martes, 18 de febrero de 2014

El Ingeniero Ilustre


Don Matu descansa ya entre los Ilustres. Lentos como son los encargados de la administración de los asuntos públicos en esta ciudad de azoteas soleadas y canteras descaradas, tuvieron que pasar doce años desde su fallecimiento para que alguien, seguramente alarmado por los espacios vacíos entre las estatuas que adornan el perímetro de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, se animara a levantar la mano y proponer al ingeniero Jorge Matute Remus como un digno ocupante del mausoleo que, vea usted nomás qué ironía, ocupa el centro geográfico de Guadalajara, México -si les digo que no es esto un panteón nada más porque a los tapatíos les da un pavor tremendo eso de andar pisando muertos...-

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Eso, a mí personalmente, dueño de este espacio de letras y chácharas que es también suyo si ayudan con los gastos, me tiene muy contento. Leí la noticia hoy por la mañana, y no pude menos que dar tres palmadas en un acto de franca y repentina emoción, aun con la mirada sorprendida y risueña de la cajera del 7 Eleven que estaba esperando que diera yo vuelta a la página para, caritativos como son en la entidad comercial que ella representa, cobrármelo al grito de: "Ya lo arrugó, también se lo va a llevar, ¿verdad?" 
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Y no es para menos. Miren que yo no aplaudo de emoción tan repentinamente, y menos siendo observado por una mujer que, a esas alturas de la mañana y después de su turno nocturno, seguramente lo que quería era dejar de estar viendo aparentes borrachos mayugarle las noticias diarias y largarse a su casa a abandonarse a los caprichos de Morfeo. Aplaudí porque aprecio la inteligencia, la considero un tesoro invaluable, destinado a perdurar, y aprecio que quienes mueven los hilos desde ayuntamientos y gubernaturas, la reconozcan también.
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El ingeniero nació en Guadalajara, el 17 de febrero de 1912. La carga de sus afectos hacia la ingeniería civil no se daría sino hasta su juventu tardía, debido a que en sus primeros años debió trabajar en asuntos varios con el fin de sanear y afianzar la economía del hogar, debilitada tras la Revolución. Terminados sus estudios en la materia, Remus se tituló como ingeniero civil con una tesis basada en su intervención en la edificación -pura -ción, tanta alitera-ción es un foco rojo que me dice que ya me anda en quema-ción el cerebro...-ción- del puente sobre el río Coy, en la Huasteca Potosina, en 1935. Desde entonces, lo suyo fue trabajar por la visión de ciudad que poseía, sí, aunque ahora sea difícil de imaginar, sobre la Guadalajara de la primera mitad del siglo XX.
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Su visión incluía un sistema de transporte colectivo parecido al que hoy posee la ciudad de México, y al que los tapatíos sólo han podido anhelar con el suspiro eterno -ahí la llevan. Yo creo que tres millones de suspiros más y ya les ponen un torniquete-. Su genialidad cruzó las fronteras del tiempo, y el ingeniero, mirando a un futuro mucho más lejano que el que es ya nuestro presente, pensó en Guadalajara, muy por encima de otros hombres de su tiempo, como un ente vivo que requeriría, pasados los años de su vida provinciana y recatada, muertas sus mujeres de ojos famosamente hermosos y desaparecidas sus bicicletas y plagadas sus rosas, sistemas de seguridad, transporte, comercio y provisión de bienes y servicios muy superiores a los que la capacidad de acción de quienes después de él tomaron la estafeta ha podido alcanzar.
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Para el altar, dos milagritos: don Matu fue el orquestador de dos grandes obras sin las cuales la vida moderna -es un decir, ni se me encimen- de Guadalajara sería no sólo un caos, sino una imposibilidad, el Sistema Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado, que incluyó la titánica obra de canalización del agua del lago de Chapala para surtir con ella las necesidades de la capital del estado, y la entonces llamada Facultad de Ingenierías y Técnicas de la Universidad de Guadalajara -álma mater mía sola, siempreee solaaaa, que el "inge" encabezó como rector en los cincuenta del siglo pasado-, que agrupó y edificó facultades y escuelas que después se convertirían en los centros universitarios de Ciencias e Ingenierías (CUCEI) y de Ciencias de la Salud (CUCS), cuyas puertas, no bastándole tanta movedera en un Jalisco que prefiere mantener las puertas cerradas y mirar desde las celosías, abrió para todos los estudiantes del país, provenientes de escuelas públicas y privadas por igual.
