domingo, 14 de septiembre de 2014

Away we go.


Es un hecho que entre dos que se ama, existe un universo. Se crea, casi espontáneamente, cuando sus almas conviven en armonía y construyen algo que no es sino sale de sí mismos. Sobre lo que proyectan, funciona un tercer organismo que ambos alimentan con lo que, eso sin duda, los ha construido y los trae hasta el momento en que están juntos. Cuando a ese universo se suma un bebé, estamos ante cuatro creaturas, todas ellas, sin importar la edad, en continua formación. En continua búsqueda, ¿porque qué otra cosa es la vida sino un buscar sin fin? Pregúntenle a sor Juana, Borges o la coronel Irina Spalko, cuyos respectivos descubrimientos de la inasequibilidad del total del conocimiento universal les llevaron la vida en ello.

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A este conjunto de asuntos mayores, súmenle una película de viaje (road movie, dicen los vecinos de arriba), y lo que obtienen es una magnífica pieza que todavía ahora, tiempo después de haber apagado el televisor, me sigue llevando a conclusiones bastante lúcidas. Se trata de Away we go (aka -amo este término-: El mejor lugar del mundo -por lo regular amo el "aka", pero odio lo que le sigue... los mismos intentos hispanistas que nos legaron al "Pato Pascual", "Mimosa la ratona" y "Pedro el malo"), la penúltima cinta del laureado Sam Mendes, el mismo sujeto, me dicen mis informantes, que nos trajo la muy adorable -cruda, seria, formal, crítica, terrible si quieren, pero adorable- American beauty (aka -lo amo, en serio-: Belleza americana). 
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Debo admitir que cuando comencé a verla, pensé estar ante una chick flick de lo más coqueta, y eso, un domingo cualquiera por la tarde, puente festivo, nada de ganas de pensar, me resultó de lo más seductor. El pensamiento no vino de otra cosa que los dos rostros protagonistas en pantalla: John Krasinski y Maya Rudolph, a quienes hemos visto respectivamente en clásicos de la vida galante como Dreamgirls, la serie The office, Saturday Night Live -ambos dos-, Bridesmaids (con este título, el aka se luce: Damas en guerra -pffff-) y Grown ups, todos, ya lo ven, clásicos de la altura cultura anglosajona en los que Judi Dench y Maggie Smith no aparecieron nada más por no encajar en el target -este... seh-.
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Pero conforme la cinta avanzó, entendí que yo estaba en un error y debía arrodillarme y pedir disculpas. La pareja de personajes, que espera su primogénito, descubre que ha estado haciendo malos planes en torno a la venida -?- al mundo de la creatura -¡ah, vaya!-, y, con el sólo interés de buscar un lugar conveniente para que nazca y crezca, de preferencia cerca de algún conocido en común o pariente, emprende un viaje, o muchos viajes, que los llevan de un extremo a otro de su país, e incluso a cruzar fronteras. Lo que resulta es una cómica pero muy inteligente parodia de las formas de vida norteamericanas, y un retrato, me parece a mí, bastante digno de sentimientos humanos muy humanos: el miedo, la inseguridad, la insatisfacción, el vacío, la esperanza y el amor.
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Como en toda road movie -ou yea-, los protagonistas, Burt y Verona -Verona es la mujer, por si los nombres en sí mismos no les decían nada- enfrentan múltiples controversias y sobresaltos -me encanta cuando uso palabras de periodismo de los años treinta-. Una chinga, pues, para que les quede más claro. Descubren que la mayoría de sus parientes y conocidos están tremendamente locos -la locura es relativa, pero aquí se vuelve regla-, o tremendamente deprimidos -la depresión no es relativa. Absténganse-. Que, aún sin trabajos estables, ni carros, ni casas, ni patrimonios qué ofrecer a su futura hija, ellos parecen ser para ella los mejores padres posibles, los únicos que, desde y por el amor, han superado la crisis de los treinta y aceptado de buen gusto las consecuencias que implica entregarse sin demoras a lo más peligroso que tiene la vida: vivirla.
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Mención aparte la extraordinaria y muy anilloaldedo actuación de Maggie Gillenhal... Gyllenjal... Gyllenhal... la hermana de Jake Gyllenhal... Gyllenjal... Gillenhal... la protagonista de Batman, el caballero de la noche, en el papel de una muy peculiar madre tántricaespiritistaterapistaalternativamamásincarreola, obsesionada por los caballitos de mar y la cópula alternativa -no me hagan preguntas, nomás véanla-. 
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La dirección de Mendes, que no le resta en nada brillo a cualquiera de sus trabajos anteriores -bueno, bueno, American beauty es la joya de la corona, yo lo sé, pero en Away we go también hace soberbia gala de sus dotes artísticocreativas-, y la actuación de la dupla Krasinski-Rudolph -a quien por cierto deberían buscar en Youtube en una de las mejores parodias, que no imitaciones, ojo, que he visto de una cantante, en este caso Beyoncé Knowles- toma valor propio al hacer suyos dos personajes absolutamente inadaptados que construyen una pareja amorosa y fenomenal basada en el asunto mismo de su inadaptabilidad, porque los une el amor y la decisión mutua de acompañarse, en un mundo cuyos habitantes podrían agobiar y friquear a cualquier par de padres primerizos.
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Pensé en La Mayordemishermanas, que ahora espera, con la Fer aún en brazos pero ya dictando el destino de las naciones -ya la vi, con bigotito y gorra militar, parada en su podio recibiendo salutaciones, a mi tercer sobrino. Pensé en ella, y el panorama de cambios y altibajos que el primer encuentro con la maternidad supuso para sus veintiséis años, hace tres. En el miedo que había, pero la esperanza que significa el acceso a ese misterio que ha sido siempre para el hombre la generación de la vida. Luego el miedo se va, y uno comprende, al abrazar a la sobrina, al verla dar sus primeros pasos y caídas, y luego al poder sostener una conversación más o menos humana con ella -todavía a veces me hace trompetillas, pero ya estamos trabajando en limar las diferencias entre su priísmo y mi peteísmo -no-.
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Sí, hace ya tres años que les avisé del nacimiento de Fernanda y Rafael. Sí, siéntanse viejos. Pero vean Away we go, y crean poquito en las posibilidades del amor dentro de la desesperanza. Pero sí, también siéntanse viejos.
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¡Salud!

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