martes, 9 de septiembre de 2014

En amor a la verdad.


No hay nada como la honestidad. Sí, hasta por su doble cara: puede apestar, y puede ser adorada, necesitada, requerida como pueblo mexicano al estímulo fiscal -yo todavía no pido el mío... y no sé muy bien si lo den por bailar-. Y como todo lo que guarda una dualidad, la honestidad es vista con extrañeza por el público en general. Le sucede como a Gloria Trevi en sus inicios, cuando, recordarán, le daba por colgarse de las camisas de los señores en el público: todos hablamos mucho de ella, la censuramos, a veces la aplaudimos, pero de cualquier manera no podemos dejar de dirigirle la mirada.

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"La verdad os hará libres". La frase, escrita hace milenios, cobra hoy día un sentido fabuloso. Con el paso del tiempo, la universalidad de la honestidad no sólo no ha perdido vigencia, sino se ha renovado. Es una regla atemporal: la verdad y la basura siempre flotan. Manejarse con ella, guiar bajo su ruta la mayor cantidad de actos posibles en el día a día, garantiza no siempre resultados deleitosos, pero sí favorables, resultados de verdad. Quien es honesto gana más de lo que el gandalla toma, pues a la larga el gandalla cae y el honesto, si bien no avanza, tampoco retrocede.
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Uno de los grandes rezagos que tiene mi país, éste México que está cumpliendo ya en unos días 104 años de vida independiente -es un decir, ya lo saben ustedes, pero es un bonito decir-, está en el asunto del ser honestos. El asunto de la violación originaria, del engaño primigenio, está aún tan metido en nuestra sangre, que la honestidad es vista como otra forma más de abrirse al mundo que sólo quiere engañar, de "ponerse de pechito". Quien es honesto, diría la vox populi, siempre pierde. La estrategia del triunfador está puesta en ser opaco pero venderse con bondad. El león bajo la piel de oveja. La doblecara que garantiza el éxito a costa de lo que sea. Porque claro, de lo que se trata es del éxito, que no está puesto en otra cosa que el reconocimiento general. Y el éxito mayor es ser deshonesto, ganar por ello y continuar en el intento.
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Por eso es que, en la medida de lo posible, busco aplicar en mi vida la honestidad como muralla y guía. No soy perfecto, ni aspiro a serlo. Como todos, he elegido en ocasiones la mentira, y me he disfrazado de ella sagazmente. Pero no puedo decir que el triunfo que ha traído el acto gesticulador me ha durado mucho tiempo, ni que ha sido disfrutable. La verdad es que las únicas elecciones de cuyos resultados, favorables o desfavorables, me he sentido auténticamente orgulloso, son las que he hecho desde, por y para la prevalecencia de la honestidad. Ser honesto, quizá también por su complejidad, ha sido siempre mi acto mejor realizado, el que más energía ha dispuesto y sobre el que puedo verme reflejado con mayor intensidad. 
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En el último año, la opacidad ha rodeado mis días. Siento en ocasiones que soy el portador de una luz diminuta en mitad de un mar de tinieblas que se ciernen sobre lo que me rodea y lo desaparecen. Ha habido en tantas ocasiones poca claridad, tanta mentira, que uno ya no sabe si está decidiendo bien, o lo correcto sería pasarse al lado oscuro -ay, no mientan, sintieron mello-. Y entonces decisiones como las de hoy, en que juego claro y pongos todos los puntos sobre las íes, me hacen entender que el camino correcto, pese a lo que estén haciendo otros a mi alrededor, está y estará siempre en abrir las puertas y dejar entrar la luz a raudales. A mí que me esculquen. Y si encuentran algo que no sea lo que soy, que no venga de la verdad, que sea deshonesto o juegue sucio, que la Nación me lo demande.
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Porque supongo que también es inevitable. Otros buscarán jugar siempre a media luz para que uno no sepa dónde quedó la bolita. Duele, es cierto, descubrir que otros se han escondido tras la mentira. La cacería realizada por leones disfrazados de corderos es doblemente castrante: primero porque implica superar la sensación de haber sido engañado, y segundo por el rastro de sangre que deja tras de sí. La pérdida doble sólo tiene garantía en un hecho igualmente ineludible: no hay nada que nos diga que con el paso del tiempo la verdad no prevalece. Su vocación por la luz, y el hecho de que no son las tinieblas otra cosa que ausencia de luz, nos da a pensar que no existe un acto humano perdurable en la mentira. Las buenas acciones, las que provienen y buscan el amor -no en el sentido mercadológico y sentimentaloide del término, sino en el real, intrínseco, verdadero incluso: esa fuerza motora opuesta a la muerte que supone el triunfo y la elección de la vida-, no pueden vivir en la mentira.
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Piénsenlo bien. Hoy, mi orgullo está en la honestidad. No la predico con la voz: la busco con el ejemplo. Es una lucha constante, que implica también romper un poco con los mitos que nos han formado, las cosas inservibles que otros han puesto sobre nosotros con una etiqueta sobrepuesta que dice "identidad". Arránquensela. La advertencia es clara: las consecuencias podrían ser favorables. En honor a la verdad, mis manos están tan limpias como es posible. Sin malos entendidos, sin engaños ni incertidumbres. Ah, respiro. ¿Y usted qué tal durmió?
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¡Salud!

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