domingo, 12 de enero de 2014

Carta a Noroña.

Yo no sé si usted trabajó alguna vez en un comercio establecido. No sé, incluso, si antes de su compra en la Bodega Comercial Mexicana, en la calle Venustiano Carranza del Centro Histórico de la Ciudad de México, el pasado 4 de enero, compró alguna vez en otra de las 272 sucursales del grupo comercial fundado en 1930 por Antonio González Abascal y su hijo, Carlos González Nova. No sé si alguna vez haya platicado, en alguna de sus compras que no sé si hizo antes en un comercio establecido, con una cajera, un auxiliar de piso, una persona con cofia y cubrebocas tras el mostrador. No sé si sólo compre en tianguis, o si sea de los que saliendo del metro se come su suadero o su torta de milanesa con harto jalapeño, "pa' que amarre". Pero así, ignorante como soy, he de confesarle que no encuentro en lo que usted ha llamado "un acto de desobediencia civil" nada más que un muy mal pensado, arriesgado y hasta cruel y barbárico safarrancho de escandalito. Si atina a seguir leyendo mi explicación, con gusto la expondré para usted. Si no, lo haré de todas formas, para mí, por el puro placer de desentrañar el que me ha parecido el primer gran retortijón político del año en mi país. Sume usted.
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Yo no defiendo a nadie. No creo que haya empresas perfectas, y me queda claro que todo sistema, aún los que pretenden no serlo, tienen algo de esclavistas. Porque todos, para ser sistemas, requieren de orden y lineamientos, y todo proceso de alineación tiene, sin lugar a dudas, algo de invasivo, algo de irrespetuoso, algo de opresor. Los fines con que se haga, claro está, serán más o menos humanos, más o menos decentes, pero nada de eso quitará el hecho de que para haber reglas debe haber prejuicios, para haber orden debe haber injusticias, para haber derecho debe haber diferencias irreconciliables. Siendo así, no puedo defender de ninguna forma el capitalismo, ni lanzarme a capa y espada a rescatar la idea de un conjunto de normas y referencias comunes con que la economía funciona aún en la actualidad. No soy, pues, un rescatista de éste ni de ningún otro sistema económico.
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Dejando eso claro, debo admitir también ser parte del sistema. No porque lo defienda, sino porque acepto sin miramentos que provee bases sustentables, mínimas si usted quiere, pero sustentables, de acceso a derechos y garantías insustituibles como la propiedad privada, la elección de carrera, el trabajo remunerado y la diversidad de opiniones. El sistema capitalista responde a una regla unísona, injusta en ocasiones pero en otras bastante fructífera y humanista: mientras puedas pagarlo, todo es una realidad. Y siempre, lo que sea injusto para el ratón, será motivo de justicia para el gato. Ni hablar. De este sistema como yo, come usted, comemos todos, y ese sistema ha fortalecido al poder económico del cual usted ahora cobra cada quincena, aunque no sea para pagar otra cosa que los tratamientos homeopáticos con que combate su incesante migraña -true-.
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Como parte del sistema, como una de sus más insignifcantes piezas, trabajo desde hace casi cuatro años en el mismo grupo comercial que usted invadió el pasado 4 de enero con cámaras y seguidores, con el aparentemente inocente propósito de comprar un -hay que decirlo, delicioso- Boing de mango en tetrapack. Ya se lo dije antes, lo diré una vez más: yo no defiendo, ni me caso con nadie. Y lo que estoy diciéndole no viene de mi empresa, sino que sale total y exclusivamente a título personal. De mi corta experiencia ahí, conozco más o menos las bases operativas de la entidad comercial a una de cuyas sucursales usted arribó, y puedo decirle que lo que usted pretendía hacer pasar por un "acto de desobediencia civil", redundaría sin lugar a dudas en una tontería que sí, no pagaría usted, tan bien parado con todo y su ticket frente a las cámaras, pero sí sería cobrada a una cajera cuyo faltante mayor a tres pesos le sería descontado en automático de su nómina, una nómina cuya cifra en lo absoluto se parece, por ejemplo, a los 45 mil pesos que cobra la secretaría de usted, y que, de hecho, está muy lejos de alcanzar tantos ceros, tanto espacios antes de la coma. Y no, no creo que eso sea algo que Controladora Comercial Mexicana tenga que arreglar, porque el deber de la cajera es cobrarle a usted el precio designado para el producto, a sabiendas que ese precio incluye un impuesto que otros como usted eligieron pensando, supongo yo, en la fluidez de capital que poseen los sueldos de sus secretarias -ni pensar en los suyos, que hasta para mí, de ideas tan abiertas y francas, resultan inmorales-.
