domingo, 14 de septiembre de 2014

Los vloggers del montón.


Recuerdo la primera vez que entré a Youtube. Buscaba alguna información relativa a algún videoescándalo -no sabría precisar si de índole sexual, social o política... y aunque lo supiera no se los diría, chismosos como son-, y de pronto di con una página de internet que ostentaba cientos, tal vez miles ya entonces, no lo sé, de videos subidos por y disponibles para muchísimos, todos los usuarios de internet. El año era 2008, y a mí me pareció entonces, con lo que apenas se vislumbraba como una idea original, sumamente genial, que eso cambiaría la forma en que todos nos comunicábamos hasta entonces. Luego llegaron Facebook, y Twitter, e Instagram, y todo el resto de aplicaciones comunicables entre sí y puestas a disposición de usuarios cada vez más frenéticamente ansiosos por recibir, captar, procesar y retransmitir información. Hoy, por ejemplo, a seis años de aquel primer descubrimiento mío, la palabra "compartir" se ha resignificado para quienes la usamos, en idioma español y en sus respectivas traducciones en el resto del mundo.
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Es precisamente "compartir" lo que Youtube más sabe hacer. No crea negocios, necesariamente, ni los fomenta, más allá del negocio mismo que supone, millonario seguramente, la venta de espacios publicitarios, bastante molestos para el que espera ver el video, hay que decirlo, en la introducción de la mayoría de los contenidos ahí dispuestos. Los millones de usuarios que lo utilizan día con día, dan y reciben lo que otros han puesto a circular en ese entramado de ligas, idas y venidas, que es el portal web. Esto, por lo menos, hasta que el dedo flamígero de la página recurre a la censura o saca de reproducción por asuntos relacionados con los derechos de autor y las restricciones que cada país posee para el acceso a determinados contenidos -restricción que aún no entiendo del todo, pero que a mí me reporta también el amargo y sordo sabor de la censura-.
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Con los años, un grupo de jóvenes -unos más, unos menos- alrededor del mundo encontró en Youtube el escaparate ideal para expresar lo que diarios y televisión jamás permitirían de otra forma, y en un formato mucho más acequible que el blog -yo, a la antigüita, ¿y?-, cuyo montón de letras muy difícilmente resultaría atractivo para los "chavos" de su generación -yo tengo 18 seguidores... pregúntenle a Werevertumorro cuántos tiene él, y lloren conmigo-. Y mucho más barato: no bastaba sino una cámara, de ésas que ya hasta los celulares traen, y algo qué decir. El éxito fue arrollador. De muchas nacionalidades, tal vez todas, los nacientes videobloggers -o vloggers, en la ascepción respectiva y apocopada del término, reducida tal vez por flojera como todo lo que suele usar mi generación- fueron llenando la página de sus opiniones, recetas y visiones del mundo, y con ello, sin duda, de cierta representatividad generacional que los medios de comuniación existentes hasta entonces no habrían podido proveer, mucho menos espontáneos y dirigidos siempre por intereses superiores como son, dónde cada color de escenografía, cada rizo de la presentadora y cada luz en cada foro supone un interés intrínseco.
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México no fue la excepción. Sin que pueda yo profundizar demasíado en cada uno de ellos, puesto que debo admitir no los conozco a todos, personajes como el ya citado Werevertumorro, Benshorts, Yuya, Caeli, Luisitorey, Héctor Leal, Gwabir y Misael, comenzaron a sumar visitas -y con ello vistas, miradas, observadores-, subiendo videos cada semana, algunos de ellos en forma diaria, expresando el sentir variado, diverso, amplio como México mismo, de toda una generación de todo un país. De Monterrey a Yucatán, los navegantes del internet tuvieron de pronto de dónde elegir quién les hablara de lo que, se entiende hasta por la edad y el idioma, les resultaba cercano.
