miércoles, 12 de octubre de 2016

Retomar.

A ti, por si un día llamas.
Por si un día te animas a venir.
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Hoy volví al departamento. Hay en esta frase de cuatro elementos gramaticales toda una historia, toda una gama de cosas que se van dejando atrás. Que se siembran adelante. Para empezar, hay que admitir que somos fetichistas con los espacios. Uso ahí el plural, tal vez, para sentirme un poco menos solo. La verdad es que soy yo, y quién sabe si algún otro humano más, el que tiene una fijación tremenda con los espacios. Los nombro, los adopto, los lleno de significación y luego, cuando hay que abandonarnos, no sé qué hacer con ellos. Termino llevándomelos, un poco, un tiempo, aunque finalmente los bote o los resignifique. En esta segunda tarea se va un poco más de tiempo y energía. A veces, incluso, es mejor que suceda sola. La vida, que avanza sin tregua, aun después de la muerte, los resignifica sola, y lo hace muy bien.

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Este departamento de puertas y ventanas abiertas era un espacio común. Se alquiló para un proyecto de dos de quienes finalmente uno, lleno de miedo y demonios, abandonó el barco. Saltó por la borda, se fue llorando reconociendo un fracaso personal en algo que creía posible, que creía deseable. Eso hay que entenderlo con toda la frialdad que nos -aquí sí en plural, porque este baile lo bailamos todos, ustedes que leen y yo que escribo- sea posible: a veces los fantasmas que se cargan son injuzgables, inestimables e imposibles. Cuando eso sucede, lo mejor es cortar por lo sano y dejar que cada quien se arregle con los suyos. Antes de comprometer la salud, antes de comprometer el amor -o los amores-. 
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Así que ahora vuelve a ser un departamento para el proyecto -o los muchos proyectos- de uno, en concreto, de quien esto escribe. Hay en esa modificación de los participantes en este proyecto una ventaja y una promesa. Tener mucho espacio es la ventaja; llenarlo con nueva vida es la promesa. La ventaja se da por sí sola: es una realidad total, objetiva, cuantificable (si la quieren objetivar o cuantificar, dense una vuelta. Verán mi corredor extendido mirando al sur de la ciudad, mi sala gigante, mi patio cargado de luz). La promesa sucede cuando la nombramos, pues mientras la vamos nombrando la vamos viviendo. No hay respecto a esa promesa mucho que hacer. Anoche, un poco ansioso por volver a abrir las puertas de esta casa mía -y de ustedes también, si cooperan con los gastos-, y sobre todo por tener que hacerlo ahora en solitario, me preguntaba en silencio qué necesito. La respuesta vino rápidamente, desde mi propia voz: "tiempo de vida". Esa es una respuesta magnífica, y difícil. En su proceso está su tortura: para la solución sólo se requiere vivir. Eso que hacemos cada mañana, que nos es dado como un regalo, como una fuente infinita -en apariencia, todos sabemos que se extingue, que cada día que se nos otorga es un día menos que se nos otorga-. Vivir y ya. Qué fácil, y qué difícil.
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Ahora el asunto está en que la vida vaya llenando poco a poco este espacio de otras vivencias relacionadas con el nuevo proyecto. Es un poco como remodelar, pero sin mover casi las cosas de lugar. Sin muebles nuevos en los rincones, sin pintura nueva en los muros, sin paredes que caen o tuberías del agua cuya ruta se altera. Más bien es un tema de traer nuevas emociones, servir nuevas vivencias a la misma mesa siempre tendida, invitar a los nuevos amigos -este año ha sido de muchas, muchas sumas en esa materia, con gente toda muy valiosa uniéndose al proyecto de mi vida-, invitar a los viejos amigos -que no se rajan, que son una luz que no parpadea, un torrente que impulsa-, degustar nuevos sabores, abrir la casa a nuevos aires, a amaneceres distintos -nunca había vivido un otoño en este departamento, lo cual significa un otoño nuevo para el espacio y para mí-. 
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Para empezar estas tareas, hoy vinieron a ayudar en la mudanza Rafa y Fer, mis sobrinos. Hace cinco años ya que les dediqué sendas entradas para festejar sus nacimientos (cinco años, siéntanse viejos). Hoy ya cargan cosas y hacen chistes y van conmigo al supermercado para volver a rellenar la alacena que quedó vacía -yo pienso eso: la casa no es casa hasta que su la alacena está llena-. También vino Maguirris, quien tiene el privilegio supremo de ser mi madre y cuya figura ha sido fundamental en estos procesos de cerrar y abrir casas -labor en la que ella tiene las experiencias sumadas de una vida dada a los finales y los reinicios, a las puertas que se cierran y las que se abren-. Fue ella quien al subir a su automóvil rumbo al supermercado vio todo -como Dios en la creación- con buenos ojos y exclamó, con esa voz superior que sólo poseen las que han sido abuelas: "Tu casa está ya llena de nuevos aires. Eso me da gusto. Es la vida, tu vida, que se renueva". La vi tan iluminada que no respondí lo que pensaba (era un "sí" y un "gracias"). 
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Estaré aquí hasta marzo. Luego la vida y yo decidiremos otras cosas, tomaremos otros barcos. Esta es mi casa, mi casa a la izquierda del tiempo, donde mi corazón aprende a estar tranquilo -Lorca dixit-. Y donde todos ustedes son bienvenidos.
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¡Salud!

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