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Yo no sé si usted lo sepa, pero Comercial Mexicana no se quedará con el peso y dieciséis centavos que usted dejó de pagar. Tampoco lo iba a hacer la cajera, que asustada frente a las cámaras no pudo más que preguntar a su supervisor, su jefe inmediato, qué hacía ante su negativa de liquidar el resto de la cuenta. Al recibir la orden de totalizarla, supongo que para quitárselo ya de encima, a usted y a su faramalla, porque para mí está claro que a Comercial Mexicana no le agrada estar en el ojo del huracán al que usted pretendía llevarlo, alguien debió pagar ese peso con dieciséis centavos, y nada de me dice que el supervisor o la propia Comercial Mexicana hayan sido quienes pusieran el resto. Y nadie, ni la cajera incluso, tendrían por qué hacerlo. El pago de impuestos como el IVA o el IEPS, es una responsabilidad única del consumidor que adquiere el producto que, por determinadas características, amerita el gravámen. El comercio sólo lo recibe de éste, e íntegro lo reporta a Hacienda, para que ésta lo irrigue, a través de los presupuestos, a cuentas como la suya y la de su secretaria. No más, no menos.
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Su llamado a la "resistencia civil pacífica" es un acto blofero y escandaloso, que nada tiene de bien intencionado, y que, de evidenciarse en hechos como el del pasado 4 de enero, ni generará un cambio ni llamará a un despertar ciudadano o a una conciencia pública. De hecho, al hacerlo público a través de las redes sociales, que ya se van llenando de videos de otros incautos negándose a pagar el IVA impuesto sobre refrescos, bebidas azucaradas y alimentos chatarra, con todas las consecuencias posibles -¡hasta kamikazes económico parecen sus seguidores!-, los cajeros y cajeras del resto del país tendrán que pagar y pagar más y más faltantes ocasionados por "resistentes civiles pacíficos", por "desobedientes", por otros que, quizá porque ganan lo mismo que usted, no piensan en el sueldo de una cajera, en lo que ese dinero que él o ella recibe cada quincena hace para una familia, un hogar, un bienestar personal.
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Porque eso sí me consta. Al inicio de mis relaciones laborales ahí, fui cajero en Comercial Mexicana, y he comido de su mano los últimos cuatro años de mi vida. Eso, claro está, no incluye solamente el sueldo que cobro cada quincena por mi labor dentro de una de sus sucursales -que a veces se extiende a otras, cuando hay necesidad, dentro de la gigantesca red que forma en todo el territorio nacional en todos sus formatos, que van desde la bodega que usted allanó con todo y su comitiva hace una semana, y que busca atender con precios muy económicos las necesidades más básicas de la población, hasta los formatos creados para saciar las necesidades particulares de personas que, con todo el derecho de su trabajo y su responsabilidad, sí cobran los 45 mil pesos mensuales que su secretaría se embolsa haciendo las cosas que usted debería de hacer solito cobrando sus 100 mil-. Mi permanencia en ese grupo comercial incluye amigos, momentos, parte importante de mi historia personal hasta ahora, aprendizajes y esfuerzos. Por eso le guardo cariño, y el profundo respeto que incluye un dicho que usted, al parecer, no conoce o prefiere ignorar: "jamás muerdas la mano que te da de comer". 
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Una mano que, me consta de primera fuente, ha construido muchas casas, ha dado muchas universidades, ha formado muchos profesionales y ha generado para el país fluidez económica y sustentabilidad comercial. Y ha, lo que yo considero más importante, dado sustento a muchas familias, generado confianza en muchos corazones, llenando de orgullo y de satisfacción muchas vidas de mexicanos como yo y usted.Yo no sé otros grupos del ramo, acusados de apoyar campañas presidenciales, o de jugar con las leyes del mercado, pero puedo decirle que los trabajadores de Comercial Mexicana se han esforzado, y lo hacen cada día, por hacer las cosas lo más honestas, claras y responsables posibles. Consigo mismos, con sus clientes, con sus proveedores, con el país. Al dejar de pagar su impuesto, usted no le está diciendo al gobierno que debe dejar de cobrar por artículos cuyo consumo por su contenido, lejos de ayudar, podría en su abuso perjudicar. Usted le está diciendo a empresas sólidas y trabajadoras que no deben contar con el pueblo, que deben vérselas solos y arreglárselas para subsanar las consecuencias de sus actos desobedientes. Que el pago y mantenimiento de, por ejemplo, una nómina de más de veintinuevemil empleados, debe ser asunto que se rasque con sus propias uñas.
