domingo, 28 de septiembre de 2014

El recuerdo del Creador.


Me fue dada la palabra. La recibí como un regalo que había bordado Dios aún antes de crear las olas del mar y los atardeceres. Me fue entregada como una herencia que muchos antes que yo embellecieron y amaron. La recibí entre sollozos, apenas di el primer grito que me trajo entre los hombres. Y conmigo, la han recibido otros con quienes compartirla me hace integrante de una comunidad. Una comunidad que siente, vive, piensa, en y por esa palabra. Con ella creé realidades fantásticas que protegieron mis pasos y permitieron que la realidad absoluta, la que todos vivimos, fuera más asequible, más tolerable. Entendí conforme lo hacía, que la creación de nuevas realidades en la palabra no me alejaba del mundo. Al contrario. Ajena por completo a toda forma de evasión, la creación en la palabra hermanaba y profundizaba. Era, antes que un vehículo de salida, un puente, un facilitador.

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Luego, con el tiempo, la olvidé. La enterré entre las sombras, y el presente se llenó de otras cosas que eran sabores, olores, sensaciones. Que eran otras personas que no entendían de palabras. Y eso hizo que la olvidara aún más, porque cuando la palabra no se comparte, cuando su amor no circula entre quienes alzan con ella el horizonte, el horizonte está pendiente del fracaso. Compartida, la palabra crea y da vida. Ignorada o menospreciada, destruye y colapsa.
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Hace un par de meses, sufrí un naufragio. El barco en que creía navegar plácidamente, zucumbió a una tempestad de lo mas ridícula. Si quieren, no fue siquiera una tempestad. Un leve oleaje basta para derrotar aquello que ha lleva escrito en su frente el fracaso. Uno construye un barco, lo cree fuerte y digno, seguro, y no se da cuenta que la opacidad y el ocultamiento de la verdad, el miedo y la cerrazón, lo han debilitado hasta dejarlo irreconocible. Y así, ignorante, se lanza a la mar. Con las olas y los vientos, la falsedad sucumbe y uno se descubre de pronto despertando ansioso y perdido en una playa que, de inicio, desconoce.
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En busca de respuestas, acudí a una lectora de cartas. Sentada en un equipal, tiró frente a mí imágenes de un tarot inspirado en los indígenas estadounidenses. En una tirada, me habló de la palabra. "Es tu asidero", me dijo. "La creatividad ha nacido contigo porque todos nacemos con algo a qué asirnos. En algunos es una habilidad corporal, un manejo excepcional de los números, un talento plástico sorprendente. En ti, la creación de mundos es lo que resalta. Y para eso, te han dado la palabra. La tienes. Lo sabes. Es tu regalo. Lo has olvidado. Y eso no está bien. Cuando uno olvida los regalos que le han sido dados, cuando esconde bajo la cama los denarios que le han sido entregados para su gestión y aumento, uno pierde lo que es, uno está destinado al desierto". 
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Luego, un terapeuta reiki me dijo lo mismo. Me habló de mis manos, cuando las vio, y de cómo ellas generan palabras que luego otros leen. Me habló de la pérdida de un valor, y de lo terrible que resulta para el equilibrio del universo cuando uno olvida ese valor. Porque hemos sido llamados a una misión, y ese valor la contempla, la robustece. Si el valor se olvida, se olvida la misión, y eso se llama desperdicio, y el Universo no permite desperdicios. Los detesta. Fundado en el equilibrio, lo que no ayude a éste, o peor aún, le estorbe, es rápidamente desechado por el Universo. "Tienes que volver. No vas a tener otra forma de regresar a caminar que hacer eso que tú estás llamado a hacer con tus manos. De otro modo, cualquier otro camino que tomes en cualquier otra dirección, sólo te alejará de estar mejor".
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Y uno desea estar mejor. Cuando se toca la arena, cuando las olas te depositan en la playa y se alcanza cierto punto de contacto con la realidad de nuevo, uno comienza a buscar estar mejor. La escena de Gravedad en que el personaje interpretado por Sandra Bullock atrapa la arena mojada entre sus dedos, es lo más parecido que existe a esta parte del proceso. Luego, como es natural en el hombre, recupera la vertical y vuelve a caminar, un par de acciones aparentemente tan simple que sin embargo representan la evolución propiamente dicha en toda su magestuosidad: de darse por perdida, de elegir la muerte y el final, a estar de vuelva sobre sus pies -literal y metafóricamente hablando-. 
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Luego un terapeuta sistémico dio el punto final para entender que si no era la palabra, no sería nada. Yo rehuía el dolor, rehuía el trauma, y él me obligó a tomarlo por el cuello que suponen cinco vocales y veintitrés consonantes articulables. Me recordó a Ferdinand de Saussure y dijo: "La palabra es tu asidero. Si no logras darle de nuevo nombre a las cosas, si no logras resignificar lo que antes era, perderás toda posibilidad de darle al dolor puerta de salida sin regreso. La palabra será tu asidero. Se han ido quienes prometieron estar contigo cuando todo se fuera y ahora sólo la tienes a ella. Úsala o destrúyete.
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Y recuperé la palabra. Como en Cien años de soledad, las cosas regadas sobre la tierra me parecieron tan nuevas que para nombrarlas fue necesario primero señalarlas con el dedo. Recuperadas, en mis manos, reconocidas, retomadas por mi memoria que algo de mí veía en ellas, tuvieron de nuevo un nombre y una voz. Y yo con ellas. "¡Soy el rey de Inglaterra y tengo una voz!", reclama el aspirante a rey Jorge VI, maravillosamente interpretado por Colin Flirth en la reciente pero ya inmortal El discurso del rey. "Now you have it. Of course you have it!", responde ceremoniosamente su terapeuta del lenguaje Lionel Logue, Geoffrey Rush. Así mero. 
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Y luego recordé que todo proceso de creación parte necesariamente de dos pretextos: el caos y la palabra. "En el principio era la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios", dice el evangelio de Juan. El creador sólo es un ordenador. Separa las cosas que integran el caos y les da un nombre, un significado, las pone en un lugar a través de la palabra. Por eso, Dios hace del hombre un co-creador, llamándolo, en la versión judeocristiana del mito de la Creación, a nombrar cada una de las cosas que ha puesto sobre la Tierra. Y al nombrarlas, las posee y las domina, responden a él. Como en La plaza del diamante, de Merce Rodoreda, cuando Natalia, la protagonista, es renombrada Colometa por su esposo Quimet, quien le dice que al darle nombre, la ha hecho ya suya, ha establecido su propiedad o dominio sobre ella. 
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Recuperada la palabra, el resto es viento en popa. Nadie nos asegura la vertical eterna. Eso hay que tenerlo claro. En la vida del hombre hay tiempos de horizontales también, y aunque jamás lo hagamos, hay que esforzarnos por entenderlo. La belleza consiste en caminar cuando se anda en dos pies, y al menos intentar gatear cuando las fuerzas fallan. Al menos reorganizada la identidad personal en el lenguaje, reordenándose el mundo, las cosas adquieren un nuevo horizonte y es más fácil llevarlo todo que cuando, recién acaecido el naufragio, no había ni cómo nombrar al dolor. Ahora sí, tiene nombre, y lugar, y eso no significa que me agrade que esté en mí, pero significa que entiendo que por ahora es un inquilino que no puede ser negado. Ya se irá, como todos los inquilinos, cuando escuche el ruido fastidioso de los nuevos planes alzándose al vuelo. Por lo pronto, me basta con nombrarlo con todas las palabras que he recuperado. 
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¡Salud!

