domingo, 12 de enero de 2014

Carta a Noroña.

Yo no sé si usted trabajó alguna vez en un comercio establecido. No sé, incluso, si antes de su compra en la Bodega Comercial Mexicana, en la calle Venustiano Carranza del Centro Histórico de la Ciudad de México, el pasado 4 de enero, compró alguna vez en otra de las 272 sucursales del grupo comercial fundado en 1930 por Antonio González Abascal y su hijo, Carlos González Nova. No sé si alguna vez haya platicado, en alguna de sus compras que no sé si hizo antes en un comercio establecido, con una cajera, un auxiliar de piso, una persona con cofia y cubrebocas tras el mostrador. No sé si sólo compre en tianguis, o si sea de los que saliendo del metro se come su suadero o su torta de milanesa con harto jalapeño, "pa' que amarre". Pero así, ignorante como soy, he de confesarle que no encuentro en lo que usted ha llamado "un acto de desobediencia civil" nada más que un muy mal pensado, arriesgado y hasta cruel y barbárico safarrancho de escandalito. Si atina a seguir leyendo mi explicación, con gusto la expondré para usted. Si no, lo haré de todas formas, para mí, por el puro placer de desentrañar el que me ha parecido el primer gran retortijón político del año en mi país. Sume usted.
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Yo no defiendo a nadie. No creo que haya empresas perfectas, y me queda claro que todo sistema, aún los que pretenden no serlo, tienen algo de esclavistas. Porque todos, para ser sistemas, requieren de orden y lineamientos, y todo proceso de alineación tiene, sin lugar a dudas, algo de invasivo, algo de irrespetuoso, algo de opresor. Los fines con que se haga, claro está, serán más o menos humanos, más o menos decentes, pero nada de eso quitará el hecho de que para haber reglas debe haber prejuicios, para haber orden debe haber injusticias, para haber derecho debe haber diferencias irreconciliables. Siendo así, no puedo defender de ninguna forma el capitalismo, ni lanzarme a capa y espada a rescatar la idea de un conjunto de normas y referencias comunes con que la economía funciona aún en la actualidad. No soy, pues, un rescatista de éste ni de ningún otro sistema económico.
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Dejando eso claro, debo admitir también ser parte del sistema. No porque lo defienda, sino porque acepto sin miramentos que provee bases sustentables, mínimas si usted quiere, pero sustentables, de acceso a derechos y garantías insustituibles como la propiedad privada, la elección de carrera, el trabajo remunerado y la diversidad de opiniones. El sistema capitalista responde a una regla unísona, injusta en ocasiones pero en otras bastante fructífera y humanista: mientras puedas pagarlo, todo es una realidad. Y siempre, lo que sea injusto para el ratón, será motivo de justicia para el gato. Ni hablar. De este sistema como yo, come usted, comemos todos, y ese sistema ha fortalecido al poder económico del cual usted ahora cobra cada quincena, aunque no sea para pagar otra cosa que los tratamientos homeopáticos con que combate su incesante migraña -true-.
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Como parte del sistema, como una de sus más insignifcantes piezas, trabajo desde hace casi cuatro años en el mismo grupo comercial que usted invadió el pasado 4 de enero con cámaras y seguidores, con el aparentemente inocente propósito de comprar un -hay que decirlo, delicioso- Boing de mango en tetrapack. Ya se lo dije antes, lo diré una vez más: yo no defiendo, ni me caso con nadie. Y lo que estoy diciéndole no viene de mi empresa, sino que sale total y exclusivamente a título personal. De mi corta experiencia ahí, conozco más o menos las bases operativas de la entidad comercial a una de cuyas sucursales usted arribó, y puedo decirle que lo que usted pretendía hacer pasar por un "acto de desobediencia civil", redundaría sin lugar a dudas en una tontería que sí, no pagaría usted, tan bien parado con todo y su ticket frente a las cámaras, pero sí sería cobrada a una cajera cuyo faltante mayor a tres pesos le sería descontado en automático de su nómina, una nómina cuya cifra en lo absoluto se parece, por ejemplo, a los 45 mil pesos que cobra la secretaría de usted, y que, de hecho, está muy lejos de alcanzar tantos ceros, tanto espacios antes de la coma. Y no, no creo que eso sea algo que Controladora Comercial Mexicana tenga que arreglar, porque el deber de la cajera es cobrarle a usted el precio designado para el producto, a sabiendas que ese precio incluye un impuesto que otros como usted eligieron pensando, supongo yo, en la fluidez de capital que poseen los sueldos de sus secretarias -ni pensar en los suyos, que hasta para mí, de ideas tan abiertas y francas, resultan inmorales-.
