domingo, 2 de octubre de 2016

Tres de octubre.

A ti, por si un día me lees. 
Por si un día te enteras.
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Tres de octubre, viernes. Seis de la tarde en punto, tiempo del centro de México. Temperatura: 22 °C. Humedad en la atmósfera: 15%. Probabilidad de lluvia: baja. Kilos menos: dos. Tiempo sin llorar: veintiocho días, y contando. Avances: a esta fecha puedo escuchar canciones románticas sin correr a apagar el radio. Probabilidad de llanto hoy: baja. Tacho eso último. Probabilidad de llanto hoy: manchón de pluma.
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Cruzo Juárez y una notificación en mi celular me obliga a mirar la esquina superior derecha de la pantalla, donde está el reloj. Voy tarde. ¡Con lo que le gusta a Vizcaíno que yo llegue tarde! Es un amigo exigente. De sus tiempos, de los tiempos de otros. Lo conocí por otra amiga en común, una chica bastante promedio, que ahora está por casarse, de modo que a ambos nos ha entrado cierta ansiedad. La ansiedad compartida del tiempo que corre y se esfuma. Piso la otra acera. Un automóvil pasa a alta velocidad detrás de mí. Mi mochila, al hombro, se bambolea. Nota para mí: debo tener más cuidado al cruzar avenidas. Habrá que sumar eso al resto de las regularidades conquistadas. Hago una anotación mental y escribo "cruzar las avenidas con cuidado" justo debajo de "comprar leche lunes, miércoles, viernes y sábado". La lista tiene ya un par de veintenas de cosas. A este paso, el número 41 del listado será "respirar". Anoto eso también, por si las dudas.
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Asistimos al fin de la tarde desde la azotea. Nuestros pies colocados en el pretil, nuestras espaldas reclinadas en un par de sillones de mimbre, nuestras manos tomadas. La ciudad se rinde abajo al día. Escuchamos sin escuchar los ruidos del portón que cierra, la cortina de hierro que baja, el motor que arranca, las luces que se encienden. Te miro. Me miras. Nos preguntamos alguna tontería. Mientras respondes tu parte, la oscuridad colorea tu rostro. Apenas te distingo, cada segundo un poco menos. Cuando ya no puedo verte, te siento. Tus labios son el roce de un vestido de gala que vuela sobre la pisa de baile que son mis labios. Se escuchan dos chasquidos: el de las cigarras sobre el cable de la luz y el de nuestras bocas yendo y viniendo. "Besarte es un viaje", te digo al abrir los ojos. No sé por qué los he cerrado. Da igual. La noche es ahora dueña de la noche. "Toma", pones algo invisible en mi mano. No has puesto nada ahí. "Te compro otro boleto". 
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Subo las escaleras y me recibe un hostess musculoso y barbón. "¿Te esperan?". Se me ocurren muchas, muchas respuestas posibles, unas más graciosas que otras. "Sí", contesto. Miro por sobre su hombro y el brazo infaltablemente encamisado de Vízcaíno se levanta entre mesas y sillones lounge. La barba del hostess da media vuelta hacia donde miran mis ojos. "Ah", dice, y retira la cadena. Cruzo con "compermisos" por entre alfombras, sillas periqueras, macetas transparentes, meseros que vienen y van, sillones bajos y bolsas y mochilas que la gente ha dejado en el piso. "Estos lugares cada vez están peor decorados", le digo al oído a Vizcaíno al abrazarlo por fin. "Al menos ya puede uno besarse agusto". Me invita a mirar a un par de chicas que disfrutan sus labios en la barra. Asiento. "Libertades alcanzadas, espacios reducidos. Esto es todo muy postmoderno". Vizcaíno, negociante internacional de profesión, 1.70 de estatura, rubio, ojitos pequeños, todo números y planogramas, sonrisa grande, deja de sonreír y sólo me mira. "Tú y tus metáforas que nunca explicas", mi amigo se sienta enfadado. Tomo la carta y el lugar a su lado. "¿Y cómo está todo con Jesús?". Golpe en el estómago. Miro el rostro de Vizcaíno. No hay sonrisas. Mira detenidamente al par de chicas que siguen comiéndose a besos en la barra. Uno, dos, tres segundos. No está bromeando. Otro golpe en el estómago me regresa a mi lista de regularidades conquistadas. Número tres: "contarle a todos mis amigos. Pedirles que lo borren y bloqueen de las redes sociales. Que no se hable de él por un buen tiempo". Al segundo cinco, Vizcaíno voltea. Nuestras miradas se encuentran. Su "¿qué carajos pasó?" me hace bajar la vista. "Pasa que olvidé contarte".