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Por eso lo conocemos quienes, aún a doce años, seguimos sintiendo que a esta ciudad malamada le tiene la Historia una deuda millonaria e insaldable de hombres como el "inge". Viéndolo bien, Guadalajara ha tenido apenas un puñado, algunos de los cuales descansan sus restos en la Rotonda, desde la cual hoy don Matu, feliz seguramente, comparte espacio con otros genios de la obra, la visión y la creación, como Luis Barragán y José Clemente Orozco, cuyas líneas, mire usted qué coincidencia, también han poblado y dignificado el paisaje urbano de esta ciudad que tiene aún la manía de ser trascabo suicida que entra por la puerta delantera y derrumba su propia historia. En un estado que, mire usted de nuevo qué coincidencia, es regido por diputados que prefieren entregar reconocimientos a nombre de todo el estado a cantantes como Vicente Fernandez, levantando la misma mano que bajan para negarle su estatua y su nicho en la Rotonda a nombres como Juan José Arreola o María Izquierdo... ahí nomás de esa talla. True story, by the way. En fin.
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Por eso que un Godínez cualquiera alzara la mano y dijera: "¡Ey! ¡Pst! Nos falta don Matu", es digno de mi aplauso -hasta por lo raro del momentáneo avispamiento- y mi reconocimiento -ahora empecé con los -miento. Si les digo que ando frito-miento-. Que la mitad de las noticias que uno encuentra sobre la ceremonia de depósito de sus restos en la Rotonda incluyan críticas y menciones en tonos sumamente preocupados a lo catastrófico que se puso el tráfico en la zona debido al cortejo fúnebre, que se quejen tanto los tapatíos -que verán ustedes, ya a estas alturas me tienen rodeado-, resulta indignante por impropia, por grosera e ignorante. A don Jorge Matute Remus Guadalajara le debe mucho más que la hazaña del traslado, sin destrucción alguna resultante, de 12 metros de un edificio entero, el de la compañía Teléfonos de México, labor hoy convertida en leyenda por los aurigas de calandrias e inmortalizada por un escultor cuyo nombre no han podido traerme mis informantes en la ingeniosa estatua que se recarga hoy día, a modo de homenaje, sobre la pared frontal de la construcción que, a fuerza de balines e ingenio, don Matute consiguió trasladar para lograr la ampliación de la avenida Juárez. Guadalajara le debe a este hombre, que les quitó nomás dos horas de tráfico fluido -algo que los tapatíos no quieren ver, pero que se les viene encima más fuerte que un alud, es que en Guadalajara ya no existe tal cosa como "tráfico fluido"-, a este genio que hoy habita ya en su centro, y que mira la calle desde otra estatua, ésta sí obra del escultor Carlos Terres -mis informantes traen nomás la mitad de la cara dormida-, con todo y planos en mano y lentes de marco grueso, su visión de ciudad y su intención -demeritada con los años y las malas acciones generales- de ir más allá de sus posibilidades y trascender como una urbe de vanguardia. Guadalajara le debe gran parte de lo que aún la mantiene viva en su presente.
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Así que arrodíllense ante el grande, y de paso, si les queda cerca, pásenle al centro a echarle una vuelta a un ingeniero que, como un buen doctor atiende con honor al paciente, o un buen abogado facilita la justicia a su defendido, supo hacer de la diagonal, la paralela y la matemática magia verdadera y funcional. Una mente que no verá otra vez esta ciudad, y a la que estará por siempre en deuda. Pásenle, visiten a don Matu. Creyó en su ciudad mucho más que ustedes, y la amó hasta consagrarle el producto de su lucidez. Y ya luego sigan pidiendo porque se hagan aquí las novelas de Televisa, los premios MTV, los Panamericanos y demás obras de beneficio indiscutible -?-
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¡Salud!