miércoles, 21 de diciembre de 2016

Rogue.

Las cosas que construimos
son siempre las cosas que nos destruyen.
Nada nace de la nada,
todo es una consecuencia.
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Fui a ver Rogue One. Los publicistas, siempre muy inteligentes y dispuestos, y que consideran siempre a su público como un ente inmaterial pero igual muy inteligente, le agregaron un muy sugerente subtítulo: "una historia de Star Wars". No me hagan mucho caso, pero mi teoría es que uno sabe que la cosa no anda bien cuando a una película de una saga tan exitosa como la iniciada por George Lucas le tienen que agregar un subtítulo. No, no me hagan mucho caso. Es una mera suposición basada en una observación empírica en la que llevo ya varios años (y estrenos). Y tampoco me agradezcan si van a verla y se llevan un chasco. Yo les avisé que tenía subtítulo. No sean así.
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La historia no es mala, pero recordé las palabras de La Malagueña, quien como buena esposa (casi, próxima salida, prepare su cuota) de cineasta siempre tiene la crítica certera (y mamonsona, la verdad) al borde de los labios: "Es una película absolutamente innecesaria". Van a decir que qué tonto soy, que si ella tanto sabe cómo es que no le hice caso y me ahorré yo también el chasco que ahora pretendo que ustedes se ahorren, a lo que responderé que desistí de su invitación a no verla pensando que era más bien producto de que su marido (casi, próxima salida, prepare su cuota) la llevó a verla al estreno, esto es, de madrugada, cuando es bien sabido (está en Wikipedia, búsquenle) que La Malagueña no puede desvelarse sin que el orden natural en el sistema planetario se altere y alguien sea asesinado (su casi marido, próxima salida, prepare su cuota, tiene varias vidas en su haber. Es como Mario Bros... o un gato). 
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Pero ella tenía razón. Y no sólo es absolutamente innecesaria como historia, como película, como producto cinematográfico: se suma a la larga lista que he comenzado el año pasado de filmes que nos están viendo la cara (llamémosla "Holliwoodgate"). Esas producciones que prometen mucho, muchísimo, cuyos lanzamientos de trailers son verdaderos fenómenos en YouTube y demás redes sociales y plataformas digitales, que llaman multitudes al cine a través de portentosas campañas publicitarias previas (muy previas, de más de un año), y que luego terminan como esa triste historia del teatro lleno que al descorrerse el telón tiene que contemplar durante hora y media un escenario vacío y en silencio (lo malo es que aquí no se trata de un espectáculo postmoderno, ni un performance, ni nada. Se trata prácticamente de nada).
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Sin causar más tristezas, diré que uno se pasa la primera hora de la cinta bostezando (a excepción de unos cuantos minutos en que Darth Vader aparece, y tras los cuales el sueño vuelve a tomar cancha). El resto del tiempo que dura la película, medio despiertan las peleas con espadas láser y las batallas entre naves espaciales (ya saben, el sello clásico de las de Star Wars). Cuando termina, uno mira a su acompañante con total desolación: ochenta pesos menos en la cartera (o más, si le entró a la dulcería), y (otra vez, y ahora sin Marvel de por medio) el corazón roto. 
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Voy a hacer de este párrafo que ahora inicio un paréntesis informativo ocasional: sale Diego Luna, sí. Y juega un papel importante. Es decir: no lo vemos de migrante, ni de soñador bailarín de salsa, ni de habitante de barrio latino, ni de apellidado "Sánchez", ni de ninguno de esos clichés a que tan bien nos tienen acostumbrados los latinos que prueban Holliwood (o que son devorados por él). Quizá porque la historia sucede en una galaxia muy, muy lejana, y allá no hay tantas etiquetas. O quizá porque simplemente su look desgarbado o sus capacidades actorales (o su bajo precio como actor, oops, no lo dije yo, o sí, pero no le digan a nadie) lo hicieron apto para el papel. En todo caso da gusto no verlo siendo perseguido por la policía migratoria ni ganándose el amor de ninguna chica rubia que trae ganas de prole. Aquí termina este párrafo paréntesis informativo ocasional. Sigamos con nuestras vidas.
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La cinta no aporta, ni acerca, ni se entiende tampoco qué pretende. Por ello es que es fácil sumarla al ya mencionado Holliwoodgate. Lo más grave de todo es que seguimos cayendo en la trampa. Es de humanos confiar, y es de humanos también ser engañados. Parece parte de nuestra naturaleza, y lo parece también volver a confiar, una y mil veces. Es probable, entonces, que el próximo año me esté quejando una vez más de esto mismo. No me culpen. Es la época (¿ya vieron el trailer de la nueva de Transformers, por cierto? #kemosión).
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La otra noticia es que abrí mi cuenta de Netflix la semana pasada. Requería de algunos días para desconectarme de todo y la plataforma digital encabezó las respuestas de la encuesta que hice a mis amigos sobre cómo lograr esa desconexión (la otra propuesta más numerosa fue tener un hijo, pero no hay con qué ni hay cómo ni hay por dónde). La desconexión fue un éxito. En lo que he sido menos exitoso ha sido en desconectarme de la desconexión. "¿Cómo vas?", me preguntó La Veros, amiga del talón experta en Netflix, con quien comparto la cuenta. "Bien, sólo veré la primera de Club de cuervos y me pongo a hacer mis cosas". "Suerteee", contestó, alargando las es. Y tenía razón. 
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Antes de terminar, y a punto de poner a Blanquita, poderosa asistente de circuitos y pantalla que me ayuda a escribir esto, a trabajar en otros temas, me viene un chispazo de esos que cada vez me vienen menos: Jyn Herso, el personaje protagonista de Rogue One, sí aporta y tiene con qué. Nos recuerda que hay personas que cargan el pasado y el dolor como la gasolina para una misión superior. Es decir, nos recuerda que existen misiones superiores, y que lo peor que uno puede hacer es renunciar a ellas, a las que le han sido asignadas para su propia trinchera, para su propio par de manos y entendimiento. Que en el cumplimiento de esas misiones encontraremos manos dispuestas, capacidades puestas en marcha. Aún no sé cómo funciona, me refiero a eso de las misiones y las personas que se suman desde sus respectivas historias a impulsar las nuestras. Lo he visto varias veces en mis días, y no dejo de verlo. Mientras que  muchas otras cosas que me venden como "verdades" han terminado por caer, esa manifestación de las misiones y sus impulsores se mantiene incólume para mí. Si es por eso, si creen en eso, sí vean Rogue One. Si no, pues ahí está Netflix, que quien quita y les tenga alguna misión asignada. Uno nunca sabe.
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¡Salud!

lunes, 12 de diciembre de 2016

Ser fan y estar de moda.