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Verá que no hay razón ni lógica. Lo que ha pretendido en su show mediatizado es tonto, irregular, egoísta y ególatra. Pero, sin duda, ha logrado su principal cometido: aparecer en pantalla haciendo algo que escandaliza, y que muchos insensatos ya corren a imitar por el resto del país. Qué bueno que usted no desahogó esfínteres en alguna esquina pública a modo de protesta, porque ya tendríamos otras muchas esquinas infestadas de bañistas públicos. No hay que ser, caray. "Puercos, pero jamás trompudos", decía el Piporro.
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Y tampoco defiendo con gallardía y ceguera la reforma a la que usted se opuso. Entiendo que supone un duro golpe para quienes, como yo, oscilamos de peso en peso entre la clase media y la clase baja. Pero entiendo también que se ha formulado no sólo para llevar más dinero a las arcas públicas -incluidas las que luego mediante tubos de colores, supongo yo por mi imaginación preñada de arte y cultura pop, llegan hasta los cajeros automáticos de los cuales usted, AMLO, Luis Videgaray y hasta Peña Nieto cobran cada quincena-, no sólo para fortalecer el gasto pesado y horroroso que supone la clase política y el resto de la función pública, sino para golpear el consumo de los alimentos que, lejos de generar calidad de vida en su consumo, nos llenan de azúcar y enfermedades por su abuso -porque claro, el problema no está en que compremos un juguito de seis pesos cada tercer día, sino en que lo acompañamos diariamente de su respectivo trío de pingüinos y el evitar la caminata hasta el siguiente autobús-. No se gravó el pan integral, ni la fruta ni la verdura. No subió la tortilla, no generan impuestos el huevo ni la sopa de pasta. Noup. Se golpeó con el IVA lo que muchos estudios formales y científicos alrededor del mundo, ya han detectado como una potencial y socialmente aceptada toxina tóxica de toxicidad inenarrable -figúrense nomás-: el azúcar y sus calorías vacías. 
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Yo lo invito a usted entonces a que, lejos de no pagar el total de su ticket, prefiera incentivar la existencia de empresas sólidas y comercios establecidos. Lo invito a que genere y vote a favor de leyes que den claridad y certeza al trabajo y su remuneración de millones de mexicanos. A que haga campaña con cámaras propias y prestadas a favor de una mejor elección de los productos que consumimos, de un más adecuado y saludable mercado del consumo popular. De uno que dé opciones, no sólo goce de productos baratos llenos de azúcar y grasa. Una campaña que le diga al fabricante que no sólo ofrezca golosinas, a los pobres que no sólo las elijan, y que nos llene los estómagos con lo que realmente necesitamos para crecer y tener calidad de vida -yo, mea culpa, aún no puedo renunciar a mis bigotes Tía Rosa, y ahora debo pagarlos a precio de carne de res. Snif, snif-. Y déjese de cosas. Ya suficientes vedettes hay en televisión haciendo bobadas y teatritos, pero pocos, poquísimos, legisladores trabajando "a la chita callando", por el verdadero, auténtico y quizá insonoro, pero eficaz y fructífero bien del país. El México que compartimos, usted y yo, y cuyos impuestos usted prefiere no pagar. Habráse visto. 
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¡Salud!

sábado, 4 de enero de 2014

Sobre el hambre y sus juegos.


Sé lo que van a decirme: "eres un licenciado en Letras, y que un licenciado en Letras hable bien de un best-seller, equivale a pensar que es esperable que un químico alabe y se hinque ante la composición de los Selz soda". Y tendrán razón. Tendrán razón porque no es esperable, no es deseable, no está bien visto, y yo mismo he atacado, si no al menos diseccionado con discresión e incredulidad, varias de las sagas que, porque ya se va haciendo moda también leerlo todo en partes, han invadido a las generaciones actuales de lectores. Hablé de Harry Potter en alguna ocasión, y puse a sus fanáticos en entredichos muy rígidos, haciendo que casi salieran regañados de este Baile. Y años más tarde, con ese mismo tono fatalista, arrastré sin piedad las actuaciones de los intérpretes de los personajes cinematográficos de Crepúsculo, cuya primera entrega me fue suficiente para no volver a poner un quinto en la taquilla de ningún cine con la clara y deleznable intención de chutarme aún más horas de caras a punto del vómito, diálogos bobos, dramatismos ridículos y rostros inexpresivos. Y ahora, miren nada más quien viene con la cola entre las patas, traigo en mi mochila Los juegos del hambre, y me uno así a los miles de jóvenes lectores que, alrededor del mundo, le han dado una semana de sus vidas a Katnees Everdeen y su Distrito 12, y a la trilogía homónima del primero de sus tomos, al que le siguen En llamas y el ya casi acabado de leer por mí, Sinsajo. A una comunidad cuya voracidad lectora no responde a otra cosa, hay que decirlo bien, que la composición de una historia pensada para ser leída, mire usted qué ironía, con la constante incentivación del hambre lectora.

