martes, 29 de noviembre de 2016

Flans, los ochenta y el neón.

No hay peor década
que la que se recuerda con nostalgia.
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Hay un hecho curioso: no se puede pensar ninguna década sin el color. Este fenómeno existe al menos desde que el influjo mediático se pudo hacer en colores, con el surgimiento de la televisión y el cine alcanzando esa característica o modalidad visual. Piensen ustedes en la que quieran. Los sesenta, los setenta, los ochenta, los noventa. Todo se trata de color y textura (que, si lo piensan, no es sino una combinación de colores llevada al extremo de los detalles mínimos, donde el límite de la flor o del círculo lo define, por dar un ejemplo, el del estampado que la continúa o la precisa). Todo se trata de la cara que damos a otros y cómo la pintamos.
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Los ochenta fueron una década particularmente dada al color. El color en las combinaciones más imposibles, más poco estéticas. Yo, que no sé nada de moda, lo puedo notar y recordar (nací cuando la década ya moría, presa de la vertiginosa y extraña llegada de los noventa, que llenó todo de metálicos e imprecisos). El color en aquellas míticas chamarras verde acuamarina con morado. El color en los calentadores rosa mexicano llevadas como calcetas. El color en los rubios de las melenas quemadas, lanzadas al vuelo en crestas y copetes. Resulta curioso: en un mundo donde las políticas neoliberales tomaban vuelo y sentido (se daban sentido a sí mismas, construyendo sus significados y sus propias razones de existencia y difusión), donde las crisis laborales alcanzaban niveles nunca vistos y donde la faz política del mundo rompía por completo con lo que había sido el resto de la historia del siglo XX, cuando el gris del Muro vaticinaba su caída, la gente se llenaba de color. Lo llevaba en la ropa y lo anunciaba en todos los movimientos contracultura que cobraron vuelo en la década: de los punks, surgidos en los setenta, a los altermundistas, con raíces hasta los sesenta. Era una época de profunda desolación, de incertidumbres plantadas, y en la que, en una respuesta que se puede suponer natural, la reacción de las subculturas (si es que tal terminajo puede ser aplicado a ellas) era contestataria y reaccionaria. 
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En México el asunto no era poco diferente. La revolución sexual de los setenta, aunque más timoratamente que en otros países, había abierto paso a una década de más posibilidades en cuanto a la expresión de identidades no hegemónicas. Perdónenmte tantas aseveraciones tan duras: en los ochenta los homosexuales, las madres solteras, las minorías étnicas y las clases no favorecidas siguieron enfrentando, esto es una verdad, los límites y las condicionantes legales y morales que habían vivido en las décadas anteriores. Esto es cierto, pero también lo es que los ochenta significarían una vuelta sin retorno a muchas de esas mismas limitantes. Los discursos cambiarían a partir de entonces, y la apertura de la sociedad mexicana al mundo sería irrefrenable, mucho más, sobre todo, con el arranque de las políticas neoliberales de los sexenios a partir de esta década y hasta la fecha, que no han podido evitar, catecismos aparte, los intentos del sistema político mexicano por alinear las conciencias a las definidas como "apropiadas" para obtener créditos económicos y morales de organismos internacionales.
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No era, pues, una década de libertades pujando, como en otras regiones del mundo, pero tampoco era ya, esto es definitivo, la época de los regionalismos y las microfronteras en las conciencias cerradas a hierro y fortaleza del México de las décadas anteriores. Esto se reflejaba también la música. Por primera vez en su historia, la música mexicana atendía a un nuevo segmento que incluso los rockanroleros impulsados por los industriales cinematográficos de los años sesenta habían ignorado, esto no por otra cosa que porque simplemente no se le pensaba: el de los adolescentes. Televisa, la entonces empoderada como gran empresa mediática audiovisual, tomaba la batuta de los empresarios del cine que dos décadas atrás habían llevado a la pantalla grande, y a la par de (o con) ello a las consolas de todo el país, a Enrique Guzmán o Angélica María, y generaba sus propios artistas para dar de comer a las masas.
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En ese contexto nació Flans. El trío se sumaba a la lista de artistas "Made in Chapultepec" que buscaba y jalaba adolescentes. Generaba ganancias, aparecía en televisión, superaba expectativas, llenaba conchas acústicas y teatros. Era un producto del emporio para dar de comer al emporio, como tantos otros etiquetados apenas bajo conceptos como telenovelas, noticieros y películas. Los brazos del monstruo estirándose a todos los rincones del país (y de las conciencias). Las audiencias mexicanas consumiendo y asumiendo. 
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Las Flans tenían un par de cosas de virtud: sus integrantes sí tenían voces y educación musical, y transmitían con relativas posibilidades frescura y autenticidad. Luego sabríamos, como suele pasar con los productos mediáticos, que detrás del concepto había un andamiaje mercadotécnico preciso y programado. Todo en su lugar, todos haciendo su tarea. Pero para cuando la estructura misma se descubriría sería ya tarde, y el concepto del grupo habría pasado a la historia, en medio de otros muchos conceptos mucho peor planeados surgiendo y ganando la escena. Las Flans, sus copetes y sus coreografías, su representación de la lógica del sistema mediático mexicano nunca tan fuerte como a partir de esa misma década, habrían de pasar al olvido.
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Ahora va un recuerdo personal: El Mayordemishermanos llegando a casa con un casette recopilatorio de sus mejores éxitos. El sello Fonovisa, un lado A y un lado B retomando la ruta planteada por el emporio televisivo para venderse a las masas. Ahí estaban los sonidos planeados, las letras "juveniles" (vayan ustedes a saber qué cosa es eso), la moda hegemónica entera de una década, muchos años de historias. Lo puso en el estéreo y nos enseñó las coreografías que él miraba en televisión a La Mayordemishermanas, La Menordemishermanas y a mí. Lo miramos divertidos, supongo, ya casi no recuerdo (Me acuerdo. No me acuerdo. ¿Qué año era aquel?). Asumimos, eso sí, a ese grupo sonoro y de letras pegajosas (eso sí sabemos qué cosa es) como parte de la memoria ligada a ese hermano de brazos y corazón abierto.
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Por eso no me sonó extraño invitar a La Menordemishermanas al concierto que han dado recientemente en mi ciudad nada menos que las Flans. Después de una pelea por los derechos del nombre, propiedad de su primera representante, el trío logró un acuerdo legal y pudo reunirse y presentarse, incluso grabar un disco en directo. El tema no es en absoluto ligable al "cariño" hacia los fanáticos o cualquier otro tipo de melancolía sobreviviente a tres décadas: el continuo flujo de reencuentros y reapariciones de grupos musicales ochenteros y noventeros, todos ellos productos de Televisa Inc., hablan del éxito que existe en nuestro país, más en estas décadas, en la explotación del recuerdo y el mercado de la nostalgia. A las generaciones que casi no convivimos con ellos, se nos venden como nuevos y se nos dan a cantar sus canciones. A las generaciones que sí los llevan dentro, como parte de sus identidades musicales, se les recuerda y se les dan a comprar sus conciertos. El sábado pasado, junto a algunos amigos y la ya citada Menordemishermanas, lo vi con claridad: el auditorio consistía básicamente en mujeres mayores a cuarenta años. Bailaban las coreografías que el grupo hizo famosas en los ochenta, y coreaban esas mismas canciones. Se emocionaban cuando las tres vocalistas nombraban el siguiente éxito, y corrían a su encuentro cuando dejaban el escenario y entraban entre el público. Eso último tampoco era una mera ocurrencia: el grupo hizo parte de su identidad la careta de una ruptura pretendida con lo establecido, aunque liviana, todavía contenida en lo moralmente aceptable (la otra ruptura vendría en los noventa, por ejemplo, con conceptos mediáticos-musicales como el de Gloria Trevi, desgarrando la camisa de un hombre -un actor, obviamente- localizado en la primera fila de sus conciertos siempre en cada presentación, y retando abierta y hasta grotescamente a los padres, los profesores y otras autoridades de la "chaviza"). Lo natural era entonces verlas a ellas actuar pasar de largo la seguridad del evento (y sus años, pues ya todas llegan a los cincuenta de edad), mezclarse con la gente, hacer slam (con una capacidad, hay que reconocerlo, honorable para sus cinco décadas de existencia).
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Salimos del show satisfechos y recordando la década y el hermano perdidos. El éxito comercial en la venta de la nostalgia es abrumador: rescata al artista (o al menos al personaje) del olvido en que lo ha hundido el tiempo, apela a los recursos económicos que hoy ya tienen los que hace tres décadas apenas superaban el metro cincuenta de estatura, y estimula a las nuevas generaciones, que ven lo nuevo, aunque lo sepan vintage, como curioso y comprable. Las luces de neón ciegan así, y sin reparos, a treinta años de historia de nuestros medios y nuestras audiencias, proponiéndolos perderse en el fluir del dinero y el olvido de una década perdida.
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¡Salud! 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 5).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).

