lunes, 31 de octubre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 2).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).

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II.
01/09/2014, 18:05 hrs.

Clac clac clac

Los pasos de Domingo en la banqueta.

Clac clac clac

La avenida como un río de automóviles sobre un río que pasa debajo, entubado.

Clac clac clac

Érase una vez un valle, partido en dos por un río de poco caudal. 

Clac clac clac

Alto. A la altura del Civil nuevo, en la Fuente Olímpica, un par de automóviles que dan la vuelta obligan a Domingo a detener su paso. Mira el monumento a la Madre, a su derecha. Una mujer encorvada, con los hijos a cuestas, recibe a su vista. 

-¡Qué la fregada!

Clac clac clac

Tercer intento. El celular vuelve a mandar a buzón. Domingo para de nuevo. Los semáforos para peatones parecen estar descompuestos. Dan apenas cinco segundos para cruzar. Domingo prefiere esperar.

-¡Contestaaaa!

Clac clac clac

En el valle vivían unos indios y luego unos españoles. Con el paso del tiempo, los españoles se hicieron del valle. Mandaron a los indios para acá (Domingo empuña su mano izquierda, "de la Calzada para allá), y se quedaron con las tierras de acá (Domingo empuña su mano derecha, "de la Calzada para acá"). 

Clac clac clac

Un chasquido al otro lado de la línea, un cambio en el fluir del ruido. Domingo se detiene y toma aire. 

- ¡¿Martín?! No me cuelgues, por favor, no-me-cuel-gues.

Se recarga en la pared de una ferretería abandonada. En la cortina de hierro a su lado se pierde grafiti sobre grafiti. Del otro lado de la Calzada, un edificio de tres pisos color crema, pintado hasta en sus ventanas, lo mira de vuelta. Sobre el tercer nivel, se alcanza a leer un letrero neón: "Hotel Madri". Domingo enciende un cigarro. Inhala y escupe el humo en cuatro palabras:

- Por favor, no cuelgues. 

Junto a la í hay un espacio vacío, despintado por el sol. "Hotel Madrid". Ahora todo tiene un poco de más sentido, sin tener sentido del todo.

- Dame... dame otra oportunidad. Yo creo que tú y yo podemos intentarlo. No, por favor, no cuelgues.

Un par de prostitutas, una mayor que la otra, pasan caminando y lo miran. La menor vuelve la cara, risueña. Un automóvil las rebasa y pita.

- ¡Pítale a la más vieja de tu casa, pinche güey!

Domingo se rasca desesperadamente la ceja. Al otro lado de la línea, todo un armamento se lanza contra él. Si tan sólo las orejas pudieran sentir lo que siente el corazón...

- Sí, yo sé. Yo soy el primero que sabe que la cagó. Cometí muchos errores, no lo niego. Lo del antro, la otra noche, sí, yo sé... sí. Sí. Sí.

Cuando hay tres sís seguidos, uno sabe que todo es un "no". Domingo fuma y vuelve a caminar. Una enorme ballena azul llena con su bramido la Calzada. Es una unidad del Macrobús. Una estación (¿Juan Álvarez?) se desborda de gente haciendo fila para abordar.

- ¿Pues qué querías que hiciera? Tú te habías ido. ¡Me estabas dejando solo, Martín! Ya nunca tenías tiempo. Y andabas como desesperado. Estabas sin estar.

Clac clac clac. Tres indigentes abordan a Domingo. Extienden sus manos. Nubes de pelos grises sebosas rodean sus caras. A Domingo lo marea el olor a orines. Avienta la bachicha del cigarro y se aleja rápidamente clac clac clac de sus uñas negras, de sus pies descalzos y como quemados. 

- ¡Pero qué me estás diciendo! Si tú tampoco eres un alma blanca. Tú también te acostaste con él, incluso antes que yo. Si a esas vamos...

Domingo se detiene y da una vuelta sobre su propio eje. El hueco verde que es el Parque Morelos se dibuja a su lado derecho. Un supermercado abandonado (como todo lo demás) al otro lado de la Calzada ("de la Calzada pa' allá") le hace pensar apenas un segundo en algo que se pierde.

- ... si a esas vamos, estamos tablas.

La estatua de Morelos se agita vigorosa a la entrada del parque. Hoy hay más prostitutas abordando transeúntes que otros días. Parejitas perdiendo el tiempo ríen nerviosas en las bancas de concreto. Resulta imposible ver de un solo tajo el final de la arboleda. Allá atrás, supone uno, amantes perdidos en los follajes y claros abandonados estarán repoblando el barrio. Ciudad abandonada. Resulta difícil creer que hace mucho tiempo esta fue una alameda para reunión y goce de los ricos y acomodados.

- No, ya, no me cuelgues. Perdón. Es que... te necesito. ¿Qué voy a hacer sin ti, Martín? 

Clac clac clac. Los pasos se vuelven más sonoros. El sol de la tarde que muere se lleva los ruidos con él. Sólo que da un clac clac clac y de pronto un fruuuuuz de un Macrobús. Ni los carros suenan ya. 

- Guapo... ¿una mamadita?

La prostituta joven que lo rebasó antes hace un gesto obsceno con su mano y su boca. Domingo se horroriza. Tapa la bocina del celular y suelta un "no, gracias" que desata un chiflido de la chica. Otro gesto obsceno lo llama a voz en cuello y sin voz: ma-ri-cón.

- Martín, ¿por qué no entiendes que te necesito?