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Yo no sé si usted lo sepa, pero Comercial Mexicana no se quedará con el peso y dieciséis centavos que usted dejó de pagar. Tampoco lo iba a hacer la cajera, que asustada frente a las cámaras no pudo más que preguntar a su supervisor, su jefe inmediato, qué hacía ante su negativa de liquidar el resto de la cuenta. Al recibir la orden de totalizarla, supongo que para quitárselo ya de encima, a usted y a su faramalla, porque para mí está claro que a Comercial Mexicana no le agrada estar en el ojo del huracán al que usted pretendía llevarlo, alguien debió pagar ese peso con dieciséis centavos, y nada de me dice que el supervisor o la propia Comercial Mexicana hayan sido quienes pusieran el resto. Y nadie, ni la cajera incluso, tendrían por qué hacerlo. El pago de impuestos como el IVA o el IEPS, es una responsabilidad única del consumidor que adquiere el producto que, por determinadas características, amerita el gravámen. El comercio sólo lo recibe de éste, e íntegro lo reporta a Hacienda, para que ésta lo irrigue, a través de los presupuestos, a cuentas como la suya y la de su secretaria. No más, no menos.
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Su llamado a la "resistencia civil pacífica" es un acto blofero y escandaloso, que nada tiene de bien intencionado, y que, de evidenciarse en hechos como el del pasado 4 de enero, ni generará un cambio ni llamará a un despertar ciudadano o a una conciencia pública. De hecho, al hacerlo público a través de las redes sociales, que ya se van llenando de videos de otros incautos negándose a pagar el IVA impuesto sobre refrescos, bebidas azucaradas y alimentos chatarra, con todas las consecuencias posibles -¡hasta kamikazes económico parecen sus seguidores!-, los cajeros y cajeras del resto del país tendrán que pagar y pagar más y más faltantes ocasionados por "resistentes civiles pacíficos", por "desobedientes", por otros que, quizá porque ganan lo mismo que usted, no piensan en el sueldo de una cajera, en lo que ese dinero que él o ella recibe cada quincena hace para una familia, un hogar, un bienestar personal.
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Porque eso sí me consta. Al inicio de mis relaciones laborales ahí, fui cajero en Comercial Mexicana, y he comido de su mano los últimos cuatro años de mi vida. Eso, claro está, no incluye solamente el sueldo que cobro cada quincena por mi labor dentro de una de sus sucursales -que a veces se extiende a otras, cuando hay necesidad, dentro de la gigantesca red que forma en todo el territorio nacional en todos sus formatos, que van desde la bodega que usted allanó con todo y su comitiva hace una semana, y que busca atender con precios muy económicos las necesidades más básicas de la población, hasta los formatos creados para saciar las necesidades particulares de personas que, con todo el derecho de su trabajo y su responsabilidad, sí cobran los 45 mil pesos mensuales que su secretaría se embolsa haciendo las cosas que usted debería de hacer solito cobrando sus 100 mil-. Mi permanencia en ese grupo comercial incluye amigos, momentos, parte importante de mi historia personal hasta ahora, aprendizajes y esfuerzos. Por eso le guardo cariño, y el profundo respeto que incluye un dicho que usted, al parecer, no conoce o prefiere ignorar: "jamás muerdas la mano que te da de comer". 
