jueves, 28 de agosto de 2014

Gratitud con uno.


Cuando El Edgar, terapeuta de reciente adquisición -iba a escribir "de modelo reciente", pero no me atreví porque ya no sabe uno... Uno ya no sabe-, me lo dejó de tarea, admito que tomé muy a bien que lo hiciera previa advertencia directa: "no soy un terapeuta convencional". Pos no. ¿La idea? Ahí les va, nomás no se vayan a reír: hacer una lista de las cosas que me agradezco a mí mismo, leerla frente a la cámara -grabarme, pues, como si eso del autovoyeurismo (no) fuera cosa mía- y luego ver la grabación generada, si quiero, hasta en hometeather, tercera dimensión y permanencia voluntaria.

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Se trata, dijo, de convocar a la gratitud, que se tiene como costumbre en este baile, pero enfocarla a quien seguro, al menos en lo explícito, nunca he agradecido nada: mí mismo. ¿Ya lo pensaron? Les doy cinco segundos más, 5... 4... 3... 2... 1... ¿Ya? ¡Ya, oigan! Ni que fuera feria! El asunto es realmente simple, risible si se le mira con detenimiento: una lista y un video, listo, nos vemos en dos semanas, sayonara, mucho gusto.
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No. Esta peludo. El ejercicio requiere pensar en uno mismo un poco por separado, pero no desligarse del todo, y en mitad de la "autoseparación" -una más pa'l año, una más -, voltear de súbito y darse un abrazo. Recordarse lo valioso, apreciarse lo trabajado, fotografiar lo construido, venerar lo irrepetible. Y lucir un poco, sin temor a pecar, un traje reluciente de egolatría y presunción.
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Conozco a muchos para quienes un ejercicio así sería relativamente sencillo. Incluso cuento entre mi círculo más cercano con quienes apenas leyendo esto ya están salivando a litros. Ni qué decir. Cada quien sabe que tanto se asume en esta vida. Yo, para terminar la lista, tuve que armarme de valor, mirar en retrospectiva y darme un clavado en el patio de maniobras -con alberca de pelotas, a veces rebasada, incluida- que es mi vida. Entrar al museo y cerrar la puerta al público en general. Mirar mi universo, mi línea del tiempo, y darle una hojeada lo mas honesta posible al fluir de mis 26.
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El resultado es supremo. Estoy en sesión de maquillaje previa filmación, y sigue enterneciéndome el guión con cada nueva lectura. Me parece digno de la mano de Dios, y lo veo a él, y a las buenas cosas, en cada frase. El guión, es cierto, agradece no sólo las cosas felices. En un esfuerzo de reconciliación sin precedentes, mi lista de autogratitud reconoce la enfermedad y la oportunidad que me di de salir de ella -comiendo, nada menos-, los abrazos decididos que le he dado a la vida, las veces que perdido el rumbo me he obligado a parar, observar, renunciar y retomarlo, y las veces en que, a veces sin saber por qué, le he dado al futuro un guiño y una oportunidad.
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El sujeto al que agradezco aparece entonces súbitamente ante mí como un enamorado del vivir. Un hombre que me ha regalado el esfuerzo y la pasión, en muchas mas dosis que las que me ha otorgado, hasta en inútil bandeja de plata, cualquier otro ser humano. Soy yo mismo, y nadie más, quien mejor ha elegido por mí y a mi favor, lo cual, claro está, me merece un aplauso y una reverencia. Tal vez sin pensarlo, sin proponérmelo ni un poco, he hecho las cosas bien. Las personas a quienes he dado la bienvenida y las que he obligado a partir, las cosas que he tomado y las que me he obligado a soltar, los momentos que he buscado y los que me he esforzado en rehuir, todo, religiosamente, me ha llevado a dónde estoy. Mejor, sin duda, de lo que pudo haber sido caminando en sentido contrario. Abrazarme en la gratitud fue reconocerme y alientarme, y el resultado decantado no es sólo paz y dicha, sino un muy noble sentido del trabajo bien hecho. Muy bien hecho.
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Ahora voy a grabar. Supongo que mirarme agradecerme resultará un poco esquizofrénico. Me esforzaré por creermela sin que se me suba. No garantizo nada. Mi advertencia final es tan clara como la de El Edgar: háganlo ustedes también, pero bajo la supervisión de un adulto -sí, el adulto puede ser usted mismo... Total, si ya estamos en la esquizofrenia -. Ahí luego me cuentan qué encontraron. O qué perdieron. El punto es nunca dejar de buscar.
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¡Salud!

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