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No hay moral, se los dije hace tiempo. Nos sentamos en la que quedaba. Y ahora, sin piedad, producimos en masa productos de fácil adquisición que nuestros abuelos ni nuestros padres tuvieron acceso a consumir jamás. Pienso  por ejemplo en la experiencia lectora de Doña Maguirris, a quien en temprana edad marcó otro best-seller igualmente cinematografiado, sin duda uno de los primeros de la historia de la ya hoy consolidada dupla literatura-cinematografía. Me refiero a Matar un ruiseñor, la célebre historia de Harper Lee cuyos dilemas sociales, éticos, morales y hasta raciales, dejaron tempranamente en claro muchas cosas a la autora de la mitad de mis días -ya les dije que nomás puso un óvulo inicial y muchos sopapos posteriores, que tampoco se la crea toda-, por lo menos en lo que a condición y pasiones humanas se refiere. 
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Me queda claro que los tiempos del comercio editorial actuales son muy distintos a los que vivió Harper Lee previo a la publicación de su más famosa novela. Su contexto le permitía inspirarse, hablar de lo que quería hablar y contarlo casi como lo quería contar. Las editoriales vendían al escritor, y los lectores seguían a éste no porque vendiera, sino por lo que escribía. Una cosa, sin embargo, sí debe estar muy clara para todos: las editoriales nunca han publicado para perder. No hay forma, en serio, de pensar sobre la posibilidad de la pérdida un negocio cualquiera, ni siquiera uno cuyos fines aparentes son al menos en sus bases tan preclaros y dignos como los que se esperaría persigue la industria editorial, en función de la difusión de la literatura. Está más que claro: ninguna empresa se funda para perder. Y ninguna creación que salga de ella llega hasta el lector pensando en no ser vendida, eso universalmente, desde Lee hasta Suzanne Collins.
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Lo cierto también es que en recientes años los contextos sociales y económicos específicos que atraviesan los sistemas macroeconómicos existentes -y persistentes, a pesar de que los organizadores de tianguis del trueque en todo el orbe desearían algo diferente-, la industria editorial, al menos en latinoamérica, ha atravesado por un periodo de incomparable voracidad y tendencia a la predilección por las apariencias y superficialidades, un fenómeno que, ciertamente, no había visto antes en su historia. En los cincuentas, si Marilyn Monroe hubiera escrito un libro sobre su vida, hubiera salido a la venta convirtiéndose en un hit más por la aparición del hombre de una súperestrella en una portada bibliográfica entre los títulos de Wells, Bradbury o el propio Miller, su último esposo. Hoy, si Wells, Bradbury o Miller tuvieran la posibilidad de echarse un último round con la página en blanco, compartirían un penoso espacio con José José, Anel, Paty Chapoy, Consuelo Duval, Margarita Gralia o Jenny Rivera -que en persona nunca pudo articular una frase coherente en castellano entendible, pero que extraña y sorprendentemente encanta ahora a todos y paraliza el mercado editorial con una biografía postmortem... ajá-. Sacre diu! Así las cosas yo, de ser ellos, aplicaba la media vuelta y salía en bandada.
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Sucede, claro está, que la gente que lee literatura "de la buena" -terrible y ridíulo adjetivo compuesto he
utilizado para agrupar a los muchos cánones, a los muchos autores que se estudian en academias formales y a quienes desquiciados licenciaditos y maestros y doctores colegas míos damos el banderazo, la aprobación, la innecesaria crítica que incluye el visto bueno-, la gente que se interesa por autores y títulos que comparten algo con corrientes y escuelas literarias, o que se esfuerzan por hacer por la literatura como arte algo más allá de vender, es poca, y las editoriales han tenido que migrar sus vuelos para conquistar a los lectores que lleva pegado, cual cyamidaes a tormentosa ballena gris, el monstruo insufrible que es la televisión abierta en nuestro país. Y la fórmula no puede ser más efectiva, porque de leer el TvyNovelas quincenal de veinte pesos, la señora ama de casa pasa a pagar doscientos pesos por el tomo de la autobiografía de la artista farandulera que a ustedes se les antoje -porque a estas alturas, creo, ya todas ventilaron a sus amantes, incentivaron el morbo popular y le dejaron unos cuantos peñiques a la enflaquecida industria editorial latinoamericana. Todas, dije, creo, hasta las Pinal-. El resto del pastel se lo reparten las firmas fuertes, de calidad o no, que incluyen por igual a Paulo Coelho -gulp-, Jorge Bucay -doble gulp-, Isabel Allende -medio gulp-, y Vargas Llosa -ausencia total de gulp-, y a otros tantos "ídolos de ventas" de cuyas ubres intentan sobrevivir por igual agentes literarios, asesores de imagen y publicistas. Y todos con dinero, y lecturas para todos, y todos felices.
