domingo, 21 de septiembre de 2014

Cantinfleos nacionales.


Es natural en la historia de todo arte, que éste vuelva en algún punto sobre sus pasos. Personalmente, siento cierta atracción morbosa hacia las obras que resultan de este proceso, aparentemente natural, y muy particularmente hacia lo que ha resultado en últimas fechas sobre todo del ejercicio de autoremembranza del cine holliwoodense. Ejemplos de esto son las aplaudidísimas -al menos por mí, ¿quién más quiere aplaudirles?- The artist (2011), Hitchcock (2012) y Singing in the rain (1952), fabulosas muestras de que la llamada "Meca del cine" posee una historia rica y profunda qué contar sobre su propia existencia.

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Caso aparte, es muy obvio, es el hecho del cine mexicano. Quizá porque el fluir de su historia particular no ha sido tan exitoso o fructífero como en el caso del cine generado por nuestro vecino norteño, hasta ahora no habíamos tenido un proyecto cinematográfico que versara, al menos en parte, sobre nuestra industria cinematográfica. Porque la hubo, mucho más que ahora, y estuvo plagada de estrellas exitosas, muchas de ellas incluso codeadas, en éxito, talento y literalmente, con artistas de talla internacional. Hubo una epoca, es cierto, en que nuestro cine no le pedía nada a nadie, y dio en contar historias cercanas, en producir masivamente, y en crear una institución que, esto es el lado triste de la historia, décadas de malas administraciones y grillerías insaciables acabaron por derrotar.
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Cantinflas (2014), es el intento mexicano por hacer ese recordatorio sobre la época dorada del cine mexicano. Para tales efectos, el filme retoma la vida de una de sus figuras más emblemáticas y universales, la de Mario Moreno y su célebre personaje "Cantinflas", el vago con capacidades lingüísticas alucinantes con el que crecimos todos, aún cuando muchos de los que éramos niños cuando su intérprete "adquirió ciudadanía divina", en 1993, no lo vimos nunca actuar en un nuevo proyecto. Pero la televisión nacional reproducía incesantemente sus películas, los clásicos de toda una historia, y uno esperaba con ansias verlo aparecer en pantalla y soltar su cantinfleo. Yo, al menos, y sin entender una palabra, aplaudo todavía frenéticamente cuando termina de hablar y, por regla general, obtiene lo que desea en la confusión que su verborrea provoca en su interlocutor.
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Su figura, internacionalizada por sus propios méritos, aclamada por el mismísimo Charles Chaplin, su nombre puesto en la pena ajena que ha significado un complicado y prolongado proceso de sucesión testamentaria de derechos de autor tras su fallecimiento, su temple y su propio modo de hacer su arte, no había sido retomado con honestidad hasta ahora. Bueno, habría qué ver si Cantinflas es honesta, pero al menos sí busca, y con resultados medianamente exitosos, recordarnos que tuvimos una industria cinematográfica nacional, que construimos ídolos que nos fueron cercanos, y que luego olvidamos su culto -o nos hicieron olvidarlo, para el caso es lo mismo-, enfrascados en el abrazo de figuras idílicas menos cercanas, pero más glamourosas.
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Sobre el filme leerán mucho. De las críticas que han llegado hasta mí, concuerdo con las que dicen que no posee el brillo que otras producciones cinematográficas de su tamaño han podido lucir en últimos años -yo pienso, por ejemplo, en el caso de Arráncame la vida (2008)-: la dirección crea un producto visual mucho más parecido a lo que vemos últimamente en series televisivas que lo que el cine de gran formato nos da por lo regular. Las actuaciones son poco arriesgadas, con el muy nacional mal que tienen nuestros actores jóvenes de ser planos, planos, planos, como el pie de Abraham -chiste local-, y salvo por el caso de Óscar Jaenada, que sí, también en eso coincido con sus críticos, se luce por completo, se nota mucho en todo el sello Televisa -que, hay que decirlo, no siempre es un mal sello, pero por lo regular saca el cobre, y bien machín-. Me dicen mis informantes que la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas -que no se cómo se abrevie, pero haría bien en abreviarse AMACA- la propuso a su par -es un decir- estadounidense para ser considerada en el rubro de mejor película extranjera durante los próximos premios Óscar. Espero equivocarme, pero no hay forma. No hay con qué. Llámenme malinchista, llámenme cruel... pero no hay con qué.
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En mi personal opinión, el proyecto desaprovechó una oportunidad dorada. El resultado de la apuesta no es malo, pero pudo ser mejor. Mucho mejor. Pudo aprovechar elementos a su favor, y se quedó corto. Sin embargo, merece nuestras miradas. Porque retoma un México que hemos perdido -nadie dice que todo tiempo pasado fue mejor, pero en el caso del cine mexicano la verdad es que su presente tiene aún mucho que añorarle a su ayer-, lo lustra y lo saca a relucir.Y porque nos recuerda, aunque duela tal vez, que tuvimos un changarro que crecía, y lo dejamos caer. Y ahí, también aunque duela tal vez, tenemos responsabilidad todos. Los que lo producen, los que lo dirigen, los que lo actúan, los que lo financian, los que lo distribuyen y los que lo vemos. Por nuestra falta de escrúpulos, en el caso particular que corresponda a cada uno de los elementos de la cadena cinematográfica que acabo de ennumerar. Ahí sí, ni lo nieguen: no tenemos mamá.
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¡Salud!

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