La esquina de Hidalgo y la Calzada lo ve llorar. Se derrumba en una jardinera llena de colillas de cigarro que bajo un puente vehicular intenta dar algo de vida a un espacio por completo. Junto a él, un padrote lleva del brazo a una mujer robusta. Ríen mientras cruzan Hidalgo, como hacia el parque. Se pierden en la entrada del Hotel París.

- Martín, por favor, por lo que más quieras. Regresa conmigo. Prometo ya no hacerte daño. Prometo borrar todas mis redes sociales. Cerrar mis perfiles. Lo que tú pidas, sólo regresemos, por favor.

Clac clac clac. Domingo vuelve a caminar. Pasa por debajo de la Plaza Tapatía. El olor a basura y desechos orgánicos se vuelve insoportable. Aprovecha y cierra nariz y boca y deja que una voz en el auricular lo taladre hasta las entrañas. Todo el daño que podemos hacer, todas las chingaderas que podemos regalarnos. Acelera el paso clac clac clac. La luz de un sol débil lo recibe al final del túnel.

- ¡Claro que sé todo eso! ¡Claro que sé todo lo que hice mal! Pero si tal sólo vieras cuántas ganas tengo de cambiar. De ser mejor para ti. 

Un vendedor ambulante lo atosiga con baratijas luminosas. Otro par de indigentes, cobijas en mano, lo miran y señalan. En la esquina de Calzada y Juárez, el tren que pasa debajo, el sonido de los mariachis, la imagen del mercado de San Juan, todo lo abruma. Cruza Juárez y se sienta en los primeros escaños de la entrada de un local (también) abandonado.

- ¡Martín, por favor, dame chance!

Cuando al río lo entubaron, se perdió la magia. Sí y no. Luego vinieron buenos tiempos para la Calzada que nació del río tapado. Fue una avenida de primer mundo. Con su camellón de fuentes y glorietas, sus centros nocturnos de primer nivel, sus teatros y marquesinas luminosas. De eso no queda nada. Así es todo en esta ciudad: nos distraemos poquito y ya tiraron algo. Ya dejaron entrar el trascabo por la puerta. Ya no hay paredes con qué hacer memoria.

- Ok, ok. Te concedo eso. ¿Quieres que me humille? ¿Quieres que llame a la Buena Onda, a Promomedios, y te dedique algo? ¿Una canción? ¿Un saludo? ¿Que te pida perdón en hora pico, cuando todo mundo está escuchando el radio? No, no mames, Martín, ya nadie escucha el radio.

Clac clac clac. A la altura del Best Western, la acera se empieza a llenar de vendedores de cosas de segunda mano. A esto vino a caer la gran avenida nocturna de Guadalajara. De Times Square a mercado de pulgas.

- ¿Quieres que le llame? Voy a tu casa y le llamo frente a ti. Le digo que lo olvide. Que ya nada. Que lo que había se terminó. Lo que quieras, sí, lo que quieras.

Un fluir de sirenas interrumpen la llamada. Hay voces de alarma entre la gente que mira las baratijas y antigüedades tendidas en la banqueta. Pasan dos, tres, cuatro carros de servicios de emergencias rumbo al sur. Bordean la columna de la Independencia, una de las pocas glorietas que sobreviven en la Calzada al paso del tiempo, de los años, del fluir de gobernantes que no la quieren, que la necesitan ver fea, ojerosa y despintada.

- No, parece que algo pasó. Van como hacia el Condominio Guadalajara. ¿Yo qué sé? Algún incauto suicida. Oye, Martín... si no regresas conmigo me mato, te juro que me mato.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Espiral.