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V.
01/09/2014, 18:08 hrs.


Fuego. La cúpula arde en llamas. El hombre se alza al infinito (¿o desciende a las profundidades?) envuelto en fuego. Puedes escuchar el chirriar de su carne al ser abrasada. Puedes oír el lamento apagado, la furia contenida de una respiración acompasada. Sabes que ese Prometeo agigantado ilumina y quema. Bajo (¿o sobre?) el hombre-antorcha, tres figuras más guarecen el viaje del fuego, de la luz, rodeándolo con sus brazos extendidos, como en una de esas artesanías de barro en que un grupo de danzantes bailan alrededor de una fogata. 

Cierras el puño, recostada sobre la banca de madera. Los grupos de turistas se agolpan junto a ti, pero tú no dejas de mirar la cúpula. Ni cuando un hombre con sombrero patea tu rodilla sin querer ("Excuse me") ni cuando un par de niños se acercan a intentar sentarse en el pedazo de banca que tu cuerpo, delgado y adolorido por las horas de sueño faltantes, deja libre ("Sí cabemos, vente") ni cuando el guía de turistas te mira y luego revisa el reloj en su muñeca ("Ya se ha tardado mucho ella ahí"). 


-Eso es lo que te pasa por darlo todo- suspiras-. Eso es lo que te pasa, tonta, por jugar a las patadas con el amor. En ese juego nadie nunca gana.

El guía pasa a tu lado una y otra vez. Hace que la gente se acerque. Te presiona. Finalmente se anima, desesperado, y te habla.

-Señorita, otras personas también se quieren acostar a mirar el mural.

Lo miras con tus ojos llorosos. Han de ser rojos como la cúpula, rojos como el fuego (no cualquier fuego. Ese fuego). El guía entiende. Se calla y se aparta. Vuelves a tu observación con esos mismos ojos gordos de sangre.

La luz del sol que entra por las ventajas que rodean al hombre en llamas te ciega y te duele. Los tres sujetos rendidos a los pies del fuego (¿o sobre él?) parecen hacerse a un lado. 

-A nadie le gusta el sol. El sol nos habla de las cosas que perdemos. Cuando transita, cuando pasa sobre nosotros y luego cuando se esconde, se lleva nuestro tiempo. Se lleva nuestra vida. El sol está hecho del fuego que nos quita.

Cierras los ojos.  Diego viene a tu memoria. Lo rechazas. Te repites otra vez, para evitar pensar: "Mi nombre es Danae Durán Domínguez. Tengo veintisiete años de edad. Vivo en Guadalajara, Jalisco, México. Estoy soltera. Diego murió. Diego muere cada noche cuando me duermo y no lo sueño. Diego muere al fuego cada tarde, muerto con el sol que muere". 

Piensas en Durango. Inevitable. Aquel primer viaje juntos, la sensación de estar conociendo otro planeta de la mano de él. La novedad, cada segundo de día un descubrimiento. Las calles polvosas, los niños siguiéndolos a ti y a Diego agitando en sus manos latas de verduras Herdez llenas con piedritas. Rememoras el andar tumboso del autobús por la carretera, y luego de la camioneta que tomaron hacia las terracerías porque el camión ya no los quiso llevar ("No, jóvenes, yo a esas tierras calientes ya nuentro"). Los miles de baches. Las piedras sueltas que caían por el acantilado cada vez que el vehículo aceleraba (una 4x4, recuerdas, pesadísima). Las putas ganas de perderse, las tuyas y las de él. De jugarle al vivo, siempre jugarle al vivo. Lo mucho que te alegraste cuando pusiste un pie en el suelo y estabas viva, luego de tantas curvas con bordo hacia la nada. 

Recuerdas el sabor de la piel de Diego esa noche, salada. Su consistencia polvosa en tu boca. El olor de su sudor mezclado con el de sacos vacíos, madera curada, maíz quebrado, en la casa donde se quedaron, en San Dimas. Recuerdas tu intento por ahogar tus gemidos, temerosa de que la dueña de esa casa de adobe encalado los escuchara. Recuerdas las respiraciones profundas de Diego sobre ti, confundidas con los ronquidos de la dueña de la casa y de sus hijos (¿cinco? ¿cuatro? Tendidos a su lado todos en la misma cama, apenas a una cortina de distancia). Recuerdas sus manos amplias, tomándote entera por la cintura. Recuerdas el techo plagado de alacranes, y ese punto en la noche sin retorno. 

Te muerdes el labio. Te ahogas. Intentas desesperadamente respirar y no puedes. Abres los ojos. Fuego. De la mano del hombre ardiente frente a tus ojos cunde otro grupo de llamas. La figura con la boca abierta y el cabello al vuelo, debajo (¿o sobre?), mira al oriente aún más desesperado. Puedes ver su rostro desencajado, su boca abierta y hueca, como una cueva, sin labios. Abres las palmas de la mano y abrazas la madera de la banca. La sensación de la resina fría que la cubre te dispara un primer respiro. Tus pulmones se inflan, dos globos aerostáticos a los que apenas contiene, y con dolor, tu caja torácica. Tu boca se abre, como la de la figura despeinada. Intentas gritar, y sale de ella apenas un gemido. 

Miras a tu derecha y a tu izquierda. El resto de los murales son líneas grises, azules y rojas que rompen el muro en muchas historias con perspectiva. El rostro adusto de un conquistador robótico (¿Cortés?) encima a tu derecha te provoca escalofríos y te obliga a regresar tu mirada al hombre en llamas, en la cúpula central. Ahí está de nuevo, subiendo, o bajando. Conquistando un espacio que no es para nada esta capilla sin ornamentos, este hospicio sin niños.

Recuerdas de nuevo San Dimas. E intentas no pensar en eso otra vez. "Mi nombre es Danae Durán Domínguez. Tengo veintisiete años de edad. Vivo en Guadalajara, Jalisco, México". Ese año murieron casi veinte niños en el pueblo. "Estoy soltera. Diego murió". Las mujeres solas, esposas de migrantes, se resistían a dejar cremar los cuerpos. "Diego muere cada noche cuando...". Se abrazaban a los brazos y piernas de los que habían sido sus hijos. "Me duermo y no lo sueño".  Llamaban desconsoladas a la capital. Exigían respuestas. Funcionarios taciturnos les prometían devolver la llamada. "Diego muere al fuego cada tarde...". Nadie supo dar respuesta. Nadie regresó jamás los telefonazos. Hubo que encerrar a las mujeres en sus casas para, al menos, enterrarlos velozmente. "...muerto con el sol que muere".

