sábado, 7 de diciembre de 2013

Mima


Mima se ha ido. Éste, reflexiono en primera instancia y antes de que el fantasma del olvido juegue conmigo como acostumbra, ha sido un año de pérdidas. Algunas, las menos, han dado pie a felices reencuentros, cumpliendo cabalmente aquello de que "si crees que algo es tuyo, debes dejarlo ir". Otras, las más dolorosas o impactantes al menos, han sido irreparables. Se han ido personas cercanas, con quienes apenas un par de meses atrás se convivió, se charló, se compartió, se disfrutó de la vida. La vida, en su continuo salir de escena en este 2013, ha dejado muy clara para mí su lección más importante: lo que tiene de hermosa, diversa, interesante y retadora, lo tiene de fugaz. Lo que ofrece, como en buffet de desayuno, es muy bueno, pero dura sólo un par de horas, tras las cuales, claro está, hay que pagar otro cubierto.

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La pérdida más dura, la más fría, la más anonadante, se dio esta tarde. Es una pérdida cercana a la orfandad. Mima era, sin temor a exagerar, una segunda madre no sólo para mí, sino para muchos que, compartiendo la "primeidad", compartimos también con ella el gigantesco regalo que fue ser sus sobrinos. Un regalo de luz, de amor, de igualación de las posibilidades: cuando en cualquiera de los núcleos faltaba mamá o papá, Mima aparecía con sus bolsos gigantescos, su altura despampanante, su melena de tubos y fijador, su carga de palabras prohibidas, su sonrisa abierta y su risa fácil que lo llenaba todo, incluso el hueco que faltaba, el espacio vacío del corazón, el eco y la tristeza.
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No había lugar como sus brazos. Yo, que guardo en mi memoria con cariño -con las limitadas capacidades que ésta tiene- los abrazos más frondosos, puedo asegurar que difícilmente había espacio tan cálido, tan amoroso, tan dador de energía y luz, como sus brazos largos, fuertes, de mujer a quien el trabajo le ha resultado, más que una necesidad, un modo de explicarse la existencia. Los brazos de una mujer que, amando mucho y entregando mucho, también sufrió mucho y padeció de mucho. Pero a quien, pese a lo difícil que le resultó aprender la lección, nunca le vimos una mala cara, nunca le padecimos una amargura. Como buena mujer de tierras calientes, tenía su carácter, eso sí. Pero con la misma boca que maldecía y chingadeaba, acurrucaba y enternecía. Amaba, sin miramentos, con la conciencia aparente de que ésa, amar, era la tarea para la que había sido señalada en esta vida.
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Cuando a don Benjamín esa misma vida le dio un golpe directo en el corazón que lo dejó en coma unos días y en convalecencia de por vida, estando todavía él en un profundo sueño y doña Mago -tremebunda, entregada, abnegada y entonces casi viuda- obligada a cuidarlo, Mima apareció una tarde con sus doscientas maletas enormes, su melena exhuberante, su "¡mis amores!" en la punta de la lengua y sus bolsas de dulces, tamales, chilorios, suaves de coco y demás delicias sinaloenses colgando de las manos. Llenó la casa de tanto amor, que mis hermanos y yo casi olvidamos la tragedia, el filo duro de la orfandad y la viudez de la madre que se ceñía sobre nosotros hostigoso, alarmante. Cocinó lo que pedimos -con la excelente mano que siempre tuvo para hasta por la comida llenar el corazón-, limpió y sacudió la tristeza y el polvo, cantó en el patio mientras tendía nuestros uniformes, y por al menos un mes no dejó que ningún aviso de luto tocara a la puerta. Su luz, lo veo ahora con claridad, espantó a la muerte, cuyo fantasma nos rozaba ya la espalda.
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En esa misma temporada, Mima aceptó llevarme a la fiesta de cumpleaños de un compañero de la primaria. Nueva en la ciudad, pero hábil en el volante, Mima guió el carro de doña Mago por calles que ambos desconocíamos, ella por su extranjerismo y yo por mi edad. Acostumbrada a conducir su eterna Combi naranja, Mima tomaba avenidas y asaltaba boulevares a fuerza de "pitazos", "chingados" y "cabrones", trío de garantías viales que manejaba a la perfección. Ya a cierta hora, y harta de no encontrar el número, hizo saltar el Cutlass gris de doña Mago por entre una hilera de pinos en mitad de un camellón. Su intento fue vano. Nunca dimos con el domicilio. Cansada y malhumorada, volteó conmigo y propuso un trato, porque entre ella y yo la complicidad fluyó siempre desde que compartimos la primera mirada: "Oye, hijo, ¿y si le das el regalo mañana a tu amiguito y vamos ahorita por una nieva de chorro?" Sobra decir que se hizo el trato.