En este ir y venir,
nos hemos ido haciendo menos,
nos hemos ido haciendo más.
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El Édgar, quien tiene la tremenda responsabilidad y el consabido privilegio de ser mi terapeuta (a La Nancy ya la jubilamos. La jubilamos porque es ya una amiga, y dicen los que saben de eso que no se puede ser amigo y terapeuta al mismo tiempo. Por eso también El Édgar y yo no nos vamos a comer, #porqueesoenamora). El Édgar, decía, quien sortea con verdadera audacia mis preguntas y mis insensateces, mis amores también, y que sabe ayudarme a poner todo en su justo sitio, tuvo una epifanía en nuestra sesión de esta semana: "¿Te das cuenta que en tu vida hay un fluir constante de cosas y personas? Un fluir que no es llegar, tomar, dar, quedarse. Pareciera más bien un llegar, tomar, dar y partir. Y esto en espiral. La gente regresa, se mueve al centro, luego a la periferia, y luego vuelve al centro. A veces no vuelve. Pero lo tienes en algo cíclico. Tu trabajo incluso. Es un hacer por otros. Un acompañar, un trabajar, un movilizar energías para que otros sigan su tránsito, para que cosas y personas que no son tuyas sigan su paso". 
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Yo lo miraba disertar desde el sillón de enfrente y me preguntaba si no sería un buen momento para llamar a un Bernini moderno para esculpirlo... o a algún servicio de emergencias (porque a mí me pone muy nervioso cuando la gente comienza a pensar y no para, se va. A uno no le enseñan en la escuela qué se hace en esos casos, y teniendo, por ejemplo, una madre como Doña Mago, que entra en éxtasis posteucarístico y luego ya no sabe uno cómo bajarle el avión, crece uno, pues, con cierto miedo a que los otros se queden flotando y uno aquí, tan terrenal, tan pragmático, tan con enfoque en proyectos, tan hecho a trabajar bajo presión). Por suerte El Édgar volvió, y volvió con una de esas miradas profundas que me echa en silencio para darme tiempo a cachar los cabos sueltos, a agarrar las palomas que lanza al vuelo. 
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Aproveché el silencio y cerré los ojos. Recordé mis ciclos. Unos cuatro o cinco rostros cuyas historias me han marcado y que luego, es cierto, han fluido hacia otros caminos. Y de esos cuatro o cinco, los tres o cuatro que han regresado, distintos a un yo distinto, a tomar más, a tomar algo diferente. Algunos buenos amigos, algunos grandes amigos. Algunas presencias que el tiempo apartó como las nubes de la canción, algunas que regresaron en otros vientos, presas de otros tiempos. Y pensé también en mi trabajo. En cómo es un hacer por otros. Movilizar por otros. La asistencia editorial tiene justo eso: la labor del curador que recibe algo y tiene como única labor embellecerlo, mejorarlo. Ponerlo en un mejor lugar que no tenía al llegar. Y hacerlo por otros, porque eso que uno embellece no es suyo, no le pertenece. Es la obra, el trabajo consciente -y, es de esperarse, consistente- de otro. Como la labor del profesor, como la labor de cualquier clase de guía. Me pregunté en ese sentido si mi labor con otros los habría embellecido, o a cuántos de los que llegaron a mis manos afeé. Cuántos dejé ir más dolidos. A cuántos dañé. Cuántos volverán a reclamar -con justa, justísima razón-, o a cuántos mis daños ocasionados los terminaron por embellecer -es cosa sabida que el hierro se forja nada más que a golpes, aunque a veces suene horrible, aunque a veces no se quiera-.
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"¿O no?", me interrumpió El Édgar -cosa bastante grosera, porque yo lo dejé disertar agusto en voz alta. ¿De dónde esa tendencia nuestra a figurar que el que está pensando no está haciendo nada? Qué feos modos los nuestros, de veras-. "O sí", accedí yo, convencido de la teoría. "La buena nueva es que ningún retorno te toma igual. Por sorpresa tal vez, porque olvidas siempre este ritmo de tu vida, pero jamás igual". Y luego dijimos ambos al mismo tiempo "nadie se baña dos veces en el mismo río". 
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Salí de la sesión muy pensativo, entenderán. Recordé muchos nombres, muchos semejantes que han fluido por mis manos, así como fluyen las páginas que corrijo. "¿Qué hacemos cuando otros llegan a nuestras vidas?", me preguntaba mientras caminaba por el centro de mi ciudad, camino a mi autobús. "¿Qué suponemos que las llegadas de otros que suceden cada día de nuestras vidas significan? ¿Qué hacemos al respecto? ¿Qué hacemos por ellos? ¿Qué balances dejamos, a favor o con deuda, cuando terminan nuestras gestiones? ¿Entendemos, tal vez al menos imaginamos, que nuestro impacto es sobre seres humanos, sobre personas, sobre historias individuales que se prolongarán, es de esperarse, más allá del tiempo que convivan con nosotros?". "Bueno, ya, joven, pague su boleto, me está deteniendo la fila", me despertó la voz del conductor del autobús. ¡Caray, ya ni pensar puede uno hacerlo agusto! En serio que qué feos modos, de veras.
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"Oye", me dijo Doña Mago señalando las cajas que ocupan un rincón en el segundo piso de su casa. Contienen mis libros. "Esas cajas ahí, pensaba el otro día, me dicen que no te has establecido en ningún lado todavía. Que tienes una casa, que tienes tus proyectos y tus cosas, pero sigues..." "Sigo fluyendo, Maguirris. Déjame un ratito. No tardo en encontrar mi punto, mi casa fija. Y cuando eso pase, abriré las puertas y recibiré los atardeceres como un encuentro". "Mijo, igual muévamelas para poder barrer". Les digo que no, que tampoco fluir lo dejan a uno. Ya ni llorar es bueno.
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¡Salud!

lunes, 24 de octubre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 1).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).
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I.
01/09/2014, 18:04 hrs.

Estoy aquí, parado en la orilla del mundo. Siento el aire golpear con fuerza mi ropa. Abro los ojos. Mi camisa a cuadros rojos hondea sobre mi torso como una bandera. Levanto la vista. Guadalajara es una masa de casas y calles que se desparrama allá abajo, a lo largo y a lo ancho. "¡Qué fea ciudad!".
-Güe, neta, qué asco de ciudad. 

Me hago poeta a ciento cinco metros de altura, a veintisiete pisos del piso. La miro de nuevo. Es fea, fea con ganas. Nada más que un montón de azoteas regadas sobre el asfalto como piedras que han caído de un costal roto. Apenas se distingue el trazo más o menos recto de una avenida, lo rompe una glorieta mal trazada, un camellón inconcluso, una arboleda que pretende ser un parque. "Neta que qué fea ciudad". Siento el sudor de las palmas de mis manos, aferradas al pasamanos del pretil. Bajo los ojos. La mitad de mis pies en el abismo, la otra mitad aferrada a la pequeña cornisa (no más de quince centímetros) que es el fin del edificio en la horizontal.
-Güey, ¿es neta?

El celular de Diana vuelve a sonar. Un "pling" anuncia un mensaje, otro "pling" alguna notificación. Me sorprende que sea capaz de voltear sobre sí misma y, con una mano fija en el pasamanos, sacar el aparato de su bolsillo y revisarlo. Teclea con rapidez, levanta los ojos, hace cálculos, vuelve a teclear. 
-No mames, Diana. 
-¿Qué?
-¡Te estás matando! Concéntrate.
-Me están preguntando cosas del trabajo. 
-¡Pero si te vas a morir!
-¿Y qué? Daniel, no les dejé el inventario terminado. Si no voy a regresar mañana, mínimo tengo que decirles dónde está cada cosa.
-¡¿Para qué?!
-¡Para que lo puedan contar todo!
-¡Pero si tú ya no vas a estar mañana allá abajo!

