sábado, 4 de enero de 2014

Sobre el hambre y sus juegos.


Sé lo que van a decirme: "eres un licenciado en Letras, y que un licenciado en Letras hable bien de un best-seller, equivale a pensar que es esperable que un químico alabe y se hinque ante la composición de los Selz soda". Y tendrán razón. Tendrán razón porque no es esperable, no es deseable, no está bien visto, y yo mismo he atacado, si no al menos diseccionado con discresión e incredulidad, varias de las sagas que, porque ya se va haciendo moda también leerlo todo en partes, han invadido a las generaciones actuales de lectores. Hablé de Harry Potter en alguna ocasión, y puse a sus fanáticos en entredichos muy rígidos, haciendo que casi salieran regañados de este Baile. Y años más tarde, con ese mismo tono fatalista, arrastré sin piedad las actuaciones de los intérpretes de los personajes cinematográficos de Crepúsculo, cuya primera entrega me fue suficiente para no volver a poner un quinto en la taquilla de ningún cine con la clara y deleznable intención de chutarme aún más horas de caras a punto del vómito, diálogos bobos, dramatismos ridículos y rostros inexpresivos. Y ahora, miren nada más quien viene con la cola entre las patas, traigo en mi mochila Los juegos del hambre, y me uno así a los miles de jóvenes lectores que, alrededor del mundo, le han dado una semana de sus vidas a Katnees Everdeen y su Distrito 12, y a la trilogía homónima del primero de sus tomos, al que le siguen En llamas y el ya casi acabado de leer por mí, Sinsajo. A una comunidad cuya voracidad lectora no responde a otra cosa, hay que decirlo bien, que la composición de una historia pensada para ser leída, mire usted qué ironía, con la constante incentivación del hambre lectora.

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No hay moral, se los dije hace tiempo. Nos sentamos en la que quedaba. Y ahora, sin piedad, producimos en masa productos de fácil adquisición que nuestros abuelos ni nuestros padres tuvieron acceso a consumir jamás. Pienso  por ejemplo en la experiencia lectora de Doña Maguirris, a quien en temprana edad marcó otro best-seller igualmente cinematografiado, sin duda uno de los primeros de la historia de la ya hoy consolidada dupla literatura-cinematografía. Me refiero a Matar un ruiseñor, la célebre historia de Harper Lee cuyos dilemas sociales, éticos, morales y hasta raciales, dejaron tempranamente en claro muchas cosas a la autora de la mitad de mis días -ya les dije que nomás puso un óvulo inicial y muchos sopapos posteriores, que tampoco se la crea toda-, por lo menos en lo que a condición y pasiones humanas se refiere. 
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Me queda claro que los tiempos del comercio editorial actuales son muy distintos a los que vivió Harper Lee previo a la publicación de su más famosa novela. Su contexto le permitía inspirarse, hablar de lo que quería hablar y contarlo casi como lo quería contar. Las editoriales vendían al escritor, y los lectores seguían a éste no porque vendiera, sino por lo que escribía. Una cosa, sin embargo, sí debe estar muy clara para todos: las editoriales nunca han publicado para perder. No hay forma, en serio, de pensar sobre la posibilidad de la pérdida un negocio cualquiera, ni siquiera uno cuyos fines aparentes son al menos en sus bases tan preclaros y dignos como los que se esperaría persigue la industria editorial, en función de la difusión de la literatura. Está más que claro: ninguna empresa se funda para perder. Y ninguna creación que salga de ella llega hasta el lector pensando en no ser vendida, eso universalmente, desde Lee hasta Suzanne Collins.