domingo, 21 de septiembre de 2014

Cantinfleos nacionales.


Es natural en la historia de todo arte, que éste vuelva en algún punto sobre sus pasos. Personalmente, siento cierta atracción morbosa hacia las obras que resultan de este proceso, aparentemente natural, y muy particularmente hacia lo que ha resultado en últimas fechas sobre todo del ejercicio de autoremembranza del cine holliwoodense. Ejemplos de esto son las aplaudidísimas -al menos por mí, ¿quién más quiere aplaudirles?- The artist (2011), Hitchcock (2012) y Singing in the rain (1952), fabulosas muestras de que la llamada "Meca del cine" posee una historia rica y profunda qué contar sobre su propia existencia.

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Caso aparte, es muy obvio, es el hecho del cine mexicano. Quizá porque el fluir de su historia particular no ha sido tan exitoso o fructífero como en el caso del cine generado por nuestro vecino norteño, hasta ahora no habíamos tenido un proyecto cinematográfico que versara, al menos en parte, sobre nuestra industria cinematográfica. Porque la hubo, mucho más que ahora, y estuvo plagada de estrellas exitosas, muchas de ellas incluso codeadas, en éxito, talento y literalmente, con artistas de talla internacional. Hubo una epoca, es cierto, en que nuestro cine no le pedía nada a nadie, y dio en contar historias cercanas, en producir masivamente, y en crear una institución que, esto es el lado triste de la historia, décadas de malas administraciones y grillerías insaciables acabaron por derrotar.
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Cantinflas (2014), es el intento mexicano por hacer ese recordatorio sobre la época dorada del cine mexicano. Para tales efectos, el filme retoma la vida de una de sus figuras más emblemáticas y universales, la de Mario Moreno y su célebre personaje "Cantinflas", el vago con capacidades lingüísticas alucinantes con el que crecimos todos, aún cuando muchos de los que éramos niños cuando su intérprete "adquirió ciudadanía divina", en 1993, no lo vimos nunca actuar en un nuevo proyecto. Pero la televisión nacional reproducía incesantemente sus películas, los clásicos de toda una historia, y uno esperaba con ansias verlo aparecer en pantalla y soltar su cantinfleo. Yo, al menos, y sin entender una palabra, aplaudo todavía frenéticamente cuando termina de hablar y, por regla general, obtiene lo que desea en la confusión que su verborrea provoca en su interlocutor.
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Su figura, internacionalizada por sus propios méritos, aclamada por el mismísimo Charles Chaplin, su nombre puesto en la pena ajena que ha significado un complicado y prolongado proceso de sucesión testamentaria de derechos de autor tras su fallecimiento, su temple y su propio modo de hacer su arte, no había sido retomado con honestidad hasta ahora. Bueno, habría qué ver si Cantinflas es honesta, pero al menos sí busca, y con resultados medianamente exitosos, recordarnos que tuvimos una industria cinematográfica nacional, que construimos ídolos que nos fueron cercanos, y que luego olvidamos su culto -o nos hicieron olvidarlo, para el caso es lo mismo-, enfrascados en el abrazo de figuras idílicas menos cercanas, pero más glamourosas.
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Sobre el filme leerán mucho. De las críticas que han llegado hasta mí, concuerdo con las que dicen que no posee el brillo que otras producciones cinematográficas de su tamaño han podido lucir en últimos años -yo pienso, por ejemplo, en el caso de Arráncame la vida (2008)-: la dirección crea un producto visual mucho más parecido a lo que vemos últimamente en series televisivas que lo que el cine de gran formato nos da por lo regular. Las actuaciones son poco arriesgadas, con el muy nacional mal que tienen nuestros actores jóvenes de ser planos, planos, planos, como el pie de Abraham -chiste local-, y salvo por el caso de Óscar Jaenada, que sí, también en eso coincido con sus críticos, se luce por completo, se nota mucho en todo el sello Televisa -que, hay que decirlo, no siempre es un mal sello, pero por lo regular saca el cobre, y bien machín-. Me dicen mis informantes que la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas -que no se cómo se abrevie, pero haría bien en abreviarse AMACA- la propuso a su par -es un decir- estadounidense para ser considerada en el rubro de mejor película extranjera durante los próximos premios Óscar. Espero equivocarme, pero no hay forma. No hay con qué. Llámenme malinchista, llámenme cruel... pero no hay con qué.
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En mi personal opinión, el proyecto desaprovechó una oportunidad dorada. El resultado de la apuesta no es malo, pero pudo ser mejor. Mucho mejor. Pudo aprovechar elementos a su favor, y se quedó corto. Sin embargo, merece nuestras miradas. Porque retoma un México que hemos perdido -nadie dice que todo tiempo pasado fue mejor, pero en el caso del cine mexicano la verdad es que su presente tiene aún mucho que añorarle a su ayer-, lo lustra y lo saca a relucir.Y porque nos recuerda, aunque duela tal vez, que tuvimos un changarro que crecía, y lo dejamos caer. Y ahí, también aunque duela tal vez, tenemos responsabilidad todos. Los que lo producen, los que lo dirigen, los que lo actúan, los que lo financian, los que lo distribuyen y los que lo vemos. Por nuestra falta de escrúpulos, en el caso particular que corresponda a cada uno de los elementos de la cadena cinematográfica que acabo de ennumerar. Ahí sí, ni lo nieguen: no tenemos mamá.
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¡Salud!

martes, 16 de septiembre de 2014

El país de la esperanza.