Veo la sorpresa en sus ojos. Casi el terror. Bajo los ojos. Hago una nota mental: "ser cuidadoso. Hasta para decirle al otro que se va a morir hay que tener un poco de tacto, un poquito de conciencia". Personas allá abajo se acercan al edificio. Apuntan hacia nosotros. Entran por la reja que rodea toda la cuadra, que se abre paso entre los locales individuales abandonados que forman una valla entre el edificio y la calle. Leo con mucha dificultad las letras de hierro sobre el cancel, que a estas altura se ven pequeñitas: arajaladauG oinimodnoC. Me pongo mentalmente en el lugar de un transeúnte cualquiera: Condominio Guadalajara.
-Güe, nos están viendo.

Diana sigue sin salir de su asombro. Sus ojos se llenan de lágrimas. Mueve su vista hacia donde apunta la mía. 
-Hay que hacerlo a la de tres.
-No, espérate Daniel.
-Güe, si no lo hacemos ahorita van a subir y nos van a bajar. Órale, a la de tres. Una...

Diana niega con la cabeza. Lágrimas gruesas caminan por sus mejillas todas sobre el mismo trazo y se acumulan en su barbilla. 
-Ya no quiero hacer esto.
-¡No mames! ¡Lo prometimos!
-Pues ya no quiero.
-¡Ay, pinches viejas! ¡Por eso nos hacemos todos jotos!

El grupo de gente reunido en el atrio del edificio crece. Se escuchan sirenas. 
-En la madre... ¡Diana! -miro a mi amiga. Tiembla agarrada todavía con una mano al pasamanos del pretil. Niega con la cabeza.
-No, Dani. Hay que pensarlo mejor. 

"¿Pensar qué?", me pregunto enojadísimo. Aprieto los dientes y tuerzo mi mentón. 
-Dani... 

No volteo a verla. Me concentro en la sensación de mis manos sudorosas, el aire sobre mi cuerpo, el sonido de las sirenas. Cierro los ojos. Si fuera un poco más noche, imagino, podría ver las luces rojas de los servicios de emergencia golpeando las calles y acercándose rápidamente hacia nosotros. Podría reconocer sus rutas, podría verlos venir, sin verlos todavía, por la Calzada Independencia, Niños Héroes, Alcalde incluso. Si no estuvieran los arbotantes, podría adivinar el trazo de las calles por el golpeteo de sus luces circulantes sobre las paredes de los edificios circundantes. De pronto me interrumpe el mismo dolor hueco de los últimos dos meses, me sofoca desde el estómago.
-Me caga que duela, Diana. Me caga.

Lloro. Por enésima vez en lo que va del año. "Qué bueno que no cobran las lágrimas. Las debería todas". Siento la mano de Diana tomar la mía. Está detrás mío. Se ha rajado por completo. Está completamente a salvo sobre la azotea del Condominio. Condominio Guadalajara, presidiendo suicidios desde 1962. 
-Ya, Dani, vamos. Hay que ir a casa.
-No quiero.
-Ya veremos otra forma. Ya encontraremos otra forma. Así está gacho -mira sobre mi hombro. Un camión de bomberos y tres patrullas bloquean Alcalde-. Nos van a tomar fotos.

Suspiro y tomo su mano. Volteo sobre mi eje. Alguien golpea la puerta que hemos cerrado por fuera con una cadena y un candado. Se escuchan gritos y expresiones alarmadas del otro lado. Desde abajo, una voz alzada por ¿un micrónofo? ¿un megáfono? llega hasta nuestros oídos. "Jóvenes, quédense donde están. Servicios de emergencia. Servicios de emergencia". 
Me siento en el piso con la antena de comunicaciones como respaldo. Diana se acuesta a mi lado. Recarga su cabeza sobre mis piernas. 
-Pinche alboroto armamos-ríe, quizá preocupada.

Toma mi mano, que se apoya en el piso, y la besa. Siento sus cabellos largos envolver mi palma. Sus lágrimas la humedecen. Levanto los ojos y la antena erguida sobre mí se mira borrosa, como retratada por el lente de una cámara que se ha mojado. Me parece que en lugar de córneas, iris y pupilas, tengo un par de manantiales en la cara.
-Güe, neta, ¿en qué pinche momento se nos jodió todo?

Diana sorbe los mocos. La miro tendida a mi lado, con la luz del sol pegándole en la espalda, proyectando la sombra de su cuerpo completo sobre mis piernas. Me parece de pronto una niña que he encontrado abandonada ahí mismo, en la azotea del tercer edificio más alto de esta horrible ciudad.
-¿En qué momento se nos jodió todo?-repito. 
-Cuando les dijimos que sí. Cuando abrimos el corazón. Ahí empezó a valer madre. 

Las voces del otro lado de la puerta se apagan lentamente. También las sirenas abajo, en la avenida. Nos sorprende a ambos un golpeteo constante que mueve poco a poco sobre sus goznes la pesada puerta de hierro azul que nos separa todavía del mundo. 
-Güe-sonrío-. Estuvo chido.

Diana voltea hacia mí. Su pelo suelto, alborotado, hondea sobre su cara.
-Dani, como ya no creo en los compañeros de vida... ¿quieres ser mi compañero de muerte si un día me muero? No ahorita, pues, pero si un día me muero.

Sonrío.
-Va.

