miércoles, 20 de agosto de 2014

El fallo y la derrota.


El duelo más duro es el que no se elige vivir.
Ante él, sólo se siembra el miedo y la desesperanza.
Pero ante él, también, se prende siempre la luz más nueva.
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Es una verdad que la vida nos enseña con regularidad -y las más de las veces, con mucho dolor de por medio-: todo sistema está sujeto a fallar. No existe organización, estructura o andamiaje, que no sufra, con el paso inclemente del tiempo, daños irreparables. Lo ve uno en las casas, máquinas y edificios, y lo ve uno en las relaciones. Lo ve uno en el corazón. Y cuando al paso inclemente del tiempo se suman dos o tres apretones de cuello, la cosa se pone morada, y morado no es precisamente el color de la vida -y ya no hablemos del verde, que es pasado de rigor mortis-.
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Y duele más, dicen los que saben -mis informantes no, que ahora ya trabajan para agencias federales de investigación y andan de un alzados...-, cuando lo que se pierde se ama. Cuando el fallo se da en el interior de una estructura emocional que construyeron a sudor y sangre dos personas que se amaron con todas las de la ley, sobreviene un cataclismo en que hay que evacuar, cerrar a la circulación varios kilómetros a la redonda, proclamar alerta nacional, activar las alarmas y, para resumir motores, salir corriendo. A la Chernobyl, cuando algo se rompe en mitad de lo que se amaba, no queda más que esperar lo fatal y correr a esconderse dentro del refrigerador -true story-, rogando al Cielo porque la radiación no le afecte a uno los genitales -?- ni incentive el afán cancerígeno -muy moderno, muy de moda ellas- de nuestras células. Porque sí, también con la explosión de la estructura de los que se amaron, sobrevienen cánceres mucho más agresivos -y difíciles de sanar- que los que se tratan con quimioterapia.
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Y uno se encuentra entonces -nótese cómo me gusta iniciar los párrafos con la referida y popular conjunción, cuando durante cinco años de licenciatura los profesores se cansaron de repetir que eso está penado, mal visto y censurado hasta por La Haya-, se encuentra uno entonces, decía, parado en mitad de la calle, semidesnudo, un sábado cualquiera por la tarde, mirando el edificio que se cae, sin saber uno si lo pertinente es correr a levantar lo que se pueda o quedarse dónde está a ver la llama arder con ganas. Parado ahí, con el corazón destrozado y muchas ganas de culpar a quien se atraviese -el gato, el perro, el arquitecto-, uno ve los residuos flamear y se pregunta tantas cosas, se llena de tantas y tantas dudas, que se va a dormir durante mucho tiempo con la cabeza hecha un tormentón.
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Lo ame. Me cae por entero como verdad que lo amé con ganas. Puse para él, sobre la mesa y a entera disposición, un convite como no han visto ojos humanos jamás. Y comió, lo hizo con ganas, y repitió plato una y otra vez. Y tanto le gustó, que salió a buscar otros platillos, otros sabores, otras carnes... -if you know what I mean...-, porque mi servicio le abrió el apetito y le sembró la duda, le retumbó el resquemor.
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Esto mismo, sin embargo, lo dirá todo amante despechado, que ve la mesa ser abandonada en tropel sin que haya para eso explicación elocuente, lógica absoluta, necesidad preclara. Pero es también enseñanza sincera y recurrente de la vida: hay cosas del corazón que la razón no entiende -y duele, y duele, y duele... Fui fan de Fey en mi niñez. Favor de no juzgar. También ahí hay dolor. No le muevan. No. Sigan leyendo. Así. Muy bien-. Pero lo cierto es que hoy lo digo yo, y lo confieso con todo el dolor desde el cual el corazón me dicta, y eso, el hecho de que sea yo quien lo vive y yo quien lo habla y narra, lo hace absolutamente auténtico y original.
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Agotada la esperanza, abierta la ausencia como una llaga que arde, la reacción inmediata del que ama es llenar. Pone uno, desesperado ante el agujero que se afronta, manos, tripas, corazón y hasta electrodomésticos, consiguiendo sólo hacer el hueco más grande. No hay, dicen también los que saben, nada que lo llene. La única opción, que se afronta como un trago amargo frente al cual no hay escapatoria, consiste en beber hasta la última gota, apurando lo más posible el vaso para que el proceso acabe pronto. Tan pronto como sea posible. Y, si bien el agujero nunca cierre, sí se construyan vialidades eficentes que lo bordeen. 