Te rindes al recuerdo. Tú fuiste con Diego a documentar. Terminabas tu tesis de maestría, y la noticia que viste en un portal de internet llamó tu atención. Se hablaba de una enfermedad extraña. De una infección que no daba a nadie más que niños menores de trece años. "La edad perfecta", te dijo Diego cuando le comentaste, tendidos sobre cobijas en el suelo luego de otra noche sin dormir, amándose a mordidas y empellones, en esa que fue la casa de sus abuelos y que ahora estaba vacía y casi cayéndose a retazos, sobre Chapultepec. Te corriges: que entonces estaba vacía, porque luego la llenaron de mesas y sillas y la reacondicionaron para ser un bar. Su bar. El que administrarían juntos. En el que recibirían a todos sus amigos. A Daniel, a Diana, a Dublín, a Domingo. El proyecto de sus vidas. "La edad en que estás lo suficientemente pendejo para ser un niño y aún no lo suficientemente pendejo para ser un adulto".

Cierras los ojos de nuevo. La figura del hombre en llamas se dibuja sobre tus córneas como en el negativo de una fotografía. Vuelves a intentarlo. "Mi nombre es Danae Durán Domínguez. Tengo veintisiete años de edad". Diego fotografiando mujeres enlutadas. "Vivo en Guadalajara, Jalisco, México". Diego videograbando para ti a los pocos hombres del pueblo, los viejos que ya no migran, echando con dificultad paladas de tierra sobre los ataúdes. "Estoy soltera". Diego documentando sus espaldas cansadas, consumidas por el sol. "Diego murió". Diego entrevistando para ti a los pocos niños vivos. Los sobrevivientes. "Diego muere cada noche cuando me duermo y no lo sueño". Diego editando en su computadora personal las voces de infantes llenas de miedo. Sus expresiones aletargadas, dormidas casi por el hambre. "Diego muere al fuego cada tarde...". Diego sonriendo al sol, volteando a verte. "...muerto con el sol que muere".

Te levantas y te sientas en la banca. Un dolor en tu estómago revive. Es el dolor de un hueco, de algo que debiera estar y no está. De un paso perdido, de un objeto que buscas cada día sin descanso, de sol a sol, y que es brújula, piedra, raíz, estrella. Miras en el piso del Cabañas reflejada tu sombra por la luz que entra por la puerta que mira al poniente. Tu cuello delgado, tus brazos estirados como los de las figuras en la cúpula, los guardianes del fuego. Levantas de nuevo tu rostro. Sientes dolor en tus ojos, en toda su superficie, la que ven los otros y la que se esconde y mira hacia tu interior. Imaginas que a estas alturas son dos bolas rojas, dos carbones que arden. Miras las figuras en la cúpula y de un segundo a otro todas se han nublado. No son sino manchas de dolores que se superponen y bailan sin ritmo, como cuando en medio de un chipi chipi te asomas sobre los estanques del Jardín Japonés en Colomos y contemplas los peces bajo la superficie del agua. Estás llorando. 

Un hombre se acerca. Intenta sentarse a tu lado y tu mirada ardiente lo detiene. 

-Cálmese. ¿Le puedo ayudar en algo? 

Una voz llama a un guardia. Bajas tu rostro y dos lágrimas caen sobre tus Converse rojos, una en cada uno. La tela del calzado las absorbe. Las manchas marrón que han dejado se extienden sobre los empeines. Levantas de nuevo la vista. Te tranquiliza un poco encontrar el hombre en llamas y sus guardianes, de nuevo todo en su lugar. 

-Mi nombre es Danae Durán Domínguez- repites en voz muy baja, rodeada de alboroto-. Tengo veintisiete años de edad. Vivo en Guadalajara, Jalisco, México. Estoy soltera. Diego murió. Diego muere cada noche cuando me duermo y no lo sueño. Diego muere al fuego cada tarde, muerto con el sol que muere. 

Se escucha algo en el radio del policía que toca tu hombro e intenta llamar tu atención. Hablan de unidades, mencionan códigos de emergencia, piden que la mayor cantidad posible se acerque. "No es para tanto", piensas. "No pienso morirme de esto. No pienso morirme aquí". 

Te inclinas sobre ti misma y exhalas un grito. Retumba en las paredes. Retumbas las paredes. Ves muchos pies acercarse, rodearte. El policía pide espacio. Los guías de turistas arman una valla a tu alrededor. Extienden sus brazos, impiden que la gente se acerque. Hay preguntas. Cientos de preguntas lanzadas por muchas bocas superan tu grito. El ruido de las voces ensordece. Sientes tu cara de pronto ponerse roja. Los brazos extendidos de los guías hacen una circunferencia casi exacta que te protege. 

El radio del policía exhala cada vez más desesperadas llamadas de auxilio. Recoges palabras al vuelo como naranjas que caen de un árbol en un temblor: emergencia, altura, atención en crisis, condominio guadalajara. "Alguien debe estarse tirando del Condominio", supones. "Alguien ya no aguantó toda esta mierda". Diego recibiendo la playera de Metallica que le regalaste. Diego sonriendo forzadamente frente al espejo, contigo detrás documentando el regalo. "Y no lo culpo". 

Miras de nuevo al hombre de fuego, en mitad de tu círculo de guías turísticos, que intentan romper un par de paramédicos. ¿Sube? ¿Baja? ¿Asciende? ¿Desciende? "Da igual", piensas. "De cualquier manera no llegará muy lejos. Habrá de ser llamarada, luz, humo, cenizas y luego nada. Silencio que arrastra el viento como una historia que se acaba". 

lunes, 21 de noviembre de 2016

De los globos a las nubes.

