lunes, 31 de octubre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 2).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).

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II.
01/09/2014, 18:05 hrs.

Clac clac clac

Los pasos de Domingo en la banqueta.

Clac clac clac

La avenida como un río de automóviles sobre un río que pasa debajo, entubado.

Clac clac clac

Érase una vez un valle, partido en dos por un río de poco caudal. 

Clac clac clac

Alto. A la altura del Civil nuevo, en la Fuente Olímpica, un par de automóviles que dan la vuelta obligan a Domingo a detener su paso. Mira el monumento a la Madre, a su derecha. Una mujer encorvada, con los hijos a cuestas, recibe a su vista. 

-¡Qué la fregada!

Clac clac clac

Tercer intento. El celular vuelve a mandar a buzón. Domingo para de nuevo. Los semáforos para peatones parecen estar descompuestos. Dan apenas cinco segundos para cruzar. Domingo prefiere esperar.

-¡Contestaaaa!

Clac clac clac

En el valle vivían unos indios y luego unos españoles. Con el paso del tiempo, los españoles se hicieron del valle. Mandaron a los indios para acá (Domingo empuña su mano izquierda, "de la Calzada para allá), y se quedaron con las tierras de acá (Domingo empuña su mano derecha, "de la Calzada para acá"). 

Clac clac clac

Un chasquido al otro lado de la línea, un cambio en el fluir del ruido. Domingo se detiene y toma aire. 

- ¡¿Martín?! No me cuelgues, por favor, no-me-cuel-gues.

Se recarga en la pared de una ferretería abandonada. En la cortina de hierro a su lado se pierde grafiti sobre grafiti. Del otro lado de la Calzada, un edificio de tres pisos color crema, pintado hasta en sus ventanas, lo mira de vuelta. Sobre el tercer nivel, se alcanza a leer un letrero neón: "Hotel Madri". Domingo enciende un cigarro. Inhala y escupe el humo en cuatro palabras:

- Por favor, no cuelgues. 

Junto a la í hay un espacio vacío, despintado por el sol. "Hotel Madrid". Ahora todo tiene un poco de más sentido, sin tener sentido del todo.

- Dame... dame otra oportunidad. Yo creo que tú y yo podemos intentarlo. No, por favor, no cuelgues.

Un par de prostitutas, una mayor que la otra, pasan caminando y lo miran. La menor vuelve la cara, risueña. Un automóvil las rebasa y pita.

- ¡Pítale a la más vieja de tu casa, pinche güey!

Domingo se rasca desesperadamente la ceja. Al otro lado de la línea, todo un armamento se lanza contra él. Si tan sólo las orejas pudieran sentir lo que siente el corazón...

- Sí, yo sé. Yo soy el primero que sabe que la cagó. Cometí muchos errores, no lo niego. Lo del antro, la otra noche, sí, yo sé... sí. Sí. Sí.

Cuando hay tres sís seguidos, uno sabe que todo es un "no". Domingo fuma y vuelve a caminar. Una enorme ballena azul llena con su bramido la Calzada. Es una unidad del Macrobús. Una estación (¿Juan Álvarez?) se desborda de gente haciendo fila para abordar.

- ¿Pues qué querías que hiciera? Tú te habías ido. ¡Me estabas dejando solo, Martín! Ya nunca tenías tiempo. Y andabas como desesperado. Estabas sin estar.

Clac clac clac. Tres indigentes abordan a Domingo. Extienden sus manos. Nubes de pelos grises sebosas rodean sus caras. A Domingo lo marea el olor a orines. Avienta la bachicha del cigarro y se aleja rápidamente clac clac clac de sus uñas negras, de sus pies descalzos y como quemados. 

- ¡Pero qué me estás diciendo! Si tú tampoco eres un alma blanca. Tú también te acostaste con él, incluso antes que yo. Si a esas vamos...

Domingo se detiene y da una vuelta sobre su propio eje. El hueco verde que es el Parque Morelos se dibuja a su lado derecho. Un supermercado abandonado (como todo lo demás) al otro lado de la Calzada ("de la Calzada pa' allá") le hace pensar apenas un segundo en algo que se pierde.

- ... si a esas vamos, estamos tablas.

La estatua de Morelos se agita vigorosa a la entrada del parque. Hoy hay más prostitutas abordando transeúntes que otros días. Parejitas perdiendo el tiempo ríen nerviosas en las bancas de concreto. Resulta imposible ver de un solo tajo el final de la arboleda. Allá atrás, supone uno, amantes perdidos en los follajes y claros abandonados estarán repoblando el barrio. Ciudad abandonada. Resulta difícil creer que hace mucho tiempo esta fue una alameda para reunión y goce de los ricos y acomodados.