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Todos menos, claro está, jóvenes y novedosos escritores cuyo talento, no lo dudo, resulta insuperable, pero cuyas creaciones díficilmente llegarán pronto a las portadas y las listas de ventas porque sus vidas no han sido papparazziadas, golpeadas por una celebridad, acusadas de evasión fiscal o porque no han desnudado sus cuerpos en pantalla alguna. Pobres, pobres "nadies", almas en desgracia, presas de un mundo económico y de una industria editorial que, qué raro, mire usted, oprime al débil en función del mantenimiento suyo y el de los otros fuertes. No quedan más argumentos, su señoría. Ha lugar.
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En medio de todo eso, perdónenme el ditirambo, surgen de pronto buenas composiciones que sí, pensadísimas en vender, aportan algo más al universo de la literatura que la sola entrada monetaria. Algo más que el billete, algo más que la creación de fanáticos insistentes. Me queda claro que Los juegos del hambre fueron estructurados por Suzanne Collins pensando un poco en la estrategia mercadológica de la novela por entregas, a cuyo final de cada capítulo correspondía siempre una sorpresa, una frase inesperada, un lapidario comentario que dejaba al lector preso, que lo obligaba a correr el domingo siguiente al voceador para adquirir el siguiente tomo y continuar leyendo. Y pensando mucho, por otra parte, en la intriga, el ritmo y la adecuada condensación de contenidos informativos que hacen hoy día tan populares a las series televisivas de acción y suspenso. Todo lo cual se resumen en una fórmula ganadora: crear adicción, mantener la alerta, incentivar la emoción y condensar la empatía, lo que por igual se aplica a la trilogía estadounidense que hoy cargo en mi mochila, con todo y sus lugares comunes, frases lapidarias y personajes arquetípicos, que a todos los episodios de los CSI, los Game of thrones, los Law and order y los ER que a ustedes se les antojen, en sus múltiples versiones, y en los muchos productos que han inspirado alrededor del mundo.
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Oiga usted, ¿y toda esa fabulación es mala? Buh. Maldad o bondad son dos términos que vienen poco al caso aquí, y que he procurado y seguiré procurando mantener al margen mientras escribo. Buena o mala entonces, la aplicación de una fórmula televisiva a la creación de una novela es exitosa, y fructifica en el lector acostumbrado a y consumidor frecuente de esa clase de productos televisivos. Creo, entonces, es mi caso, porque Collins y su universo famélico ha conseguido mantenerme leyendo por horas enteras, sin ninguna pérdida de atención, algo que ya no conseguía desde hacía tiempo ningún material literario. 
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Esto me ha obligado a hacer un profundo análisis de mi hábito lector. Y he encontrado otras muchas novelas  armadas con la misma fórmula cuya lectura he dejado inconclusa por otra razón de peso: el planteamiento del dilema o tema general no es de mi interés. Pero el caso de Los juegos del hambre, cosa que inteligentemente ninguna publicidad manifiesta, supongo por el temor a que al hacerlo salgan corriendo los jóvenes lectores ante la aparición de palabras como "dictadura", "régimen totalitario", "novela de dictador" o "dilema ético-social", el artículo central en torno al cual gira bien estructurado el resto del andamiaje armado por Collins, es el asunto de la dictadura, y todo lo que ella implica, al cual se suman necesarios elementos como la creación del ídolo, la desestructuración del Sistema -así, con mayúsculas, para que no haya nada que se atreva a sobrepasar su altura-, la fragilidad del régimen totalitario y conceptos abstractos como la libertad, el ansia de poder, la desigualdad y la injusticia.