Vamos a subir al cielo.
Vamos a tocarlo.
Vamos a ver desde allá y a la distancia,
en perspectiva,
como somos poquita cosa.
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"Vamos al Festival del Globo en Guanajuato", propuso La Anylle, compañera de la maestría que a sus 22 años supera a cualquiera de ustedes en garra para enfrentar la vida. Su propuesta venía respaldada por las (ya por favor que alguien las pare) tremendas ganas de viajar que los compañeros de origen cubano de la misma maestría se cargan y nos redireccionan para que las administremos. Se han propuesto hacer un viaje por mes durante los 48 que estarán (como mínimo) en México, y depositan en nuestros conocimientos sobre el país, nuestro conocimiento de mexicanos nativos, la tremenda responsabilidad de llevarlos arriba-abajo por todo el territorio nacional (que es Telcel, más que otra cosa). A todo esto hay que sumar que yo tengo ya casi dos años con un chip raro en mí que me imposibilita decir que no a cualquier propuesta.
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Entonces dije que sí. Ya después me enteré que se trataba de acampar, pasar fríos, caminar medio planeta (esto es una exageración) y gastar una fortuna en comida mala y cara (esto no es una exageración). Intenté rajarme al último minuto (ese es el otro chip que tengo, y que no es raro en mí), pero la "comunidad cubana" de la maestría, y la propia Anylle, me hicieron saber con sus rostros que tal decisión sería considerada una afrenta sin contrapesos para las buenas relaciones diplomáticas México-Cuba-Atotonilco (La Anylle es embajadora oficial y plenipotenciaria de ese pueblito de crepúsculos arrebolados y hombres sudorosos -eso dice ella, yo no he ido a comporobarlo- que está en el oriente de Jalisco). Así que no tuve más, en bien de evitar una tercera guerra mundial -o regional, ya no estoy entendiendo nada-, que dejarme de cosas y lanzarme con ellos a la aventura.
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Acampamos (me di cuenta que nunca en mi vida había hecho eso, y recordé que soy, título ganado a pie juntillas, un ratón de ciudad), pasamos mucho, mucho, mucho frío (íbamos en calidad de botargas del Dr. Simi con treinta chamarras cada quien, y seguíamos temblando), caminamos un cuarto de planeta (tal vez sí exageré en el párrafo anterior) en medio del polvo y el asfalto, y degustamos comida muy cara (el verbo "degustar" está muy devaluado últimamente). 
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Pero valió la pena. Todo valió la pena. Cada minuto de sueño perdido, cada cansancio, cada espacio de sed, cada kilómetro recorrido. El domingo por la mañana nos levantamos muy temprano para ver el espectáculo de los globos aerostáticos. Eran cientos, volando al mismo tiempo sobre el cielo de León que amanecía. Flotaban sobre mi cabeza, con muchas formas y colores. Mientras lo hacían, comencé a pensar en los pasos que hemos dado como especie. Los caminos recorridos, las muchas rutas trazadas y las derrotas superadas para que hoy podamos, con casi total facilidad, con un esfuerzo mínimo, alzarnos sobre el cielo y un poco más allá. Lo que ha supuesto, en términos de vidas humanas puestas en ello, de energía motora e intelectual, llegar a tocar las nubes con relativa total seguridad. Recordé a 
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Dejé atrás a mis compañeros y me adentré entre las personas. Dejé de ver los globos un rato para mirar las caras todavía con restos de sueño pero felices. Los rostros de los niños, entusiasmados, las parejas besándose (para la selfie, lo que no le resta amor al beso), las familias yendo y viniendo frente a la presa de El Palote. El cielo amaneciendo, las piernas caminando, los pies marcando el suelo. Es, todo, un espectáculo increíble. Supone muchos retos como especie superados, muchas construcciones culturales conquistadas y que nos fortalecen, en un tiempo que se antoja oscuro, enterrador de las diferencias, negador de lo diverso. Supone que entendemos y disfrutamos, que en medio de las adversidades abrimos un tiempo y un espacio para el espectáculo, para dispersarnos, para fotografiarnos y compartirnos. Yo no veo tampoco en eso último ningún síntoma de un fallo. Es cierto que vamos por ahí haciendo ver a otros en virtual lo que tenemos en real. Es cierto que nos preocupa una buena pose, un buen perfil, una buena portada con la cual dar cara al mundo. Pero también lo es que nuestra identidad, para mostrarse al mundo, siempre se ha valido de la técnica y el material, de los cazadores pintados en las cavernas argelinas al retrato al óleo, del daguerrotipo al selfie-stick. Es lo que somos, y nos encanta mostrarlo brilloso y magnífico.
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También pensé que los espacios de tranquilidad que un globo al vuelo ofrece no se viven todo el año. Mi 2016 ha sido, ya lo saben, algo caótico y demencial. Ha supuesto la caída de falsos ídolos y la reconstrucción de partes enteras de mi ciudad, de mi país personal. Ha significado nuevas carreteras, nuevas rutas hacia preguntas sin respuesta. Muchos suspiros, muchas lágrimas, muchos segundos de soledad (de la seria, de la que se lleva y no se muestra, sólo se vive). Un espacio así, en mitad de una ciudad del Bajío, al amanecer, supone una conquista que es de ninguno de los otros que formaron el medio millón presente ahí: la constitución de mi espacio vacío, de mi lugar para mí, de mi paz interior conquistada con mucho esfuerzo, y cada día. La revolución puertas adentro, y sus nuevos periodos de institucionalidad después. Mi nación refundada, mi historia de nuevo en vuelo.
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¡Salud!

jueves, 17 de noviembre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 4).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).


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IV.
01/09/2014, 18:07 hrs.