Ya muchas veces les he hecho saber mi sentir patriótico. En muchas entradas, casi una por cada 15 de septiembre que hemos podido pasar en compañía, les he hablado de mi país y lo que de él me encanta. De su folklore, de sus tradiciones, de su inmensa y diversa cultura. De su diversidad, precisamente. De lo sorprendente que es subir a un camión en una ciudad con edificios que superan los cien metros de altura, caer dormido en el camino, y luego despertar en otra ciudad, colonial, con su acueducto, su fuerte, su palacio de cantera, o sobre el trazo de una carretera que atraviesa por mitad un lago inmenso, o al filo de un cenote, o en la rivera de un mar azul turquesa que se confunde en el horizonte con el ancho cielo. De lo increíble que es encontrar en mitad de un complejo habitacional una ruina azteca, un palacio virreinal, una iglesia de cuatrocientos años de antigüedad. De lo inigualable, en fin, que es México.
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Y también les he hablado de lo triste. En confianza, como les tengo, les he expresado el profundo dolor que el México de mis amores me provoca a veces. "Duele porque amas", dice El Edgar, terapeuta personal de reciente adquisición. "Y entre más amas, más duele". Si eso es verdad -y con lo que me cobra, más vale que lo sea-, yo debo entonces amar mucho a este país. Debo amarle con el corazón, las vísceras, el cerebro y el resto de mis entrañas. Debo amarle con ganas, pues me duele en lo profundo. Me duele en sus males: su desigualdad, su corrupción, su intolerancia, su incultura -hablando de alta cultura, claro está, porque de cultura popular casi todos somos expertos aunque medio ciegos-, su rezago, su injusticia. Me duelen los presuntos culpables, los inconformes -que lo son, la más de las veces, con razón-, los maltratados, los marginados, los discriminados, los intolerantes. Me duelen los prejuicios que lo ahogan, que posan sobre sus ojos y su mente un fino velo de ceguera y cerrazón. Que cierran las puertas, que detienen los progresos, que acribillan de un tajo pero lentamente cualquier paso seguro hacia el futuro.
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Y también saben que no creo en partidos políticos. En ninguno. Me es díficil. Alguna vez lo escuché por ahí, y si no lo dijo nadie antes lo digo yo ahora: "El hombre es inteligente, sabio, fiel, un dechado de virtudes; la humanidad, en cambio, es la cosa más idiota que existe". Y es cierto. Todo está bien hasta que dos o más se reúnen a perseguir una causa corruptible. Porque, al modo de la ley de Murphy, la causa se corrompe, y en medio de la masa que por lo regular forman las uniones humanas -miren un video cualquiera de una convención nacional panista, priísta o perredista, y díganme si no es eso una masa que ni pa' tortillas- se olvidan los principios y se mimetizan los crímenes de lesa humanidad. La razón recula -ahí disculparán-, y en su lugar toma protesta como mandataria suprema la estupidez más absoluta. Así que los hombres en el poder podrían ser de cualquier color, y ese color sólo me generaría desconfianza. 
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Aún con esto, no puedo sino creer en las instituciones. Erguidas sobre políticas, la verdad es que la mayoría de ellas nos llevarían a fines supremos si tan sólo siguiéramos esas políticas. Sucede en la escala pública, con los partidos que viven de lo que los ciudadanos pagamos, y sucede en la privada, en las empresas -sí, como Pepe y Toño, dejen de atormentarme con eso cada vez que hablo de la iniciativa privada-, generadoras de empleos sin los cuales sería difícil pagar los impuestos que sostienen las instituciones públicas. Creo en ellas, aunque no en los hombres que las dirigen. Y aunque podría pensarse con cierta verdad que unas no existirían sin los otros, lo real es que las instituciones han sido formadas -y nombradas como tal- para aspectos mucho más productivos que el sólo funcionar: tenerlas nos da una razón, una meta por perseguir. Voy a ustedes con un ejemplo práctico: el IFE -ahora INE, cosa que no resta sino acrecienta su institucionalidad-, además de facilitar el ejercicio democrático a través de la práctica electoral, defiende la idea de la democracia misma y la abandera. El IFE-INE no es corrompible. Su gente sí. Pero el IFE-INE existirá más allá de la gente que lo integre, y sus ideales serán siempre los mismos, cambie de nombre o no, y su facultad de ser paladín de la democracia mexicana no se perderá aún con la sospecha de fraude, la cual, de llegar a un extremo, digamos, ensordecedor, no ocasionaría el fin del IFE-INE, si acaso cierto cambio de estafeta en los consejeros que lo trabajan.