Diana extiende su pulgar y lo abrazo con el mío. Luego la ayudo a levantarse. Doy una vuelta completa contemplando el paisaje. 
-Neta que qué fea ciudad.
...
¡Salud!

jueves, 20 de octubre de 2016

Frenar.

Aquí vamos. Haciendo historia.
A veces erramos. Esa es la historia.
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Esta semana, Doña Mago, quien tiene la fortuna de ser mi madre, tuvo que frenar. Quienes la conocen entenderán que esa es una tarea poco menos que imposible. Doña Mago no frena aunque una grúa, un carguero naval, un portaaviones y un tren en marcha todos juntos la tengan atada. Encontrará, ducha como es en las artes de salirse con la suya, la forma de deshacerse de todo intento por detenerla y hasta agradecerles a los practicantes el esfuerzo. 
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Pero esta semana fue diferente. Despertamos el sábado de una fiesta de boda -si tal cosa es posible. Una parte de mí piensa que sigo dormido y que lo que ha estado estudiando y trabajando, viviendo por mí, pues, toda la semana es nada menos que una proyección astral de mi persona. ¿No me ven más transparente, de casualidad?-, despertamos el sábado, decía, y cuando bajé a desayunar me arremetió desde su cama, con voz gutural: "Oye, me siento mal. No puedo caminar". Cosa normal en ella, pensé yo, que usualmente después de un sueño reparador se mueve como Mumm-Ra el Inmortal antes de transformarse. "No, en serio", me dijo. "Las piernas no me responden". 
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No se asusten. La Doña, firme a sus principios de prescindir de la ayuda de cualquier persona, incluidos los galenos, había decidido la noche anterior que era una excelente idea tomarse cuatro veces la dosis recomendada de su analgésico favorito (uno muy fuerte, no me pregunten cuál. ¿Para que doy nombres si la mitad de ustedes, ya sé sus mañas, va a ir corriendito terminando de leer esta entrada a doparse sabroso? Ya, en serio, ya no sean así). El resultado fue un golpe completo y noqueador a su sistema nervioso. Tuve que llevarla a urgencias y la canalizaron. La regañaron dos, tres veces. Todo médico nuevo que llegaba a su lado la volvía a regañar. Doña Mago, que a sus sesenta y ocho ya no se cree nada, los miraba a todos con rostro de virgen postrada y luego, cuando se daban la vuelta, palmeaba en el aire y seguía intentando quitarse el suero (nada de eso lo sé yo, que aguardaba en la sala de espera. Pero por lo que me cuenta Ruth, que tiene el privilegio de ser mi hermana, lo planteado es más que posible, casi un hecho). La Doña es guerrera, terca y guerrera.
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Así que, obligada por su adicción a las pastillas (eso no es cierto, ustedes lo saben, pero se lee resabroso y rechismoso así de un golpe), Doña Mago tuvo que parar sus actividades y pasar unos días en casa de sus hijas (entiéndase mis hermanas. Es que luego no se entiende). Por lo que se me informa, la tuvieron a pan y agua, con el celular castigado y las cortinas corridas. Eso no es cierto. Eso es lo que intentaron. Pero la Doña no se estuvo en paz porque no sabe hacer eso. Sabe hacer muchas cosas, muchísimas, y la mayoría las hace muy bien. Pero estarse en paz no está (ya revisamos juntos dos veces el catálogo) entre sus acciones posibles. Prueba de ello es que ayer, cuando tenía su cita en el IMSS para evaluación post-trauma, insistía en manejar su propio coche hasta la clínica a pesar de que estando de pie se iba de lado como muelle mal balanceado. "Estoy perfecta", decía, mientras sus nietos la iban ir de pared en pared como disco de hockey con mis hermanas detrás intentando detenerla.
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Pero no hay forma. Eso ya deberíamos saberlo todos. Sus hijos, sus amigos, ustedes, ella misma, la médico que la atendió (una émula de Bárbara Noble vestida de pies a cabeza en rosa que alargaba todas sus aes y reía cada vez que Doña Mago juraba, fingiendo demencia, que no se sentía tan mal después de todo, aunque al agacharse a recoger su pluma, esto es un ejemplo, requiriera de mi ayuda para volver a la vertical). "Se vaaa aaa tomaaar un díaaaa máááás en caaaasa de sus hijaaaas", dijo Pinky Barbarita, y Doña Mago la vio desde sus lentes y su infaltable copetito gris con cara de "¿Cree? Nah". "¿Por qué  me mira como si no me estuviera haciendo caso?", preguntó la pobre Barbarita, que, imagino, pensó hasta hace un par de años que estudiar medicina era jugar a Little Mummy doce horas al día. Que jamás pensó, pobre ella, tener una paciente como la autora de mis días -nomás de los primeros, ya se los he dicho. De los demás yo me hago totalmente responsable-. "Porque si usted no trae sotana o aureola u olor de santidad, no la va a escuchar". "Pues si maneja ahorita tiene altas probabilidades de chocar". Doña Mago volteó a verme con esa cara suya que parece decir "Como si chocar fuera tan grave". Y yo la miré de vuelta con esa cara mía que quiere decir "Ya párale". 
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Así que ahí la tienen. Disfrutando de algunos días de asueto forzoso. Lo del asueto es una mera figuración. Tal vez para obligarme a interceder con mis hermanas, ha estado todos estos días enviándome videos motivacionales y (ya en serio, si tuvieran por ahí una versión agnóstica de Doña Mago, rólenla) religiosos. El colmo llegó hoy por la mañana cuando hizo llegar a mi whatsapp la novena a San Judas Tadeo, y ante mi respuesta reclamante no vaciló en espetar un "¿Y? ¿Qué daño te hace?" "Me ocupa espacio en mi memoria, Maguirris" "Uy, flor, no vaya a ser que por la novenita que te acabo de mandar se te alente el aparato". ¡Ey, Barbarita, no seas gacha, corazón, ya dala de alta!
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De todo este ir y venir, me quedo con una frase que ella misma, en alguna otra convalecencia, me regaló: "A veces, chamaquito, Dios frena por uno. A veces, chamaquito, si Dios no frena uno se mata". Tomen de todo esto lo que les sirva (si les sirven dos o tres videos religiosos en whatsapp, de veras, díganme y se los paso. Sin compromiso).
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¡Salud!

miércoles, 12 de octubre de 2016

Retomar.