Para Benny,
por el gusto de recuperarnos y amarnos,
y para que nunca pasemos de moda.
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Asistí sin regocijo a la última emisión de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Si son danzantes asiduos a este baile, se habrán visto sorprendidos por la afirmación que he hecho. Habrán ido a revisar las entradas de hace unos años, cuando celebraba con particular devoción la llegada de ese evento que no es del libro y no es de la lectura. Que es de todo menos deso. De eso ya no queda nada, ni se esfuercen. Si buscan en mi corazón verán que la emoción en torno a la FIL está tan extinta ahí como el tigre dientes de sable o el pájaro dodó. Ya no hay, no busquen, nos comimos todo.
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Asistí sólo un par de veces y con la intención de guiar a un par de amigos que sí siguen interesados en la Feria -o, más bien, en el borlote, el montón de distracciones y cosas para mirar que, eso sí, hay que admitirlo, sigue ofreciendo ese magno evento (lo de "magno" es un decir, más bien un lugar común)-. Las dos veces terminé cansado de caminar y harto de no encontrar nada atractivo -ni libros, ni personas (salvo dos o tres que saludé de casualidad por los pasillos, no se esponjen)-. Las dos veces pedía esquina, fastidiado más que sobrepasado por esa hermosa sensación que es la labor finalizada. Las dos veces prometí no volver (la última de las dos la cumplí, denme el crédito debido).
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Y no pregunten qué vi. La orgía insufrible que se arma alrededor del libro con gastos innecesarios y cero aportación a la posibilidad de incentivar lectura. Ya lo sé, los organizadores lo han dicho muchas veces: esa no ha sido ni será la intención de la FIL. Sus llamamientos están en otros lados, y ellos se forman en otras filas. Hay, después de todo, que desquitar presupuestos y limpiar imágenes. Está bien. No discutamos ese punto si no quieren. Yo soy, sin embargo, de los que aún piensan que lo que nos hacen falta son más y mejores lectores y menos boatos, menos ceremonias, menos aglomeraciones. 
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En esta edición del evento se me reveló una particular tendencia, lejana, creo, por completo a aparadores, portadas bien diseñadas, tipografías atractivas y connotados escritores. Una tendencia entre la gente: las chicas adolescentes traen un rollo rarísimo de ir por ahí buscando chicos que les parecen atractivos y pidiéndoles fotografiarse con ellas. Voy a describirlo con mayor precisión (aprovechen, porque es cosa que parezco no poder hacer tan bien últimamente. No lo digo yo, lo dice mi tutora de tesis).
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Llegan en tropel y se paran frente al chico en cuestión o su grupo de amigos (¿notan que a esa edad andan los niños con los niños y las niñas con las niñas? Bueno, yo no, pero mi lesbianismo temprano es asunto de otro costal). Lo acechan, lo andan buscando, esperan el momento más propicio y se acercan. Por lo regular es cuando está solo, o apenas acompañado por uno o dos más de su grupito. Se acercan, eso sí, ellas en numerosa compañía. La interesada pregunta si puede tomarse la foto, a lo que por lo regular siguen chiflidos y burlas del club de Tobi en cuestión. El galán, convertido así de pronto en macho alfa (los bramidos de su manada lo coronan), sonríe estúpidamente (todo se hace un tanto estúpidamente a esa edad), se niega, da largas a la interesada, que sigue, pavorosamente arrastrada, rogando se le conceda la captura de la imagen. 
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Insisten las amigas, insisten los amigos. Para ese momento, la gente que pasa por ahí está molesta porque obstruyen el paso, porque van lentos, porque nadie entiende qué hace un montón de féminas adolescentes de cabellos grasos rodeando y rogando una foto a un aparentemente no famoso varón (la gente se pregunta si lo es, lo de famoso, no lo de varón, y después de observar un poco se responde sola, negativamente). La presión del chico va en aumento. Se siente dividido entre los ruegos del grupo de chavas -sobre todo de la interesada, que ya para entonces llora desconsoladamente y da brinquitos sosteniendo el celular en ambas manos, juntas, a la altura de su pecho, como rezando al santo que tiene frente a sus ojos, viva aparición-, la gente que pasa y lo mira con desgano, los amigos que con "órale, güey, cúmplele" no lo sueltan, y él mismo, supongo, pensando qué haría en semejante circunstancia el macho más cabrío que puede recordar. Termina cediendo la mayor parte de las veces, regala el recuerdo a la interesada y sigue su camino no sin sonrojarse. Agregue usted a esta referencia anecdótica el tremendo gozo con que las amigas, mismas que tomaron la foto, reciben a la ganadora. Los pájaros llegando a sus nidos por las noches en los árboles de la ciudad hacen menos alboroto comparando.
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Dirán que esto podría haber pasado muchas veces en el pasado. Que tal vez no sea una práctica sino esporádica. Les contestaré que juzguen ustedes: yo  jamás en mi secundaria vi eso pasar -no conmigo, claro, que no tenía con qué, sino con los otros guapos, ni vi a mis amigas ir por ahí recolectando fotos de chicos que les parecieran atractivos, y además la vi suceder unas cinco veces frente a mis ojos, y también vi a grupitos de chicas, muy cerca del pabellón de América Latina, invitada de honor (pésimo, pésimo, pésimo pabellón, tal vez el peor, el más flojo, el más inexpresivo e inútil que he visto en mi historia en la FIL), sentadas en el piso compartiendo y comentando muertas de risa y emoción las fotos tomadas. Sí, otras chicas, por completo diferentes cada vez. De nuevo, juzgue usted.
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Supongo que asistimos entonces a una progresiva moda del empoderamiento de los guapos. No hay en eso, estarán de acuerdo, nada nuevo. A los guapos siempre se les quiere, se les piden fotos, se les acecha, se les caza. Es, me imagino, un mecanismo de supervivencia: el ojo buscará llevar al individuo a reproducirse con el más apto de su especie. El ojo y todos los otros sentidos. El cerebro y el instinto -que se aloja en ese órgano y en cada una de nuestras células, aunque todavía no lo conozcamos en persona- lo mandan. Me preguntarán si no veo con buenos ojos que renunciando a las grandes tendencias mercadológicas estas chicas busquen sus propios ídolos, de carne y hueso y no mediados, tan feliz que soy yo siempre cuando los ciudadanos se empoderan solitos mediante sus propios medios. Les diré que sí, pero que aquí, contra lo que pasa cuando interceden las grandes comporaciones de la música, el cine y la televisión, se trata de un juego. Y si es un juego, debe ganar, como en la naturaleza, la que recolecta el mayor número de guapos o la que recolecta la foto con el más guapo. En todo caso, ¿eso cómo se juzga? En mi adolescencia la guapura oscilaba entre Justin Timberlake y Eminem, pasando por Omar, el profesor de español -amplio, muy amplio espectro-. Ahora la mitad de mis amigas adolescentes en aquel entonces se preguntan qué le veían a esos tres -sobre todo a Justin Timberlake-. Porque eso de la guapura, habrá que entenderlo también, va con las épocas y las culturas y se queda con ellas -es muy probable que uno deje de ser guapo de un vuelo trasatlántico a otro-. 
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Nada de esto, en todo caso, me preocupa. Me asombra, eso sí, la capacidad de los adolescentes de abrirse paso con modas y pasatiempos cada vez más estúpidos. Yo en esas edades enfrentaba las puntas de dos lápices a las de algún amigo o amiga enfrente mío, y el movimiento ocasionado por vaya usted a saber qué fuerza derivada del contacto nos ocasionaba risas y sobresaltos (se hablaba de un espíritu, de nombre Charlie, que movía las puntas de los lápices). Juzgue usted nuestro nivel de estupidez. Yo ya le pedí perdón a mi raciocinio por andar en esos trances. Me pregunto si en diez años esas chicas seguirán viendo las fotos con la misma emoción. Es probable que no. Es probable que las borren o las olviden. Que se sientan avergonzadas de sus cacerías. Si alguna de ellas logra hacer contacto con el chico retratado, el juego habrá valido más pena que la pena que ya causa. Así es esto de las modas también: inútil pero defendible en su momento.
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¡Salud!

sábado, 3 de diciembre de 2016

In the valley below (novela corta por entregas) (final).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).

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VI.
01/09/2014, 18:09 hrs.

I've been working on my knees baby it's alright. Everybody got disease maybe it's alright ... 

Aquí donde me ve, joven, yo he visto caer varios. De aquí, del Cerro del Cuatro, pero que no se avientan de aquí del cerro, de esta antena. No, se avientan allá abajo, en el valle. De otros edificios, menos altos. El Guadalajara, el Federal, la torre Iclar. Los veo caer, al suelo, despanzurrarse. Iiih, hago. Nomás chiflo. 

You can steal from me baby that's just fine. You can say it's free baby that's alright... 

Páseme mi torta, pues. No, pero échele su cebollita, su limoncito, así, no, más, y su chilito. Así. Báñela bien, por algo es ahogada. No, pásemela con todo y bolsa, para no mancharme las manos. Para no manchar la torta, ¿no? Jaja. Le decía. De aquí veo todo. Mmm. ¿A poco no me cree? Me mira como que no me cree. De aquí veo clarito todo. Está bien que no me crea, yo tampoco me creería. Es una, ¿cómo se le dice? Una habilidad. Ey. De aquí, sentado en esta antena, veo toda, todita la ciudad. Tengo vista de, ¿cómo se llama ese animal que hace así, con sus alas? De halcón. Me fijo en un punto, ¿no? Ahí, por ejemplo, en esa azotea. Veo clarito esa señora tendiendo la ropa. Y si voy allá, acá de este lado, veo clarito ese otro señor picando algo en su celular. Hasta lo veo mover el bigote, como que hablara.

Working on a feeling, breaking down the ceiling...

No, el inglés lo aprendí en United. Ese no es una habilidad. Ya sería mucho, ¿no? Dios nos da a todos, pero de a poquito. Viví allá muchos años. De morrito. Luego pues mis jefes se vinieron y pues yo con ellos, ¿no? Ni modo de quedarme allá, estaba así, así de chamaquito. Mi carnal el mayor sí se quedó. Él está allá, ey, tiene a su morra y a sus chavitos. Mire, mire, allá, ¿no lo ve? En esa esquina. Un señor bien cochino acaba de tirar la envoltura de su empanada. ¿No lo ve? Ahí, mire. El papel se le atoró en el zapato, ese, ahí, que se está agachando. Tsss. Ándele, por cochino.

Digging up a deep end, freezing on the beaches...