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Una mano que, me consta de primera fuente, ha construido muchas casas, ha dado muchas universidades, ha formado muchos profesionales y ha generado para el país fluidez económica y sustentabilidad comercial. Y ha, lo que yo considero más importante, dado sustento a muchas familias, generado confianza en muchos corazones, llenando de orgullo y de satisfacción muchas vidas de mexicanos como yo y usted.Yo no sé otros grupos del ramo, acusados de apoyar campañas presidenciales, o de jugar con las leyes del mercado, pero puedo decirle que los trabajadores de Comercial Mexicana se han esforzado, y lo hacen cada día, por hacer las cosas lo más honestas, claras y responsables posibles. Consigo mismos, con sus clientes, con sus proveedores, con el país. Al dejar de pagar su impuesto, usted no le está diciendo al gobierno que debe dejar de cobrar por artículos cuyo consumo por su contenido, lejos de ayudar, podría en su abuso perjudicar. Usted le está diciendo a empresas sólidas y trabajadoras que no deben contar con el pueblo, que deben vérselas solos y arreglárselas para subsanar las consecuencias de sus actos desobedientes. Que el pago y mantenimiento de, por ejemplo, una nómina de más de veintinuevemil empleados, debe ser asunto que se rasque con sus propias uñas.
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Verá que no hay razón ni lógica. Lo que ha pretendido en su show mediatizado es tonto, irregular, egoísta y ególatra. Pero, sin duda, ha logrado su principal cometido: aparecer en pantalla haciendo algo que escandaliza, y que muchos insensatos ya corren a imitar por el resto del país. Qué bueno que usted no desahogó esfínteres en alguna esquina pública a modo de protesta, porque ya tendríamos otras muchas esquinas infestadas de bañistas públicos. No hay que ser, caray. "Puercos, pero jamás trompudos", decía el Piporro.
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Y tampoco defiendo con gallardía y ceguera la reforma a la que usted se opuso. Entiendo que supone un duro golpe para quienes, como yo, oscilamos de peso en peso entre la clase media y la clase baja. Pero entiendo también que se ha formulado no sólo para llevar más dinero a las arcas públicas -incluidas las que luego mediante tubos de colores, supongo yo por mi imaginación preñada de arte y cultura pop, llegan hasta los cajeros automáticos de los cuales usted, AMLO, Luis Videgaray y hasta Peña Nieto cobran cada quincena-, no sólo para fortalecer el gasto pesado y horroroso que supone la clase política y el resto de la función pública, sino para golpear el consumo de los alimentos que, lejos de generar calidad de vida en su consumo, nos llenan de azúcar y enfermedades por su abuso -porque claro, el problema no está en que compremos un juguito de seis pesos cada tercer día, sino en que lo acompañamos diariamente de su respectivo trío de pingüinos y el evitar la caminata hasta el siguiente autobús-. No se gravó el pan integral, ni la fruta ni la verdura. No subió la tortilla, no generan impuestos el huevo ni la sopa de pasta. Noup. Se golpeó con el IVA lo que muchos estudios formales y científicos alrededor del mundo, ya han detectado como una potencial y socialmente aceptada toxina tóxica de toxicidad inenarrable -figúrense nomás-: el azúcar y sus calorías vacías. 
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Yo lo invito a usted entonces a que, lejos de no pagar el total de su ticket, prefiera incentivar la existencia de empresas sólidas y comercios establecidos. Lo invito a que genere y vote a favor de leyes que den claridad y certeza al trabajo y su remuneración de millones de mexicanos. A que haga campaña con cámaras propias y prestadas a favor de una mejor elección de los productos que consumimos, de un más adecuado y saludable mercado del consumo popular. De uno que dé opciones, no sólo goce de productos baratos llenos de azúcar y grasa. Una campaña que le diga al fabricante que no sólo ofrezca golosinas, a los pobres que no sólo las elijan, y que nos llene los estómagos con lo que realmente necesitamos para crecer y tener calidad de vida -yo, mea culpa, aún no puedo renunciar a mis bigotes Tía Rosa, y ahora debo pagarlos a precio de carne de res. Snif, snif-. Y déjese de cosas. Ya suficientes vedettes hay en televisión haciendo bobadas y teatritos, pero pocos, poquísimos, legisladores trabajando "a la chita callando", por el verdadero, auténtico y quizá insonoro, pero eficaz y fructífero bien del país. El México que compartimos, usted y yo, y cuyos impuestos usted prefiere no pagar. Habráse visto. 
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¡Salud!

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