"Es una verdad hasta ahora irrefutable que uno no encuentra nunca lo que anda buscando mientras lo anda buscando, sino después, cuando ya no lo espera. Si uno quiere encontrar algo, debe entonces dejar de buscarlo y rendirse a las posibilidades de la serendipia". Cierro la libreta. Me duele la espalda. Me incorporo. Mi rostro en el aparador de Juárez, blanco, ajado, me recuerda los tres días sin probar bocado. Busco en mi mochila por quinta vez en el día. Esto ya se ha vuelto una manía. "Si me sobrara tu amor, yo me lo comería". Eso ya no lo escribo. Pienso en escribirlo nada más. Por eso lo entrecomillo. Las comillas son un signo que uno usa a veces sin saber. Cierro la mochila. Dejo de verme en el aparador. Repaso los rostros de las personas a lo largo y ancho de la acerca, hasta donde puedo, hasta donde alcanza mi vista. No está Dublín. Miro a la acera de enfrente. Mi vista de águila, siempre capaz. Tampoco está Dublín ahí. En un movimiento que es casi un arrebato, estiro mi mano sobre la calle. Frente a mí, el Variedades, negro y estirado, se alza como una sombra iluminada por el sol que muere. Qué contradicción es un edificio negro iluminado por el sol. Me pregunto si... tal vez en el café Benito, sentado en una de las mesas, pidiendo una pasta, un trago, entre las cosas extrañas y caras del menú. Dudo si bajar el brazo y cruzar a buscarle... Un taxi se detiene. Bajo el brazo. Abro la puerta. Subo. Me mira sobre su hombro. Instrucciones. "Ande, no muy rápido por favor". El tsuru camina en medio del tráfico. Mi instrucción de ir despacio sirve de muy poco: hora pico. El perfil azul y amarillo del taxi baila sobre las vidrieras de la avenida. La acera atestada de personas. Mis ojos van de un rostro a otro. Brincan selectivamente a los muy viejos, los muy jóvenes, los que llevan gabardina. Los de gorra. Dublín no usa gorras. No puede. La circunferencia de su cabeza es el diámetro del sol. Sonrío recordando esa vez que se lo dije y luego reímos y reímos y luego hicimos el amor, enfurecidos, tirados sobre la alfombra. No es Dublín esa persona que acerca su mano a un cesto público y erra el tiro y deja otra botella más vacía de refresco sobre la banqueta. No es Dublín esa otra que sujeta un globo, ni esa otra que recibe un cono de nieve en la esquina con Donato Guerra. Sobre los primeros pisos en ambas aceras, que son negocios, se alzan fachadas de antiguas casas, pisos de departamentos, planas de vidrios cuadrados y canteras simuladas. Espacios vacíos para una avenida que se queda desierta cada noche. Sin perros que ladren, sin puertas que se abran, sin estufas que se enciendan. Una vez vi una postal de esta misma Juárez en los sesenta. Sus dos cuatro carriles, apenas ampliados. Sus automóviles. Sus cientos de anuncios luminosos. Su pasado con ensoñaciones de Times Square. De eso no queda sino una fila de árboles cuyas hojas caen en el otoño y molestan a los vecinos que las tienen que barrer cada mañana. Pasamos junto al edificio de Teléfonos de México. Tampoco es Dublín la estatua de Matute Remus se recarga en él tomando medidas. La leyenda popular de quienes vieron cómo ese ingeniero ahora petrificado en bronce movía el edificio dos carriles al norte desde sus cimientos, sin derribar un solo ladrillo, hasta colocarlo en su sitio actual. Dublín contaba esa misma historia mirando la estructura desde la avenida. La recuerdo de nuevo. Una mujer en el alto se acerca y golpea en la ventanilla. Andrajos. Pelos. Una nariz sucia y polvosa. Tampoco es Dublín, no puede ser Dublín. Mi mano le dice que no. "Vuelta aquí a la derecha, por favor". El tsuru azul y amarillo se precipita sobre Enrique González Martínez. "Más lento, por favor". El taxista me mira en el retrovisor. Desvío mi vista. No está Dublín entre las personas que esperan en la estética su turno, ni entre los comensales del Madoka. Imposible en el Madoka. Siempre le pareció un café de viejos. El taxi avanza un poco más. Un camión acelera y lo rebasa. Me tapa el lado derecho. Creo ver a Dublín en la fila de personas que esperan para pagar en una papelería. Estiro el cuello. Imposible ganarle a un armatoste de tres metros de altura. El autobús avanza. No está Dublín ahí. Ni en Oportunidades, ni en Azpeitia, ni en Lumen, ni en ninguna otra. "Vuelta a la derecha en la siguiente, por favor". El taxi supera a velocidad el templo de Jesús María, libra la cuadra y toma Hidalgo. "Por arriba, y más lento, joven", le indico, y el taxista recupera el carril lateral, salvándose del túnel al que se acercaba. "¿Estamos buscando a alguien?", pregunta por fin, con los ojos fijos en mí desde el espejo a la altura de sus cejas. No está Dublín en las mercerías, ni entre los empleados que estiran y miden listones, que depositan botones en bolsas pequeñas de plástico que entregan a las clientas. No está Dublín en el par de intendentes que cuelgan en el aparador un banderín tricolor, un busco de Morelos, un "Viva México" de unicel. Tiendas para maestras, ¿quién más compra ya aquí? No está Dublín en el rostro de Hidalgo que cuelga en otro aparador. No es Dublín quien recarga su cabeza sobre su mano en el módulo de paquetería de La Suerte, en la esquina con Santa Mónica. No está Dublín en el grupo de trabajadores que a mi izquierda participan en la demolición del Corona. "Joven, ¿buscamos a alguien?", vuelve a preguntar el taxista. Un mercado quemado. Una explosión. Calles ahora llenas de locatarios desalojados. Me transporto a Santa Mónica, la plazuela frente a la Preparatoria, los andadores atestados de puestos de frutas y verduras, remedios esotéricos, mesas con comida. Me pregunto si estará Dublín entre ellos, comprando una manzana, de las verdes, siempre, un pantalón, una película pirata, algo de fayuca. El taxi para en la esquina con Alcalde. Gente cruza a la carrera en todas direcciones, en medio del "pip-pip" ensordecedor de la alerta para ciegos. Voy de rostro en rostro, en las cuatro esquinas. No está Dublín en la mano que sostiene una bolsa de plástico ni en los ojos llorosos que leen en el teléfono ni en la boca que come desesperada una empanada. No está Dublín tampoco en el policía que bosteza recargado en una de las columnas del Ayuntamiento ni en el tipo concentrado sobre un libro en las escaleras circulares de la fuente de la Plaza de los Laureles. No está Dublín ni aquí ni ahí ni por allá en ninguna de las bancas de sus jardineras circulares. El taxi, sin que se lo pida, dobla en Alcalde. No me molesta. No está Dublín en las pedigüeñas frente al Sagrario, ni en ese hombre que sale de Catedral y se coloca el sombrero de nuevo. No está Dublín en los boleadores de los portales, ni en los meseros del café de las Sombrillas, ni en las manos que se estiran sobre los mostradores de las tiendas de relojes. No está Dublín entre los músicos de la orquesta típica que tocan en el kiosko de la Plaza de Armas, ni aquí ni ahí ni por allá en las caras de quienes escuchan, pacientes, sentados en las bancas. A Dublín no le gusta la música de orquesta. No es de Dublín esa cabellera que sale de una tienda de ropa en Juárez y 16 de septiembre y mira a ambos lados de la avenida mientras habla por teléfono. No está Dublín en los rostros que atienden clientes en la banqueta de la Plaza de la Tecnología. Un ruido seco dos carros adelante hace estallar un montón de pitazos. "Chingado", dice el taxista. "Ya se dieron". Miro por entre los dos asientos delanteros. Un camionero se baja de su unidad, rostro enrojecido, e impreca a un hombre que a su vez desciende de su mini van. Se hacen de palabras. El ruido de los claxon ahoga sus gritos y el ruido sordo que, imagino, deben generar sus puñetazos. "Ijos'e su ma... ya se están dando". Sonrío. No está Dublín en ninguno de esos dos que se golpean, ni en el círculo (voy cara por cara, ojo por ojo, diente por diente) que los rodea. El taxista aprovecha mi sonrisa, la supone, imagino otra vez, una invitación a que intimemos. "Joven, ¿no me va a decir si estamos buscando a alguien?" Esta vez le devuelvo la mirada en el retrovisor. "Es que tengo un cuñado que trabaja en la Procu. Igual él podría", me ofrece. No. No estará Dublín entre los nombres de los detenidos, en las manos tras las rejas, en la barandilla. No estará Dublín en los registros de muertos del forense, junto al Civil Viejo. No estará Dublín en los corchos donde cuelgan de una tachuela cientos de rostros de desaparecidos. "No, gracias, vuelta aquí". El taxi dobla en Miguel Blanco. No está Dublín en ninguno de los rostros de quienes van y vienen, como hormigas ciegas, en la arboleda de San Francisco. No está Dublín en los comensales de La Alemana. No está Dublín tampoco esperando el camión en la fila que se forma en el jardín de Aranzazú. Miro pasar por la ventanilla antiguos edificios porfirianos. Frontones adornados con guirnaldas que alguna mano insensata ha pintado de rosa pastel. Junto a ellos, hay huecos que alguien ha rellenado con edificios cuadrados con vidrios espejados. No me había dado cuenta de lo desesperado que me siento hasta que descubro que tengo la agarradera de mi mochila casi destrozada de tanto arrugarla y mojarla con el sudor de mi mano. "Vuelta aquí". El taxista vuelve a tomar González Martínez. "Joven, ya subimos por aquí. Oiga, en serio, si usted quiere...". No escucho el resto de lo que dice. No está Dublín en las parejas del mismo sexo que salen y entran de bares, restaurantes y cafés. No son las manos de Dublín esas manos que se toman, ni son suyas esas bocas que se besan. Recuerdo sus besos, siempre frescos. El sabor de su saliva. La textura de esa pequeña porción de su piel entre su labio superior y su nariz. Bajo la mirada. No estará Dublín entre neones y mesas, entre menús y vinos tintos. No estará Dublín en los pies que comienzan a bailar, ya a esta ahora, cuando no ha caído la noche. No estará Dublín en las cuentas que se pagan, en las copas que se sirven, en los platos que se acaban. No está Dublín tampoco en el niño que hace malabares en el crucero, en el indigente que se recuesta sobre una banca, en la mujer que acaba de sacar una cartera del bolso de otra mujer y lo guarda ahora, veloz, bajo su abrigo. No está Dublín pagando en las cajas del supermercado en la esquina con Juárez (otra vez Juárez, siempre Juárez), ni llenando su plato en el bufet enfrente. Repaso con velocidad los rostros de quienes van y vienen, se sientan y se paran, en el jardín del Carmen, en el Exconvento, enfrente. Miro su arquería incompleta y recuerdo nuestros abrazos ahí mismo, bajo los restos de cantera en que tres siglos en esta ciudad han convertido a lo que fue un claustro del Carmelo. Tampoco está Dublín en el hombre de corbata que mira su reloj en la esquina con Pavo, afuera de una agencia de colocación. No está Dublín en los viandantes en Federalismo. No estará Dublín en los cientos de rostros que viajan debajo en los vagones del tren urbano. No estará Dublín tampoco en los jóvenes que hacen danza aérea en los árboles del Parque Rojo. No está, no estará, esto de buscarle ya se fue al carajo. "Dé vuelta aquí". El taxi dobla en Prisciliano Sánchez y vuelve a bajar hacia 16 de septiembre. "Acelere". El taxista obedece y pisa a tope, aprovechando los semáforos en verde. Olvido lo dicho. Vuelvo a buscarle. No está tampoco en las caras borrosas que pasan de largo junto a mi ventanilla. "Pero si caminamos estas calles, si anduvimos siempre siempre siempre por estos mismos atardeceres, entre estos mismos edificios. Si nos quejamos mucho de esta arquitectura fragmentada, de esta ciudad de boquetes y fachadas deslavadas", murmuro. El taxista va a cruzar 16 de septiembre hacia el Parián y frena súbitamente. "Ay, cabrón, me asustaron". Una fila de vehículos de emergencia vuelan sobre el asfalto hacia los Dos Templos. "Algo pasó", agrega el taxista. Alguien estará por morir en algún lugar. Miro mi rostro en el aparador de la tienda de discos a mi derecha. Blanco, ajado. No he comido en tres días. Ya debería yo también dejarme de búsquedas idiotas y morirme en algún sitio. "¿Seguimos, joven?" Repaso la red de calles en mi memoria. El sol decrece. No estará Dublín en el resto de esta ciudad de pasos a desnivel, glorietas y fuentes. No estará en las rosas, en los camellones, en las colonias ni de este ni de aquel lado de la Calzada. No estará ya nunca jamás ni por asomo. "Cóbrese", extiendo un billete y abro la puerta. "Ya estuvo bueno de tanta pendejada". 
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¡Salud!

lunes, 14 de noviembre de 2016

Dominación y copas menstruales.