A ti, por si un día llamas.
Por si un día te animas a venir.
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Hoy volví al departamento. Hay en esta frase de cuatro elementos gramaticales toda una historia, toda una gama de cosas que se van dejando atrás. Que se siembran adelante. Para empezar, hay que admitir que somos fetichistas con los espacios. Uso ahí el plural, tal vez, para sentirme un poco menos solo. La verdad es que soy yo, y quién sabe si algún otro humano más, el que tiene una fijación tremenda con los espacios. Los nombro, los adopto, los lleno de significación y luego, cuando hay que abandonarnos, no sé qué hacer con ellos. Termino llevándomelos, un poco, un tiempo, aunque finalmente los bote o los resignifique. En esta segunda tarea se va un poco más de tiempo y energía. A veces, incluso, es mejor que suceda sola. La vida, que avanza sin tregua, aun después de la muerte, los resignifica sola, y lo hace muy bien.

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Este departamento de puertas y ventanas abiertas era un espacio común. Se alquiló para un proyecto de dos de quienes finalmente uno, lleno de miedo y demonios, abandonó el barco. Saltó por la borda, se fue llorando reconociendo un fracaso personal en algo que creía posible, que creía deseable. Eso hay que entenderlo con toda la frialdad que nos -aquí sí en plural, porque este baile lo bailamos todos, ustedes que leen y yo que escribo- sea posible: a veces los fantasmas que se cargan son injuzgables, inestimables e imposibles. Cuando eso sucede, lo mejor es cortar por lo sano y dejar que cada quien se arregle con los suyos. Antes de comprometer la salud, antes de comprometer el amor -o los amores-. 
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Así que ahora vuelve a ser un departamento para el proyecto -o los muchos proyectos- de uno, en concreto, de quien esto escribe. Hay en esa modificación de los participantes en este proyecto una ventaja y una promesa. Tener mucho espacio es la ventaja; llenarlo con nueva vida es la promesa. La ventaja se da por sí sola: es una realidad total, objetiva, cuantificable (si la quieren objetivar o cuantificar, dense una vuelta. Verán mi corredor extendido mirando al sur de la ciudad, mi sala gigante, mi patio cargado de luz). La promesa sucede cuando la nombramos, pues mientras la vamos nombrando la vamos viviendo. No hay respecto a esa promesa mucho que hacer. Anoche, un poco ansioso por volver a abrir las puertas de esta casa mía -y de ustedes también, si cooperan con los gastos-, y sobre todo por tener que hacerlo ahora en solitario, me preguntaba en silencio qué necesito. La respuesta vino rápidamente, desde mi propia voz: "tiempo de vida". Esa es una respuesta magnífica, y difícil. En su proceso está su tortura: para la solución sólo se requiere vivir. Eso que hacemos cada mañana, que nos es dado como un regalo, como una fuente infinita -en apariencia, todos sabemos que se extingue, que cada día que se nos otorga es un día menos que se nos otorga-. Vivir y ya. Qué fácil, y qué difícil.
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Ahora el asunto está en que la vida vaya llenando poco a poco este espacio de otras vivencias relacionadas con el nuevo proyecto. Es un poco como remodelar, pero sin mover casi las cosas de lugar. Sin muebles nuevos en los rincones, sin pintura nueva en los muros, sin paredes que caen o tuberías del agua cuya ruta se altera. Más bien es un tema de traer nuevas emociones, servir nuevas vivencias a la misma mesa siempre tendida, invitar a los nuevos amigos -este año ha sido de muchas, muchas sumas en esa materia, con gente toda muy valiosa uniéndose al proyecto de mi vida-, invitar a los viejos amigos -que no se rajan, que son una luz que no parpadea, un torrente que impulsa-, degustar nuevos sabores, abrir la casa a nuevos aires, a amaneceres distintos -nunca había vivido un otoño en este departamento, lo cual significa un otoño nuevo para el espacio y para mí-. 
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Para empezar estas tareas, hoy vinieron a ayudar en la mudanza Rafa y Fer, mis sobrinos. Hace cinco años ya que les dediqué sendas entradas para festejar sus nacimientos (cinco años, siéntanse viejos). Hoy ya cargan cosas y hacen chistes y van conmigo al supermercado para volver a rellenar la alacena que quedó vacía -yo pienso eso: la casa no es casa hasta que su la alacena está llena-. También vino Maguirris, quien tiene el privilegio supremo de ser mi madre y cuya figura ha sido fundamental en estos procesos de cerrar y abrir casas -labor en la que ella tiene las experiencias sumadas de una vida dada a los finales y los reinicios, a las puertas que se cierran y las que se abren-. Fue ella quien al subir a su automóvil rumbo al supermercado vio todo -como Dios en la creación- con buenos ojos y exclamó, con esa voz superior que sólo poseen las que han sido abuelas: "Tu casa está ya llena de nuevos aires. Eso me da gusto. Es la vida, tu vida, que se renueva". La vi tan iluminada que no respondí lo que pensaba (era un "sí" y un "gracias"). 
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Estaré aquí hasta marzo. Luego la vida y yo decidiremos otras cosas, tomaremos otros barcos. Esta es mi casa, mi casa a la izquierda del tiempo, donde mi corazón aprende a estar tranquilo -Lorca dixit-. Y donde todos ustedes son bienvenidos.
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¡Salud!

domingo, 2 de octubre de 2016

Tres de octubre.