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Lo cierto también es que en recientes años los contextos sociales y económicos específicos que atraviesan los sistemas macroeconómicos existentes -y persistentes, a pesar de que los organizadores de tianguis del trueque en todo el orbe desearían algo diferente-, la industria editorial, al menos en latinoamérica, ha atravesado por un periodo de incomparable voracidad y tendencia a la predilección por las apariencias y superficialidades, un fenómeno que, ciertamente, no había visto antes en su historia. En los cincuentas, si Marilyn Monroe hubiera escrito un libro sobre su vida, hubiera salido a la venta convirtiéndose en un hit más por la aparición del hombre de una súperestrella en una portada bibliográfica entre los títulos de Wells, Bradbury o el propio Miller, su último esposo. Hoy, si Wells, Bradbury o Miller tuvieran la posibilidad de echarse un último round con la página en blanco, compartirían un penoso espacio con José José, Anel, Paty Chapoy, Consuelo Duval, Margarita Gralia o Jenny Rivera -que en persona nunca pudo articular una frase coherente en castellano entendible, pero que extraña y sorprendentemente encanta ahora a todos y paraliza el mercado editorial con una biografía postmortem... ajá-. Sacre diu! Así las cosas yo, de ser ellos, aplicaba la media vuelta y salía en bandada.
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Sucede, claro está, que la gente que lee literatura "de la buena" -terrible y ridíulo adjetivo compuesto he
utilizado para agrupar a los muchos cánones, a los muchos autores que se estudian en academias formales y a quienes desquiciados licenciaditos y maestros y doctores colegas míos damos el banderazo, la aprobación, la innecesaria crítica que incluye el visto bueno-, la gente que se interesa por autores y títulos que comparten algo con corrientes y escuelas literarias, o que se esfuerzan por hacer por la literatura como arte algo más allá de vender, es poca, y las editoriales han tenido que migrar sus vuelos para conquistar a los lectores que lleva pegado, cual cyamidaes a tormentosa ballena gris, el monstruo insufrible que es la televisión abierta en nuestro país. Y la fórmula no puede ser más efectiva, porque de leer el TvyNovelas quincenal de veinte pesos, la señora ama de casa pasa a pagar doscientos pesos por el tomo de la autobiografía de la artista farandulera que a ustedes se les antoje -porque a estas alturas, creo, ya todas ventilaron a sus amantes, incentivaron el morbo popular y le dejaron unos cuantos peñiques a la enflaquecida industria editorial latinoamericana. Todas, dije, creo, hasta las Pinal-. El resto del pastel se lo reparten las firmas fuertes, de calidad o no, que incluyen por igual a Paulo Coelho -gulp-, Jorge Bucay -doble gulp-, Isabel Allende -medio gulp-, y Vargas Llosa -ausencia total de gulp-, y a otros tantos "ídolos de ventas" de cuyas ubres intentan sobrevivir por igual agentes literarios, asesores de imagen y publicistas. Y todos con dinero, y lecturas para todos, y todos felices.
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Todos menos, claro está, jóvenes y novedosos escritores cuyo talento, no lo dudo, resulta insuperable, pero cuyas creaciones díficilmente llegarán pronto a las portadas y las listas de ventas porque sus vidas no han sido papparazziadas, golpeadas por una celebridad, acusadas de evasión fiscal o porque no han desnudado sus cuerpos en pantalla alguna. Pobres, pobres "nadies", almas en desgracia, presas de un mundo económico y de una industria editorial que, qué raro, mire usted, oprime al débil en función del mantenimiento suyo y el de los otros fuertes. No quedan más argumentos, su señoría. Ha lugar.
