sábado, 18 de octubre de 2014

De rosa la tarde se toca.

Haremos esto a la vieja usanza: estoy en este momento caminando en medio de un contingente -¿Voy bien? ¿Sí sueno a mis ayeres periodísticos? Gracias, caray, muchas gracias - de hombres y mujeres que, cual ejército de quinceañeras, abusa particularmente del rosa en todos sus tonos. Van hombro con hombro, pie tras pie, con globos y pancartas, invadiendo Vallarta. Empezaron en Chapultepec, y pretenden asaltar la Minerva. Tome usted sus precauciones, las mismas que tomaría ante toda clase de movilización que pretende hacer un llamado al amor a la vida y su defensa -su defensa en serio, no esa majadería de defensa que es la que enarbolan los grupos de ultraderecha y que no pretende en realidad sino zanjear derechos y dictar conciencias-.
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Se trata en esta ocasión de la marcha de concientización respecto al cáncer de mama y su prevención, en atención al Día Nacional de Prevención y Atención al Cáncer de Mama. En el mundo, según mis informantes, 1.38 millones de mujeres son diagnosticadas al año con alguna presencia cancerígena en las mamas, y 458 mil fallecen en el mismo período de tiempo a causa de dicho mal. Un número alarmante si se considera que en su mayoría los casos de enfermedad serían controlables si las pacientes hubieran sido diagnosticadas a tiempo.
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El problema es de mucha más sustancia y fondo que la sola manifestación de la enfermedad, hablar de sus manifestaciones, desarrollo y consecuencias. Si así fuera, bastaría con una labor mediática de intensidad como la que ejecutaron las autoridades de salud en 2008 cuando la pandemia de Influenza AH1N1. El asunto es grave en tanto se trata de un tema de conciencia pública y desmantelamiento del tabú que se halla impuesto sobre la relación de toda mujer con su propio cuerpo en términos sobre todo de autoconocimiento y exploración.
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Dejemos esto así de claro: durante siglos, la mujer fue obligada, en el ejercicio de las dinámicas sociales y de género específicamente, a negar su propio cuerpo como una entidad a la cual ella misma tuviera derecho a uso y disfrute. Ni hablar de temas que implicaran contacto y autodelimitación como la masturbación o  la observación. Ya lo decía Eva Green en voz de otra mujer en sus célebres y determinantes "Monólogos de la vagina": "Puse un espejo abajo entre mis piernas y miré. ¿En verdad tengo eso ahí? ¡Pero qué terrible! ¿Eso es mío? ¿Ésa tambien soy yo?" El estupor de esta mujer es clave. Conocerse no era una opción para ellas hasta finales del siglo pasado, en que cambios en las reglas del juego entre los sexos precipitaron movilizaciones determinantes en el modo en que cada sexo se relacionaba consigo mismo.
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Esto también debe quedar así de claro: asumido el hecho de que la postmodernidad requería de ambos sexos en condiciones de igualdad para el mantenimiento y perpetuación de algunas de sus instituciones básicas, como la familia o la economía capitalista, la mujer pudo acceder a visiones sobre sus derechos que no habría conquistado en otras condiciones histórico sociales. La más provechosa de ellas, sin duda, estuvo en el acceso y defensa de su cuerpo como un derecho natural.
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En dicha vuelta de la moneda tuvo lugar una diferencia clave, que permitió también el acceso a la salud y la protección de la misma desde su propia persona. El velo que cubría toda posibilidad de autoexploración se retiró, y la mujer, junto a los derechos, accedió por fin a las responsabilidades sobre su propio cuerpo.
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El paso no fue fácil. El caso de Alejandra Sima resulta paradigmático. Luego de ser aquejada por el cáncer de mama, y enfrentada súbitamente a la ausencia de información y conciencia publica, Sima generó una fundación que lleva su nombre cuya labor en el país ha sido más de golpear piedra que otra cosa, al menos en sus primeros años. Yo recuerdo la sorpresa que causó en la opinión pública escuchar en todo lo alto la invitación clara, ligera y concisa: "favor de tocar", a inicios del tercer milenio. La indignación primaria cedió espacio al amor y el privilegio de la vida, y hoy día, entendiendo también el gigantesco negocio que hay en ello, muchas marcas e instituciones más se han sumado a la búsqueda impulsada por Sima, incitando al favor de la autoexploración y el resto de las vías de prevención. Muchos motivos, un solo beneficio.
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Bien haríamos en hacer consciente la detección oportuna del resto de los cánceres. Próstata, sobre todo, porque el tabú y el miedo que conlleva no han logrado amainar del todo entre los individuos del sexo masculino, quienes siguen negándose, según las estadísticas lo demuestran, a ser preventivos y asistir al médico oportunamente.
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Yo no sé ustedes, pero a mí el asunto del cáncer me mueve sobremanera. Hace ya casi un año, una manifestación muy agresiva del mismo me robó a Mima, amada tía, y así podría yo hacer una lista luctuosa de conocidos y familiares a quienes el cáncer, en cualquiera de sus formas, nos quitó. A veces el miedo, a veces un mal diagnóstico, a veces la incredulidad, la negación o la desinformación, han sumado esfuerzos en contra de la vida y su perpetuación.
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Así que hoy vi que comenzaban a marchar y me sumé. Luego vi a la Minerva pintarse de rosa y solté mi globo del mismo color. Éstas, claro está, son acciones menores. La verdadera batalla se libra en las personas de cada uno de nosotros, absolutos y únicos responsables de nuestra salud. Y no sólo en darnos permiso de acceder a todas las formas de prevención y diagnostico oportuno, sino en participar en el apoyo a otros y la transmisión del conocimiento que tenemos sobre el tema. En la invitación a la vida, pues. Los invito. Vayamos todos a vivirla con harta valentía y ganas. Porque ella es de los valientes, los que se han ido, pero también a los que la viven luchando.
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¡Salud!

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