martes, 16 de septiembre de 2014

El país de la esperanza.

Ya muchas veces les he hecho saber mi sentir patriótico. En muchas entradas, casi una por cada 15 de septiembre que hemos podido pasar en compañía, les he hablado de mi país y lo que de él me encanta. De su folklore, de sus tradiciones, de su inmensa y diversa cultura. De su diversidad, precisamente. De lo sorprendente que es subir a un camión en una ciudad con edificios que superan los cien metros de altura, caer dormido en el camino, y luego despertar en otra ciudad, colonial, con su acueducto, su fuerte, su palacio de cantera, o sobre el trazo de una carretera que atraviesa por mitad un lago inmenso, o al filo de un cenote, o en la rivera de un mar azul turquesa que se confunde en el horizonte con el ancho cielo. De lo increíble que es encontrar en mitad de un complejo habitacional una ruina azteca, un palacio virreinal, una iglesia de cuatrocientos años de antigüedad. De lo inigualable, en fin, que es México.
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Y también les he hablado de lo triste. En confianza, como les tengo, les he expresado el profundo dolor que el México de mis amores me provoca a veces. "Duele porque amas", dice El Edgar, terapeuta personal de reciente adquisición. "Y entre más amas, más duele". Si eso es verdad -y con lo que me cobra, más vale que lo sea-, yo debo entonces amar mucho a este país. Debo amarle con el corazón, las vísceras, el cerebro y el resto de mis entrañas. Debo amarle con ganas, pues me duele en lo profundo. Me duele en sus males: su desigualdad, su corrupción, su intolerancia, su incultura -hablando de alta cultura, claro está, porque de cultura popular casi todos somos expertos aunque medio ciegos-, su rezago, su injusticia. Me duelen los presuntos culpables, los inconformes -que lo son, la más de las veces, con razón-, los maltratados, los marginados, los discriminados, los intolerantes. Me duelen los prejuicios que lo ahogan, que posan sobre sus ojos y su mente un fino velo de ceguera y cerrazón. Que cierran las puertas, que detienen los progresos, que acribillan de un tajo pero lentamente cualquier paso seguro hacia el futuro.
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Y también saben que no creo en partidos políticos. En ninguno. Me es díficil. Alguna vez lo escuché por ahí, y si no lo dijo nadie antes lo digo yo ahora: "El hombre es inteligente, sabio, fiel, un dechado de virtudes; la humanidad, en cambio, es la cosa más idiota que existe". Y es cierto. Todo está bien hasta que dos o más se reúnen a perseguir una causa corruptible. Porque, al modo de la ley de Murphy, la causa se corrompe, y en medio de la masa que por lo regular forman las uniones humanas -miren un video cualquiera de una convención nacional panista, priísta o perredista, y díganme si no es eso una masa que ni pa' tortillas- se olvidan los principios y se mimetizan los crímenes de lesa humanidad. La razón recula -ahí disculparán-, y en su lugar toma protesta como mandataria suprema la estupidez más absoluta. Así que los hombres en el poder podrían ser de cualquier color, y ese color sólo me generaría desconfianza. 
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Aún con esto, no puedo sino creer en las instituciones. Erguidas sobre políticas, la verdad es que la mayoría de ellas nos llevarían a fines supremos si tan sólo siguiéramos esas políticas. Sucede en la escala pública, con los partidos que viven de lo que los ciudadanos pagamos, y sucede en la privada, en las empresas -sí, como Pepe y Toño, dejen de atormentarme con eso cada vez que hablo de la iniciativa privada-, generadoras de empleos sin los cuales sería difícil pagar los impuestos que sostienen las instituciones públicas. Creo en ellas, aunque no en los hombres que las dirigen. Y aunque podría pensarse con cierta verdad que unas no existirían sin los otros, lo real es que las instituciones han sido formadas -y nombradas como tal- para aspectos mucho más productivos que el sólo funcionar: tenerlas nos da una razón, una meta por perseguir. Voy a ustedes con un ejemplo práctico: el IFE -ahora INE, cosa que no resta sino acrecienta su institucionalidad-, además de facilitar el ejercicio democrático a través de la práctica electoral, defiende la idea de la democracia misma y la abandera. El IFE-INE no es corrompible. Su gente sí. Pero el IFE-INE existirá más allá de la gente que lo integre, y sus ideales serán siempre los mismos, cambie de nombre o no, y su facultad de ser paladín de la democracia mexicana no se perderá aún con la sospecha de fraude, la cual, de llegar a un extremo, digamos, ensordecedor, no ocasionaría el fin del IFE-INE, si acaso cierto cambio de estafeta en los consejeros que lo trabajan.