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En medio de todo eso, perdónenme el ditirambo, surgen de pronto buenas composiciones que sí, pensadísimas en vender, aportan algo más al universo de la literatura que la sola entrada monetaria. Algo más que el billete, algo más que la creación de fanáticos insistentes. Me queda claro que Los juegos del hambre fueron estructurados por Suzanne Collins pensando un poco en la estrategia mercadológica de la novela por entregas, a cuyo final de cada capítulo correspondía siempre una sorpresa, una frase inesperada, un lapidario comentario que dejaba al lector preso, que lo obligaba a correr el domingo siguiente al voceador para adquirir el siguiente tomo y continuar leyendo. Y pensando mucho, por otra parte, en la intriga, el ritmo y la adecuada condensación de contenidos informativos que hacen hoy día tan populares a las series televisivas de acción y suspenso. Todo lo cual se resumen en una fórmula ganadora: crear adicción, mantener la alerta, incentivar la emoción y condensar la empatía, lo que por igual se aplica a la trilogía estadounidense que hoy cargo en mi mochila, con todo y sus lugares comunes, frases lapidarias y personajes arquetípicos, que a todos los episodios de los CSI, los Game of thrones, los Law and order y los ER que a ustedes se les antojen, en sus múltiples versiones, y en los muchos productos que han inspirado alrededor del mundo.
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Oiga usted, ¿y toda esa fabulación es mala? Buh. Maldad o bondad son dos términos que vienen poco al caso aquí, y que he procurado y seguiré procurando mantener al margen mientras escribo. Buena o mala entonces, la aplicación de una fórmula televisiva a la creación de una novela es exitosa, y fructifica en el lector acostumbrado a y consumidor frecuente de esa clase de productos televisivos. Creo, entonces, es mi caso, porque Collins y su universo famélico ha conseguido mantenerme leyendo por horas enteras, sin ninguna pérdida de atención, algo que ya no conseguía desde hacía tiempo ningún material literario. 
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Esto me ha obligado a hacer un profundo análisis de mi hábito lector. Y he encontrado otras muchas novelas  armadas con la misma fórmula cuya lectura he dejado inconclusa por otra razón de peso: el planteamiento del dilema o tema general no es de mi interés. Pero el caso de Los juegos del hambre, cosa que inteligentemente ninguna publicidad manifiesta, supongo por el temor a que al hacerlo salgan corriendo los jóvenes lectores ante la aparición de palabras como "dictadura", "régimen totalitario", "novela de dictador" o "dilema ético-social", el artículo central en torno al cual gira bien estructurado el resto del andamiaje armado por Collins, es el asunto de la dictadura, y todo lo que ella implica, al cual se suman necesarios elementos como la creación del ídolo, la desestructuración del Sistema -así, con mayúsculas, para que no haya nada que se atreva a sobrepasar su altura-, la fragilidad del régimen totalitario y conceptos abstractos como la libertad, el ansia de poder, la desigualdad y la injusticia.
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Piensen ustedes en la novela de dictador que quieran. La que les venga a la mente. Piensen, incluso, en novelas que sin ser propiamente de dictador, plantean universos narrativos en que de algún modo está presente el fantasma de un régimen totalitario. Para no dejar muy sola a Collins, traeré dos creaciones anglosajonas a la mesa: 1984, de George Orwell, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Ambas magistrales, ambas clásicos literarios a todas luces. Ahora, pobre de mí, sentaré a la trilogía de Collins a la mesa a departir con esas otras dos novelas. Ahí está, ahí lo tienen. Las tres, desde sus estilos y trincheras, comparten la planteación, vía verosimilitud más o menos bien lograda, de atmósferas, pasiones y sentimientos comunes y necesarios para la creación de un universo narrativo en que está presente el totalitarismo, el dictador, el poder central aplastante y la progresiva y consecuente deshumanización del Sistema entero. En todas, sin excepción, hay fuego, cenizas, creación de ídolos, rebelión. En todas, sin lugar a dudas, surge un héroe que intenta modificar el estado de las cosas, despertar a los alienados, incentivar la llama y servir incluso él mismo de chispa entregándose a la necesaria combustión. En todas, también sin lugar a dudas, al héroe lo motiva, más allá del conocimiento de la verdad, la sensación irónicamente instintiva, de que las cosas no están bien, ni deberían ser normales, de que es necesario generar un cambio, tirar la estructura social y volver a construirla 
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A esa puesta sobre la mesa, Collins y su creación sobreviven. El resto de las novelas de dictador que he leído, incluso latinoamericanas, desde Asturias hasta Carpentier, no están lejos de versar en ese mismo conjunto de referencias comunes. Todas comparten, sin duda, la crítica puesta en función del poder y las estructuras de injusticia que suelen llenar algunos gobiernos. En el caso de Collins, hay ya voces no desconocedoras del asunto que apuntan a que la trilogía de Los juegos... es hija legítima del doble mandato de George W. Bush, que sembró el miedo y llenó las conciencias y las vidas de los vecinos norteamericanos -y de parte del mundo occidental- de asuntos que están presentes, mire usted qué ironía, en los regímenes totalitarios sin excepción: la concepción de la amenaza, la institucionalización de la defensa, el convencimiento social de la obligatoriedad del ataque a enemigos invisibles, la construcción de enemigos invisibles, la desarticulación de los derechos humanos y la ambigüedad en los términos de la justicia y el sentido humano. No lo dudo, y también desde ahí, Los juegos... tienen interés con qué leerse.