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Tiempo después, le devolví el favor. Huyendo de un conflicto con uno de sus hermanos, y del calor infernal que habita las mitades de año en tierras sinaloenses, Mima vino de visita a pasar hace años un verano. Me pidió que la llevara al centro de la ciudad que habito -iba a escribir "mi ciudad", pero imaginé traicionada a Mi Ciudad, la verdadera, que reina y manda por los siglos de los siglos desde su Altiplanicie central, y sentí asco de mí mismo-. Planeé un itinerario y la paseé por cuanto rincón histórico pude. Acostumbrada a recorrer siempre todo Culiacán a pie a partir de que su inseparable Combi naranja dio de sí, no chistó ni reclamó. Hacia el atardecer, nos atraparon las horas en una banca de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, con sendas coca colas y bolsas de papas fritas con chile y limón en nuestras manos. Por primera vez, creo, entendió que estaba junto a un adulto, y puso frente a la luz del crepúsculo los secretos familiares, las historias calladas y los temas revoltosos. Me cuestionó sobre mis preferencias sexuales, e indagó sobre las de El Mayordemishermanos. Guardo ése como el mejor abrazo que nos dimos, el más sincero, el más honesto, puestos ambos al mismo nivel, encontrándonos ambos habitantes de la misma patria en el corazón.
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Ahora un vulgar cáncer nos la ha quitado a todos. Su partida deja tantos huérfanos como primos somos. No puede uno sentir menos que un leve resentimiento hacia la existencia que le ha sido negada. La Menordemishermanas, previo a un reciente viaje relámpago que hizo a Culiacán para visitarla, me confesó adoloridísima: "se me hace muy pronto. Siento que tengo aún por vivir con ella muchas cosas". Es cierto. De Mima nunca hubiéramos tenido suficiente. La calidez de su amor era, por decir lo menos, adictiva. Su compañía un aire fresco, su sola presencia un consuelo, su escucha y su caricia un bien inestimable. Su ausencia deja ahora, entonces, muchos vacíos. El cáncer, que llegó en ella silencioso y voraz, como si temiera que al anunciarse con más antelación lográramos arráncersela de entre las manos, nos la arrebató con una rapidez que, aunque suene raro, se agradece. Porque lo hemos visto hacer de las suyas por años, desintegrando a la persona hasta que ella misma y los suyos la desconocen. A Mima, hay que decirlo, tuvo a bien tomarla casi de improviso. 
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Ahora tendremos que resolver su pérdida. Entregarse a un duelo cuesta el doble cuando quien se ha ido sigue haciendo falta en el corazón. Cuando no hay a quién mirar que cubra el faltante al menos en lo que se consigue aceptar la pérdida. No hay cómo arreglar eso. Habrá, entonces, que entender que lo mejor a esperar es el encuentro cuando nosotros, los que aquí la amamos y disfrutamos del privilegio enorme que fue ser amados por ella, hagamos también lo obligatorio y "adquiramos ciudadanía divina". 
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Hoy, a dónde quiera que esté, no puedo sino enviarle un delicado beso. Lo que me queda es el recuerdo y la lección de amor que supo prodigar con sus acciones. Creer que es cierto aquello de que la vida es sólo el comienzo. Y me queda también lo que dejó en mí con sus cuidados, su presencia y su compañía. La energía que supo proyectar sobre quienes fuimos puestos a su cuidado en alguna ocasión. Lo que hay de ella en mi mirada, mi amar y mi perdonar. Lo que la amo y la amaré por siempre, sin que su pérdida o su ausencia puedan reducir ni un poco la gratitud y el lazo indisoluble que nuestras vidas, al encontrarse hasta en la sangre compartida, compartieron con buena suerte. Muy, muy buena suerte. 
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¡Salud!

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