Hay voces todo el tiempo hablando en nuestro interior.
A veces las escuchamos.
A veces las ignoramos.
A veces las obedecemos sin saber que lo hacemos. 
Esas veces son las más peligrosas.
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Mis compañeros de la maestría discutían en círculo algunos temas superfluos. Eso que acabo de decir implica un juicio muy duro, al menos en apariencia: de aceptarlo, estaría yo diciendo casi que discutíamos tonterías. De inicio sí era una tontería, al menos una banalidad: el debate inició en torno al objeto conocido como "copa menstrual" y sus aportes (fíjense lo arriesgado de la premisa, lo salvaje de la ilación de ideas) al empoderamiento femenino. Particularmente a través de las mujeres del grupo, se explicaba que la copa permitía a sus usuarias decidir con mayor autonomía sobre su higiene personal y cobrar, según entendí, mayor consciencia en torno a sus cuerpos, ciclos y procesos. Ese último argumento lo pude entender un poco poniéndome en el lugar de un sujeto que necesita cada mes, prácticamente sin falta, de un objeto personal de limpieza. No, no hay forma en que nosotros, que no tenemos una vagina ni un ciclo menstrual, podamos entenderlo del todo. De modo que aplaudo, esta es, claro, mi opinión, la posibilidad de que la parte de la humanidad que sí atraviesa cada mes por un ciclo menstrual decida cómo o con qué objeto quiere hacerle frente.
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Hasta aquí parece que estoy hablando de una batalla. Eso es horrible y no. Es en parte cierto: las condiciones actuales (y presentes durante muchísimos años) en que se mueven los muchos mercados y nociones en torno a la capacidad de las mujeres para decidir sobre sus cuerpos y su salud se constituyen en verdaderos campos de batalla. De un lado, luchan ellas y sus voluntades. Sus necesidades específicas, que son y no son las de los hombres. Comparto con una porción de quienes llevan el debate el argumento de que hemos nacido distintos e iguales, y de que debería ser obligación de todos, en cada sociedad, empoderar las diferencias y respetar las igualdades. Del otro lado, a veces medio oscuros, medio ilegibles, están los muchos intereses de quienes pretenden verlas a ellas (y de paso vernos a todos) como estadísticas y muñequitas de aparador. Que pretenden que el dominio sobre sus cuerpos y vidas sea asunto público y legislado. El resultado es una lucha casi a muerte entre ellas que se quieren vivas y con poder de decidir, y el resto de las conciencias, poderes y manos que las esperan sumisas, calladas, dignas de apenas una parcela del quehacer social.
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Por eso cuando las veía discutir a todas sobre derechos y voluntades, me preguntaba cuántos años tendría la humanidad en ese mismo debate. Qué personas e intereses específicos habrían circulado de cada lado del campo en guerra. Quiénes habrían perdido y cuándo, y quiénes ganado y durante cuánto tiempo. Una de mis compañeras, a quien no apodaré para evitar malentendidos, tachó de "inconcebible" la posibilidad de utilizar la copa. Sonreí y le aseguré (cosa rara porque prácticamente no tomé la palabra en todo el debate) que había escuchado decir eso a muchas otras amigas y mujeres cercanas. El trabajo era probarla. Una vez usada, la copa menstrual constituía para ellas un objeto imprescindible. Ahorraba dinero y evitaba muchas otras incomodidades que vienen con objetos, hay que ser claros, no pensados para la comodidad, como los tampones o las toallas. "De cualquier modo, no", sentenció mi compañera, y yo entendí.
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Entendí que estamos constituidos sobre argumentos y sus discursos. Y no sólo estamos parados en ellos: ellos forman nuestra piel, nuestra consciencia, dan dinamismo a nuestras acciones y posibilitan que los repliquemos. A esto algunos han llamado una doble estructura: nuestro caminar sobre el mundo posibilita y restringe, construye y nos predispone. Nosotros, al construir, replicamos. Lo que dijo papá, lo que a su vez papá y mamá le dijeron a él. Los terapeutas de constelaciones familiares (la multinivel de los sicólogos, por aquello del engaño) insisten en que cargamos y estamos hechos de información de hasta ocho generaciones atrás. En eso podría yo estar de acuerdo con ellos, pero no en que se nos imprime a nivel celular como código genético: lo aprendemos, lo "mamamos", y vamos con eso por la vida construyendo nuestras identidades y apropiándonos de las de otros. Vamos con eso por la vida trabajando nuestra subjetividad. 
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La negación de mi compañera no cedió el resto de la tarde. Yo entendí que no había más que hacer: ella había tomado una decisión, y eso, como el resto de las vidas, tenía que ser totalmente respetado. Pensé también que, después de todo, no podemos dejar el tema de las posibilidades del acceso a condiciones igualitarias de poder a un objeto cualquiera, hecho de plástico o de tela. El acento debería estar en el discurso y en el acceso a la voz. En las formas como permitimos que ellas se pasen la palabra, que vendan a otras las ventajas (poder, salud, decisión, etc.) que cualquier objeto da a sus vidas. En los canales que abrimos y facilitamos para que ellas puedan contarse otras historias, narrarse otras ideologías, puntualizarse otras formas de ver el mundo. En los martillos con los que reforzamos o destruimos aquellos dichos patriarcales (qué fea palabra, que sabe a catedral, a columna de piedra, a institución forzada) que las prefieren muertas que reunidas ("mujeres juntas, ni difuntas"). En los libres accesos que todos, nosotros y nosotras, planteamos para su caminar-decidiendo. 
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Hay quien dice que ese es el tema de la derrota de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales estadoundienses del martes pasado. Este blog -y su pluma que lo escribe- se suma a la sorpresa y a la sensación de desamparo por el triunfo de Donald Trump, su rival republicano, pero no ve en la derrota de "la exprimera dama" símbolos de un menor acceso a derechos y posibilidades de empoderamiento. El símbolo que sí es claro de eso es que sigamos hablando de Clinton "la exprimera dama" y no como la "senadora", "político" o "activista". O que sigamos diciendo "político" porque decirle "política", con toda la carga de reconocimiento genérico que la flexión de género implicaría, se presta a "confusiones". Confundidos estamos todos, y aún así construimos sociedades cada día. Tomen nota.
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¡Salud!

martes, 8 de noviembre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 3).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).
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III. 
01/09/2014, 18:06 hrs.