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También está la construcción de Katnees Everdeen. Intento pensar en otro producto artístico-literario del estilo que plantee desde su propia conciencia como personaje la construcción-narración del proceso de creación del ídolo liberador de la opresión dictatorial. Pienso, por ejemplo, en el trabajo de Alan Moore y David Lloyd en V from Vendetta, y ni siquiera en sus personajes encuentro una apuesta tan arriesgada y exitosa como la que ha emprendido Collins para generar a Katnees. A la "chica en llamas", la autora inteligentemente le ha cedido el poder de la narración, de modo que ha matado dos pájaros de un mismo tiro: contar la historia propiamente dicha de tres años en la vida de la adolescente, al tiempo que se plantean los asuntos propios de su edad y los propios de su condición de ciudadana de un país en estado de dictadura-guerra; y en la misma bala acercar al lector al proceso de construcción del ídolo o símbolo liberador desde las entrañas de éste, desde sus frustraciones miedos, incertidumbres, indecisiones y decisiones. Desde su corazón y su mente, desde toda la complejidad de su alma. 
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Porque sucede que Katnees no quiere ser un símbolo, y si accidentalmente se convierte en uno, rehúsa la prolongación de la aplicación de ese adjetivo en su persona. Rehúsa, porque rebelde y algo salvaje ha sido desde siempre, motivada no por otra cosa que la necesidad de no dejar de procurarse la supervivencia y por el hambre que la acosa a ella y su familia como un fantasma desde su nacimiento, rehúsa ser absorvida por el Sistema, aún por el rebelde -que es, aunque no quiera, otro Sistema-, y ser el títere de lo que sea, aún de una causa liberadora y equilibrista. El resultado es tan interesante como complejo, y Collins lo lleva hasta el final, me parece, con la cabeza tan en alto como pueden permitir asuntos tan varios y delicados como los que he deshebrado aquí para ustedes.
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Ahora pueden volcarse en amenazas en mi contra, tacharme de traidor, quemar mi título profesional, lanzarme al fuego de la ignominia, o darle una semana a Suzanne Collins y dejarse llevar por su trabajo literario. Ahí las tienen, dos opciones, más de las que tendría Katnees. Cuando decidan me hablan. Mientras, si deciden pronto, voy a estar tirado de panza sobre mi cama viendo cómo las cosas se le complican a la protagonista, cómo no puedo dejar de leer Sinsajo, y cómo termina este proceso accidental de conversión de Katnees en una leyenda. Ay, hasta hambre me dio.
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¡Salud!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me gusta mucho tu forma de ver la trilogía de los juegos del hambre, creo que es una excelente trilogía que fue cruelmente devorada por la mercadotecnia y la televisión; solo me gustaría que el mensaje que nos aporta se siga preservando tanto como en el libro y las películas que vienen.