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Lo mismo pasaría con el resto de las instituciones que hemos formado. Piensen en la secretaría de estado que quieran. En la figura del juez federal, del diputado, del senador, del oficial de aduanas, del presidente. Tras dichos sustantivos, podrían estar hombres sucios y hombres limpios por igual. Ninguna de esas posibilidades alteraría la institución que el hombre ocupa -nunca mejor dicho, a modo de ocupación-. Porque el hombre se irá, y dejará la curul, y otro en su lugar se sentará a ejercer la investidura después. Y la institución no se alterará un ápice. Éste es el ejemplo más claro para quienes no entienden la función del jefe de Estado vs. la del jefe de gobierno en los países europeos que aún poseen monarquías: el rey no es sino una institución, cuya representatividad no está en otra cosa que el pueblo mismo y sus ideales. El rey no ha sido elegido por el pueblo: representa al pueblo, es el pueblo. Y desde ahí, claro, ejerce un poder que no es otro que el de ser una institución del pueblo mismo.
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Cierto excandidato presidencial dijo alguna vez: "Si las instituciones no nos sirven, ¡al diablo las instituciones!" Y no bastándole un dicho tan idiota, pasó al hecho. Y cometió con ello un error garrafal: acusó fraude cuando había prometido respetar los resultados -faltando así a la suprema institución de su palabra-, ocupó las calles de una capital muy, muy, muy, extremadamente celosa de su patrimonio y luego armó un teatro público para autodeclararse "presidente legítimo", ignorando el hecho de que en México ese cargo no existe, pues la legitimidad va impresa en la institución presidencial per se. El resultado es el obvio cuando se pretende ignorar imitando la institución: cayó en el escarnio e hizo ridículo. Volvió a intentarlo un período más, y el resultado fue de nuevo tan fatal que el personaje aquí citado decidió volver al redil y fundó su propio partido. Sí, su institución. "Si las instituciones no nos sirven", debería ahora mi tabasqueño amigo -lo de amigo es un decir, no se me esponjen-, "es porque somos nosotros quienes debemos servir a las instituciones". Duh. Suerte para la próxima.
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Lo cierto es que este país no ha recorrido doscientos cuatro años de empuje independiente sin fundar instituciones. Miguel Hidalgo y Costilla fundó la suya, el México independiente, entre 1810 y 1811, y durante el resto del siglo XIX y el XX, otros replicaron, a veces con pasos gigantes, a veces con pequeños tropiezos, muchos más sumaron granos al costal. Y antes que ellos, Cortés y Nuño de Guzmán, fray Bartolomé de las Casas, Vasco de Quiroja y Motolinia, y aún antes que ellos los Moctezuma, Ahuizotl, Itzcoatl y Tizoc, todos pusieron en marcha instituciones que robustecieros los propios Méxicos que les tocó vivir. Dicen que los mexicanos traemos en la sangre el instinto de supervivencia. Los fanáticos de esta teoría citan sin piedad la anécdota histórica de las serpientes que habitaban Tezcoco en la época anterior al imperio mexica y que fueron devoradas por los migrantes aztlanos cuando recibieron dicha parte del valle como premio de consolación. Y yo la creo. Y también pienso que hemos comprendido que la forma más clarividente de asegurar la supervivencia de la raza está puesta en la construcción de instituciones que vayan más allá del hombre mismo, que confirmen la prevalencia de los ideales por encima de las ideologías. 
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Como México no hay dos. Lo dicen las canciones, y lo dice México mismo. Múltiples aspectos de su cultura han sido nombrados patrimonio de la humanidad, y muchas de sus instituciones, el IFE mismo, por ejemplo, han sido  reconocidas por su eficacia y productividad en el mundo entero. Yo veo en todo esto muchas razones para sentirnos orgullosos como ciudadanos de este país. Hay para los aguafiestas, claro está, muchas cosas que se necesitan. Hay en este país de luces una profunda oscuridad en la que muchos se mueven aún a ciegas. Hay hambre, y ésta puede ser el inicio de muchos otros males, incluido el olvido. Pero también hay esperanza. Estamos sentados en ella. La bebemos en nuestros ritos, la bailamos en nuestras fiestas, la dormimos en nuestras camas, la estudiamos en la escuela, la portamos en el corazón. El escudo nacional es todo él esperanza: en la búsqueda de una señal, el pueblo fundacional lo ha dejado todo y caminado con la certeza única de encontrar esa señal. No lo guía otra ambición, no está puesta su fuerza en nada más. Y su encuentro es dichoso y parte las aguas de la historia en dos. Eso, pensándolo bien, es lo que más me gusta de mi país: está fundado en la institución de la esperanza, y por la esperanza trabaja.
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Felices fiestas nacionales.
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¡Salud!