¿Allá? Sí, hasta allá también. Veo la barranca. Oh, en serio. Bueno, no me crea. Nadie me cree. Por eso me dicen "Dador", por una película que así se llama, ¿no la vio? Ahí también sale uno que ve todo, todo, como yo. Nomás que él es por conocimiento, pues, sabe todo lo que hay en el mundo, lo que pasó en todas las épocas, y por eso puede adivinar el futuro. Dicen que si sabemos todo lo que ha pasado y pasa podemos saber el futuro. No, yo, ¿cómo cree? Yo nomás puedo ver todo lo que pasa ahí abajo en la ciudad. Todito. Veo aquel pájaro que está parado en la rama de ese último árbol allá en la facultad de arquitectura, allá, allá, no, no lo ve, allá donde termina la ciudad. Ey, sí, lo veo. Y aquel niño, ahí, cruzando frente a Catedral. Y esa señora, agachada, con su rebozo morado, levantando la mano a los que pasan. Y veo a esa chamaca que le da diez pesos, y a esa otra que hace una mueca cuando pasa al lado. Se le nota que es de varo, ¡abara! ¡Morra abara!

Mire, esta es la parte que más me gusta cantar: Working on a feeling, breaking down the ceiling, digging up a deep end, freezing on the beaches, reaching for the sweetest, sweetest peaches...

Dador, me dicen mis compas, ¿no ves por ahí a mi morra? A ver, fíjate, ándale, a ver si se está portando bien. Y nel, les digo, desde acá la veo empinada con tu vecino, güey. Por güey. Jajaja. Se escaman, los mensos, se quieren subir acá conmigo a ver si también la ven. Y nel, no ven nada. Porque a veces no es que vea, pues, es que les invento, les cuento historias, para que se esponjen. Y ya que logran subir, ya que escalan hasta acá, ya que llegan todos bofeados, que me río, me río en sus caras, me río con ganas. Estás bien güey, les digo, neta estás bien pendejo, morro. ¿Cómo voy a ver a tu morra si tu morra no sale de casa, si la dejas encerrada, güey? Ándale, ya bájate. Y a veces se bajan. Pinche Dador, te pasas de lanza, me dicen. Y yo me sigo riendo. 

We won't live too long... Me gusta cómo estiran ahí las letras, ¿no? Liiiive tooo looong. So let's loooove for oooone soooong. Eso está chido, así.

Antes les gritaba yo: ándale, güey, se están cogiendo a tu jefa. O: ándale, pendejo, se están madreando a tu jefe. Y subían acá todos espantados. ¿Dónde, dónde? Y ya me reía. Pero así se mató el Cano. Un güey acá, chaparrito, que tenía los bracitos chiquitos. A él no lo dejaban subir a la antena, porque veían que se le dificultaba trepar. Es que tiene su chiste, agarrarse de barra en barra, como un chango. Nomás hacía cosas allá abajo, les ayudaba con la limpieza. Y ese día que le digo: eh, Cano, se está inundando tu barrio. Y que empieza a querer subir. Yo nomás me reía. Brincaba de una barra a otra y ahí iba, subiendo. Parecía un oso de esos que salen en la tele, ¿cómo se llaman? Ándele, así, un koala, con sus bracitos. No, pues me dejé de reír cuando ya para llegar aquí, como ahí, ahí donde está parada esa paloma, que ya no alcanza, el güey, que intenta agarrarse y que el bracito así chiquito que tenía no le da. Y bolas. Cano al piso, hasta allá se fue el güey, no, no, pasó ese descansillo que está ahí. Ahí se golpeó nomás la cabeza. Dejó un charquito de sangre y se fue hasta el piso. Así como si ahorita soltara la torta, así quedó allá abajo, en la base de la antena. Oiga, páseme más cebollita, ¿no? Póngale aquí, en esta orillita. Ándele, y el chile. Échele un chorrito. Así, así, ya, si no no me la voy a poder comer. Es ahogada, no drogada.

We woooon't liiiive toooo looong...

Mire, mire, allá, allá por la central. ¿No ve? No, la nueva no, la vieja. Allá, esa señora comprando su birote de a metro. Le está regateando al del pan. Pinches viejas. Todo regatean. Regatean hasta el amor que uno les da. Aaaah, me manché. No, no la ropa, me manché con mi comentario. Dador, me dice el otro día mi jefe, habrías de rentarte a la policía. Tú que lo ves todo, me dice el güey. No, cuál, se estaba burlando. Así se burlan. Dador, me dicen, tú que lo ves todo allá abajo, ve si chingas a tu madre. Así son, bien llevados. Pero un día ya les dije que desde aquí voy a ver cómo se los chingan los cholos de Santa Chila, y me voy a estar nomás riendo. ¿Que si escalan? ¿Los cholos? Nel, esos nomás tiran la antena, se la roban. Aaaah.

So leeet's looove for oooone sooong... Estiran las vocales bien chido.

Está suave estar parado aquí, con el viento, con los pájaros, con las nubes, con la ciudad allá abajo en el valle. Yo le digo a mi jefa que se debería venir, que me dan ganas de subirla acá a que vea. No, una vez la traje, pero no la dejaron subir. Que se accidentaba. Se quedó con las ganas, mi jefecita. Préstame tus ojos entonces, me dice diario que regreso a casa, en la noche. Préstame tus ojos para ver lo que viste. Vi la ciudad, jefa, le digo, pero no le cuento más. No, no le cuento de los atropellados, de los balaceados, de las violadas en los andadores, de los que suben en carros blindados en plena luz del día, allá, no, allá por Zapopan, y allá, por Providencia. No le cuento de los polis que toman mordida, o de los que paran autobuses y bajan a la gente y los incidencian. No le cuento de las camionetas repletas con cuerpos que dejan en las avenidas, de los descabezados, de los que cuelgan de los puentes viales. No le cuento tampoco de los que queman vivos, de los que les cortan las manos y los dejan ahí, de aquel lado, junto a las vías. No le cuento de los que se avientan cuando va pasando el tren ligero, acá, de este otro lado. No le cuento tampoco de los cardenales que pasan de largo en sus sedanes en las tardes de lluvia y a propósito mojan a los peatones. De los que suben niños a sus autos en las esquinas. De los que ahí, ahí donde el estoy señalando, ahí en San Juan, venden a las mujeres. No le cuento de los camiones de redilas que llegan llenos y llenos de morenos a la Central de Abastos, ni de cómo los bajan y los ponen a trabajar en las bodegas, de cómo los encierran en las tardes con una tinaja de agua y una barra de pan, como perros. No le cuento de los ensangrentados, los amarrados, los sacudidos, los aniquilados, los electrocutados. No le cuento de las asesinadas a machetazos por el marido, de las cabezas abiertas, de los cuellos destazados. No le cuento de los dedos que se cortan y se pierden, de las viejitas a las que el hijo pone a pedir dinero en los camiones, de los niños drogándose en los cruceros. No le cuento de las ambulancias que entran y salen del Civil, de los dos Civiles, cargadas de enfermos. No le cuento que a mí se me figura que esta ciudad ya se fue al carajo, que ya ni pa' qué mirarla. Tome, mire, agárreme la bolsita vacía de mi torta. ¿Tiene otra? Pásemela. O mejor un taco. Ese, de frijol, así.

So leeeet's looove for oooone soooong...