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Érase una vez una ciudad de banquetas angostas tapizadas de mosaicos blancos y rojos. Una ciudad de azoteas tiradas al sol como monedas cuadradas sobre el asfalto. Una ciudad de fuentes apagadas y jardines descuidados, de avenidas saturadas y peatones apesadumbrados. Una ciudad de cúpulas y frontones, de ventanas abiertas sobre plazuelas y corredores. Una ciudad de olor a incienso y tierra mojada. Una ciudad de esporádicos rascacielos, fachadas deslavadas, boquetes abiertos en mitad del paisaje. A la ciudad la dividía en dos un río, sobre el que ahora existe una avenida que la sigue dividiendo. Te conocí un viernes tres de octubre en la ribera de ese río, que ahora es una banqueta. Tú cruzabas en sentido contrario. Me sonreíste desde el montón de gente. Yo venía buscando algo en mi mochila y no vi tu sonrisa. Me sonreíste porque creíste que yo era alguien conocido. Tomaste mi brazo y me asusté. La gente iba y venía a nuestro alrededor. Levanté los ojos. La sorpresa, casi alarma, en tu rostro me hizo estar a punto de ofrecerte yo a ti una disculpa. "Disculpa", pronunciaste. La sonrisa en tu rostro se perdió en una mueca de descontento, y muchas cosas murieron entonces con ella. "No, está bien". "Pensé que eras alguien conocido, disculpa". "Está bien, está bien", sonreí, no por agrado, sino por cortesía. La gente nos empujaba, en su ir y venir. Comenzó a haber comentarios de desagrado entre para quienes éramos un estorbo. Intentaste seguir hacia el sentido en que caminabas pero te fue imposible. La marea de personas cruzando el exrío-avenida nos arrastró hasta la esquina de la que venía yo. Nos recargamos en el poste de un semáforo. Cuando el mar de personas bajó, descubrimos con una sonrisa que nuestras manos estaban tomadas una sobre la otra sobre el poste. Preguntaste si tenía algo que hacer. Propusiste ir a un lugar "para bajarnos el susto". Asentí. Comenzamos a caminar. Ya no vi las cúpulas, ni los frontones, ni las fachadas deslavadas. Érase una vez una ciudad que cambiaba, así de pronto, y a mis ojos era otra. Una ciudad amable.
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"Tengo tres meses en terapia. Hoy se cumplen veintiocho sin llorar". "¿Por qué mides la ausencia de llanto como avance?". "Porque el llanto no me dejaba concentrarme en nada. Cuando digo que estoy cumpliendo veintiocho días sin llorar es porque quiero decir que tengo veintiocho días por fin concentrándome en mis asuntos. Armando mis planes. Haciendo mis cosas. Son veintiocho días en que sí he podido, con mayores o menores esfuerzos, salir de la cama cada mañana". Vizcaíno asiente. Uno adivina cuando algo que ha dicho ha resonado fuerte muy dentro de su interlocutor. "¿Pero qué pasó?". Sonrío. Me había estado haciendo esa misma pregunta el último medio año. Cada día del último medio año. El mismo último medio año en que había estado intentando recuperar la vida. Poner de nuevo piedra sobre piedra. "Pasó que a veces hay que abandonar la ciudad. La que creas, la que creamos. Sales de ella, una noche, y te resguardas en puntos altos. Porque se va a inundar, porque se está incendiando, porque tu tiempo ahí acabó".
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Anduvimos por sus calles y plazuelas. Besaste mis labios bajo sus fresnos y álamos. Navegamos sus avenidas en camellones y pasos cebra. Entre portales y canteras, entre rotondas y quioscos. La ciudad fue otra. La hicimos otra. Llenamos cada rincón de otras noticias, de nuevas historias. Desconocimos las fundaciones, inventamos las nuestras. "La historia es de quienes la escriben", pronunciaste una tarde en que robabas con una corcholata las letras de una placa en el centro de la ciudad, la real, la fundada por otros hace cinco siglos, hasta dejar sólo las letras de nuestros nombres en ella. La policía nos siguió tres calles. Nos seguía siempre. Acechaba nuestras manos entrelazadas, nuestros besos furtivos en los cruceros, nuestros abrazos esporádicos en los jardines, nuestras sombras caminando al sol los domingos por calles angostas que hasta entonces, con todo y mis años viviendo en ellas, me eran desconocidas. Calles tiradas a lo largo, como panzas de tlacuaches. Y tú y yo andándolas como a salto de mata. Una caricia en cada esquina. Un paso de baile en mitad de la nada. Nuestros cuerpos encontrándose en los espacios. Los espacios perteneciéndonos. Nuestras voces fundando un nuevo espacio, una nueva ciudad. Con sus calles, sus jardines, sus azoteas para nosotros. Nos gustaba ver la tarde morir desde arriba. Ver la ciudad desaparecer en la noche y las luces de arbotantes y farolas poblarla de nuevo, en un mar de puntos brillantes y amarillos.
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"Voy al baño". Vizcaíno se queda pagando la cuenta. Me lavo las manos. Me miro en el espejo. Recuerdo esa vez en que, mirándonos en ese mismo espejo, nos dijimos "nosotros, los de ahora, ya no somos los de antes". Salgo del baño. Me topo contigo. Un puño invisible golpea mi estómago por tercera vez esta tarde. No ves mi sonrisa. No sonrío. Vienes ocupado mirando en tu mochila, camino hacia tu mesa. Voy a tomar tu brazo. Me detengo. Un chico camina detrás de ti agarrándote del brazo. Pasas a mi lado sin saber que paso a tu lado. Me pregunto cuántas veces más nos toparíamos en esas circunstancias. En todas las vidas posibles. Callo un suspiro y regreso a mi mesa. 
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Tres de octubre, viernes. Nueve de la noche con quince minutos, tiempo del centro de México. Temperatura: 15 °C. Humedad en la atmósfera: 12%. Probabilidad de lluvia: baja. Kilos menos: dos. Tiempo sin llorar: cero días, y contando. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Por si un día (12 De Octubre, 2016, 12:41 a.m) te enteras.