A ti, por si un día me lees. 
Por si un día te enteras.
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Tres de octubre, viernes. Seis de la tarde en punto, tiempo del centro de México. Temperatura: 22 °C. Humedad en la atmósfera: 15%. Probabilidad de lluvia: baja. Kilos menos: dos. Tiempo sin llorar: veintiocho días, y contando. Avances: a esta fecha puedo escuchar canciones románticas sin correr a apagar el radio. Probabilidad de llanto hoy: baja. Tacho eso último. Probabilidad de llanto hoy: manchón de pluma.
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Cruzo Juárez y una notificación en mi celular me obliga a mirar la esquina superior derecha de la pantalla, donde está el reloj. Voy tarde. ¡Con lo que le gusta a Vizcaíno que yo llegue tarde! Es un amigo exigente. De sus tiempos, de los tiempos de otros. Lo conocí por otra amiga en común, una chica bastante promedio, que ahora está por casarse, de modo que a ambos nos ha entrado cierta ansiedad. La ansiedad compartida del tiempo que corre y se esfuma. Piso la otra acera. Un automóvil pasa a alta velocidad detrás de mí. Mi mochila, al hombro, se bambolea. Nota para mí: debo tener más cuidado al cruzar avenidas. Habrá que sumar eso al resto de las regularidades conquistadas. Hago una anotación mental y escribo "cruzar las avenidas con cuidado" justo debajo de "comprar leche lunes, miércoles, viernes y sábado". La lista tiene ya un par de veintenas de cosas. A este paso, el número 41 del listado será "respirar". Anoto eso también, por si las dudas.
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Asistimos al fin de la tarde desde la azotea. Nuestros pies colocados en el pretil, nuestras espaldas reclinadas en un par de sillones de mimbre, nuestras manos tomadas. La ciudad se rinde abajo al día. Escuchamos sin escuchar los ruidos del portón que cierra, la cortina de hierro que baja, el motor que arranca, las luces que se encienden. Te miro. Me miras. Nos preguntamos alguna tontería. Mientras respondes tu parte, la oscuridad colorea tu rostro. Apenas te distingo, cada segundo un poco menos. Cuando ya no puedo verte, te siento. Tus labios son el roce de un vestido de gala que vuela sobre la pisa de baile que son mis labios. Se escuchan dos chasquidos: el de las cigarras sobre el cable de la luz y el de nuestras bocas yendo y viniendo. "Besarte es un viaje", te digo al abrir los ojos. No sé por qué los he cerrado. Da igual. La noche es ahora dueña de la noche. "Toma", pones algo invisible en mi mano. No has puesto nada ahí. "Te compro otro boleto". 
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Subo las escaleras y me recibe un hostess musculoso y barbón. "¿Te esperan?". Se me ocurren muchas, muchas respuestas posibles, unas más graciosas que otras. "Sí", contesto. Miro por sobre su hombro y el brazo infaltablemente encamisado de Vízcaíno se levanta entre mesas y sillones lounge. La barba del hostess da media vuelta hacia donde miran mis ojos. "Ah", dice, y retira la cadena. Cruzo con "compermisos" por entre alfombras, sillas periqueras, macetas transparentes, meseros que vienen y van, sillones bajos y bolsas y mochilas que la gente ha dejado en el piso. "Estos lugares cada vez están peor decorados", le digo al oído a Vizcaíno al abrazarlo por fin. "Al menos ya puede uno besarse agusto". Me invita a mirar a un par de chicas que disfrutan sus labios en la barra. Asiento. "Libertades alcanzadas, espacios reducidos. Esto es todo muy postmoderno". Vizcaíno, negociante internacional de profesión, 1.70 de estatura, rubio, ojitos pequeños, todo números y planogramas, sonrisa grande, deja de sonreír y sólo me mira. "Tú y tus metáforas que nunca explicas", mi amigo se sienta enfadado. Tomo la carta y el lugar a su lado. "¿Y cómo está todo con Jesús?". Golpe en el estómago. Miro el rostro de Vizcaíno. No hay sonrisas. Mira detenidamente al par de chicas que siguen comiéndose a besos en la barra. Uno, dos, tres segundos. No está bromeando. Otro golpe en el estómago me regresa a mi lista de regularidades conquistadas. Número tres: "contarle a todos mis amigos. Pedirles que lo borren y bloqueen de las redes sociales. Que no se hable de él por un buen tiempo". Al segundo cinco, Vizcaíno voltea. Nuestras miradas se encuentran. Su "¿qué carajos pasó?" me hace bajar la vista. "Pasa que olvidé contarte".
