sábado, 4 de enero de 2014

El adiós del Ciudadano.

"Hasta que hayas amado a un animal, una parte de tu alma estará dormida"
Anatole France.

El Ciudadano Nez nos ha dejado hoy. Ha emprendido el mismo viaje que otros antepasados suyos debían hacer por obligación a la muerte de sus amos. Los egipcios sepultaban a los perros del faraón y sus altos funcionarios con éstos, y los aztecas hacían lo respectivo con sus xoloitzcuintles. Es irremediable, y es impostergable: modificados por nosotros hasta hacerlos prácticamente nuestra creación, el destino del perro es acompañar al hombre. Los grandes individuos de la Historia, en todas las áreas y disciplinas posibles, han tenido al suyo, lo han hecho parte de su familia, lo han adoptado confiriéndole sin falta un rango mayor a veces al de un sirviente, un mayordomo, una dama de compañía. De la pradera estadounidense a Versalles, del oro de Machu Pichu al Channel No. 5 parisino, los perros han permanecido junto a los hombres como un recordatorio de que, sobre la aparente crueldad y aplastamiento que la naturaleza infringe sobre todas las criaturas al menor movimiento, siempre ha existido la posibilidad de que el hombre modifique algunas cosas de su medio a su favor.
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Pero al Ciudadano, respetable y encantador hasta su último guiño, le ha fallado el cálculo, y la vida se le ha extinguido un poco antes que la de sus amos. En últimas fechas, supongo, veía a Doña Maguirristriskismiskisliskisfriskas, y se preguntaba: "¿Ya, o todavía le faltará mucho, Doña? ¿La aguanto otro poquito?" Otro par de días, el tiempo suficiente para que una insaciable infección hepática y un grave daño orgánico ocasionado por un soplo cardíaco agudo, debilitaran hasta su conocido apetito, al grado de que miraba ya todo con ojos, literalmente, de perro café.
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Entre la opción de dejar que las cosas siguieran su curso, con el respectivo acabamiento y el consecuente arraigo del dolor y el pesar físico y anímico -quien diga que los perros no tienen alguna especie de alma, anda muy errado-, o facilitarlo todo con el favor de la eutanasia, y atendiendo a la súplica de dignidad y caridad que exige desde su concepción todo ser vivo, y a los catorce años de insuperable servicio que el Ciudadano brindó a esta mi familia -y también suya si ayudan con los gastos, que ya van creciendo porque La Fer y El Rafa comen como si odiaran a sus respectivos y atormentados padres-, atendiendo pues a llamamientos irrenunciables del amor y la humanidad-perreidad, a los lazos inexplicables que se tejen entre las criaturas, decidí como su amo poner fin al tormento y entregarlo a su ciudadanía divina.
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Esto debe resultarles extraño, porque estoy hablando de un animal. No tengo más opción. Lo que es justo para los protectores de animales, es injusto para los progresistas. Y viceversa. Pero mal hombre sería sin darle a cada cosa su lugar, a cada criatura su pertenencia. Ha sido un gran compañero. Inigualable. Sus fallas tienen todas sentido, y todas dirigen un guiño a la lógica: fue terco, caprichoso, desobediente, tragón, impredecible y defensivo, porque todos en esta familia, que les digo que ya se extiende en más bocas y más corazones, somos todo eso, y a la quinta potencia. El Ciudadano, de férreos genes germánicos, no ha hecho más que adaptarse a las circunstancias. Además, está claro que sus fallas se compensaban grandemente con todos y cada uno de los momentos de seguridad y compañía que pudo generar para cada miembro de esta familia.
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Al tiempo que yo enfermé, y como consecuencia de que ya no hubo quién le procurara su caminata diaria, él lo hizo, y verlo arrastrarse con sus patas traseras ante la imposibilidad de que su columna vertebral reaccionara fue una de las duras bofetadas que me devolvió a la vida. Tras ese incidente, secretamente hicimos un pacto: cuando uno de los dos volviera a dejar de comer, el otro entendería que se había acabado el abrazo de amor con la existencia, y que había llegado el momento de partir. Y el otro tendría la total responsabilidad de hacer lo posible por ejecutar la salida. Cuando la mente de Don Benja comenzó a nublarse y su pensamiento fue perdiendo hilos y razón, el Ciudadano se sentó a su lado y mantuvo apoyada su cabeza sobre mi padre. Cuando su enfermedad le imposibilitó seguir habitando en esta casa de cal y canto, el Ciudadano movió personalmente la colcha azul que siempre le sirvió de cama hasta el cuarto de Doña Maguirris, y ayudándose con su hocico se mudó personalmente al espacio junto a la cama de tan notable catequista, quien además goza del beneficio ad vitam de ser la autora de mis días -bueno, la media autora, porque ella nomás puso el ovulito y luego me corrigió a sopapos-. Nadie objetó nada, y Doña Maguirris, también recién mudada a esta casa de paredes blancas y amplias habitaciones -?-, se volvió célebre en el vecindario por su copetazo gris y su perro salchicha de intocable temperamento.