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Pero esta clase de cosas suelen tomar rumbos diversos. La ausencia del control mediático, el hecho de que tras ellos no existiera una junta ejecutiva de pingüinos trajeados que dictara las órdenes y moviera las cuerdas, aunque benéfica en la libertad, abrió la puerta al caos y la pérdida del camino. Todos, sin importar cuál ustedes nombren  o pretendan defender de lo que diré a continuación, todos, hasta los que podrían haber tenido inicios interesantes y formas inteligentes de expresión, todos rayaron ya en la imitación, el absurdo, la comicidad ridícula, la superficialidad y, en muchos casos, el inaudito brinco a la televisión. Sus argumentos y motivos pasaron de lo elaborado a lo hecho al vapor, y aunque muchos de ellos alcanzaron con el tiempo ciertos avances técnicos que dotaron de luz -en algunos de sus casos literalmente- su trabajo de filmación, todo parece indicar que mejor hubiera sido que siguieran grabando con la misma camarita rezagada o el celular de baja definición, que abandonar la sencillez y la naturalidad en pos, supogno yo, de likes y vistas. 
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La pérdida es lamentable. Hoy, sin dar nombres, editan para echar a perder y hacen colaboraciones conjuntas grabadas en cuatos de hotel de las que difícilmente se puede extraer algo más que ideas de juegos de borrachos para replicar con los propios amigos el viernes por la noche. La comunidad que forman pudo haber sido utilizada para fines mucho más provechosos, para comunicar ideas más efectivas, más nutritivas y esperanzadoras que lo que sucedió en la última entrega de tal o cuál premio televisivo, la última blusa que compré, mi combinación de Starbucks favorita o el último reto al que han sido llamados los usuarios de la web -cítese condom challenge, ice bucket challenge, habanero challenge, don't speak challenge, y un largo etcétera igual de inútil y superfluo-. No hay forma, creo yo, en que un joven medianamente inteligente pueda decir con orgullo encontrar representatividad en ese puñado de pena que llena Youtube ahora. 
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Lo siento por la pérdida de la oportunidad. Al hacer prácticamente suyo el nuevo medio digital, los vloggers pudieron generar la diferencia. No necesariamente política, como lo hizo #Yosoy132 en las elecciones de 2012, pero sí social, humana, generacional, en némesis necesaria a las fuerzas oscuras y generadoras de chospesosismo que mueven el resto de los medios masivos, y que mantienen en la ignorancia a la mayoría poblacional, discurso sobrado, agotado, pero que errores garrafales y dolorosos como Sabadazo o La rosa de Guadalupe renuevan y restriegan. Al inicio, Benshorts promovía causas sociales, instaba a sus videonautas a romper la burbuja y arriesgarse al mundo, cosa que él hizo en un programa de mobilidad estudiantil durante uno o dos semestres. Werever... y Caeli colaboraban con instituciones de ayuda humanitaria a favor de niños sin acceso a estudios. Hoy, se ponen máscaras de burro y ríen estrepitosamente, firman autógrafos multitudinarios, acuden a fiestas organizadas por compañías tequileras y hacen convenciones para hablar de nada. Ver para creer. Ver para sufrir.
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Mención aparte merece la creación de un personaje. Gwabir, el vlogger yucateco que a imitación de los grandes ha hecho de su propia imagen un negocio -vende playeras con su nombre y una alegoría de su copete... éxito total-, dio a luz a una parodia de su propia madre, una mujer yucateca a quien nombró simplemente Mamá de Gwabir. El acierto está en lo que tal vez todo el resto de sus compañeros deberían intentar: dejar la farsa y la mala imitación, y abrazar por completo el humor paródico, creativo e inteligente que supone la formación de un personaje con sus propios gustos e intereses, y su muy certera proyección de su propio universo personal, también fabricado, claro, en la pantalla. Si ya han abandonado la apuesta por la inteligencia humorística, al menos todos ellos harían muy bien en abstenerse por completo del intento y en sus lugares generar con inteligencia y tino personajes cómicos. Como los grandes, distancias aparte: Charles Chaplin, Cantinflas, los hermanos Marx, Tintán, Mara Escalante. Es el único camino digno que les resta, para el circo sin ritmo en que se han convertido.
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¡Salud!

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