sábado, 4 de octubre de 2014

Lo curioso de todo este incidente.

Resulta que Christopher Boone no es un chico normal. Bueno, después de todo, ¿qué es lo normal? Lo normal sería, supongo yo, que no tuviera gran problema con que lo que papá sirve en su plato sea rojo, marrón, verde, o de cualquier otro color, mientras sea, claro, el color que el alimento suele tener. O normal sería, también supongo, que a sus quince años no supiera todos los números primos hasta el 7501, ni los países y capitales del mundo. Normal sería que viera programas de comedia en la televisión, entendiera los chistes y se riera de ellos. O que gustara de leer novelas, aunque fuera cortas, y entendiera las metáforas. O que pudiera hablar sin problemas con la gente que le rodea. O que no necesitara hacer una planificación lo más exacta de todo para poder llevar la vida en paz.
.
Pero Christopher no hace nada de eso. No puede, simplemente, asumir los estímulos del mundo como en realidad lo hacemos –o intentamos hacer- la mayoría. Y eso, además de interesar, impacta. A simple vista, con sus jeans descoloridos o su jersey rojo, es uno más de los millones de estudiantes ingleses que acuden cada día a la escuela. Pero con él, además de su mochila y sus útiles, lo acompaña un sigiloso pero manifiesto testigo de cada uno de sus pasos –lugar común, ustedes disculpen, no ha andado muy surtido el mercado de las metáforas-. Se llama síndrome de Asperger, y según datos que mis informantes poseen –más de uno de ellos padece síndrome, pero de aspersión de ideas-, lo padecen –qué fea palabra, ahí les encargo- de tres a siete de cada mil hombres y mujeres alrededor del mundo.
.
El curioso incidente del perro a la medianoche es un acercamiento literario muy certero al fenómeno clínico y sus manifestaciones. Antes que obra teatral, fue primero una novela, escrita por el inglés Mark Haddon , quien se documentó ampliamente para crear un personaje que es, ya lo creo que sí, de lo mejor que ha dado a luz la literatura anglosajona en los últimos años. Imagino que, antes de pensar en encontrarle el hoyo a la aguja respecto al problema del síndrome, Haddon vio en las manifestaciones de éste la posibilidad de dotar a un personaje literario de características únicas y tan entrañables como temibles y dolorosas, haciéndolo un personaje total, completo, cerrado, con todas las posibilidades y autenticidades que le son posibles. Estando ante Christopher, se está ante un ser humano con toda la gama posible de características identitarias que se necesitan para que éste sea verosímil y abrazable. Y sí, dan ganas de abrazarlo. Pero eso tampoco se puede, porque Christopher es hipersensible incluso, o más bien, especialmente a los estímulos físicos del medio, y no tolera el mínimo contacto humano. Bueno, si se pudiera yo lo haría. Aunque gritara –ok, esto degeneró ya. Paremos este párrafo… ahora-.
.
Disculparán ustedes el retrazo -?-, pero he andado con las tardes llenas como cachetes de ardilla en tiempos previos a la hibernación, y no he tenido oportunidad de soltarlo todo a mitad de la calle y venir a escribirles. El fin de semana pasado acudí pronto y bañadito al teatro a ver a un no tan guapo como en el cine Luis Gerardo Méndez interpretar magistralmente el papel de Christopher en la versión mexicana teatral de su historia. Y junto con él, llenaron –nunca mejor dicho- el escenario Rebecca Jones –que es muy perra, pero muy, muy perra, y te hace llorar-, en el papel de Judy, la mamá de Christopher; Cecilia Suárez, la eterna flaca del cine mexicano contemporáneo, en el papel de Shioban, la educadora y tal vez mejor amiga del protagonista; y Luz María Aguilar, la señora sonriente que ya entonces viejita veíamos en los noventa en Los papás de mis papás, el serial de Televisa que nos daba las buenas noches de lunes a viernes, y que ahora, sin envejecer un año más, como detenida en el tiempo, interpreta a la señora …, la entrometida vecina de Christopher.
.
Juntos, ejecutan un drama magistral en el escenario. La puesta en escena cuenta además con un apoyo técnico digital fabuloso, que permite sobriedad en la escenografía pero sobre todo genera una narración dinámica y elocuente, lo que permite que la historia se cuente, vía la actuación de ese coro fabuloso que he detallado, como deslizando mantequilla tibia sobre un pan caliente. Además, los gráficos que componen la escenografía parecen haber sido trazados por un niño, lo que logra por completo sumergirnos de lleno como espectadores en el a veces turbulento y siempre difícil mundo de Christopher, con sus dilemas, problemáticas y retos.
.
Lo que queda al final de leer la novela –sí, lo admito, ya me la eché, y completita-, y ver la obra teatral, es un llamado a la reflexión. En ese sentido, el criterio moderno del trato a las personas con capacidades diferentes congenia por completo con mi visión del tema: la discapacidad no existe en la persona, sino en el medio que le da cabida. Un medio que, por hacer más sencillo todo, generaliza y populariza lo generalizado, poniendo esquinas, paredes, ángulos rectos y otras monerías, dónde debería haber rampas, puertas abiertas, guías sonoras y rutas táctiles, cosa que no es culpa de quien ha nacido o se ha formado diferente al resto. Porque, si a esas vamos, todos somos diferentes en algún punto, y todos mereceríamos un mundo que nos dé cabida sin prejuicios ni postjuicios –admítanme la palabreja, vamos, aunque sea en votación económica-.
.
Entonces, Christopher Boone es un chico normal. Su visión de sí mismo, al menos, no admite distinción alguna. El cierre de la historia, intimista en la novela y sumamente dramático en la puesta teatral, así lo deja ver. Si lo que nos separa del resto de las especies es la propensión a los sueños y la compañía de la esperanza, Christopher no es sino un ser humano más con los suyos y la suya. Cree en sí mismo, posee confianza y amor propios, y no admite límites más allá de lo que él sabe que no puede o no quiere hacer. Sembrada esa fe, puesto a trabajar ese ánimo, ese garbo, lo que le corresponde es avanzar hacia el infinito. Y es ahí dónde dan ganas de abrazarlo, conocedor uno de las temerarias asquerosidades que este mundo comete con quienes no le agradan, con quienes salen de la norma y buscan sus propias reglas. Pobre Christopher, tan cerca de Asperger y tan lejos del mundo.
.

¡Salud!

No hay comentarios: