lunes, 21 de noviembre de 2016

De los globos a las nubes.

Vamos a subir al cielo.
Vamos a tocarlo.
Vamos a ver desde allá y a la distancia,
en perspectiva,
como somos poquita cosa.
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"Vamos al Festival del Globo en Guanajuato", propuso La Anylle, compañera de la maestría que a sus 22 años supera a cualquiera de ustedes en garra para enfrentar la vida. Su propuesta venía respaldada por las (ya por favor que alguien las pare) tremendas ganas de viajar que los compañeros de origen cubano de la misma maestría se cargan y nos redireccionan para que las administremos. Se han propuesto hacer un viaje por mes durante los 48 que estarán (como mínimo) en México, y depositan en nuestros conocimientos sobre el país, nuestro conocimiento de mexicanos nativos, la tremenda responsabilidad de llevarlos arriba-abajo por todo el territorio nacional (que es Telcel, más que otra cosa). A todo esto hay que sumar que yo tengo ya casi dos años con un chip raro en mí que me imposibilita decir que no a cualquier propuesta.
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Entonces dije que sí. Ya después me enteré que se trataba de acampar, pasar fríos, caminar medio planeta (esto es una exageración) y gastar una fortuna en comida mala y cara (esto no es una exageración). Intenté rajarme al último minuto (ese es el otro chip que tengo, y que no es raro en mí), pero la "comunidad cubana" de la maestría, y la propia Anylle, me hicieron saber con sus rostros que tal decisión sería considerada una afrenta sin contrapesos para las buenas relaciones diplomáticas México-Cuba-Atotonilco (La Anylle es embajadora oficial y plenipotenciaria de ese pueblito de crepúsculos arrebolados y hombres sudorosos -eso dice ella, yo no he ido a comporobarlo- que está en el oriente de Jalisco). Así que no tuve más, en bien de evitar una tercera guerra mundial -o regional, ya no estoy entendiendo nada-, que dejarme de cosas y lanzarme con ellos a la aventura.
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Acampamos (me di cuenta que nunca en mi vida había hecho eso, y recordé que soy, título ganado a pie juntillas, un ratón de ciudad), pasamos mucho, mucho, mucho frío (íbamos en calidad de botargas del Dr. Simi con treinta chamarras cada quien, y seguíamos temblando), caminamos un cuarto de planeta (tal vez sí exageré en el párrafo anterior) en medio del polvo y el asfalto, y degustamos comida muy cara (el verbo "degustar" está muy devaluado últimamente). 
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Pero valió la pena. Todo valió la pena. Cada minuto de sueño perdido, cada cansancio, cada espacio de sed, cada kilómetro recorrido. El domingo por la mañana nos levantamos muy temprano para ver el espectáculo de los globos aerostáticos. Eran cientos, volando al mismo tiempo sobre el cielo de León que amanecía. Flotaban sobre mi cabeza, con muchas formas y colores. Mientras lo hacían, comencé a pensar en los pasos que hemos dado como especie. Los caminos recorridos, las muchas rutas trazadas y las derrotas superadas para que hoy podamos, con casi total facilidad, con un esfuerzo mínimo, alzarnos sobre el cielo y un poco más allá. Lo que ha supuesto, en términos de vidas humanas puestas en ello, de energía motora e intelectual, llegar a tocar las nubes con relativa total seguridad. Recordé a 
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Dejé atrás a mis compañeros y me adentré entre las personas. Dejé de ver los globos un rato para mirar las caras todavía con restos de sueño pero felices. Los rostros de los niños, entusiasmados, las parejas besándose (para la selfie, lo que no le resta amor al beso), las familias yendo y viniendo frente a la presa de El Palote. El cielo amaneciendo, las piernas caminando, los pies marcando el suelo. Es, todo, un espectáculo increíble. Supone muchos retos como especie superados, muchas construcciones culturales conquistadas y que nos fortalecen, en un tiempo que se antoja oscuro, enterrador de las diferencias, negador de lo diverso. Supone que entendemos y disfrutamos, que en medio de las adversidades abrimos un tiempo y un espacio para el espectáculo, para dispersarnos, para fotografiarnos y compartirnos. Yo no veo tampoco en eso último ningún síntoma de un fallo. Es cierto que vamos por ahí haciendo ver a otros en virtual lo que tenemos en real. Es cierto que nos preocupa una buena pose, un buen perfil, una buena portada con la cual dar cara al mundo. Pero también lo es que nuestra identidad, para mostrarse al mundo, siempre se ha valido de la técnica y el material, de los cazadores pintados en las cavernas argelinas al retrato al óleo, del daguerrotipo al selfie-stick. Es lo que somos, y nos encanta mostrarlo brilloso y magnífico.
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También pensé que los espacios de tranquilidad que un globo al vuelo ofrece no se viven todo el año. Mi 2016 ha sido, ya lo saben, algo caótico y demencial. Ha supuesto la caída de falsos ídolos y la reconstrucción de partes enteras de mi ciudad, de mi país personal. Ha significado nuevas carreteras, nuevas rutas hacia preguntas sin respuesta. Muchos suspiros, muchas lágrimas, muchos segundos de soledad (de la seria, de la que se lleva y no se muestra, sólo se vive). Un espacio así, en mitad de una ciudad del Bajío, al amanecer, supone una conquista que es de ninguno de los otros que formaron el medio millón presente ahí: la constitución de mi espacio vacío, de mi lugar para mí, de mi paz interior conquistada con mucho esfuerzo, y cada día. La revolución puertas adentro, y sus nuevos periodos de institucionalidad después. Mi nación refundada, mi historia de nuevo en vuelo.
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¡Salud!

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