domingo, 6 de noviembre de 2016

El año de todas las preguntas.


Algo que te mueva.

Algo que haga tu universo arder.
Sólo ahí habrá respuestas.
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Este ha sido un año plagado de preguntas. Yo no sé si sus respectivos 2016 han fluido de la misma manera. El mío ha sido un ir y venir de una cuestión a otra. De los planes a los proyectos -que suenan a lo mismo, pero no lo son-, de los amores al estado civil -otros dos términos que a veces confundimos-, de las pérdidas a los encuentros. Este ha sido un año de preguntarse y preguntarse y preguntarse. He hecho hace poco, por motivos más lúdicos que cognitivos, y sin afán de generar ningún tipo de averiguación sólida, es más, digamos, por puro perder tiempo, he hecho, decía, una lista de las principales preguntas que han atajado mi vida los últimos doce meses. Sólo han sido las principales, y la lista ha superado seguramente -no la hice escrita- las cinco decenas de enunciados abiertos y cerrados en un signo de interrogación.
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El Édgar, que ya saben ustedes, tiene la fortuna -y la amarga tarea- de ser mi terapeuta, ha soltado hace un par de semanas una de sus frases matadoras -César Lozano, Gaby Vargas y Lupita Venegas (cosa fea) le quedan cortos cuando de acabar al auditorio en tres plumazos se trata-. "Me preguntas qué es lo mejor hacer", me dijo, mientras yo intentaba infructuosamente quitarle el celofán a uno de los dulces ácidos sabor sandía que, vaya usted a saber por qué, tiene en una de las mesitas de su consultorio a disposición del paciente (comienzo a suponer que son parte de la terapia: si uno es capaz de quitarle el celofán a una de esas cosas, debe estar loco de remate). "A veces lo mejor que hay que hacer es no hacer nada". Dejé el dulce en su lugar y de inicio me cuestioné gravemente si valdría la pena seguir pagando cada mes una cita en la que se me dice, básicamente, que me siente a ver el mundo arder.
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Pero El Édgar tiene razón (es raro cuando no). Ese es el punto en que miro a mi alrededor y contemplo a más de la mitad de mis conocidos. Todos ellos han tenido procesos de siembra de preguntas sin respuesta en lo que va del año -que, porque así son los mejores villanos, no termina de morirse-. A todos los veo llevar a cuestas sacos repletos de ellas. Unas más grandes, de las que pesan sobre la sien y no dejan dormir, otras más pequeñas, de esas que hasta se pierden en el camino, que se nos extravían entre los mares del recuerdo como gotas de agua que caen en él. Miro mis propias preguntas a cuestas y encuentro también entre ellas las suaves y las ásperas, las picudas y las redondas. Las que parece que se resolverían con un poco menos de miedo, y las que precisarían años de cargar sin remedio otras preguntas -hay preguntas cadena, preguntas aliadas-. Por eso iniciaba esta entrada preguntando a ustedes por su 2016. 
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¿Y qué hace uno cuando no hay respuestas? La verdad es que nada. Es un mal común que nos enseñan desde pequeños a siempre buscar respuestas. Piensen en el miedo tremendo del estudiante que se enfrenta a un examen en que sólo hay preguntas abiertas vs. la tranquilidad que puede provocar en él un formato de cuestionamientos con opción múltiple: "tal vez no sepa la respuesta", podría decir, "pero por lo menos me la han ofrecido para encontrarla entre otras pocas". Nuestra obsesión por las respuestas es tanta que utilizamos un vocabulario común para hablar de la vida como un continuo ir en pos de respuestas. Así, hablamos del "sentido", la "cuestión" o la "resolución" de la vida como cosas hechas, como algo natural. Y yo me pregunto si lo es. Si no es más bien parte de nuestra condición humana el navegar en un eterno mar de preguntas sin respuesta. Si no haríamos mejor en ir en pos de las preguntas y dejar las respuestas para ese caminar del tiempo que es la única constante en la vida -junto con el cambio, que es otra pregunta abierta siempre-. 
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Haga un esfuerzo por un examen de conciencia y pregúntese si no tiene usted una larga lista acumulada de preguntas en sus últimos doce meses de andar por aquí. Si la respuesta es "sí", súmese conmigo a la aglomeración consistente y dubitativa que constituye ya este club de personas sin respuestas. Traiga sus preguntas con usted. Son bienvenidas. No pasa de que quepamos menos, pero seamos más humanos. 
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¡Salud!

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