miércoles, 26 de octubre de 2016

Espiral.

En este ir y venir,
nos hemos ido haciendo menos,
nos hemos ido haciendo más.
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El Édgar, quien tiene la tremenda responsabilidad y el consabido privilegio de ser mi terapeuta (a La Nancy ya la jubilamos. La jubilamos porque es ya una amiga, y dicen los que saben de eso que no se puede ser amigo y terapeuta al mismo tiempo. Por eso también El Édgar y yo no nos vamos a comer, #porqueesoenamora). El Édgar, decía, quien sortea con verdadera audacia mis preguntas y mis insensateces, mis amores también, y que sabe ayudarme a poner todo en su justo sitio, tuvo una epifanía en nuestra sesión de esta semana: "¿Te das cuenta que en tu vida hay un fluir constante de cosas y personas? Un fluir que no es llegar, tomar, dar, quedarse. Pareciera más bien un llegar, tomar, dar y partir. Y esto en espiral. La gente regresa, se mueve al centro, luego a la periferia, y luego vuelve al centro. A veces no vuelve. Pero lo tienes en algo cíclico. Tu trabajo incluso. Es un hacer por otros. Un acompañar, un trabajar, un movilizar energías para que otros sigan su tránsito, para que cosas y personas que no son tuyas sigan su paso". 
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Yo lo miraba disertar desde el sillón de enfrente y me preguntaba si no sería un buen momento para llamar a un Bernini moderno para esculpirlo... o a algún servicio de emergencias (porque a mí me pone muy nervioso cuando la gente comienza a pensar y no para, se va. A uno no le enseñan en la escuela qué se hace en esos casos, y teniendo, por ejemplo, una madre como Doña Mago, que entra en éxtasis posteucarístico y luego ya no sabe uno cómo bajarle el avión, crece uno, pues, con cierto miedo a que los otros se queden flotando y uno aquí, tan terrenal, tan pragmático, tan con enfoque en proyectos, tan hecho a trabajar bajo presión). Por suerte El Édgar volvió, y volvió con una de esas miradas profundas que me echa en silencio para darme tiempo a cachar los cabos sueltos, a agarrar las palomas que lanza al vuelo. 
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Aproveché el silencio y cerré los ojos. Recordé mis ciclos. Unos cuatro o cinco rostros cuyas historias me han marcado y que luego, es cierto, han fluido hacia otros caminos. Y de esos cuatro o cinco, los tres o cuatro que han regresado, distintos a un yo distinto, a tomar más, a tomar algo diferente. Algunos buenos amigos, algunos grandes amigos. Algunas presencias que el tiempo apartó como las nubes de la canción, algunas que regresaron en otros vientos, presas de otros tiempos. Y pensé también en mi trabajo. En cómo es un hacer por otros. Movilizar por otros. La asistencia editorial tiene justo eso: la labor del curador que recibe algo y tiene como única labor embellecerlo, mejorarlo. Ponerlo en un mejor lugar que no tenía al llegar. Y hacerlo por otros, porque eso que uno embellece no es suyo, no le pertenece. Es la obra, el trabajo consciente -y, es de esperarse, consistente- de otro. Como la labor del profesor, como la labor de cualquier clase de guía. Me pregunté en ese sentido si mi labor con otros los habría embellecido, o a cuántos de los que llegaron a mis manos afeé. Cuántos dejé ir más dolidos. A cuántos dañé. Cuántos volverán a reclamar -con justa, justísima razón-, o a cuántos mis daños ocasionados los terminaron por embellecer -es cosa sabida que el hierro se forja nada más que a golpes, aunque a veces suene horrible, aunque a veces no se quiera-.
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"¿O no?", me interrumpió El Édgar -cosa bastante grosera, porque yo lo dejé disertar agusto en voz alta. ¿De dónde esa tendencia nuestra a figurar que el que está pensando no está haciendo nada? Qué feos modos los nuestros, de veras-. "O sí", accedí yo, convencido de la teoría. "La buena nueva es que ningún retorno te toma igual. Por sorpresa tal vez, porque olvidas siempre este ritmo de tu vida, pero jamás igual". Y luego dijimos ambos al mismo tiempo "nadie se baña dos veces en el mismo río". 
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Salí de la sesión muy pensativo, entenderán. Recordé muchos nombres, muchos semejantes que han fluido por mis manos, así como fluyen las páginas que corrijo. "¿Qué hacemos cuando otros llegan a nuestras vidas?", me preguntaba mientras caminaba por el centro de mi ciudad, camino a mi autobús. "¿Qué suponemos que las llegadas de otros que suceden cada día de nuestras vidas significan? ¿Qué hacemos al respecto? ¿Qué hacemos por ellos? ¿Qué balances dejamos, a favor o con deuda, cuando terminan nuestras gestiones? ¿Entendemos, tal vez al menos imaginamos, que nuestro impacto es sobre seres humanos, sobre personas, sobre historias individuales que se prolongarán, es de esperarse, más allá del tiempo que convivan con nosotros?". "Bueno, ya, joven, pague su boleto, me está deteniendo la fila", me despertó la voz del conductor del autobús. ¡Caray, ya ni pensar puede uno hacerlo agusto! En serio que qué feos modos, de veras.
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"Oye", me dijo Doña Mago señalando las cajas que ocupan un rincón en el segundo piso de su casa. Contienen mis libros. "Esas cajas ahí, pensaba el otro día, me dicen que no te has establecido en ningún lado todavía. Que tienes una casa, que tienes tus proyectos y tus cosas, pero sigues..." "Sigo fluyendo, Maguirris. Déjame un ratito. No tardo en encontrar mi punto, mi casa fija. Y cuando eso pase, abriré las puertas y recibiré los atardeceres como un encuentro". "Mijo, igual muévamelas para poder barrer". Les digo que no, que tampoco fluir lo dejan a uno. Ya ni llorar es bueno.
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¡Salud!

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