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Lo mismo pasaría con el resto de las instituciones que hemos formado. Piensen en la secretaría de estado que quieran. En la figura del juez federal, del diputado, del senador, del oficial de aduanas, del presidente. Tras dichos sustantivos, podrían estar hombres sucios y hombres limpios por igual. Ninguna de esas posibilidades alteraría la institución que el hombre ocupa -nunca mejor dicho, a modo de ocupación-. Porque el hombre se irá, y dejará la curul, y otro en su lugar se sentará a ejercer la investidura después. Y la institución no se alterará un ápice. Éste es el ejemplo más claro para quienes no entienden la función del jefe de Estado vs. la del jefe de gobierno en los países europeos que aún poseen monarquías: el rey no es sino una institución, cuya representatividad no está en otra cosa que el pueblo mismo y sus ideales. El rey no ha sido elegido por el pueblo: representa al pueblo, es el pueblo. Y desde ahí, claro, ejerce un poder que no es otro que el de ser una institución del pueblo mismo.
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Cierto excandidato presidencial dijo alguna vez: "Si las instituciones no nos sirven, ¡al diablo las instituciones!" Y no bastándole un dicho tan idiota, pasó al hecho. Y cometió con ello un error garrafal: acusó fraude cuando había prometido respetar los resultados -faltando así a la suprema institución de su palabra-, ocupó las calles de una capital muy, muy, muy, extremadamente celosa de su patrimonio y luego armó un teatro público para autodeclararse "presidente legítimo", ignorando el hecho de que en México ese cargo no existe, pues la legitimidad va impresa en la institución presidencial per se. El resultado es el obvio cuando se pretende ignorar imitando la institución: cayó en el escarnio e hizo ridículo. Volvió a intentarlo un período más, y el resultado fue de nuevo tan fatal que el personaje aquí citado decidió volver al redil y fundó su propio partido. Sí, su institución. "Si las instituciones no nos sirven", debería ahora mi tabasqueño amigo -lo de amigo es un decir, no se me esponjen-, "es porque somos nosotros quienes debemos servir a las instituciones". Duh. Suerte para la próxima.
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Lo cierto es que este país no ha recorrido doscientos cuatro años de empuje independiente sin fundar instituciones. Miguel Hidalgo y Costilla fundó la suya, el México independiente, entre 1810 y 1811, y durante el resto del siglo XIX y el XX, otros replicaron, a veces con pasos gigantes, a veces con pequeños tropiezos, muchos más sumaron granos al costal. Y antes que ellos, Cortés y Nuño de Guzmán, fray Bartolomé de las Casas, Vasco de Quiroja y Motolinia, y aún antes que ellos los Moctezuma, Ahuizotl, Itzcoatl y Tizoc, todos pusieron en marcha instituciones que robustecieros los propios Méxicos que les tocó vivir. Dicen que los mexicanos traemos en la sangre el instinto de supervivencia. Los fanáticos de esta teoría citan sin piedad la anécdota histórica de las serpientes que habitaban Tezcoco en la época anterior al imperio mexica y que fueron devoradas por los migrantes aztlanos cuando recibieron dicha parte del valle como premio de consolación. Y yo la creo. Y también pienso que hemos comprendido que la forma más clarividente de asegurar la supervivencia de la raza está puesta en la construcción de instituciones que vayan más allá del hombre mismo, que confirmen la prevalencia de los ideales por encima de las ideologías. 
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Como México no hay dos. Lo dicen las canciones, y lo dice México mismo. Múltiples aspectos de su cultura han sido nombrados patrimonio de la humanidad, y muchas de sus instituciones, el IFE mismo, por ejemplo, han sido  reconocidas por su eficacia y productividad en el mundo entero. Yo veo en todo esto muchas razones para sentirnos orgullosos como ciudadanos de este país. Hay para los aguafiestas, claro está, muchas cosas que se necesitan. Hay en este país de luces una profunda oscuridad en la que muchos se mueven aún a ciegas. Hay hambre, y ésta puede ser el inicio de muchos otros males, incluido el olvido. Pero también hay esperanza. Estamos sentados en ella. La bebemos en nuestros ritos, la bailamos en nuestras fiestas, la dormimos en nuestras camas, la estudiamos en la escuela, la portamos en el corazón. El escudo nacional es todo él esperanza: en la búsqueda de una señal, el pueblo fundacional lo ha dejado todo y caminado con la certeza única de encontrar esa señal. No lo guía otra ambición, no está puesta su fuerza en nada más. Y su encuentro es dichoso y parte las aguas de la historia en dos. Eso, pensándolo bien, es lo que más me gusta de mi país: está fundado en la institución de la esperanza, y por la esperanza trabaja.
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Felices fiestas nacionales.
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¡Salud!

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