domingo, 14 de septiembre de 2014

Los vloggers del montón.


Recuerdo la primera vez que entré a Youtube. Buscaba alguna información relativa a algún videoescándalo -no sabría precisar si de índole sexual, social o política... y aunque lo supiera no se los diría, chismosos como son-, y de pronto di con una página de internet que ostentaba cientos, tal vez miles ya entonces, no lo sé, de videos subidos por y disponibles para muchísimos, todos los usuarios de internet. El año era 2008, y a mí me pareció entonces, con lo que apenas se vislumbraba como una idea original, sumamente genial, que eso cambiaría la forma en que todos nos comunicábamos hasta entonces. Luego llegaron Facebook, y Twitter, e Instagram, y todo el resto de aplicaciones comunicables entre sí y puestas a disposición de usuarios cada vez más frenéticamente ansiosos por recibir, captar, procesar y retransmitir información. Hoy, por ejemplo, a seis años de aquel primer descubrimiento mío, la palabra "compartir" se ha resignificado para quienes la usamos, en idioma español y en sus respectivas traducciones en el resto del mundo.
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Es precisamente "compartir" lo que Youtube más sabe hacer. No crea negocios, necesariamente, ni los fomenta, más allá del negocio mismo que supone, millonario seguramente, la venta de espacios publicitarios, bastante molestos para el que espera ver el video, hay que decirlo, en la introducción de la mayoría de los contenidos ahí dispuestos. Los millones de usuarios que lo utilizan día con día, dan y reciben lo que otros han puesto a circular en ese entramado de ligas, idas y venidas, que es el portal web. Esto, por lo menos, hasta que el dedo flamígero de la página recurre a la censura o saca de reproducción por asuntos relacionados con los derechos de autor y las restricciones que cada país posee para el acceso a determinados contenidos -restricción que aún no entiendo del todo, pero que a mí me reporta también el amargo y sordo sabor de la censura-.
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Con los años, un grupo de jóvenes -unos más, unos menos- alrededor del mundo encontró en Youtube el escaparate ideal para expresar lo que diarios y televisión jamás permitirían de otra forma, y en un formato mucho más acequible que el blog -yo, a la antigüita, ¿y?-, cuyo montón de letras muy difícilmente resultaría atractivo para los "chavos" de su generación -yo tengo 18 seguidores... pregúntenle a Werevertumorro cuántos tiene él, y lloren conmigo-. Y mucho más barato: no bastaba sino una cámara, de ésas que ya hasta los celulares traen, y algo qué decir. El éxito fue arrollador. De muchas nacionalidades, tal vez todas, los nacientes videobloggers -o vloggers, en la ascepción respectiva y apocopada del término, reducida tal vez por flojera como todo lo que suele usar mi generación- fueron llenando la página de sus opiniones, recetas y visiones del mundo, y con ello, sin duda, de cierta representatividad generacional que los medios de comuniación existentes hasta entonces no habrían podido proveer, mucho menos espontáneos y dirigidos siempre por intereses superiores como son, dónde cada color de escenografía, cada rizo de la presentadora y cada luz en cada foro supone un interés intrínseco.
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México no fue la excepción. Sin que pueda yo profundizar demasíado en cada uno de ellos, puesto que debo admitir no los conozco a todos, personajes como el ya citado Werevertumorro, Benshorts, Yuya, Caeli, Luisitorey, Héctor Leal, Gwabir y Misael, comenzaron a sumar visitas -y con ello vistas, miradas, observadores-, subiendo videos cada semana, algunos de ellos en forma diaria, expresando el sentir variado, diverso, amplio como México mismo, de toda una generación de todo un país. De Monterrey a Yucatán, los navegantes del internet tuvieron de pronto de dónde elegir quién les hablara de lo que, se entiende hasta por la edad y el idioma, les resultaba cercano.
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Pero esta clase de cosas suelen tomar rumbos diversos. La ausencia del control mediático, el hecho de que tras ellos no existiera una junta ejecutiva de pingüinos trajeados que dictara las órdenes y moviera las cuerdas, aunque benéfica en la libertad, abrió la puerta al caos y la pérdida del camino. Todos, sin importar cuál ustedes nombren  o pretendan defender de lo que diré a continuación, todos, hasta los que podrían haber tenido inicios interesantes y formas inteligentes de expresión, todos rayaron ya en la imitación, el absurdo, la comicidad ridícula, la superficialidad y, en muchos casos, el inaudito brinco a la televisión. Sus argumentos y motivos pasaron de lo elaborado a lo hecho al vapor, y aunque muchos de ellos alcanzaron con el tiempo ciertos avances técnicos que dotaron de luz -en algunos de sus casos literalmente- su trabajo de filmación, todo parece indicar que mejor hubiera sido que siguieran grabando con la misma camarita rezagada o el celular de baja definición, que abandonar la sencillez y la naturalidad en pos, supogno yo, de likes y vistas. 
