jueves, 20 de octubre de 2016

Frenar.

Aquí vamos. Haciendo historia.
A veces erramos. Esa es la historia.
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Esta semana, Doña Mago, quien tiene la fortuna de ser mi madre, tuvo que frenar. Quienes la conocen entenderán que esa es una tarea poco menos que imposible. Doña Mago no frena aunque una grúa, un carguero naval, un portaaviones y un tren en marcha todos juntos la tengan atada. Encontrará, ducha como es en las artes de salirse con la suya, la forma de deshacerse de todo intento por detenerla y hasta agradecerles a los practicantes el esfuerzo. 
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Pero esta semana fue diferente. Despertamos el sábado de una fiesta de boda -si tal cosa es posible. Una parte de mí piensa que sigo dormido y que lo que ha estado estudiando y trabajando, viviendo por mí, pues, toda la semana es nada menos que una proyección astral de mi persona. ¿No me ven más transparente, de casualidad?-, despertamos el sábado, decía, y cuando bajé a desayunar me arremetió desde su cama, con voz gutural: "Oye, me siento mal. No puedo caminar". Cosa normal en ella, pensé yo, que usualmente después de un sueño reparador se mueve como Mumm-Ra el Inmortal antes de transformarse. "No, en serio", me dijo. "Las piernas no me responden". 
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No se asusten. La Doña, firme a sus principios de prescindir de la ayuda de cualquier persona, incluidos los galenos, había decidido la noche anterior que era una excelente idea tomarse cuatro veces la dosis recomendada de su analgésico favorito (uno muy fuerte, no me pregunten cuál. ¿Para que doy nombres si la mitad de ustedes, ya sé sus mañas, va a ir corriendito terminando de leer esta entrada a doparse sabroso? Ya, en serio, ya no sean así). El resultado fue un golpe completo y noqueador a su sistema nervioso. Tuve que llevarla a urgencias y la canalizaron. La regañaron dos, tres veces. Todo médico nuevo que llegaba a su lado la volvía a regañar. Doña Mago, que a sus sesenta y ocho ya no se cree nada, los miraba a todos con rostro de virgen postrada y luego, cuando se daban la vuelta, palmeaba en el aire y seguía intentando quitarse el suero (nada de eso lo sé yo, que aguardaba en la sala de espera. Pero por lo que me cuenta Ruth, que tiene el privilegio de ser mi hermana, lo planteado es más que posible, casi un hecho). La Doña es guerrera, terca y guerrera.
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Así que, obligada por su adicción a las pastillas (eso no es cierto, ustedes lo saben, pero se lee resabroso y rechismoso así de un golpe), Doña Mago tuvo que parar sus actividades y pasar unos días en casa de sus hijas (entiéndase mis hermanas. Es que luego no se entiende). Por lo que se me informa, la tuvieron a pan y agua, con el celular castigado y las cortinas corridas. Eso no es cierto. Eso es lo que intentaron. Pero la Doña no se estuvo en paz porque no sabe hacer eso. Sabe hacer muchas cosas, muchísimas, y la mayoría las hace muy bien. Pero estarse en paz no está (ya revisamos juntos dos veces el catálogo) entre sus acciones posibles. Prueba de ello es que ayer, cuando tenía su cita en el IMSS para evaluación post-trauma, insistía en manejar su propio coche hasta la clínica a pesar de que estando de pie se iba de lado como muelle mal balanceado. "Estoy perfecta", decía, mientras sus nietos la iban ir de pared en pared como disco de hockey con mis hermanas detrás intentando detenerla.
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Pero no hay forma. Eso ya deberíamos saberlo todos. Sus hijos, sus amigos, ustedes, ella misma, la médico que la atendió (una émula de Bárbara Noble vestida de pies a cabeza en rosa que alargaba todas sus aes y reía cada vez que Doña Mago juraba, fingiendo demencia, que no se sentía tan mal después de todo, aunque al agacharse a recoger su pluma, esto es un ejemplo, requiriera de mi ayuda para volver a la vertical). "Se vaaa aaa tomaaar un díaaaa máááás en caaaasa de sus hijaaaas", dijo Pinky Barbarita, y Doña Mago la vio desde sus lentes y su infaltable copetito gris con cara de "¿Cree? Nah". "¿Por qué  me mira como si no me estuviera haciendo caso?", preguntó la pobre Barbarita, que, imagino, pensó hasta hace un par de años que estudiar medicina era jugar a Little Mummy doce horas al día. Que jamás pensó, pobre ella, tener una paciente como la autora de mis días -nomás de los primeros, ya se los he dicho. De los demás yo me hago totalmente responsable-. "Porque si usted no trae sotana o aureola u olor de santidad, no la va a escuchar". "Pues si maneja ahorita tiene altas probabilidades de chocar". Doña Mago volteó a verme con esa cara suya que parece decir "Como si chocar fuera tan grave". Y yo la miré de vuelta con esa cara mía que quiere decir "Ya párale". 
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Así que ahí la tienen. Disfrutando de algunos días de asueto forzoso. Lo del asueto es una mera figuración. Tal vez para obligarme a interceder con mis hermanas, ha estado todos estos días enviándome videos motivacionales y (ya en serio, si tuvieran por ahí una versión agnóstica de Doña Mago, rólenla) religiosos. El colmo llegó hoy por la mañana cuando hizo llegar a mi whatsapp la novena a San Judas Tadeo, y ante mi respuesta reclamante no vaciló en espetar un "¿Y? ¿Qué daño te hace?" "Me ocupa espacio en mi memoria, Maguirris" "Uy, flor, no vaya a ser que por la novenita que te acabo de mandar se te alente el aparato". ¡Ey, Barbarita, no seas gacha, corazón, ya dala de alta!
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De todo este ir y venir, me quedo con una frase que ella misma, en alguna otra convalecencia, me regaló: "A veces, chamaquito, Dios frena por uno. A veces, chamaquito, si Dios no frena uno se mata". Tomen de todo esto lo que les sirva (si les sirven dos o tres videos religiosos en whatsapp, de veras, díganme y se los paso. Sin compromiso).
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¡Salud!

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