No, tampoco le cuento a mi jefa de los males de amor. Y mire que de acá veo muchos, todo el día, todos los días. De acá, de acá abajito, a allá, donde se acaba la ciudad. Y de allá, donde empieza la carretera, a allá, donde empieza la otra carretera, la que va a Vallarta. Así, a lo largo y a lo ancho. Muchos males de amor todos los días. El señor que repara calzado y que ve morir a su esposa. El joven que rompe esa carta de amor no recibida, ahí, en la Plaza Juárez, en pleno tianguis cultural, mientras al lado le están vendiendo un disco, una playera, un brownie feliz. Los chavitos que se pelean ahí, en la esquina de Calzada y Gobernador, y que se dan de chingadazos. Las chavitas que se empujan en esa otra esquina, no, allá, en Federalismo y Washington, que se gritan de cosas. O el par de tórtolos a los que veo pasar agarraditos de la mano por Juárez rumbo a la Normal, y meses después van cada uno en una acera, separados, sin mirarse. O el chamaco ese que no para de llorar cada vez que pasa por el Estadio en el Macrobús, que se limpia las lágrimas y los mocos y termina con las mangas empapadas como por una llave abierta. No le cuento que lo vi por años ir a los partidos del Atlas con la novia. Mire que no sé si llora por el Atlas o por la novia. No, la novia pasa después, en otro Macrobús, agarrada del cuello de otro vato. Y cuando pasa por el Estadio ni voltea. No le cuento de la señora con diez hijos que agarró marido en el Veracruz, danzoneando, así, caderita, caderita, uuuy, jaja, ni le cuento de la misma mujer cuando encontró a ese marido poniéndole duro con su secretaria en la bodeguita de papayas que tenía en el Corona. De los alaridos que daba, rodeada de sus diez hijos, sentada en la banqueta. No le cuento de los besos rápidos que ya no se dan, de los abrazos que se pierden en la noche. No le cuento de los que pelean por teléfono, caminando por la Calzada, de los que piden volver y no vuelven. No le cuento de ese joven delgado, delgadísimo, blanco, blanquísimo, que toma todos los días un taxi y anda por la ciudad dando vueltas, que a leguas se nota que está buscando a alguien. No le cuento de los que lloran sus penas en las barras de los bares de Chapultepec, o en los museos. De las chicas que entran al Musa, al Cabañas, al Raúl Anguiano, al de la Ciudad no porque ahí no se presta para el drama, y que salen dos horas después turulatas, con los ojos hinchados y los bolsillos llenos de kleenex. No le cuento de las que se meten a los conventos para que olvidarse del exnovio, que ahora anda de mano sudada con otra. No le cuento de las que se meten al convento para olvidarse del exnovio que ahora anda de culo sudado con otro. No le cuento de lo que no se dice en esta ciudad, de lo que nomás se escribe, de lo que ni una cosa ni otra. No le cuento de las manos que se toman, y luego ya no, de las cenas que se invitan, y luego ya no, de las tardes en el cine, y luego ya no. No, de nada de eso le cuento, ¿para qué?

The lion won't lay down... When the holy man's in town...

Mire, allá, en el Guadalajara. Ahí, en el centro casi. Esos dos. Ahí. Se aventarán. Íjole. ¿A cuántos no he visto caer de ahí, sabe? 

Working on a feeling... breaking down the ceiling...

A todos, los que se imagine. A todos he visto aventarse ahí. No, no ahí, en el Guadalajara. Ahí, en Guadalajara. Esta ciudad se hizo así, para matarse. Para enamorarse y luego dejarse caer. ¿Qué le voy a decir yo, que los veo de aquí, que de aquí he visto caer varios? Así, aquí donde me ve. Páseme otro taco, ándele. Pero ahora con carnita, como se comen ahí en el valle.

Reaching for the sweetest, sweetest peaches...

martes, 29 de noviembre de 2016

Flans, los ochenta y el neón.

No hay peor década
que la que se recuerda con nostalgia.
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Hay un hecho curioso: no se puede pensar ninguna década sin el color. Este fenómeno existe al menos desde que el influjo mediático se pudo hacer en colores, con el surgimiento de la televisión y el cine alcanzando esa característica o modalidad visual. Piensen ustedes en la que quieran. Los sesenta, los setenta, los ochenta, los noventa. Todo se trata de color y textura (que, si lo piensan, no es sino una combinación de colores llevada al extremo de los detalles mínimos, donde el límite de la flor o del círculo lo define, por dar un ejemplo, el del estampado que la continúa o la precisa). Todo se trata de la cara que damos a otros y cómo la pintamos.
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Los ochenta fueron una década particularmente dada al color. El color en las combinaciones más imposibles, más poco estéticas. Yo, que no sé nada de moda, lo puedo notar y recordar (nací cuando la década ya moría, presa de la vertiginosa y extraña llegada de los noventa, que llenó todo de metálicos e imprecisos). El color en aquellas míticas chamarras verde acuamarina con morado. El color en los calentadores rosa mexicano llevadas como calcetas. El color en los rubios de las melenas quemadas, lanzadas al vuelo en crestas y copetes. Resulta curioso: en un mundo donde las políticas neoliberales tomaban vuelo y sentido (se daban sentido a sí mismas, construyendo sus significados y sus propias razones de existencia y difusión), donde las crisis laborales alcanzaban niveles nunca vistos y donde la faz política del mundo rompía por completo con lo que había sido el resto de la historia del siglo XX, cuando el gris del Muro vaticinaba su caída, la gente se llenaba de color. Lo llevaba en la ropa y lo anunciaba en todos los movimientos contracultura que cobraron vuelo en la década: de los punks, surgidos en los setenta, a los altermundistas, con raíces hasta los sesenta. Era una época de profunda desolación, de incertidumbres plantadas, y en la que, en una respuesta que se puede suponer natural, la reacción de las subculturas (si es que tal terminajo puede ser aplicado a ellas) era contestataria y reaccionaria. 
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En México el asunto no era poco diferente. La revolución sexual de los setenta, aunque más timoratamente que en otros países, había abierto paso a una década de más posibilidades en cuanto a la expresión de identidades no hegemónicas. Perdónenmte tantas aseveraciones tan duras: en los ochenta los homosexuales, las madres solteras, las minorías étnicas y las clases no favorecidas siguieron enfrentando, esto es una verdad, los límites y las condicionantes legales y morales que habían vivido en las décadas anteriores. Esto es cierto, pero también lo es que los ochenta significarían una vuelta sin retorno a muchas de esas mismas limitantes. Los discursos cambiarían a partir de entonces, y la apertura de la sociedad mexicana al mundo sería irrefrenable, mucho más, sobre todo, con el arranque de las políticas neoliberales de los sexenios a partir de esta década y hasta la fecha, que no han podido evitar, catecismos aparte, los intentos del sistema político mexicano por alinear las conciencias a las definidas como "apropiadas" para obtener créditos económicos y morales de organismos internacionales.
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No era, pues, una década de libertades pujando, como en otras regiones del mundo, pero tampoco era ya, esto es definitivo, la época de los regionalismos y las microfronteras en las conciencias cerradas a hierro y fortaleza del México de las décadas anteriores. Esto se reflejaba también la música. Por primera vez en su historia, la música mexicana atendía a un nuevo segmento que incluso los rockanroleros impulsados por los industriales cinematográficos de los años sesenta habían ignorado, esto no por otra cosa que porque simplemente no se le pensaba: el de los adolescentes. Televisa, la entonces empoderada como gran empresa mediática audiovisual, tomaba la batuta de los empresarios del cine que dos décadas atrás habían llevado a la pantalla grande, y a la par de (o con) ello a las consolas de todo el país, a Enrique Guzmán o Angélica María, y generaba sus propios artistas para dar de comer a las masas.
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En ese contexto nació Flans. El trío se sumaba a la lista de artistas "Made in Chapultepec" que buscaba y jalaba adolescentes. Generaba ganancias, aparecía en televisión, superaba expectativas, llenaba conchas acústicas y teatros. Era un producto del emporio para dar de comer al emporio, como tantos otros etiquetados apenas bajo conceptos como telenovelas, noticieros y películas. Los brazos del monstruo estirándose a todos los rincones del país (y de las conciencias). Las audiencias mexicanas consumiendo y asumiendo. 
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Las Flans tenían un par de cosas de virtud: sus integrantes sí tenían voces y educación musical, y transmitían con relativas posibilidades frescura y autenticidad. Luego sabríamos, como suele pasar con los productos mediáticos, que detrás del concepto había un andamiaje mercadotécnico preciso y programado. Todo en su lugar, todos haciendo su tarea. Pero para cuando la estructura misma se descubriría sería ya tarde, y el concepto del grupo habría pasado a la historia, en medio de otros muchos conceptos mucho peor planeados surgiendo y ganando la escena. Las Flans, sus copetes y sus coreografías, su representación de la lógica del sistema mediático mexicano nunca tan fuerte como a partir de esa misma década, habrían de pasar al olvido.
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Ahora va un recuerdo personal: El Mayordemishermanos llegando a casa con un casette recopilatorio de sus mejores éxitos. El sello Fonovisa, un lado A y un lado B retomando la ruta planteada por el emporio televisivo para venderse a las masas. Ahí estaban los sonidos planeados, las letras "juveniles" (vayan ustedes a saber qué cosa es eso), la moda hegemónica entera de una década, muchos años de historias. Lo puso en el estéreo y nos enseñó las coreografías que él miraba en televisión a La Mayordemishermanas, La Menordemishermanas y a mí. Lo miramos divertidos, supongo, ya casi no recuerdo (Me acuerdo. No me acuerdo. ¿Qué año era aquel?). Asumimos, eso sí, a ese grupo sonoro y de letras pegajosas (eso sí sabemos qué cosa es) como parte de la memoria ligada a ese hermano de brazos y corazón abierto.
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Por eso no me sonó extraño invitar a La Menordemishermanas al concierto que han dado recientemente en mi ciudad nada menos que las Flans. Después de una pelea por los derechos del nombre, propiedad de su primera representante, el trío logró un acuerdo legal y pudo reunirse y presentarse, incluso grabar un disco en directo. El tema no es en absoluto ligable al "cariño" hacia los fanáticos o cualquier otro tipo de melancolía sobreviviente a tres décadas: el continuo flujo de reencuentros y reapariciones de grupos musicales ochenteros y noventeros, todos ellos productos de Televisa Inc., hablan del éxito que existe en nuestro país, más en estas décadas, en la explotación del recuerdo y el mercado de la nostalgia. A las generaciones que casi no convivimos con ellos, se nos venden como nuevos y se nos dan a cantar sus canciones. A las generaciones que sí los llevan dentro, como parte de sus identidades musicales, se les recuerda y se les dan a comprar sus conciertos. El sábado pasado, junto a algunos amigos y la ya citada Menordemishermanas, lo vi con claridad: el auditorio consistía básicamente en mujeres mayores a cuarenta años. Bailaban las coreografías que el grupo hizo famosas en los ochenta, y coreaban esas mismas canciones. Se emocionaban cuando las tres vocalistas nombraban el siguiente éxito, y corrían a su encuentro cuando dejaban el escenario y entraban entre el público. Eso último tampoco era una mera ocurrencia: el grupo hizo parte de su identidad la careta de una ruptura pretendida con lo establecido, aunque liviana, todavía contenida en lo moralmente aceptable (la otra ruptura vendría en los noventa, por ejemplo, con conceptos mediáticos-musicales como el de Gloria Trevi, desgarrando la camisa de un hombre -un actor, obviamente- localizado en la primera fila de sus conciertos siempre en cada presentación, y retando abierta y hasta grotescamente a los padres, los profesores y otras autoridades de la "chaviza"). Lo natural era entonces verlas a ellas actuar pasar de largo la seguridad del evento (y sus años, pues ya todas llegan a los cincuenta de edad), mezclarse con la gente, hacer slam (con una capacidad, hay que reconocerlo, honorable para sus cinco décadas de existencia).
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Salimos del show satisfechos y recordando la década y el hermano perdidos. El éxito comercial en la venta de la nostalgia es abrumador: rescata al artista (o al menos al personaje) del olvido en que lo ha hundido el tiempo, apela a los recursos económicos que hoy ya tienen los que hace tres décadas apenas superaban el metro cincuenta de estatura, y estimula a las nuevas generaciones, que ven lo nuevo, aunque lo sepan vintage, como curioso y comprable. Las luces de neón ciegan así, y sin reparos, a treinta años de historia de nuestros medios y nuestras audiencias, proponiéndolos perderse en el fluir del dinero y el olvido de una década perdida.
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¡Salud! 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 5).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).