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La pérdida es lamentable. Hoy, sin dar nombres, editan para echar a perder y hacen colaboraciones conjuntas grabadas en cuatos de hotel de las que difícilmente se puede extraer algo más que ideas de juegos de borrachos para replicar con los propios amigos el viernes por la noche. La comunidad que forman pudo haber sido utilizada para fines mucho más provechosos, para comunicar ideas más efectivas, más nutritivas y esperanzadoras que lo que sucedió en la última entrega de tal o cuál premio televisivo, la última blusa que compré, mi combinación de Starbucks favorita o el último reto al que han sido llamados los usuarios de la web -cítese condom challenge, ice bucket challenge, habanero challenge, don't speak challenge, y un largo etcétera igual de inútil y superfluo-. No hay forma, creo yo, en que un joven medianamente inteligente pueda decir con orgullo encontrar representatividad en ese puñado de pena que llena Youtube ahora. 
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Lo siento por la pérdida de la oportunidad. Al hacer prácticamente suyo el nuevo medio digital, los vloggers pudieron generar la diferencia. No necesariamente política, como lo hizo #Yosoy132 en las elecciones de 2012, pero sí social, humana, generacional, en némesis necesaria a las fuerzas oscuras y generadoras de chospesosismo que mueven el resto de los medios masivos, y que mantienen en la ignorancia a la mayoría poblacional, discurso sobrado, agotado, pero que errores garrafales y dolorosos como Sabadazo o La rosa de Guadalupe renuevan y restriegan. Al inicio, Benshorts promovía causas sociales, instaba a sus videonautas a romper la burbuja y arriesgarse al mundo, cosa que él hizo en un programa de mobilidad estudiantil durante uno o dos semestres. Werever... y Caeli colaboraban con instituciones de ayuda humanitaria a favor de niños sin acceso a estudios. Hoy, se ponen máscaras de burro y ríen estrepitosamente, firman autógrafos multitudinarios, acuden a fiestas organizadas por compañías tequileras y hacen convenciones para hablar de nada. Ver para creer. Ver para sufrir.
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Mención aparte merece la creación de un personaje. Gwabir, el vlogger yucateco que a imitación de los grandes ha hecho de su propia imagen un negocio -vende playeras con su nombre y una alegoría de su copete... éxito total-, dio a luz a una parodia de su propia madre, una mujer yucateca a quien nombró simplemente Mamá de Gwabir. El acierto está en lo que tal vez todo el resto de sus compañeros deberían intentar: dejar la farsa y la mala imitación, y abrazar por completo el humor paródico, creativo e inteligente que supone la formación de un personaje con sus propios gustos e intereses, y su muy certera proyección de su propio universo personal, también fabricado, claro, en la pantalla. Si ya han abandonado la apuesta por la inteligencia humorística, al menos todos ellos harían muy bien en abstenerse por completo del intento y en sus lugares generar con inteligencia y tino personajes cómicos. Como los grandes, distancias aparte: Charles Chaplin, Cantinflas, los hermanos Marx, Tintán, Mara Escalante. Es el único camino digno que les resta, para el circo sin ritmo en que se han convertido.
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¡Salud!

Away we go.


Es un hecho que entre dos que se ama, existe un universo. Se crea, casi espontáneamente, cuando sus almas conviven en armonía y construyen algo que no es sino sale de sí mismos. Sobre lo que proyectan, funciona un tercer organismo que ambos alimentan con lo que, eso sin duda, los ha construido y los trae hasta el momento en que están juntos. Cuando a ese universo se suma un bebé, estamos ante cuatro creaturas, todas ellas, sin importar la edad, en continua formación. En continua búsqueda, ¿porque qué otra cosa es la vida sino un buscar sin fin? Pregúntenle a sor Juana, Borges o la coronel Irina Spalko, cuyos respectivos descubrimientos de la inasequibilidad del total del conocimiento universal les llevaron la vida en ello.