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Piensen ustedes en la novela de dictador que quieran. La que les venga a la mente. Piensen, incluso, en novelas que sin ser propiamente de dictador, plantean universos narrativos en que de algún modo está presente el fantasma de un régimen totalitario. Para no dejar muy sola a Collins, traeré dos creaciones anglosajonas a la mesa: 1984, de George Orwell, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Ambas magistrales, ambas clásicos literarios a todas luces. Ahora, pobre de mí, sentaré a la trilogía de Collins a la mesa a departir con esas otras dos novelas. Ahí está, ahí lo tienen. Las tres, desde sus estilos y trincheras, comparten la planteación, vía verosimilitud más o menos bien lograda, de atmósferas, pasiones y sentimientos comunes y necesarios para la creación de un universo narrativo en que está presente el totalitarismo, el dictador, el poder central aplastante y la progresiva y consecuente deshumanización del Sistema entero. En todas, sin excepción, hay fuego, cenizas, creación de ídolos, rebelión. En todas, sin lugar a dudas, surge un héroe que intenta modificar el estado de las cosas, despertar a los alienados, incentivar la llama y servir incluso él mismo de chispa entregándose a la necesaria combustión. En todas, también sin lugar a dudas, al héroe lo motiva, más allá del conocimiento de la verdad, la sensación irónicamente instintiva, de que las cosas no están bien, ni deberían ser normales, de que es necesario generar un cambio, tirar la estructura social y volver a construirla 
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A esa puesta sobre la mesa, Collins y su creación sobreviven. El resto de las novelas de dictador que he leído, incluso latinoamericanas, desde Asturias hasta Carpentier, no están lejos de versar en ese mismo conjunto de referencias comunes. Todas comparten, sin duda, la crítica puesta en función del poder y las estructuras de injusticia que suelen llenar algunos gobiernos. En el caso de Collins, hay ya voces no desconocedoras del asunto que apuntan a que la trilogía de Los juegos... es hija legítima del doble mandato de George W. Bush, que sembró el miedo y llenó las conciencias y las vidas de los vecinos norteamericanos -y de parte del mundo occidental- de asuntos que están presentes, mire usted qué ironía, en los regímenes totalitarios sin excepción: la concepción de la amenaza, la institucionalización de la defensa, el convencimiento social de la obligatoriedad del ataque a enemigos invisibles, la construcción de enemigos invisibles, la desarticulación de los derechos humanos y la ambigüedad en los términos de la justicia y el sentido humano. No lo dudo, y también desde ahí, Los juegos... tienen interés con qué leerse.
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También está la construcción de Katnees Everdeen. Intento pensar en otro producto artístico-literario del estilo que plantee desde su propia conciencia como personaje la construcción-narración del proceso de creación del ídolo liberador de la opresión dictatorial. Pienso, por ejemplo, en el trabajo de Alan Moore y David Lloyd en V from Vendetta, y ni siquiera en sus personajes encuentro una apuesta tan arriesgada y exitosa como la que ha emprendido Collins para generar a Katnees. A la "chica en llamas", la autora inteligentemente le ha cedido el poder de la narración, de modo que ha matado dos pájaros de un mismo tiro: contar la historia propiamente dicha de tres años en la vida de la adolescente, al tiempo que se plantean los asuntos propios de su edad y los propios de su condición de ciudadana de un país en estado de dictadura-guerra; y en la misma bala acercar al lector al proceso de construcción del ídolo o símbolo liberador desde las entrañas de éste, desde sus frustraciones miedos, incertidumbres, indecisiones y decisiones. Desde su corazón y su mente, desde toda la complejidad de su alma. 
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Porque sucede que Katnees no quiere ser un símbolo, y si accidentalmente se convierte en uno, rehúsa la prolongación de la aplicación de ese adjetivo en su persona. Rehúsa, porque rebelde y algo salvaje ha sido desde siempre, motivada no por otra cosa que la necesidad de no dejar de procurarse la supervivencia y por el hambre que la acosa a ella y su familia como un fantasma desde su nacimiento, rehúsa ser absorvida por el Sistema, aún por el rebelde -que es, aunque no quiera, otro Sistema-, y ser el títere de lo que sea, aún de una causa liberadora y equilibrista. El resultado es tan interesante como complejo, y Collins lo lleva hasta el final, me parece, con la cabeza tan en alto como pueden permitir asuntos tan varios y delicados como los que he deshebrado aquí para ustedes.
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Ahora pueden volcarse en amenazas en mi contra, tacharme de traidor, quemar mi título profesional, lanzarme al fuego de la ignominia, o darle una semana a Suzanne Collins y dejarse llevar por su trabajo literario. Ahí las tienen, dos opciones, más de las que tendría Katnees. Cuando decidan me hablan. Mientras, si deciden pronto, voy a estar tirado de panza sobre mi cama viendo cómo las cosas se le complican a la protagonista, cómo no puedo dejar de leer Sinsajo, y cómo termina este proceso accidental de conversión de Katnees en una leyenda. Ay, hasta hambre me dio.
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¡Salud!

El adiós del Ciudadano.

"Hasta que hayas amado a un animal, una parte de tu alma estará dormida"
Anatole France.