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No queda más que seguir caminando. Su pérdida es tan irreparable como deseable. Cierra una puerta, la del amor vivo y fuerte que nos tuvimos, que supimos construir hombro con hombro, y abre otra, la de la soledad y el campo abierto. Él ha tomado una decisión que compromete las estructuras básicas sobre las cuales estuve construyendo mi persona en los últimos cuatro años. Grave error táctico cuya estrategia tendré que replantear. He aprendido. No sé cómo, ni a qué grado, pero he logrado abrir los ojos y entender, golpe de por medio. Ni modo. Habemos quienes necesitamos dureza para comprender la lección y despertar -y habemos quienes decimos malamente "habemos"... y "malamente"-. Lo que queda, desde ya, es construir sobre y a pesar de el dolor. No será sencillo. La apuesta, de hecho, se antoja como una hañaza de imposibles. Pero bien decía Einstein -dicen que decía, porque cómo somos amantes los hombres modernos del aforismo mal referenciado-: Los imposibles existen hasta que se intentan -nótese que como dudo de la cita no le pongo paréntesis. Total, como sí dijo Elena Poniatowska: "Y si no lo dijo él, lo digo yo". 
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No puedo decir que le deseo lo mejor. La verdad es que eso es labor de valientes. Todavía más osados me parecen ahora quienes siguen teniendo una amistad una vez que el derrumbe ha llenado de polvo el panorama. Osados, aventurados y desvergonzados. Allá ellos. A mí, el corazón que se protege y comienza a autoremendarse, me impide hoy por completo pedir suerte para él. Y mucho menos para quien lo acompaña -otro osado, seguramente, que no merece mi saludo ni mi respeto... tómenlo de quien viene-. Una parte de mí siente que jugó sucio, que hizo cosas que no debía y que no aceptó lo suficiente su responsabilidad. Que no entendió ni quizo entender nunca. Que fue desleal, y descortés, y transparente, cuando yo me esforcé en todo momento por cuidar precisamente eso para él. Otra lección más que viene en oferta armada con el dolor: sin importar qué pase, jala siempre agua para tu molino. De otro modo, pasada la alta del río, serás el único sin harina y con trigo duro -duro...- a lo largo y ancho de la comarca. Bien decía Quevedo: Ande yo caliente, y ríase la gente.
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Hoy, entonces, les pido sólo un minuto de silencio por lo que fue. Por el magnífico edificio que estaba todavía aquí hace un tiempo, y que hoy ha sucumbido a la sordera, la insatisfacción y el desencanto. Al miedo, a la cerrazón, a la cobardía. Un minuto de respeto por la obra magestuosa que dos hombres hicieron para vivir en ella, y que fue casa, hogar y santuario mientras trabajaron porque así fuera. Que les dio cobijo, y habitó con ellos. Sembrada hoy la distancia, abierto el cráter, lo que queda no admite más homaneja que la soledad y el derramamiento de lágrimas. Con la esperanza al futuro, ciertamente, como bien dice la Biblia: "Al ir iban llorando, llevando la semilla. Al volver, vuelven cantando, cargando las pajillas". 
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Un consejo, si atraviesas esta misma situación mientras lees éstas líneas: aguanta. Me lo dio hace poco El Gerber, amigo experto en huracanes y ciclones del corazón. Y me lo dijo tal cual: "No puedo darte mejor consejo, ni otro que te sirva. Aguanta, sólo aguanta". Aguanten, pues. Respirar ya es ganancia. Prometo, eso sí, cuando ya haya bajado la marea, hacerles aquí una listilla de las cosas que funcionaron. Hoy, respirar y eso, aguantar la llovizna, son las dos únicas alternativas. Bien decía Brozo de su reportera estrella: "no es lo mejor, pero es lo idóneo". No hay de otra. Qué le vamos a hacer si aquí nos tocó vivir. Y bien lo dicen las abuelas: "Mientras haya salud, mijo, lo demás..." -y yo, la verdad, siempre he querido saber qué es lo demás... Cuando me informe les hablo. No me marquen, les marco-.
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¡Salud!

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