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A este conjunto de asuntos mayores, súmenle una película de viaje (road movie, dicen los vecinos de arriba), y lo que obtienen es una magnífica pieza que todavía ahora, tiempo después de haber apagado el televisor, me sigue llevando a conclusiones bastante lúcidas. Se trata de Away we go (aka -amo este término-: El mejor lugar del mundo -por lo regular amo el "aka", pero odio lo que le sigue... los mismos intentos hispanistas que nos legaron al "Pato Pascual", "Mimosa la ratona" y "Pedro el malo"), la penúltima cinta del laureado Sam Mendes, el mismo sujeto, me dicen mis informantes, que nos trajo la muy adorable -cruda, seria, formal, crítica, terrible si quieren, pero adorable- American beauty (aka -lo amo, en serio-: Belleza americana). 
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Debo admitir que cuando comencé a verla, pensé estar ante una chick flick de lo más coqueta, y eso, un domingo cualquiera por la tarde, puente festivo, nada de ganas de pensar, me resultó de lo más seductor. El pensamiento no vino de otra cosa que los dos rostros protagonistas en pantalla: John Krasinski y Maya Rudolph, a quienes hemos visto respectivamente en clásicos de la vida galante como Dreamgirls, la serie The office, Saturday Night Live -ambos dos-, Bridesmaids (con este título, el aka se luce: Damas en guerra -pffff-) y Grown ups, todos, ya lo ven, clásicos de la altura cultura anglosajona en los que Judi Dench y Maggie Smith no aparecieron nada más por no encajar en el target -este... seh-.
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Pero conforme la cinta avanzó, entendí que yo estaba en un error y debía arrodillarme y pedir disculpas. La pareja de personajes, que espera su primogénito, descubre que ha estado haciendo malos planes en torno a la venida -?- al mundo de la creatura -¡ah, vaya!-, y, con el sólo interés de buscar un lugar conveniente para que nazca y crezca, de preferencia cerca de algún conocido en común o pariente, emprende un viaje, o muchos viajes, que los llevan de un extremo a otro de su país, e incluso a cruzar fronteras. Lo que resulta es una cómica pero muy inteligente parodia de las formas de vida norteamericanas, y un retrato, me parece a mí, bastante digno de sentimientos humanos muy humanos: el miedo, la inseguridad, la insatisfacción, el vacío, la esperanza y el amor.
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Como en toda road movie -ou yea-, los protagonistas, Burt y Verona -Verona es la mujer, por si los nombres en sí mismos no les decían nada- enfrentan múltiples controversias y sobresaltos -me encanta cuando uso palabras de periodismo de los años treinta-. Una chinga, pues, para que les quede más claro. Descubren que la mayoría de sus parientes y conocidos están tremendamente locos -la locura es relativa, pero aquí se vuelve regla-, o tremendamente deprimidos -la depresión no es relativa. Absténganse-. Que, aún sin trabajos estables, ni carros, ni casas, ni patrimonios qué ofrecer a su futura hija, ellos parecen ser para ella los mejores padres posibles, los únicos que, desde y por el amor, han superado la crisis de los treinta y aceptado de buen gusto las consecuencias que implica entregarse sin demoras a lo más peligroso que tiene la vida: vivirla.
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Mención aparte la extraordinaria y muy anilloaldedo actuación de Maggie Gillenhal... Gyllenjal... Gyllenhal... la hermana de Jake Gyllenhal... Gyllenjal... Gillenhal... la protagonista de Batman, el caballero de la noche, en el papel de una muy peculiar madre tántricaespiritistaterapistaalternativamamásincarreola, obsesionada por los caballitos de mar y la cópula alternativa -no me hagan preguntas, nomás véanla-. 
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La dirección de Mendes, que no le resta en nada brillo a cualquiera de sus trabajos anteriores -bueno, bueno, American beauty es la joya de la corona, yo lo sé, pero en Away we go también hace soberbia gala de sus dotes artísticocreativas-, y la actuación de la dupla Krasinski-Rudolph -a quien por cierto deberían buscar en Youtube en una de las mejores parodias, que no imitaciones, ojo, que he visto de una cantante, en este caso Beyoncé Knowles- toma valor propio al hacer suyos dos personajes absolutamente inadaptados que construyen una pareja amorosa y fenomenal basada en el asunto mismo de su inadaptabilidad, porque los une el amor y la decisión mutua de acompañarse, en un mundo cuyos habitantes podrían agobiar y friquear a cualquier par de padres primerizos.
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Pensé en La Mayordemishermanas, que ahora espera, con la Fer aún en brazos pero ya dictando el destino de las naciones -ya la vi, con bigotito y gorra militar, parada en su podio recibiendo salutaciones, a mi tercer sobrino. Pensé en ella, y el panorama de cambios y altibajos que el primer encuentro con la maternidad supuso para sus veintiséis años, hace tres. En el miedo que había, pero la esperanza que significa el acceso a ese misterio que ha sido siempre para el hombre la generación de la vida. Luego el miedo se va, y uno comprende, al abrazar a la sobrina, al verla dar sus primeros pasos y caídas, y luego al poder sostener una conversación más o menos humana con ella -todavía a veces me hace trompetillas, pero ya estamos trabajando en limar las diferencias entre su priísmo y mi peteísmo -no-.
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Sí, hace ya tres años que les avisé del nacimiento de Fernanda y Rafael. Sí, siéntanse viejos. Pero vean Away we go, y crean poquito en las posibilidades del amor dentro de la desesperanza. Pero sí, también siéntanse viejos.
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¡Salud!

martes, 9 de septiembre de 2014

En amor a la verdad.


