el hermano perdidos. El éxito comercial en la venta de la nostalgia es abrumador: rescata al artista (o al menos al personaje) del olvido en que lo ha hundido el tiempo, apela a los recursos económicos que hoy ya tienen los que hace tres décadas apenas superaban el metro cincuenta de estatura, y estimula a las nuevas generaciones, que ven lo nuevo, aunque lo sepan vintage, como curioso y comprable. Las luces de neón ciegan así, y sin reparos, a treinta años de historia de nuestros medios y nuestras audiencias, proponiéndolos perderse en el fluir del dinero y el olvido de una década perdida.
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¡Salud! 

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