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V.
01/09/2014, 18:08 hrs.


Fuego. La cúpula arde en llamas. El hombre se alza al infinito (¿o desciende a las profundidades?) envuelto en fuego. Puedes escuchar el chirriar de su carne al ser abrasada. Puedes oír el lamento apagado, la furia contenida de una respiración acompasada. Sabes que ese Prometeo agigantado ilumina y quema. Bajo (¿o sobre?) el hombre-antorcha, tres figuras más guarecen el viaje del fuego, de la luz, rodeándolo con sus brazos extendidos, como en una de esas artesanías de barro en que un grupo de danzantes bailan alrededor de una fogata. 

Cierras el puño, recostada sobre la banca de madera. Los grupos de turistas se agolpan junto a ti, pero tú no dejas de mirar la cúpula. Ni cuando un hombre con sombrero patea tu rodilla sin querer ("Excuse me") ni cuando un par de niños se acercan a intentar sentarse en el pedazo de banca que tu cuerpo, delgado y adolorido por las horas de sueño faltantes, deja libre ("Sí cabemos, vente") ni cuando el guía de turistas te mira y luego revisa el reloj en su muñeca ("Ya se ha tardado mucho ella ahí"). 


-Eso es lo que te pasa por darlo todo- suspiras-. Eso es lo que te pasa, tonta, por jugar a las patadas con el amor. En ese juego nadie nunca gana.

El guía pasa a tu lado una y otra vez. Hace que la gente se acerque. Te presiona. Finalmente se anima, desesperado, y te habla.

-Señorita, otras personas también se quieren acostar a mirar el mural.

Lo miras con tus ojos llorosos. Han de ser rojos como la cúpula, rojos como el fuego (no cualquier fuego. Ese fuego). El guía entiende. Se calla y se aparta. Vuelves a tu observación con esos mismos ojos gordos de sangre.

La luz del sol que entra por las ventajas que rodean al hombre en llamas te ciega y te duele. Los tres sujetos rendidos a los pies del fuego (¿o sobre él?) parecen hacerse a un lado. 

-A nadie le gusta el sol. El sol nos habla de las cosas que perdemos. Cuando transita, cuando pasa sobre nosotros y luego cuando se esconde, se lleva nuestro tiempo. Se lleva nuestra vida. El sol está hecho del fuego que nos quita.

Cierras los ojos.  Diego viene a tu memoria. Lo rechazas. Te repites otra vez, para evitar pensar: "Mi nombre es Danae Durán Domínguez. Tengo veintisiete años de edad. Vivo en Guadalajara, Jalisco, México. Estoy soltera. Diego murió. Diego muere cada noche cuando me duermo y no lo sueño. Diego muere al fuego cada tarde, muerto con el sol que muere". 

Piensas en Durango. Inevitable. Aquel primer viaje juntos, la sensación de estar conociendo otro planeta de la mano de él. La novedad, cada segundo de día un descubrimiento. Las calles polvosas, los niños siguiéndolos a ti y a Diego agitando en sus manos latas de verduras Herdez llenas con piedritas. Rememoras el andar tumboso del autobús por la carretera, y luego de la camioneta que tomaron hacia las terracerías porque el camión ya no los quiso llevar ("No, jóvenes, yo a esas tierras calientes ya nuentro"). Los miles de baches. Las piedras sueltas que caían por el acantilado cada vez que el vehículo aceleraba (una 4x4, recuerdas, pesadísima). Las putas ganas de perderse, las tuyas y las de él. De jugarle al vivo, siempre jugarle al vivo. Lo mucho que te alegraste cuando pusiste un pie en el suelo y estabas viva, luego de tantas curvas con bordo hacia la nada. 

Recuerdas el sabor de la piel de Diego esa noche, salada. Su consistencia polvosa en tu boca. El olor de su sudor mezclado con el de sacos vacíos, madera curada, maíz quebrado, en la casa donde se quedaron, en San Dimas. Recuerdas tu intento por ahogar tus gemidos, temerosa de que la dueña de esa casa de adobe encalado los escuchara. Recuerdas las respiraciones profundas de Diego sobre ti, confundidas con los ronquidos de la dueña de la casa y de sus hijos (¿cinco? ¿cuatro? Tendidos a su lado todos en la misma cama, apenas a una cortina de distancia). Recuerdas sus manos amplias, tomándote entera por la cintura. Recuerdas el techo plagado de alacranes, y ese punto en la noche sin retorno. 

Te muerdes el labio. Te ahogas. Intentas desesperadamente respirar y no puedes. Abres los ojos. Fuego. De la mano del hombre ardiente frente a tus ojos cunde otro grupo de llamas. La figura con la boca abierta y el cabello al vuelo, debajo (¿o sobre?), mira al oriente aún más desesperado. Puedes ver su rostro desencajado, su boca abierta y hueca, como una cueva, sin labios. Abres las palmas de la mano y abrazas la madera de la banca. La sensación de la resina fría que la cubre te dispara un primer respiro. Tus pulmones se inflan, dos globos aerostáticos a los que apenas contiene, y con dolor, tu caja torácica. Tu boca se abre, como la de la figura despeinada. Intentas gritar, y sale de ella apenas un gemido. 

Miras a tu derecha y a tu izquierda. El resto de los murales son líneas grises, azules y rojas que rompen el muro en muchas historias con perspectiva. El rostro adusto de un conquistador robótico (¿Cortés?) encima a tu derecha te provoca escalofríos y te obliga a regresar tu mirada al hombre en llamas, en la cúpula central. Ahí está de nuevo, subiendo, o bajando. Conquistando un espacio que no es para nada esta capilla sin ornamentos, este hospicio sin niños.

Recuerdas de nuevo San Dimas. E intentas no pensar en eso otra vez. "Mi nombre es Danae Durán Domínguez. Tengo veintisiete años de edad. Vivo en Guadalajara, Jalisco, México". Ese año murieron casi veinte niños en el pueblo. "Estoy soltera. Diego murió". Las mujeres solas, esposas de migrantes, se resistían a dejar cremar los cuerpos. "Diego muere cada noche cuando...". Se abrazaban a los brazos y piernas de los que habían sido sus hijos. "Me duermo y no lo sueño".  Llamaban desconsoladas a la capital. Exigían respuestas. Funcionarios taciturnos les prometían devolver la llamada. "Diego muere al fuego cada tarde...". Nadie supo dar respuesta. Nadie regresó jamás los telefonazos. Hubo que encerrar a las mujeres en sus casas para, al menos, enterrarlos velozmente. "...muerto con el sol que muere".