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Érase una vez una ciudad de banquetas angostas tapizadas de mosaicos blancos y rojos. Una ciudad de azoteas tiradas al sol como monedas cuadradas sobre el asfalto. Una ciudad de fuentes apagadas y jardines descuidados, de avenidas saturadas y peatones apesadumbrados. Una ciudad de cúpulas y frontones, de ventanas abiertas sobre plazuelas y corredores. Una ciudad de olor a incienso y tierra mojada. Una ciudad de esporádicos rascacielos, fachadas deslavadas, boquetes abiertos en mitad del paisaje. A la ciudad la dividía en dos un río, sobre el que ahora existe una avenida que la sigue dividiendo. Te conocí un viernes tres de octubre en la ribera de ese río, que ahora es una banqueta. Tú cruzabas en sentido contrario. Me sonreíste desde el montón de gente. Yo venía buscando algo en mi mochila y no vi tu sonrisa. Me sonreíste porque creíste que yo era alguien conocido. Tomaste mi brazo y me asusté. La gente iba y venía a nuestro alrededor. Levanté los ojos. La sorpresa, casi alarma, en tu rostro me hizo estar a punto de ofrecerte yo a ti una disculpa. "Disculpa", pronunciaste. La sonrisa en tu rostro se perdió en una mueca de descontento, y muchas cosas murieron entonces con ella. "No, está bien". "Pensé que eras alguien conocido, disculpa". "Está bien, está bien", sonreí, no por agrado, sino por cortesía. La gente nos empujaba, en su ir y venir. Comenzó a haber comentarios de desagrado entre para quienes éramos un estorbo. Intentaste seguir hacia el sentido en que caminabas pero te fue imposible. La marea de personas cruzando el exrío-avenida nos arrastró hasta la esquina de la que venía yo. Nos recargamos en el poste de un semáforo. Cuando el mar de personas bajó, descubrimos con una sonrisa que nuestras manos estaban tomadas una sobre la otra sobre el poste. Preguntaste si tenía algo que hacer. Propusiste ir a un lugar "para bajarnos el susto". Asentí. Comenzamos a caminar. Ya no vi las cúpulas, ni los frontones, ni las fachadas deslavadas. Érase una vez una ciudad que cambiaba, así de pronto, y a mis ojos era otra. Una ciudad amable.
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"Tengo tres meses en terapia. Hoy se cumplen veintiocho sin llorar". "¿Por qué mides la ausencia de llanto como avance?". "Porque el llanto no me dejaba concentrarme en nada. Cuando digo que estoy cumpliendo veintiocho días sin llorar es porque quiero decir que tengo veintiocho días por fin concentrándome en mis asuntos. Armando mis planes. Haciendo mis cosas. Son veintiocho días en que sí he podido, con mayores o menores esfuerzos, salir de la cama cada mañana". Vizcaíno asiente. Uno adivina cuando algo que ha dicho ha resonado fuerte muy dentro de su interlocutor. "¿Pero qué pasó?". Sonrío. Me había estado haciendo esa misma pregunta el último medio año. Cada día del último medio año. El mismo último medio año en que había estado intentando recuperar la vida. Poner de nuevo piedra sobre piedra. "Pasó que a veces hay que abandonar la ciudad. La que creas, la que creamos. Sales de ella, una noche, y te resguardas en puntos altos. Porque se va a inundar, porque se está incendiando, porque tu tiempo ahí acabó".
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Anduvimos por sus calles y plazuelas. Besaste mis labios bajo sus fresnos y álamos. Navegamos sus avenidas en camellones y pasos cebra. Entre portales y canteras, entre rotondas y quioscos. La ciudad fue otra. La hicimos otra. Llenamos cada rincón de otras noticias, de nuevas historias. Desconocimos las fundaciones, inventamos las nuestras. "La historia es de quienes la escriben", pronunciaste una tarde en que robabas con una corcholata las letras de una placa en el centro de la ciudad, la real, la fundada por otros hace cinco siglos, hasta dejar sólo las letras de nuestros nombres en ella. La policía nos siguió tres calles. Nos seguía siempre. Acechaba nuestras manos entrelazadas, nuestros besos furtivos en los cruceros, nuestros abrazos esporádicos en los jardines, nuestras sombras caminando al sol los domingos por calles angostas que hasta entonces, con todo y mis años viviendo en ellas, me eran desconocidas. Calles tiradas a lo largo, como panzas de tlacuaches. Y tú y yo andándolas como a salto de mata. Una caricia en cada esquina. Un paso de baile en mitad de la nada. Nuestros cuerpos encontrándose en los espacios. Los espacios perteneciéndonos. Nuestras voces fundando un nuevo espacio, una nueva ciudad. Con sus calles, sus jardines, sus azoteas para nosotros. Nos gustaba ver la tarde morir desde arriba. Ver la ciudad desaparecer en la noche y las luces de arbotantes y farolas poblarla de nuevo, en un mar de puntos brillantes y amarillos.
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"Voy al baño". Vizcaíno se queda pagando la cuenta. Me lavo las manos. Me miro en el espejo. Recuerdo esa vez en que, mirándonos en ese mismo espejo, nos dijimos "nosotros, los de ahora, ya no somos los de antes". Salgo del baño. Me topo contigo. Un puño invisible golpea mi estómago por tercera vez esta tarde. No ves mi sonrisa. No sonrío. Vienes ocupado mirando en tu mochila, camino hacia tu mesa. Voy a tomar tu brazo. Me detengo. Un chico camina detrás de ti agarrándote del brazo. Pasas a mi lado sin saber que paso a tu lado. Me pregunto cuántas veces más nos toparíamos en esas circunstancias. En todas las vidas posibles. Callo un suspiro y regreso a mi mesa. 
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Tres de octubre, viernes. Nueve de la noche con quince minutos, tiempo del centro de México. Temperatura: 15 °C. Humedad en la atmósfera: 12%. Probabilidad de lluvia: baja. Kilos menos: dos. Tiempo sin llorar: cero días, y contando.