domingo, 28 de septiembre de 2014

El recuerdo del Creador.


Me fue dada la palabra. La recibí como un regalo que había bordado Dios aún antes de crear las olas del mar y los atardeceres. Me fue entregada como una herencia que muchos antes que yo embellecieron y amaron. La recibí entre sollozos, apenas di el primer grito que me trajo entre los hombres. Y conmigo, la han recibido otros con quienes compartirla me hace integrante de una comunidad. Una comunidad que siente, vive, piensa, en y por esa palabra. Con ella creé realidades fantásticas que protegieron mis pasos y permitieron que la realidad absoluta, la que todos vivimos, fuera más asequible, más tolerable. Entendí conforme lo hacía, que la creación de nuevas realidades en la palabra no me alejaba del mundo. Al contrario. Ajena por completo a toda forma de evasión, la creación en la palabra hermanaba y profundizaba. Era, antes que un vehículo de salida, un puente, un facilitador.

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Luego, con el tiempo, la olvidé. La enterré entre las sombras, y el presente se llenó de otras cosas que eran sabores, olores, sensaciones. Que eran otras personas que no entendían de palabras. Y eso hizo que la olvidara aún más, porque cuando la palabra no se comparte, cuando su amor no circula entre quienes alzan con ella el horizonte, el horizonte está pendiente del fracaso. Compartida, la palabra crea y da vida. Ignorada o menospreciada, destruye y colapsa.
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Hace un par de meses, sufrí un naufragio. El barco en que creía navegar plácidamente, zucumbió a una tempestad de lo mas ridícula. Si quieren, no fue siquiera una tempestad. Un leve oleaje basta para derrotar aquello que ha lleva escrito en su frente el fracaso. Uno construye un barco, lo cree fuerte y digno, seguro, y no se da cuenta que la opacidad y el ocultamiento de la verdad, el miedo y la cerrazón, lo han debilitado hasta dejarlo irreconocible. Y así, ignorante, se lanza a la mar. Con las olas y los vientos, la falsedad sucumbe y uno se descubre de pronto despertando ansioso y perdido en una playa que, de inicio, desconoce.
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En busca de respuestas, acudí a una lectora de cartas. Sentada en un equipal, tiró frente a mí imágenes de un tarot inspirado en los indígenas estadounidenses. En una tirada, me habló de la palabra. "Es tu asidero", me dijo. "La creatividad ha nacido contigo porque todos nacemos con algo a qué asirnos. En algunos es una habilidad corporal, un manejo excepcional de los números, un talento plástico sorprendente. En ti, la creación de mundos es lo que resalta. Y para eso, te han dado la palabra. La tienes. Lo sabes. Es tu regalo. Lo has olvidado. Y eso no está bien. Cuando uno olvida los regalos que le han sido dados, cuando esconde bajo la cama los denarios que le han sido entregados para su gestión y aumento, uno pierde lo que es, uno está destinado al desierto". 
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Luego, un terapeuta reiki me dijo lo mismo. Me habló de mis manos, cuando las vio, y de cómo ellas generan palabras que luego otros leen. Me habló de la pérdida de un valor, y de lo terrible que resulta para el equilibrio del universo cuando uno olvida ese valor. Porque hemos sido llamados a una misión, y ese valor la contempla, la robustece. Si el valor se olvida, se olvida la misión, y eso se llama desperdicio, y el Universo no permite desperdicios. Los detesta. Fundado en el equilibrio, lo que no ayude a éste, o peor aún, le estorbe, es rápidamente desechado por el Universo. "Tienes que volver. No vas a tener otra forma de regresar a caminar que hacer eso que tú estás llamado a hacer con tus manos. De otro modo, cualquier otro camino que tomes en cualquier otra dirección, sólo te alejará de estar mejor".
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Y uno desea estar mejor. Cuando se toca la arena, cuando las olas te depositan en la playa y se alcanza cierto punto de contacto con la realidad de nuevo, uno comienza a buscar estar mejor. La escena de Gravedad en que el personaje interpretado por Sandra Bullock atrapa la arena mojada entre sus dedos, es lo más parecido que existe a esta parte del proceso. Luego, como es natural en el hombre, recupera la vertical y vuelve a caminar, un par de acciones aparentemente tan simple que sin embargo representan la evolución propiamente dicha en toda su magestuosidad: de darse por perdida, de elegir la muerte y el final, a estar de vuelva sobre sus pies -literal y metafóricamente hablando-. 
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Luego un terapeuta sistémico dio el punto final para entender que si no era la palabra, no sería nada. Yo rehuía el dolor, rehuía el trauma, y él me obligó a tomarlo por el cuello que suponen cinco vocales y veintitrés consonantes articulables. Me recordó a Ferdinand de Saussure y dijo: "La palabra es tu asidero. Si no logras darle de nuevo nombre a las cosas, si no logras resignificar lo que antes era, perderás toda posibilidad de darle al dolor puerta de salida sin regreso. La palabra será tu asidero. Se han ido quienes prometieron estar contigo cuando todo se fuera y ahora sólo la tienes a ella. Úsala o destrúyete.
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Y recuperé la palabra. Como en Cien años de soledad, las cosas regadas sobre la tierra me parecieron tan nuevas que para nombrarlas fue necesario primero señalarlas con el dedo. Recuperadas, en mis manos, reconocidas, retomadas por mi memoria que algo de mí veía en ellas, tuvieron de nuevo un nombre y una voz. Y yo con ellas. "¡Soy el rey de Inglaterra y tengo una voz!", reclama el aspirante a rey Jorge VI, maravillosamente interpretado por Colin Flirth en la reciente pero ya inmortal El discurso del rey. "Now you have it. Of course you have it!", responde ceremoniosamente su terapeuta del lenguaje Lionel Logue, Geoffrey Rush. Así mero. 
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Y luego recordé que todo proceso de creación parte necesariamente de dos pretextos: el caos y la palabra. "En el principio era la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios", dice el evangelio de Juan. El creador sólo es un ordenador. Separa las cosas que integran el caos y les da un nombre, un significado, las pone en un lugar a través de la palabra. Por eso, Dios hace del hombre un co-creador, llamándolo, en la versión judeocristiana del mito de la Creación, a nombrar cada una de las cosas que ha puesto sobre la Tierra. Y al nombrarlas, las posee y las domina, responden a él. Como en La plaza del diamante, de Merce Rodoreda, cuando Natalia, la protagonista, es renombrada Colometa por su esposo Quimet, quien le dice que al darle nombre, la ha hecho ya suya, ha establecido su propiedad o dominio sobre ella. 
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Recuperada la palabra, el resto es viento en popa. Nadie nos asegura la vertical eterna. Eso hay que tenerlo claro. En la vida del hombre hay tiempos de horizontales también, y aunque jamás lo hagamos, hay que esforzarnos por entenderlo. La belleza consiste en caminar cuando se anda en dos pies, y al menos intentar gatear cuando las fuerzas fallan. Al menos reorganizada la identidad personal en el lenguaje, reordenándose el mundo, las cosas adquieren un nuevo horizonte y es más fácil llevarlo todo que cuando, recién acaecido el naufragio, no había ni cómo nombrar al dolor. Ahora sí, tiene nombre, y lugar, y eso no significa que me agrade que esté en mí, pero significa que entiendo que por ahora es un inquilino que no puede ser negado. Ya se irá, como todos los inquilinos, cuando escuche el ruido fastidioso de los nuevos planes alzándose al vuelo. Por lo pronto, me basta con nombrarlo con todas las palabras que he recuperado. 
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¡Salud!

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