Te rindes al recuerdo. Tú fuiste con Diego a documentar. Terminabas tu tesis de maestría, y la noticia que viste en un portal de internet llamó tu atención. Se hablaba de una enfermedad extraña. De una infección que no daba a nadie más que niños menores de trece años. "La edad perfecta", te dijo Diego cuando le comentaste, tendidos sobre cobijas en el suelo luego de otra noche sin dormir, amándose a mordidas y empellones, en esa que fue la casa de sus abuelos y que ahora estaba vacía y casi cayéndose a retazos, sobre Chapultepec. Te corriges: que entonces estaba vacía, porque luego la llenaron de mesas y sillas y la reacondicionaron para ser un bar. Su bar. El que administrarían juntos. En el que recibirían a todos sus amigos. A Daniel, a Diana, a Dublín, a Domingo. El proyecto de sus vidas. "La edad en que estás lo suficientemente pendejo para ser un niño y aún no lo suficientemente pendejo para ser un adulto".

Cierras los ojos de nuevo. La figura del hombre en llamas se dibuja sobre tus córneas como en el negativo de una fotografía. Vuelves a intentarlo. "Mi nombre es Danae Durán Domínguez. Tengo veintisiete años de edad". Diego fotografiando mujeres enlutadas. "Vivo en Guadalajara, Jalisco, México". Diego videograbando para ti a los pocos hombres del pueblo, los viejos que ya no migran, echando con dificultad paladas de tierra sobre los ataúdes. "Estoy soltera". Diego documentando sus espaldas cansadas, consumidas por el sol. "Diego murió". Diego entrevistando para ti a los pocos niños vivos. Los sobrevivientes. "Diego muere cada noche cuando me duermo y no lo sueño". Diego editando en su computadora personal las voces de infantes llenas de miedo. Sus expresiones aletargadas, dormidas casi por el hambre. "Diego muere al fuego cada tarde...". Diego sonriendo al sol, volteando a verte. "...muerto con el sol que muere".

Te levantas y te sientas en la banca. Un dolor en tu estómago revive. Es el dolor de un hueco, de algo que debiera estar y no está. De un paso perdido, de un objeto que buscas cada día sin descanso, de sol a sol, y que es brújula, piedra, raíz, estrella. Miras en el piso del Cabañas reflejada tu sombra por la luz que entra por la puerta que mira al poniente. Tu cuello delgado, tus brazos estirados como los de las figuras en la cúpula, los guardianes del fuego. Levantas de nuevo tu rostro. Sientes dolor en tus ojos, en toda su superficie, la que ven los otros y la que se esconde y mira hacia tu interior. Imaginas que a estas alturas son dos bolas rojas, dos carbones que arden. Miras las figuras en la cúpula y de un segundo a otro todas se han nublado. No son sino manchas de dolores que se superponen y bailan sin ritmo, como cuando en medio de un chipi chipi te asomas sobre los estanques del Jardín Japonés en Colomos y contemplas los peces bajo la superficie del agua. Estás llorando. 

Un hombre se acerca. Intenta sentarse a tu lado y tu mirada ardiente lo detiene. 

-Cálmese. ¿Le puedo ayudar en algo? 

Una voz llama a un guardia. Bajas tu rostro y dos lágrimas caen sobre tus Converse rojos, una en cada uno. La tela del calzado las absorbe. Las manchas marrón que han dejado se extienden sobre los empeines. Levantas de nuevo la vista. Te tranquiliza un poco encontrar el hombre en llamas y sus guardianes, de nuevo todo en su lugar. 

-Mi nombre es Danae Durán Domínguez- repites en voz muy baja, rodeada de alboroto-. Tengo veintisiete años de edad. Vivo en Guadalajara, Jalisco, México. Estoy soltera. Diego murió. Diego muere cada noche cuando me duermo y no lo sueño. Diego muere al fuego cada tarde, muerto con el sol que muere. 

Se escucha algo en el radio del policía que toca tu hombro e intenta llamar tu atención. Hablan de unidades, mencionan códigos de emergencia, piden que la mayor cantidad posible se acerque. "No es para tanto", piensas. "No pienso morirme de esto. No pienso morirme aquí". 

Te inclinas sobre ti misma y exhalas un grito. Retumba en las paredes. Retumbas las paredes. Ves muchos pies acercarse, rodearte. El policía pide espacio. Los guías de turistas arman una valla a tu alrededor. Extienden sus brazos, impiden que la gente se acerque. Hay preguntas. Cientos de preguntas lanzadas por muchas bocas superan tu grito. El ruido de las voces ensordece. Sientes tu cara de pronto ponerse roja. Los brazos extendidos de los guías hacen una circunferencia casi exacta que te protege. 

El radio del policía exhala cada vez más desesperadas llamadas de auxilio. Recoges palabras al vuelo como naranjas que caen de un árbol en un temblor: emergencia, altura, atención en crisis, condominio guadalajara. "Alguien debe estarse tirando del Condominio", supones. "Alguien ya no aguantó toda esta mierda". Diego recibiendo la playera de Metallica que le regalaste. Diego sonriendo forzadamente frente al espejo, contigo detrás documentando el regalo. "Y no lo culpo". 

Miras de nuevo al hombre de fuego, en mitad de tu círculo de guías turísticos, que intentan romper un par de paramédicos. ¿Sube? ¿Baja? ¿Asciende? ¿Desciende? "Da igual", piensas. "De cualquier manera no llegará muy lejos. Habrá de ser llamarada, luz, humo, cenizas y luego nada. Silencio que arrastra el viento como una historia que se acaba". 

lunes, 21 de noviembre de 2016

De los globos a las nubes.