Tamborileas sobre la barra. Tus dedos en ella suenan como baquetas que acribillan un tambor. Burrum-burrum-burrum. Tu otra mano sostiene tu cabeza, con tu codo doblado sobre la superficie desgastada de madera. Levantas los ojos. Los espejos del lugar te regresan el rostro de un joven de, piensas, imaginas, supones, unos treinta y cinco años. Recuerdas tus veintiocho y un golpe en tu estómago te obliga a incorporarte y suspirar. Tus dedos sobre la barra dejan de sonar. Tu codo se desdobla. Tu cara en el espejo se alza. Miras entonces tu barbilla amplia, tu barba poblada, tu cuello apenas visible detrás de ella. Tu playera negra con el afiche estampado de alguna banda de rock impronunciable. Recuerdas que a ti no te gusta el rock. Que esa playera es una de las muchas cosas que aceptaste de ella, y que ahora no sabes dónde colocar, dónde guardarlas, si quemarlas...

-Chingado-pronuncias en voz alta. 

Voltea a verte el hombre que descarga las cervezas del camión. Miras Chapultepec. Sobre sus adoquines rojos pasan corriendo los automóviles. Si te inclinaras un poco más sobre la barra, verías al fondo el monumento a los Niños Héroes, su glorieta, sus piedras cuadradas, su Patria de cantera como punta. El hombre de la cerveza entiende ¿por tu mirada? que no te dirigías a él, se limpia el sudor de la frente con el antebrazo y sigue trabajando. Piensas en la bodega que se llena al fondo, poco a poco, de barriles y cajas con botellas. En los refrigeradores apagados, en el patio trasero, un poco más allá, y en las muchas cosas que tú y ella hicieron sobre el lavadero abandonado. Piensas en el resto de la casa. En los cuartos de la azotea, que en la noche invaden los grillos y cucarachas que salen del tinaco vacío y desconectado (anotas sobre la barra con tus dedos: "tirar ese tinaco"). En los cuartos del segundo piso, con sus baldosas amarillas, sus ventanas cuadradas, sus techos con pintura que se descarapela. Que cada día están entonces pintados un poco menos. (anotas también "impermeabilizar y pintar"). Piensas en los muchos proyectos que había de ampliar todo esto hace apenas un año. De tomar el resto de la casa. Tres meses ya. Tres meses ya que se fue. Y tú aquí, intentando levantar con dos manos un proyecto que surgió de cuatro.

-Son catorce, joven.

El camellón de Chapultepec, amplio como para que quepan dos carriles más sobre él, se llena de hombres con corbata y mujeres que cargan enormes bolsas. Revisan en ellas, sacan sus celulares, sus carteras, las llaves de sus coches. Un vendedor de fruta con su carro vacío termina el día, supones, y al llegar a la esquina su pecho se prende y apaga en ¿un suspiro? ¿Una respiración cortada?

-Son catorce, joven.

Miras al hombre que insiste frente a la barra. Sostiene una nota. Lees el escudo en su uniforme de mezclilla y en la punta del papel "Cervecería Modelo de Occidente, S. A. de C. V.". 

-Sí-dices, y firmas. "Diego Durán". Te preguntas de pronto cómo te has comprometido con otra firma. Siete, siete esta semana. Tu nombre apalabrado en un proyecto de cuatro manos que...

-Estas últimas no caben en el fondo, joven. ¿Quiere que se las suba?

Te interrumpen. Otro hombre uniformado, con un diablito atestado de barriles de cerveza, te mira en la banqueta. Piensas en el segundo piso de nuevo. En los cuartos ahora vacíos, en la casa de los abuelos convertida en bar. Piensas en lo ridículo que es que una casa vaya perdiendo cuarto por cuarto y se llene de cajas y de extraños. De gente bebiendo cada noche a la que nadie, ni tú mismo conoces. 

Niegas con la cabeza. La idea de más extraños en la casa te saca de balance. Le pides "déjelas aquí", y señalas junto a una de las mesas. Será la quinta o sexta vez que haces eso, y ahora tienes cajas y cajas de cosas del bar que poner en algún lugar, porque no quieres usar el segundo piso, porque te asusta invadir más la casa donde viviste tres años con ella. Piensas en tus propias cosas, tres colonias más al oriente, arrumbadas en una esquina junto a la cama que Diana y Daniel, tus amigos, improvisaron para ti en el sillón de la sala de su departamento. Piensas de pronto en todos ellos, en que se han quedado solteros juntos el mismo año. Sumando, entre todos son diez años de relaciones dados al carajo.

-Chingado.

El hombre del diablito, ¿acostumbrado a tus improperios?, termina de descargar sin mirarte, mientras su compañero deja la copia de tu nota sobre el mostrador. Le preguntas al del espejo frente a ti cómo va a pagar todo eso, con qué, a qué horas. El hombre del diablito termina de descargar y pasa frente a ti, frente a la barra, frente a las mesas y sillas. 

Un coro de sirenas pasa corriendo frente al local, rumbo a Niños Héroes. Los ¿oficinistas? en el camellón apenas detienen su marcha. Imaginas los vehículos de los servicios de emergencia tomar la glorieta del monumento, apenas unos metros a tu izquierda, ignorar el alto, seguir rumbo al poniente. Dibujas en tu mente Chapultepec avenida extendida frente a ti, su ancho camellón, sus bancas y arboledas, sus chicos en patineta asediando a los peatones ("con per", gritan, imaginas, rebasando gente a la mayor velocidad que permiten cuatro llantas y una tabla), sus fuentes una esquina sí y una esquina no, sus estatuas de los trece cadetes del colegio militar que murieron por la patria. Recuerdas que eso es una mentira, y el tipo del espejo frente a la barra te devuelve una sonrisa. 

-¿Qué no es una mentira?-preguntas en voz alta. 

Cierras la cortina y la avenida, su camellón, sus bancas y arboledas, sus skaters, sus fuentes una esquina sí y una no, sus estatuas de trece mentiras, sus oficinistas, sus vendedores de fruta, todo se calla. Quedas dentro de la que fue la casa de tus abuelos y que ahora es un bar que una vez fue un proyecto de cuatro manos y que ahora es un proyecto de dos. El tipo del espejo junto a ti y junto a la barra te devuelve un rostro que llora.

-Chingado.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El año de todas las preguntas.


Algo que te mueva.