El Ciudadano Nez nos ha dejado hoy. Ha emprendido el mismo viaje que otros antepasados suyos debían hacer por obligación a la muerte de sus amos. Los egipcios sepultaban a los perros del faraón y sus altos funcionarios con éstos, y los aztecas hacían lo respectivo con sus xoloitzcuintles. Es irremediable, y es impostergable: modificados por nosotros hasta hacerlos prácticamente nuestra creación, el destino del perro es acompañar al hombre. Los grandes individuos de la Historia, en todas las áreas y disciplinas posibles, han tenido al suyo, lo han hecho parte de su familia, lo han adoptado confiriéndole sin falta un rango mayor a veces al de un sirviente, un mayordomo, una dama de compañía. De la pradera estadounidense a Versalles, del oro de Machu Pichu al Channel No. 5 parisino, los perros han permanecido junto a los hombres como un recordatorio de que, sobre la aparente crueldad y aplastamiento que la naturaleza infringe sobre todas las criaturas al menor movimiento, siempre ha existido la posibilidad de que el hombre modifique algunas cosas de su medio a su favor.
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Pero al Ciudadano, respetable y encantador hasta su último guiño, le ha fallado el cálculo, y la vida se le ha extinguido un poco antes que la de sus amos. En últimas fechas, supongo, veía a Doña Maguirristriskismiskisliskisfriskas, y se preguntaba: "¿Ya, o todavía le faltará mucho, Doña? ¿La aguanto otro poquito?" Otro par de días, el tiempo suficiente para que una insaciable infección hepática y un grave daño orgánico ocasionado por un soplo cardíaco agudo, debilitaran hasta su conocido apetito, al grado de que miraba ya todo con ojos, literalmente, de perro café.
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Entre la opción de dejar que las cosas siguieran su curso, con el respectivo acabamiento y el consecuente arraigo del dolor y el pesar físico y anímico -quien diga que los perros no tienen alguna especie de alma, anda muy errado-, o facilitarlo todo con el favor de la eutanasia, y atendiendo a la súplica de dignidad y caridad que exige desde su concepción todo ser vivo, y a los catorce años de insuperable servicio que el Ciudadano brindó a esta mi familia -y también suya si ayudan con los gastos, que ya van creciendo porque La Fer y El Rafa comen como si odiaran a sus respectivos y atormentados padres-, atendiendo pues a llamamientos irrenunciables del amor y la humanidad-perreidad, a los lazos inexplicables que se tejen entre las criaturas, decidí como su amo poner fin al tormento y entregarlo a su ciudadanía divina.
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Esto debe resultarles extraño, porque estoy hablando de un animal. No tengo más opción. Lo que es justo para los protectores de animales, es injusto para los progresistas. Y viceversa. Pero mal hombre sería sin darle a cada cosa su lugar, a cada criatura su pertenencia. Ha sido un gran compañero. Inigualable. Sus fallas tienen todas sentido, y todas dirigen un guiño a la lógica: fue terco, caprichoso, desobediente, tragón, impredecible y defensivo, porque todos en esta familia, que les digo que ya se extiende en más bocas y más corazones, somos todo eso, y a la quinta potencia. El Ciudadano, de férreos genes germánicos, no ha hecho más que adaptarse a las circunstancias. Además, está claro que sus fallas se compensaban grandemente con todos y cada uno de los momentos de seguridad y compañía que pudo generar para cada miembro de esta familia.
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Al tiempo que yo enfermé, y como consecuencia de que ya no hubo quién le procurara su caminata diaria, él lo hizo, y verlo arrastrarse con sus patas traseras ante la imposibilidad de que su columna vertebral reaccionara fue una de las duras bofetadas que me devolvió a la vida. Tras ese incidente, secretamente hicimos un pacto: cuando uno de los dos volviera a dejar de comer, el otro entendería que se había acabado el abrazo de amor con la existencia, y que había llegado el momento de partir. Y el otro tendría la total responsabilidad de hacer lo posible por ejecutar la salida. Cuando la mente de Don Benja comenzó a nublarse y su pensamiento fue perdiendo hilos y razón, el Ciudadano se sentó a su lado y mantuvo apoyada su cabeza sobre mi padre. Cuando su enfermedad le imposibilitó seguir habitando en esta casa de cal y canto, el Ciudadano movió personalmente la colcha azul que siempre le sirvió de cama hasta el cuarto de Doña Maguirris, y ayudándose con su hocico se mudó personalmente al espacio junto a la cama de tan notable catequista, quien además goza del beneficio ad vitam de ser la autora de mis días -bueno, la media autora, porque ella nomás puso el ovulito y luego me corrigió a sopapos-. Nadie objetó nada, y Doña Maguirris, también recién mudada a esta casa de paredes blancas y amplias habitaciones -?-, se volvió célebre en el vecindario por su copetazo gris y su perro salchicha de intocable temperamento.