No hay nada como la honestidad. Sí, hasta por su doble cara: puede apestar, y puede ser adorada, necesitada, requerida como pueblo mexicano al estímulo fiscal -yo todavía no pido el mío... y no sé muy bien si lo den por bailar-. Y como todo lo que guarda una dualidad, la honestidad es vista con extrañeza por el público en general. Le sucede como a Gloria Trevi en sus inicios, cuando, recordarán, le daba por colgarse de las camisas de los señores en el público: todos hablamos mucho de ella, la censuramos, a veces la aplaudimos, pero de cualquier manera no podemos dejar de dirigirle la mirada.

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"La verdad os hará libres". La frase, escrita hace milenios, cobra hoy día un sentido fabuloso. Con el paso del tiempo, la universalidad de la honestidad no sólo no ha perdido vigencia, sino se ha renovado. Es una regla atemporal: la verdad y la basura siempre flotan. Manejarse con ella, guiar bajo su ruta la mayor cantidad de actos posibles en el día a día, garantiza no siempre resultados deleitosos, pero sí favorables, resultados de verdad. Quien es honesto gana más de lo que el gandalla toma, pues a la larga el gandalla cae y el honesto, si bien no avanza, tampoco retrocede.
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Uno de los grandes rezagos que tiene mi país, éste México que está cumpliendo ya en unos días 104 años de vida independiente -es un decir, ya lo saben ustedes, pero es un bonito decir-, está en el asunto del ser honestos. El asunto de la violación originaria, del engaño primigenio, está aún tan metido en nuestra sangre, que la honestidad es vista como otra forma más de abrirse al mundo que sólo quiere engañar, de "ponerse de pechito". Quien es honesto, diría la vox populi, siempre pierde. La estrategia del triunfador está puesta en ser opaco pero venderse con bondad. El león bajo la piel de oveja. La doblecara que garantiza el éxito a costa de lo que sea. Porque claro, de lo que se trata es del éxito, que no está puesto en otra cosa que el reconocimiento general. Y el éxito mayor es ser deshonesto, ganar por ello y continuar en el intento.
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Por eso es que, en la medida de lo posible, busco aplicar en mi vida la honestidad como muralla y guía. No soy perfecto, ni aspiro a serlo. Como todos, he elegido en ocasiones la mentira, y me he disfrazado de ella sagazmente. Pero no puedo decir que el triunfo que ha traído el acto gesticulador me ha durado mucho tiempo, ni que ha sido disfrutable. La verdad es que las únicas elecciones de cuyos resultados, favorables o desfavorables, me he sentido auténticamente orgulloso, son las que he hecho desde, por y para la prevalecencia de la honestidad. Ser honesto, quizá también por su complejidad, ha sido siempre mi acto mejor realizado, el que más energía ha dispuesto y sobre el que puedo verme reflejado con mayor intensidad. 
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En el último año, la opacidad ha rodeado mis días. Siento en ocasiones que soy el portador de una luz diminuta en mitad de un mar de tinieblas que se ciernen sobre lo que me rodea y lo desaparecen. Ha habido en tantas ocasiones poca claridad, tanta mentira, que uno ya no sabe si está decidiendo bien, o lo correcto sería pasarse al lado oscuro -ay, no mientan, sintieron mello-. Y entonces decisiones como las de hoy, en que juego claro y pongos todos los puntos sobre las íes, me hacen entender que el camino correcto, pese a lo que estén haciendo otros a mi alrededor, está y estará siempre en abrir las puertas y dejar entrar la luz a raudales. A mí que me esculquen. Y si encuentran algo que no sea lo que soy, que no venga de la verdad, que sea deshonesto o juegue sucio, que la Nación me lo demande.
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Porque supongo que también es inevitable. Otros buscarán jugar siempre a media luz para que uno no sepa dónde quedó la bolita. Duele, es cierto, descubrir que otros se han escondido tras la mentira. La cacería realizada por leones disfrazados de corderos es doblemente castrante: primero porque implica superar la sensación de haber sido engañado, y segundo por el rastro de sangre que deja tras de sí. La pérdida doble sólo tiene garantía en un hecho igualmente ineludible: no hay nada que nos diga que con el paso del tiempo la verdad no prevalece. Su vocación por la luz, y el hecho de que no son las tinieblas otra cosa que ausencia de luz, nos da a pensar que no existe un acto humano perdurable en la mentira. Las buenas acciones, las que provienen y buscan el amor -no en el sentido mercadológico y sentimentaloide del término, sino en el real, intrínseco, verdadero incluso: esa fuerza motora opuesta a la muerte que supone el triunfo y la elección de la vida-, no pueden vivir en la mentira.
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Piénsenlo bien. Hoy, mi orgullo está en la honestidad. No la predico con la voz: la busco con el ejemplo. Es una lucha constante, que implica también romper un poco con los mitos que nos han formado, las cosas inservibles que otros han puesto sobre nosotros con una etiqueta sobrepuesta que dice "identidad". Arránquensela. La advertencia es clara: las consecuencias podrían ser favorables. En honor a la verdad, mis manos están tan limpias como es posible. Sin malos entendidos, sin engaños ni incertidumbres. Ah, respiro. ¿Y usted qué tal durmió?
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¡Salud!