Algo que haga tu universo arder.
Sólo ahí habrá respuestas.
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Este ha sido un año plagado de preguntas. Yo no sé si sus respectivos 2016 han fluido de la misma manera. El mío ha sido un ir y venir de una cuestión a otra. De los planes a los proyectos -que suenan a lo mismo, pero no lo son-, de los amores al estado civil -otros dos términos que a veces confundimos-, de las pérdidas a los encuentros. Este ha sido un año de preguntarse y preguntarse y preguntarse. He hecho hace poco, por motivos más lúdicos que cognitivos, y sin afán de generar ningún tipo de averiguación sólida, es más, digamos, por puro perder tiempo, he hecho, decía, una lista de las principales preguntas que han atajado mi vida los últimos doce meses. Sólo han sido las principales, y la lista ha superado seguramente -no la hice escrita- las cinco decenas de enunciados abiertos y cerrados en un signo de interrogación.
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El Édgar, que ya saben ustedes, tiene la fortuna -y la amarga tarea- de ser mi terapeuta, ha soltado hace un par de semanas una de sus frases matadoras -César Lozano, Gaby Vargas y Lupita Venegas (cosa fea) le quedan cortos cuando de acabar al auditorio en tres plumazos se trata-. "Me preguntas qué es lo mejor hacer", me dijo, mientras yo intentaba infructuosamente quitarle el celofán a uno de los dulces ácidos sabor sandía que, vaya usted a saber por qué, tiene en una de las mesitas de su consultorio a disposición del paciente (comienzo a suponer que son parte de la terapia: si uno es capaz de quitarle el celofán a una de esas cosas, debe estar loco de remate). "A veces lo mejor que hay que hacer es no hacer nada". Dejé el dulce en su lugar y de inicio me cuestioné gravemente si valdría la pena seguir pagando cada mes una cita en la que se me dice, básicamente, que me siente a ver el mundo arder.
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Pero El Édgar tiene razón (es raro cuando no). Ese es el punto en que miro a mi alrededor y contemplo a más de la mitad de mis conocidos. Todos ellos han tenido procesos de siembra de preguntas sin respuesta en lo que va del año -que, porque así son los mejores villanos, no termina de morirse-. A todos los veo llevar a cuestas sacos repletos de ellas. Unas más grandes, de las que pesan sobre la sien y no dejan dormir, otras más pequeñas, de esas que hasta se pierden en el camino, que se nos extravían entre los mares del recuerdo como gotas de agua que caen en él. Miro mis propias preguntas a cuestas y encuentro también entre ellas las suaves y las ásperas, las picudas y las redondas. Las que parece que se resolverían con un poco menos de miedo, y las que precisarían años de cargar sin remedio otras preguntas -hay preguntas cadena, preguntas aliadas-. Por eso iniciaba esta entrada preguntando a ustedes por su 2016. 
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¿Y qué hace uno cuando no hay respuestas? La verdad es que nada. Es un mal común que nos enseñan desde pequeños a siempre buscar respuestas. Piensen en el miedo tremendo del estudiante que se enfrenta a un examen en que sólo hay preguntas abiertas vs. la tranquilidad que puede provocar en él un formato de cuestionamientos con opción múltiple: "tal vez no sepa la respuesta", podría decir, "pero por lo menos me la han ofrecido para encontrarla entre otras pocas". Nuestra obsesión por las respuestas es tanta que utilizamos un vocabulario común para hablar de la vida como un continuo ir en pos de respuestas. Así, hablamos del "sentido", la "cuestión" o la "resolución" de la vida como cosas hechas, como algo natural. Y yo me pregunto si lo es. Si no es más bien parte de nuestra condición humana el navegar en un eterno mar de preguntas sin respuesta. Si no haríamos mejor en ir en pos de las preguntas y dejar las respuestas para ese caminar del tiempo que es la única constante en la vida -junto con el cambio, que es otra pregunta abierta siempre-. 
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Haga un esfuerzo por un examen de conciencia y pregúntese si no tiene usted una larga lista acumulada de preguntas en sus últimos doce meses de andar por aquí. Si la respuesta es "sí", súmese conmigo a la aglomeración consistente y dubitativa que constituye ya este club de personas sin respuestas. Traiga sus preguntas con usted. Son bienvenidas. No pasa de que quepamos menos, pero seamos más humanos. 
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¡Salud!

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Los muertos.

Morir es, ciertamente, la última de las tareas. 
Es la única en la que no cabe duda de que tenemos lugar.
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Llegó otra vez el día de muertos. Nos han pasado otros 365 días y nos hemos vuelto a llenar de ellos. Varios por minuto, las estadísticas lo dirán. Y yo ahora me pregunto por qué los contamos a todos. Es una necesidad inevitable, pareciera absolutamente humana: todas las civilizaciones, de las antiguas a las modernas (y las postmodernas, incluso, de las que ya no se espera nada), llevan un registro minucioso de sus muertos. Hay entonces en la muerte reflejada, aparecida, otra necesidad que también pareciera absolutamente humana: la de recordar. No morimos cuando morimos, dice la sabiduría popular: morimos cuando nos olvidan los que aquí se quedan.
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Y tememos morir. No concebimos el final de nuestro paso por el mundo, y eso es, probablemente, porque no concebimos tampoco otros pasos por otros mundos. Esto, lo que vemos y construimos, es lo que nos ha sido dado. No tenemos otro panorama. No hay otro paisaje sobre el cual pintar. Intenten ustedes pensar en un color nuevo, en un aroma desconocido. Es imposible. Nuestra finitud es un cáncer que crece también en algo que tanto nos hace humanos, como la imaginación. No podemos crear un mundo que no tenga las cosas que no conocemos, las que no hemos visto. El Cielo católico, el Paraíso judeocristiano, el Yanna islámico. Todos los mundos (posibles) que imaginamos para después de este mundo (imposible), todos no son sino la expresión de nuestras encuentros más deseables no para un mundo después de morir, sino para este: la ausencia de toda necesidad, la presencia irrenunciable de Dios, los ríos de miel y de leche, las mujeres, los placeres, la abundancia. Nuestros paraísos imaginados son nuestros paraísos no conquistados aquí, imposibles aquí, en vida.
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La reciente decisión papal de obligar a que todo cuerpo incinerado de un creyente sea depositado en el "suelo santo" de las iglesias, motivos económicos aparte, ha desatado el ya conocido debate en torno a la voluntad del que muere y la necesidad afectiva que los deudos tienen sobre ese fetiche que son las cenizas -un fetiche, hay que decirlo, mucho más salubre que el cuerpo conservado, fetiche por el que la Iglesia católica pareciera tener una predilección indudable (San Sebastián de Aparicio no deja mentir)-. El debate es otra fuente de expresión sobre nuestra naturaleza: una vez muerto, el cuerpo (o lo que este deje tras su combustión) debe ser, dice el conocimiento popular, materia, responsabilidad y posesión legítima de quienes le sobreviven. La Iglesia ha amenazado (cosa rara, cosa que casi no hace) con negar las exequias a todo fiel que pretenda que sus cenizas tengan un fin distinto al de un nicho en cualquier iglesia. El movimiento es cruel y déspota: negar las exequias es negar una parte de la redención posible para el alma del que ha partido. Es atarlo, entonces, a una condena posible en el Infierno, a un no-descanso aquí en la Tierra. Tengo un chispazo (kind of) y lo comparto: si ha de negar exequias, la Iglesia tendrá que responsabilizarse entonces de los millones de fantasmas que poblarán ahora la tierra, cosa que no creo que haga, pues es de todos sabido que los fantasmas no pagan diezmos ni saben de aportaciones voluntarias a la construcción de nada. 
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Una conocida canción del grupo español Mecano dice lo que muchos podríamos pensar respecto al cuerpo que queda cuando la vida se extingue: "Otro muerto qué más da, que lo entierren y ya está". Pero no hay forma. Nos aferramos al que muere como nos aferramos al que vive. Con el mismo amor, con las mismas esperanzas. La de la resurrección en un día postapocalíptico, muy judeocristiana, es otra muestra de nuestro egoísmo: que el muerto descanse lo que quiera hasta ese día. Luego estará obligado, quiera o no, a revivir y (¡sacrebleu!) a ser juzgado. Se formará en una fila y su alma y sus cargas serán pesadas. De su peso relativo dependerá si el resucitado en cuestión pasa a la Gloria que existe junto a Dios, o es arrojado, sin remedio ni segundas vueltas, al fuego definitivo de las llamas infernales. Y yo, como Mecano, me atrevo a proponer: que lo entierren y ya está. ¿Qué necesidad la nuestra de llamar a la vida a los que ya no la tienen?
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Supongo que en todo esto, volviendo a la cuestión inicial de esta entrada, tiene mucho de benéfico el conteo de los muertos. El conteo y el recuerdo. El levantarnos cada mañana y hablar con ellos. El dedicarles canciones. El llevarles flores. El hacerles ofrendas. El prenderles la veladora, la vara de incienso. El dedicarles misas y rosarios. El llevarlos con nosotros permite que sus existencias se prolonguen más allá del inicio y el fin de sus días, más allá de su existencia física en este tiempo y en este espacio. Nos permite no perderlos, no soltar sus manos, sin las molestias y las emergencias sanitarias que supondrían tener sus cuerpos en descomposición en casa. Una foto que se carga en la cartera con amor resume una historia como especie buscando (hasta ahora sin éxito) encontrar la fuente de nuestra inmortalidad. Somos inmortales, sólo que aún no hemos podido serlo a propio pie. Sobrevivimos en las memorias y los corazones de otros. Es nuestra condición de eternos: para vivir por siempre necesitamos de otros. Como en vida, como siempre.
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¡Salud!