Vamos a subir al cielo.
Vamos a tocarlo.
Vamos a ver desde allá y a la distancia,
en perspectiva,
como somos poquita cosa.
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"Vamos al Festival del Globo en Guanajuato", propuso La Anylle, compañera de la maestría que a sus 22 años supera a cualquiera de ustedes en garra para enfrentar la vida. Su propuesta venía respaldada por las (ya por favor que alguien las pare) tremendas ganas de viajar que los compañeros de origen cubano de la misma maestría se cargan y nos redireccionan para que las administremos. Se han propuesto hacer un viaje por mes durante los 48 que estarán (como mínimo) en México, y depositan en nuestros conocimientos sobre el país, nuestro conocimiento de mexicanos nativos, la tremenda responsabilidad de llevarlos arriba-abajo por todo el territorio nacional (que es Telcel, más que otra cosa). A todo esto hay que sumar que yo tengo ya casi dos años con un chip raro en mí que me imposibilita decir que no a cualquier propuesta.
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Entonces dije que sí. Ya después me enteré que se trataba de acampar, pasar fríos, caminar medio planeta (esto es una exageración) y gastar una fortuna en comida mala y cara (esto no es una exageración). Intenté rajarme al último minuto (ese es el otro chip que tengo, y que no es raro en mí), pero la "comunidad cubana" de la maestría, y la propia Anylle, me hicieron saber con sus rostros que tal decisión sería considerada una afrenta sin contrapesos para las buenas relaciones diplomáticas México-Cuba-Atotonilco (La Anylle es embajadora oficial y plenipotenciaria de ese pueblito de crepúsculos arrebolados y hombres sudorosos -eso dice ella, yo no he ido a comporobarlo- que está en el oriente de Jalisco). Así que no tuve más, en bien de evitar una tercera guerra mundial -o regional, ya no estoy entendiendo nada-, que dejarme de cosas y lanzarme con ellos a la aventura.
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Acampamos (me di cuenta que nunca en mi vida había hecho eso, y recordé que soy, título ganado a pie juntillas, un ratón de ciudad), pasamos mucho, mucho, mucho frío (íbamos en calidad de botargas del Dr. Simi con treinta chamarras cada quien, y seguíamos temblando), caminamos un cuarto de planeta (tal vez sí exageré en el párrafo anterior) en medio del polvo y el asfalto, y degustamos comida muy cara (el verbo "degustar" está muy devaluado últimamente). 
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Pero valió la pena. Todo valió la pena. Cada minuto de sueño perdido, cada cansancio, cada espacio de sed, cada kilómetro recorrido. El domingo por la mañana nos levantamos muy temprano para ver el espectáculo de los globos aerostáticos. Eran cientos, volando al mismo tiempo sobre el cielo de León que amanecía. Flotaban sobre mi cabeza, con muchas formas y colores. Mientras lo hacían, comencé a pensar en los pasos que hemos dado como especie. Los caminos recorridos, las muchas rutas trazadas y las derrotas superadas para que hoy podamos, con casi total facilidad, con un esfuerzo mínimo, alzarnos sobre el cielo y un poco más allá. Lo que ha supuesto, en términos de vidas humanas puestas en ello, de energía motora e intelectual, llegar a tocar las nubes con relativa total seguridad. Recordé a 
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Dejé atrás a mis compañeros y me adentré entre las personas. Dejé de ver los globos un rato para mirar las caras todavía con restos de sueño pero felices. Los rostros de los niños, entusiasmados, las parejas besándose (para la selfie, lo que no le resta amor al beso), las familias yendo y viniendo frente a la presa de El Palote. El cielo amaneciendo, las piernas caminando, los pies marcando el suelo. Es, todo, un espectáculo increíble. Supone muchos retos como especie superados, muchas construcciones culturales conquistadas y que nos fortalecen, en un tiempo que se antoja oscuro, enterrador de las diferencias, negador de lo diverso. Supone que entendemos y disfrutamos, que en medio de las adversidades abrimos un tiempo y un espacio para el espectáculo, para dispersarnos, para fotografiarnos y compartirnos. Yo no veo tampoco en eso último ningún síntoma de un fallo. Es cierto que vamos por ahí haciendo ver a otros en virtual lo que tenemos en real. Es cierto que nos preocupa una buena pose, un buen perfil, una buena portada con la cual dar cara al mundo. Pero también lo es que nuestra identidad, para mostrarse al mundo, siempre se ha valido de la técnica y el material, de los cazadores pintados en las cavernas argelinas al retrato al óleo, del daguerrotipo al selfie-stick. Es lo que somos, y nos encanta mostrarlo brilloso y magnífico.
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También pensé que los espacios de tranquilidad que un globo al vuelo ofrece no se viven todo el año. Mi 2016 ha sido, ya lo saben, algo caótico y demencial. Ha supuesto la caída de falsos ídolos y la reconstrucción de partes enteras de mi ciudad, de mi país personal. Ha significado nuevas carreteras, nuevas rutas hacia preguntas sin respuesta. Muchos suspiros, muchas lágrimas, muchos segundos de soledad (de la seria, de la que se lleva y no se muestra, sólo se vive). Un espacio así, en mitad de una ciudad del Bajío, al amanecer, supone una conquista que es de ninguno de los otros que formaron el medio millón presente ahí: la constitución de mi espacio vacío, de mi lugar para mí, de mi paz interior conquistada con mucho esfuerzo, y cada día. La revolución puertas adentro, y sus nuevos periodos de institucionalidad después. Mi nación refundada, mi historia de nuevo en vuelo.
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¡Salud!

jueves, 17 de noviembre de 2016

In the valley below. (novela corta por entregas) (parte 4).

Este es un ejercicio de novela corta por entregas. Honrando la antigua tradición (sic), se pondrá a disposición del lector una parte de la narración cada cierto periodo de tiempo (sic). No es necesario que el lector presione a la editorial que esto publica, al blog que funge como medio de difusión ni a su autor. Todo intento por apresurar la puesta en circulación de las partes que integran este ejercicio literario será considerado altamente desleal y antipatriótico (sic). La lectura de una novela corta por entregas invita ciertamente a un ejercicio de doble apuesta: incentivar la paciencia del que espera y fortalecer la disciplina y la puntualidad del que escribe. Si usted se suma (del lado de la apuesta que le corresponda) a esta invitación, reciba nuestra complacencia y nuestra invitación a que continúe leyendo a partir del numeral romano que encuentre inmediatamente abajo de este párrafo, en una tipografía diferente (distinga usted entre I. y I.). Si por el contrario usted decide abandonar a partir de este momento toda posibilidad de relación con este ejercicio literario, cambie de ventana en su navegador y tenga buen día, buena tarde o buena noche (es política de quien esto escribe que los abandonos no eximan las más claras y simples muestras de cortesía). Después de todo, proprium est homini relinquere totum inceptum (sic).


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IV.
01/09/2014, 18:07 hrs.

