lunes, 24 de octubre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 1).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).
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I.
01/09/2014, 18:04 hrs.

Estoy aquí, parado en la orilla del mundo. Siento el aire golpear con fuerza mi ropa. Abro los ojos. Mi camisa a cuadros rojos hondea sobre mi torso como una bandera. Levanto la vista. Guadalajara es una masa de casas y calles que se desparrama allá abajo, a lo largo y a lo ancho. "¡Qué fea ciudad!".
-Güe, neta, qué asco de ciudad. 

Me hago poeta a ciento cinco metros de altura, a veintisiete pisos del piso. La miro de nuevo. Es fea, fea con ganas. Nada más que un montón de azoteas regadas sobre el asfalto como piedras que han caído de un costal roto. Apenas se distingue el trazo más o menos recto de una avenida, lo rompe una glorieta mal trazada, un camellón inconcluso, una arboleda que pretende ser un parque. "Neta que qué fea ciudad". Siento el sudor de las palmas de mis manos, aferradas al pasamanos del pretil. Bajo los ojos. La mitad de mis pies en el abismo, la otra mitad aferrada a la pequeña cornisa (no más de quince centímetros) que es el fin del edificio en la horizontal.
-Güey, ¿es neta?

El celular de Diana vuelve a sonar. Un "pling" anuncia un mensaje, otro "pling" alguna notificación. Me sorprende que sea capaz de voltear sobre sí misma y, con una mano fija en el pasamanos, sacar el aparato de su bolsillo y revisarlo. Teclea con rapidez, levanta los ojos, hace cálculos, vuelve a teclear. 
-No mames, Diana. 
-¿Qué?
-¡Te estás matando! Concéntrate.
-Me están preguntando cosas del trabajo. 
-¡Pero si te vas a morir!
-¿Y qué? Daniel, no les dejé el inventario terminado. Si no voy a regresar mañana, mínimo tengo que decirles dónde está cada cosa.
-¡¿Para qué?!
-¡Para que lo puedan contar todo!
-¡Pero si tú ya no vas a estar mañana allá abajo!

Veo la sorpresa en sus ojos. Casi el terror. Bajo los ojos. Hago una nota mental: "ser cuidadoso. Hasta para decirle al otro que se va a morir hay que tener un poco de tacto, un poquito de conciencia". Personas allá abajo se acercan al edificio. Apuntan hacia nosotros. Entran por la reja que rodea toda la cuadra, que se abre paso entre los locales individuales abandonados que forman una valla entre el edificio y la calle. Leo con mucha dificultad las letras de hierro sobre el cancel, que a estas altura se ven pequeñitas: arajaladauG oinimodnoC. Me pongo mentalmente en el lugar de un transeúnte cualquiera: Condominio Guadalajara.
-Güe, nos están viendo.

Diana sigue sin salir de su asombro. Sus ojos se llenan de lágrimas. Mueve su vista hacia donde apunta la mía. 
-Hay que hacerlo a la de tres.
-No, espérate Daniel.
-Güe, si no lo hacemos ahorita van a subir y nos van a bajar. Órale, a la de tres. Una...

Diana niega con la cabeza. Lágrimas gruesas caminan por sus mejillas todas sobre el mismo trazo y se acumulan en su barbilla. 
-Ya no quiero hacer esto.
-¡No mames! ¡Lo prometimos!
-Pues ya no quiero.
-¡Ay, pinches viejas! ¡Por eso nos hacemos todos jotos!

El grupo de gente reunido en el atrio del edificio crece. Se escuchan sirenas. 
-En la madre... ¡Diana! -miro a mi amiga. Tiembla agarrada todavía con una mano al pasamanos del pretil. Niega con la cabeza.
-No, Dani. Hay que pensarlo mejor. 

"¿Pensar qué?", me pregunto enojadísimo. Aprieto los dientes y tuerzo mi mentón. 
-Dani... 

No volteo a verla. Me concentro en la sensación de mis manos sudorosas, el aire sobre mi cuerpo, el sonido de las sirenas. Cierro los ojos. Si fuera un poco más noche, imagino, podría ver las luces rojas de los servicios de emergencia golpeando las calles y acercándose rápidamente hacia nosotros. Podría reconocer sus rutas, podría verlos venir, sin verlos todavía, por la Calzada Independencia, Niños Héroes, Alcalde incluso. Si no estuvieran los arbotantes, podría adivinar el trazo de las calles por el golpeteo de sus luces circulantes sobre las paredes de los edificios circundantes. De pronto me interrumpe el mismo dolor hueco de los últimos dos meses, me sofoca desde el estómago.
-Me caga que duela, Diana. Me caga.

Lloro. Por enésima vez en lo que va del año. "Qué bueno que no cobran las lágrimas. Las debería todas". Siento la mano de Diana tomar la mía. Está detrás mío. Se ha rajado por completo. Está completamente a salvo sobre la azotea del Condominio. Condominio Guadalajara, presidiendo suicidios desde 1962. 
-Ya, Dani, vamos. Hay que ir a casa.
-No quiero.
-Ya veremos otra forma. Ya encontraremos otra forma. Así está gacho -mira sobre mi hombro. Un camión de bomberos y tres patrullas bloquean Alcalde-. Nos van a tomar fotos.

Suspiro y tomo su mano. Volteo sobre mi eje. Alguien golpea la puerta que hemos cerrado por fuera con una cadena y un candado. Se escuchan gritos y expresiones alarmadas del otro lado. Desde abajo, una voz alzada por ¿un micrónofo? ¿un megáfono? llega hasta nuestros oídos. "Jóvenes, quédense donde están. Servicios de emergencia. Servicios de emergencia". 
Me siento en el piso con la antena de comunicaciones como respaldo. Diana se acuesta a mi lado. Recarga su cabeza sobre mis piernas. 
-Pinche alboroto armamos-ríe, quizá preocupada.

Toma mi mano, que se apoya en el piso, y la besa. Siento sus cabellos largos envolver mi palma. Sus lágrimas la humedecen. Levanto los ojos y la antena erguida sobre mí se mira borrosa, como retratada por el lente de una cámara que se ha mojado. Me parece que en lugar de córneas, iris y pupilas, tengo un par de manantiales en la cara.
-Güe, neta, ¿en qué pinche momento se nos jodió todo?

Diana sorbe los mocos. La miro tendida a mi lado, con la luz del sol pegándole en la espalda, proyectando la sombra de su cuerpo completo sobre mis piernas. Me parece de pronto una niña que he encontrado abandonada ahí mismo, en la azotea del tercer edificio más alto de esta horrible ciudad.
-¿En qué momento se nos jodió todo?-repito. 
-Cuando les dijimos que sí. Cuando abrimos el corazón. Ahí empezó a valer madre. 

Las voces del otro lado de la puerta se apagan lentamente. También las sirenas abajo, en la avenida. Nos sorprende a ambos un golpeteo constante que mueve poco a poco sobre sus goznes la pesada puerta de hierro azul que nos separa todavía del mundo. 
-Güe-sonrío-. Estuvo chido.

Diana voltea hacia mí. Su pelo suelto, alborotado, hondea sobre su cara.
-Dani, como ya no creo en los compañeros de vida... ¿quieres ser mi compañero de muerte si un día me muero? No ahorita, pues, pero si un día me muero.

Sonrío.
-Va.

Diana extiende su pulgar y lo abrazo con el mío. Luego la ayudo a levantarse. Doy una vuelta completa contemplando el paisaje. 
-Neta que qué fea ciudad.
...
¡Salud!

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