lunes, 14 de noviembre de 2016

Dominación y copas menstruales.

Hay voces todo el tiempo hablando en nuestro interior.
A veces las escuchamos.
A veces las ignoramos.
A veces las obedecemos sin saber que lo hacemos. 
Esas veces son las más peligrosas.
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Mis compañeros de la maestría discutían en círculo algunos temas superfluos. Eso que acabo de decir implica un juicio muy duro, al menos en apariencia: de aceptarlo, estaría yo diciendo casi que discutíamos tonterías. De inicio sí era una tontería, al menos una banalidad: el debate inició en torno al objeto conocido como "copa menstrual" y sus aportes (fíjense lo arriesgado de la premisa, lo salvaje de la ilación de ideas) al empoderamiento femenino. Particularmente a través de las mujeres del grupo, se explicaba que la copa permitía a sus usuarias decidir con mayor autonomía sobre su higiene personal y cobrar, según entendí, mayor consciencia en torno a sus cuerpos, ciclos y procesos. Ese último argumento lo pude entender un poco poniéndome en el lugar de un sujeto que necesita cada mes, prácticamente sin falta, de un objeto personal de limpieza. No, no hay forma en que nosotros, que no tenemos una vagina ni un ciclo menstrual, podamos entenderlo del todo. De modo que aplaudo, esta es, claro, mi opinión, la posibilidad de que la parte de la humanidad que sí atraviesa cada mes por un ciclo menstrual decida cómo o con qué objeto quiere hacerle frente.
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Hasta aquí parece que estoy hablando de una batalla. Eso es horrible y no. Es en parte cierto: las condiciones actuales (y presentes durante muchísimos años) en que se mueven los muchos mercados y nociones en torno a la capacidad de las mujeres para decidir sobre sus cuerpos y su salud se constituyen en verdaderos campos de batalla. De un lado, luchan ellas y sus voluntades. Sus necesidades específicas, que son y no son las de los hombres. Comparto con una porción de quienes llevan el debate el argumento de que hemos nacido distintos e iguales, y de que debería ser obligación de todos, en cada sociedad, empoderar las diferencias y respetar las igualdades. Del otro lado, a veces medio oscuros, medio ilegibles, están los muchos intereses de quienes pretenden verlas a ellas (y de paso vernos a todos) como estadísticas y muñequitas de aparador. Que pretenden que el dominio sobre sus cuerpos y vidas sea asunto público y legislado. El resultado es una lucha casi a muerte entre ellas que se quieren vivas y con poder de decidir, y el resto de las conciencias, poderes y manos que las esperan sumisas, calladas, dignas de apenas una parcela del quehacer social.
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Por eso cuando las veía discutir a todas sobre derechos y voluntades, me preguntaba cuántos años tendría la humanidad en ese mismo debate. Qué personas e intereses específicos habrían circulado de cada lado del campo en guerra. Quiénes habrían perdido y cuándo, y quiénes ganado y durante cuánto tiempo. Una de mis compañeras, a quien no apodaré para evitar malentendidos, tachó de "inconcebible" la posibilidad de utilizar la copa. Sonreí y le aseguré (cosa rara porque prácticamente no tomé la palabra en todo el debate) que había escuchado decir eso a muchas otras amigas y mujeres cercanas. El trabajo era probarla. Una vez usada, la copa menstrual constituía para ellas un objeto imprescindible. Ahorraba dinero y evitaba muchas otras incomodidades que vienen con objetos, hay que ser claros, no pensados para la comodidad, como los tampones o las toallas. "De cualquier modo, no", sentenció mi compañera, y yo entendí.
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Entendí que estamos constituidos sobre argumentos y sus discursos. Y no sólo estamos parados en ellos: ellos forman nuestra piel, nuestra consciencia, dan dinamismo a nuestras acciones y posibilitan que los repliquemos. A esto algunos han llamado una doble estructura: nuestro caminar sobre el mundo posibilita y restringe, construye y nos predispone. Nosotros, al construir, replicamos. Lo que dijo papá, lo que a su vez papá y mamá le dijeron a él. Los terapeutas de constelaciones familiares (la multinivel de los sicólogos, por aquello del engaño) insisten en que cargamos y estamos hechos de información de hasta ocho generaciones atrás. En eso podría yo estar de acuerdo con ellos, pero no en que se nos imprime a nivel celular como código genético: lo aprendemos, lo "mamamos", y vamos con eso por la vida construyendo nuestras identidades y apropiándonos de las de otros. Vamos con eso por la vida trabajando nuestra subjetividad. 
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La negación de mi compañera no cedió el resto de la tarde. Yo entendí que no había más que hacer: ella había tomado una decisión, y eso, como el resto de las vidas, tenía que ser totalmente respetado. Pensé también que, después de todo, no podemos dejar el tema de las posibilidades del acceso a condiciones igualitarias de poder a un objeto cualquiera, hecho de plástico o de tela. El acento debería estar en el discurso y en el acceso a la voz. En las formas como permitimos que ellas se pasen la palabra, que vendan a otras las ventajas (poder, salud, decisión, etc.) que cualquier objeto da a sus vidas. En los canales que abrimos y facilitamos para que ellas puedan contarse otras historias, narrarse otras ideologías, puntualizarse otras formas de ver el mundo. En los martillos con los que reforzamos o destruimos aquellos dichos patriarcales (qué fea palabra, que sabe a catedral, a columna de piedra, a institución forzada) que las prefieren muertas que reunidas ("mujeres juntas, ni difuntas"). En los libres accesos que todos, nosotros y nosotras, planteamos para su caminar-decidiendo. 
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Hay quien dice que ese es el tema de la derrota de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales estadoundienses del martes pasado. Este blog -y su pluma que lo escribe- se suma a la sorpresa y a la sensación de desamparo por el triunfo de Donald Trump, su rival republicano, pero no ve en la derrota de "la exprimera dama" símbolos de un menor acceso a derechos y posibilidades de empoderamiento. El símbolo que sí es claro de eso es que sigamos hablando de Clinton "la exprimera dama" y no como la "senadora", "político" o "activista". O que sigamos diciendo "político" porque decirle "política", con toda la carga de reconocimiento genérico que la flexión de género implicaría, se presta a "confusiones". Confundidos estamos todos, y aún así construimos sociedades cada día. Tomen nota.
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¡Salud!

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