"Es una verdad hasta ahora irrefutable que uno no encuentra nunca lo que anda buscando mientras lo anda buscando, sino después, cuando ya no lo espera. Si uno quiere encontrar algo, debe entonces dejar de buscarlo y rendirse a las posibilidades de la serendipia". Cierro la libreta. Me duele la espalda. Me incorporo. Mi rostro en el aparador de Juárez, blanco, ajado, me recuerda los tres días sin probar bocado. Busco en mi mochila por quinta vez en el día. Esto ya se ha vuelto una manía. "Si me sobrara tu amor, yo me lo comería". Eso ya no lo escribo. Pienso en escribirlo nada más. Por eso lo entrecomillo. Las comillas son un signo que uno usa a veces sin saber. Cierro la mochila. Dejo de verme en el aparador. Repaso los rostros de las personas a lo largo y ancho de la acerca, hasta donde puedo, hasta donde alcanza mi vista. No está Dublín. Miro a la acera de enfrente. Mi vista de águila, siempre capaz. Tampoco está Dublín ahí. En un movimiento que es casi un arrebato, estiro mi mano sobre la calle. Frente a mí, el Variedades, negro y estirado, se alza como una sombra iluminada por el sol que muere. Qué contradicción es un edificio negro iluminado por el sol. Me pregunto si... tal vez en el café Benito, sentado en una de las mesas, pidiendo una pasta, un trago, entre las cosas extrañas y caras del menú. Dudo si bajar el brazo y cruzar a buscarle... Un taxi se detiene. Bajo el brazo. Abro la puerta. Subo. Me mira sobre su hombro. Instrucciones. "Ande, no muy rápido por favor". El tsuru camina en medio del tráfico. Mi instrucción de ir despacio sirve de muy poco: hora pico. El perfil azul y amarillo del taxi baila sobre las vidrieras de la avenida. La acera atestada de personas. Mis ojos van de un rostro a otro. Brincan selectivamente a los muy viejos, los muy jóvenes, los que llevan gabardina. Los de gorra. Dublín no usa gorras. No puede. La circunferencia de su cabeza es el diámetro del sol. Sonrío recordando esa vez que se lo dije y luego reímos y reímos y luego hicimos el amor, enfurecidos, tirados sobre la alfombra. No es Dublín esa persona que acerca su mano a un cesto público y erra el tiro y deja otra botella más vacía de refresco sobre la banqueta. No es Dublín esa otra que sujeta un globo, ni esa otra que recibe un cono de nieve en la esquina con Donato Guerra. Sobre los primeros pisos en ambas aceras, que son negocios, se alzan fachadas de antiguas casas, pisos de departamentos, planas de vidrios cuadrados y canteras simuladas. Espacios vacíos para una avenida que se queda desierta cada noche. Sin perros que ladren, sin puertas que se abran, sin estufas que se enciendan. Una vez vi una postal de esta misma Juárez en los sesenta. Sus dos cuatro carriles, apenas ampliados. Sus automóviles. Sus cientos de anuncios luminosos. Su pasado con ensoñaciones de Times Square. De eso no queda sino una fila de árboles cuyas hojas caen en el otoño y molestan a los vecinos que las tienen que barrer cada mañana. Pasamos junto al edificio de Teléfonos de México. Tampoco es Dublín la estatua de Matute Remus se recarga en él tomando medidas. La leyenda popular de quienes vieron cómo ese ingeniero ahora petrificado en bronce movía el edificio dos carriles al norte desde sus cimientos, sin derribar un solo ladrillo, hasta colocarlo en su sitio actual. Dublín contaba esa misma historia mirando la estructura desde la avenida. La recuerdo de nuevo. Una mujer en el alto se acerca y golpea en la ventanilla. Andrajos. Pelos. Una nariz sucia y polvosa. Tampoco es Dublín, no puede ser Dublín. Mi mano le dice que no. "Vuelta aquí a la derecha, por favor". El tsuru azul y amarillo se precipita sobre Enrique González Martínez. "Más lento, por favor". El taxista me mira en el retrovisor. Desvío mi vista. No está Dublín entre las personas que esperan en la estética su turno, ni entre los comensales del Madoka. Imposible en el Madoka. Siempre le pareció un café de viejos. El taxi avanza un poco más. Un camión acelera y lo rebasa. Me tapa el lado derecho. Creo ver a Dublín en la fila de personas que esperan para pagar en una papelería. Estiro el cuello. Imposible ganarle a un armatoste de tres metros de altura. El autobús avanza. No está Dublín ahí. Ni en Oportunidades, ni en Azpeitia, ni en Lumen, ni en ninguna otra. "Vuelta a la derecha en la siguiente, por favor". El taxi supera a velocidad el templo de Jesús María, libra la cuadra y toma Hidalgo. "Por arriba, y más lento, joven", le indico, y el taxista recupera el carril lateral, salvándose del túnel al que se acercaba. "¿Estamos buscando a alguien?", pregunta por fin, con los ojos fijos en mí desde el espejo a la altura de sus cejas. No está Dublín en las mercerías, ni entre los empleados que estiran y miden listones, que depositan botones en bolsas pequeñas de plástico que entregan a las clientas. No está Dublín en el par de intendentes que cuelgan en el aparador un banderín tricolor, un busco de Morelos, un "Viva México" de unicel. Tiendas para maestras, ¿quién más compra ya aquí? No está Dublín en el rostro de Hidalgo que cuelga en otro aparador. No es Dublín quien recarga su cabeza sobre su mano en el módulo de paquetería de La Suerte, en la esquina con Santa Mónica. No está Dublín en el grupo de trabajadores que a mi izquierda participan en la demolición del Corona. "Joven, ¿buscamos a alguien?", vuelve a preguntar el taxista. Un mercado quemado. Una explosión. Calles ahora llenas de locatarios desalojados. Me transporto a Santa Mónica, la plazuela frente a la Preparatoria, los andadores atestados de puestos de frutas y verduras, remedios esotéricos, mesas con comida. Me pregunto si estará Dublín entre ellos, comprando una manzana, de las verdes, siempre, un pantalón, una película pirata, algo de fayuca. El taxi para en la esquina con Alcalde. Gente cruza a la carrera en todas direcciones, en medio del "pip-pip" ensordecedor de la alerta para ciegos. Voy de rostro en rostro, en las cuatro esquinas. No está Dublín en la mano que sostiene una bolsa de plástico ni en los ojos llorosos que leen en el teléfono ni en la boca que come desesperada una empanada. No está Dublín tampoco en el policía que bosteza recargado en una de las columnas del Ayuntamiento ni en el tipo concentrado sobre un libro en las escaleras circulares de la fuente de la Plaza de los Laureles. No está Dublín ni aquí ni ahí ni por allá en ninguna de las bancas de sus jardineras circulares. El taxi, sin que se lo pida, dobla en Alcalde. No me molesta. No está Dublín en las pedigüeñas frente al Sagrario, ni en ese hombre que sale de Catedral y se coloca el sombrero de nuevo. No está Dublín en los boleadores de los portales, ni en los meseros del café de las Sombrillas, ni en las manos que se estiran sobre los mostradores de las tiendas de relojes. No está Dublín entre los músicos de la orquesta típica que tocan en el kiosko de la Plaza de Armas, ni aquí ni ahí ni por allá en las caras de quienes escuchan, pacientes, sentados en las bancas. A Dublín no le gusta la música de orquesta. No es de Dublín esa cabellera que sale de una tienda de ropa en Juárez y 16 de septiembre y mira a ambos lados de la avenida mientras habla por teléfono. No está Dublín en los rostros que atienden clientes en la banqueta de la Plaza de la Tecnología. Un ruido seco dos carros adelante hace estallar un montón de pitazos. "Chingado", dice el taxista. "Ya se dieron". Miro por entre los dos asientos delanteros. Un camionero se baja de su unidad, rostro enrojecido, e impreca a un hombre que a su vez desciende de su mini van. Se hacen de palabras. El ruido de los claxon ahoga sus gritos y el ruido sordo que, imagino, deben generar sus puñetazos. "Ijos'e su ma... ya se están dando". Sonrío. No está Dublín en ninguno de esos dos que se golpean, ni en el círculo (voy cara por cara, ojo por ojo, diente por diente) que los rodea. El taxista aprovecha mi sonrisa, la supone, imagino otra vez, una invitación a que intimemos. "Joven, ¿no me va a decir si estamos buscando a alguien?" Esta vez le devuelvo la mirada en el retrovisor. "Es que tengo un cuñado que trabaja en la Procu. Igual él podría", me ofrece. No. No estará Dublín entre los nombres de los detenidos, en las manos tras las rejas, en la barandilla. No estará Dublín en los registros de muertos del forense, junto al Civil Viejo. No estará Dublín en los corchos donde cuelgan de una tachuela cientos de rostros de desaparecidos. "No, gracias, vuelta aquí". El taxi dobla en Miguel Blanco. No está Dublín en ninguno de los rostros de quienes van y vienen, como hormigas ciegas, en la arboleda de San Francisco. No está Dublín en los comensales de La Alemana. No está Dublín tampoco esperando el camión en la fila que se forma en el jardín de Aranzazú. Miro pasar por la ventanilla antiguos edificios porfirianos. Frontones adornados con guirnaldas que alguna mano insensata ha pintado de rosa pastel. Junto a ellos, hay huecos que alguien ha rellenado con edificios cuadrados con vidrios espejados. No me había dado cuenta de lo desesperado que me siento hasta que descubro que tengo la agarradera de mi mochila casi destrozada de tanto arrugarla y mojarla con el sudor de mi mano. "Vuelta aquí". El taxista vuelve a tomar González Martínez. "Joven, ya subimos por aquí. Oiga, en serio, si usted quiere...". No escucho el resto de lo que dice. No está Dublín en las parejas del mismo sexo que salen y entran de bares, restaurantes y cafés. No son las manos de Dublín esas manos que se toman, ni son suyas esas bocas que se besan. Recuerdo sus besos, siempre frescos. El sabor de su saliva. La textura de esa pequeña porción de su piel entre su labio superior y su nariz. Bajo la mirada. No estará Dublín entre neones y mesas, entre menús y vinos tintos. No estará Dublín en los pies que comienzan a bailar, ya a esta ahora, cuando no ha caído la noche. No estará Dublín en las cuentas que se pagan, en las copas que se sirven, en los platos que se acaban. No está Dublín tampoco en el niño que hace malabares en el crucero, en el indigente que se recuesta sobre una banca, en la mujer que acaba de sacar una cartera del bolso de otra mujer y lo guarda ahora, veloz, bajo su abrigo. No está Dublín pagando en las cajas del supermercado en la esquina con Juárez (otra vez Juárez, siempre Juárez), ni llenando su plato en el bufet enfrente. Repaso con velocidad los rostros de quienes van y vienen, se sientan y se paran, en el jardín del Carmen, en el Exconvento, enfrente. Miro su arquería incompleta y recuerdo nuestros abrazos ahí mismo, bajo los restos de cantera en que tres siglos en esta ciudad han convertido a lo que fue un claustro del Carmelo. Tampoco está Dublín en el hombre de corbata que mira su reloj en la esquina con Pavo, afuera de una agencia de colocación. No está Dublín en los viandantes en Federalismo. No estará Dublín en los cientos de rostros que viajan debajo en los vagones del tren urbano. No estará Dublín tampoco en los jóvenes que hacen danza aérea en los árboles del Parque Rojo. No está, no estará, esto de buscarle ya se fue al carajo. "Dé vuelta aquí". El taxi dobla en Prisciliano Sánchez y vuelve a bajar hacia 16 de septiembre. "Acelere". El taxista obedece y pisa a tope, aprovechando los semáforos en verde. Olvido lo dicho. Vuelvo a buscarle. No está tampoco en las caras borrosas que pasan de largo junto a mi ventanilla. "Pero si caminamos estas calles, si anduvimos siempre siempre siempre por estos mismos atardeceres, entre estos mismos edificios. Si nos quejamos mucho de esta arquitectura fragmentada, de esta ciudad de boquetes y fachadas deslavadas", murmuro. El taxista va a cruzar 16 de septiembre hacia el Parián y frena súbitamente. "Ay, cabrón, me asustaron". Una fila de vehículos de emergencia vuelan sobre el asfalto hacia los Dos Templos. "Algo pasó", agrega el taxista. Alguien estará por morir en algún lugar. Miro mi rostro en el aparador de la tienda de discos a mi derecha. Blanco, ajado. No he comido en tres días. Ya debería yo también dejarme de búsquedas idiotas y morirme en algún sitio. "¿Seguimos, joven?" Repaso la red de calles en mi memoria. El sol decrece. No estará Dublín en el resto de esta ciudad de pasos a desnivel, glorietas y fuentes. No estará en las rosas, en los camellones, en las colonias ni de este ni de aquel lado de la Calzada. No estará ya nunca jamás ni por asomo. "Cóbrese", extiendo un billete y abro la puerta. "Ya estuvo bueno de tanta pendejada". 
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¡Salud!