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Desde entonces los dos formaron una pareja famosa, que como toda pareja famosa gozó de fama, dimes, diretes y miradas indiscretas. Esa alianza me quedó muy clara cuando hace unos meses el Ciudadano salió a olfatear el coto privado en que vivimos, y lo encontré siendo esperado por un vecino que pacientemente aguardaba con el carro encendido a que el Ciudadano se dignara en desocupar su espacio de cochera para poder estacionarse en su domicilio, y luego de que yo le recomendara, totalmente en broma, lanzarle encima todo el poder de la máquina, el vecino espetó, asustado: "¡No, imagínate! ¡Me mata tu mamá!" Eran prácticamente un matrimonio. Iban juntos a todos lados, públicamente se le veía en los prados corrigiéndolo, apurándolo para saciar sus necesidades fisiológicas y recogiendo sus heces, y en casa le bañaba, lo alimentaba, le ennumeraba sus mutuos achaques, lo corregía y hablaba con él en todos los tonos y registros posibles. Cuando en recientes fechas Doña Maguirris decidió abandonar esta casa nuestra, al llegar por la noche encontré al Ciudadano con el rostro demudado, el semblante triste, como de quien ha perdido algo que le daba razón a muchas cosas. Le serví la comida, platiqué con él, incluso lo saqué a pasear como acostumbraba hacerlo con Maguirris. Pero en cada intento observé siempre cómo el Ciudadano me seguía la corriente más por mejorar mis sentimientos que por hacer algo de provecho con los suyos. El reciente regreso progresivo de su compañera humana, renovó su experiencia de vida hasta que múltiples fallas de su organismo cesgaron su existencia.
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Hoy ha perdido la batalla contra la vida, que de pronto, y sin que él lo entendiera, se ha volcado en su contra, atacándolo desde adentro como jamás lo imaginó de ningún rottweiler o labrador, amante como era de ladrarles hasta el cansancio con el complejo de chaparro que lo caracterizó durante todos sus catorce años. Y hoy que se ha ido, que he llorado su partida a pesar de que en los días pasados, cuando se iba antojando imposible otra salida, me he propuesto pensar en él sólo como un animal, hoy que por fin ha vencido en mí la idea de que he entregado a la muerte a otro familiar cercano, la casa se siente enormemente vacía, yo infinitamente solo, y la única esperanza a la que recurro es a su posible existencia en otro plano.
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Si esto es así, como lo quiero yo pensar, estará ya jugando pelota con Don Benja, quien en sus buenos ratos gustaba de practicar el bagminton teniendo como competidor al Ciudadano, quien hábilmente saltaba para interceptar la pelota de tela, generando interesantes partidos en que, por lo regular, ambos terminaban exhaustos, acalorados y bebiendo litros de agua, cada uno a su modo, cada uno a distinto nivel del piso, pero hermanados, unidos como seguro lo estuvieron Viernes a Robinson Crusoe, Samantha al coronel Robert Neville, o algún perro lanudo y colmilludo ya sin nombre a su respectivo hombre de las cavernas. Porque, animales al fin, nuestros lazos son obligatorios, y van más allá de toda apariencia que raza o especie posea. La unión que ha existido entre él y mi familia no respeta ni entiende de parametros o niveles, ni del fugaz accidente que es el código genético.
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En el último abrazo, cuando ya sus fuerzas no le permitían objetarme nada, le he dejado clara mi gratitud profunda y el sentido dolor que traerá su pérdida. Le he agradecido los ratos y los aprendizajes, y su presencia constante en los procesos más dolorosos de mi conversión en adulto. Y entonces, en sus ojos que me decían adiós, me ha quedado todo claro. Si Dios existe, y si tiene, como creo, un plan divino para cada uno de nosotros, ha depositado en criaturas como el Ciudadano un punto de equilibrio, un recordatorio de su amor, una palanca y un acercamiento. Él estuvo aquí, ahí, en él, todo este tiempo, y apenas ahora me ha quedado totalmente claro. Lo que he hecho es lógico y obligatorio: al entregarlo a la muerte lo he devuelvo a la Creación, quien nos lo ha prestado sólo por un momento, sólo por una etapa, tras la cual no sirve de nada, es hasta inhumano, retenerle más. Así de claro, así de doloroso, así de necesario y amoroso.
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Entonces, ¡hasta la vista, Ciudadano Nez! ¡Hasta el próximo atardecer bajo la lluvia!
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¡Salud!

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