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Desde entonces los dos formaron una pareja famosa, que como toda pareja famosa gozó de fama, dimes, diretes y miradas indiscretas. Esa alianza me quedó muy clara cuando hace unos meses el Ciudadano salió a olfatear el coto privado en que vivimos, y lo encontré siendo esperado por un vecino que pacientemente aguardaba con el carro encendido a que el Ciudadano se dignara en desocupar su espacio de cochera para poder estacionarse en su domicilio, y luego de que yo le recomendara, totalmente en broma, lanzarle encima todo el poder de la máquina, el vecino espetó, asustado: "¡No, imagínate! ¡Me mata tu mamá!" Eran prácticamente un matrimonio. Iban juntos a todos lados, públicamente se le veía en los prados corrigiéndolo, apurándolo para saciar sus necesidades fisiológicas y recogiendo sus heces, y en casa le bañaba, lo alimentaba, le ennumeraba sus mutuos achaques, lo corregía y hablaba con él en todos los tonos y registros posibles. Cuando en recientes fechas Doña Maguirris decidió abandonar esta casa nuestra, al llegar por la noche encontré al Ciudadano con el rostro demudado, el semblante triste, como de quien ha perdido algo que le daba razón a muchas cosas. Le serví la comida, platiqué con él, incluso lo saqué a pasear como acostumbraba hacerlo con Maguirris. Pero en cada intento observé siempre cómo el Ciudadano me seguía la corriente más por mejorar mis sentimientos que por hacer algo de provecho con los suyos. El reciente regreso progresivo de su compañera humana, renovó su experiencia de vida hasta que múltiples fallas de su organismo cesgaron su existencia.
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Hoy ha perdido la batalla contra la vida, que de pronto, y sin que él lo entendiera, se ha volcado en su contra, atacándolo desde adentro como jamás lo imaginó de ningún rottweiler o labrador, amante como era de ladrarles hasta el cansancio con el complejo de chaparro que lo caracterizó durante todos sus catorce años. Y hoy que se ha ido, que he llorado su partida a pesar de que en los días pasados, cuando se iba antojando imposible otra salida, me he propuesto pensar en él sólo como un animal, hoy que por fin ha vencido en mí la idea de que he entregado a la muerte a otro familiar cercano, la casa se siente enormemente vacía, yo infinitamente solo, y la única esperanza a la que recurro es a su posible existencia en otro plano.
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Si esto es así, como lo quiero yo pensar, estará ya jugando pelota con Don Benja, quien en sus buenos ratos gustaba de practicar el bagminton teniendo como competidor al Ciudadano, quien hábilmente saltaba para interceptar la pelota de tela, generando interesantes partidos en que, por lo regular, ambos terminaban exhaustos, acalorados y bebiendo litros de agua, cada uno a su modo, cada uno a distinto nivel del piso, pero hermanados, unidos como seguro lo estuvieron Viernes a Robinson Crusoe, Samantha al coronel Robert Neville, o algún perro lanudo y colmilludo ya sin nombre a su respectivo hombre de las cavernas. Porque, animales al fin, nuestros lazos son obligatorios, y van más allá de toda apariencia que raza o especie posea. La unión que ha existido entre él y mi familia no respeta ni entiende de parametros o niveles, ni del fugaz accidente que es el código genético.
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En el último abrazo, cuando ya sus fuerzas no le permitían objetarme nada, le he dejado clara mi gratitud profunda y el sentido dolor que traerá su pérdida. Le he agradecido los ratos y los aprendizajes, y su presencia constante en los procesos más dolorosos de mi conversión en adulto. Y entonces, en sus ojos que me decían adiós, me ha quedado todo claro. Si Dios existe, y si tiene, como creo, un plan divino para cada uno de nosotros, ha depositado en criaturas como el Ciudadano un punto de equilibrio, un recordatorio de su amor, una palanca y un acercamiento. Él estuvo aquí, ahí, en él, todo este tiempo, y apenas ahora me ha quedado totalmente claro. Lo que he hecho es lógico y obligatorio: al entregarlo a la muerte lo he devuelvo a la Creación, quien nos lo ha prestado sólo por un momento, sólo por una etapa, tras la cual no sirve de nada, es hasta inhumano, retenerle más. Así de claro, así de doloroso, así de necesario y amoroso.
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Entonces, ¡hasta la vista, Ciudadano Nez! ¡Hasta el próximo atardecer bajo la lluvia!
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¡Salud!