- No, ya, no me cuelgues. Perdón. Es que... te necesito. ¿Qué voy a hacer sin ti, Martín? 

Clac clac clac. Los pasos se vuelven más sonoros. El sol de la tarde que muere se lleva los ruidos con él. Sólo que da un clac clac clac y de pronto un fruuuuuz de un Macrobús. Ni los carros suenan ya. 

- Guapo... ¿una mamadita?

La prostituta joven que lo rebasó antes hace un gesto obsceno con su mano y su boca. Domingo se horroriza. Tapa la bocina del celular y suelta un "no, gracias" que desata un chiflido de la chica. Otro gesto obsceno lo llama a voz en cuello y sin voz: ma-ri-cón.

- Martín, ¿por qué no entiendes que te necesito?

La esquina de Hidalgo y la Calzada lo ve llorar. Se derrumba en una jardinera llena de colillas de cigarro que bajo un puente vehicular intenta dar algo de vida a un espacio por completo. Junto a él, un padrote lleva del brazo a una mujer robusta. Ríen mientras cruzan Hidalgo, como hacia el parque. Se pierden en la entrada del Hotel París.

- Martín, por favor, por lo que más quieras. Regresa conmigo. Prometo ya no hacerte daño. Prometo borrar todas mis redes sociales. Cerrar mis perfiles. Lo que tú pidas, sólo regresemos, por favor.

Clac clac clac. Domingo vuelve a caminar. Pasa por debajo de la Plaza Tapatía. El olor a basura y desechos orgánicos se vuelve insoportable. Aprovecha y cierra nariz y boca y deja que una voz en el auricular lo taladre hasta las entrañas. Todo el daño que podemos hacer, todas las chingaderas que podemos regalarnos. Acelera el paso clac clac clac. La luz de un sol débil lo recibe al final del túnel.

- ¡Claro que sé todo eso! ¡Claro que sé todo lo que hice mal! Pero si tal sólo vieras cuántas ganas tengo de cambiar. De ser mejor para ti. 

Un vendedor ambulante lo atosiga con baratijas luminosas. Otro par de indigentes, cobijas en mano, lo miran y señalan. En la esquina de Calzada y Juárez, el tren que pasa debajo, el sonido de los mariachis, la imagen del mercado de San Juan, todo lo abruma. Cruza Juárez y se sienta en los primeros escaños de la entrada de un local (también) abandonado.

- ¡Martín, por favor, dame chance!

Cuando al río lo entubaron, se perdió la magia. Sí y no. Luego vinieron buenos tiempos para la Calzada que nació del río tapado. Fue una avenida de primer mundo. Con su camellón de fuentes y glorietas, sus centros nocturnos de primer nivel, sus teatros y marquesinas luminosas. De eso no queda nada. Así es todo en esta ciudad: nos distraemos poquito y ya tiraron algo. Ya dejaron entrar el trascabo por la puerta. Ya no hay paredes con qué hacer memoria.

- Ok, ok. Te concedo eso. ¿Quieres que me humille? ¿Quieres que llame a la Buena Onda, a Promomedios, y te dedique algo? ¿Una canción? ¿Un saludo? ¿Que te pida perdón en hora pico, cuando todo mundo está escuchando el radio? No, no mames, Martín, ya nadie escucha el radio.

Clac clac clac. A la altura del Best Western, la acera se empieza a llenar de vendedores de cosas de segunda mano. A esto vino a caer la gran avenida nocturna de Guadalajara. De Times Square a mercado de pulgas.

- ¿Quieres que le llame? Voy a tu casa y le llamo frente a ti. Le digo que lo olvide. Que ya nada. Que lo que había se terminó. Lo que quieras, sí, lo que quieras.

Un fluir de sirenas interrumpen la llamada. Hay voces de alarma entre la gente que mira las baratijas y antigüedades tendidas en la banqueta. Pasan dos, tres, cuatro carros de servicios de emergencias rumbo al sur. Bordean la columna de la Independencia, una de las pocas glorietas que sobreviven en la Calzada al paso del tiempo, de los años, del fluir de gobernantes que no la quieren, que la necesitan ver fea, ojerosa y despintada.

- No, parece que algo pasó. Van como hacia el Condominio Guadalajara. ¿Yo qué sé? Algún incauto suicida. Oye, Martín... si no regresas conmigo me mato, te juro que me mato.

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