sábado, 28 de diciembre de 2013

Los fabulosos 26.


"La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza jamás envejece"
Franz Kafka.
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No sé a ustedes, pero a mí me pone terriblemente nervioso cumplir años. Eso, como muchas otras cosas de la vida, es una reverenda tontería. Reverenda por patética, tontería por su poco valor. Esto porque, al menos en mi caso, dicho nerviosismo no responde sino al enfrentamiento de la edad -un mero accidente que se acumula con el tiempo, que es a su vez otro gran accidente- con ciertos paradigmas que, como todo paradigma, se nos ha impuesto desde la convocatoria a un hecho tonto y deleznable: a cada edad corresponde un específico alcance. Ya lo decían los comerciales de la SEP, en los años mozos: "Con seis años cumplidos, a primero de primaria deben ingresar".

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Así que uno, a los veintiséis, debería tener ya un trabajo muy estable, una pareja formal, un buen automóvil, un precioso grupo de amigos importantes y ciertos contactos que le aseguren el futuro. Otra patraña, porque el futuro si algo tiene es que es terriblemente inseguro -cual adolescente atacado por el acné, o Kalimba en su entrevista con Loret de Mola-. En suma, un catálogo de productos qué presumir a los primos en las navidades -me encanta ponerlo en plural, así, navidade, porque en estas fechas nacen muchas, muchas cosas, en muchos, muchos corazones-. 
Desde varios de esos puntos, soy un chile frito. Soy ya un licenciado que no ejerce lo que estudió por cinco años y medio; este año me distancié y luego volví con Mi Cobijadechinosyojos, a quien reconozco, entre muchas otras cosas, que aguantó sin inmutarse los movimientos de un tablero estrictamente personal, un poco a las de "tú hazte bolas con tu vida, a mí que me esculquen"; ando siempre en transporte urbano, porque es tanta la responsabilidad que siento tras un volante que me es imposible sentarme a conducir sin andar pidiendo disculpas de antemano; casi no he visto a mis amigos, y he peleado con dos o tres que, debo decirlo, han manifestado cosas justas tanto como reverendas niñerías -porque así pasa: con los años, uno se vuelve más selectivo, más reacio a abrir el corazón, a andarse por las ramas-. Y de contactos ni hablemos, que el otro día intenté mover mis influencias para obtener un descuento en mi pago anual del agua, y es hora que Lupita la de la tanda, a quien creía una amiga de altos vuelos, no me ha dado el sí. Es que así no se puede, es que así no se puede.
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Pero en esos mismos puntos, soy también un triunfador. Todos los días me levanto para ir a un trabajo que, lejano a las Letras, es cercano a la información, su procesamiento y su difusión para la toma de decisiones, triada fantástica que me encanta, y en donde aprendo siempre algo nuevo, siempre de personas interesantes, dispuestas a enseñar; recuperando sus abrazos, obtuve de Mi Cobijadechinosyojos el regreso de un acompañamiento sin par que siempre tengo a su lado, porque por lento, despistado, ideático y maníatico que sea, es un gran, gran, gran -así, tres veces- compañero de andanzas; con todo y el aumento, no tener carro me permite ahorrar dinero y no molestarme en marchar por los gasolinazos -sí, ya sé, si sube la gasolina sube el diésel, y eso pone a los transportistas de malos pelos, pero entonces yo marcharé contra el aumento en su tarifa, lo que sucederá con suerte cada año, y no contra aumentos en la gasolina que, si bien les va, sube cada día-; a los amigos muy amados los he conservado, y su presencia y su aliento y su escucha y su ejemplo han sido a veces mi guía y mi orgullo, mi buena tarde, mi recordatorio del presente como un regalo -que por eso, decía en KungFu Panda el maestro Oogway, se llama presente-, de la necesidad de mantener los pies sobre la tierra alternando eso con muy altos vuelos; y por aquello de las influencias y los contactos, me basta con abrir los ojos para notar que siempre que algo surge, alguien entre la multitud sale a mi encuentro y me enseña de nuevo a remar. Eso es  parte de lo maravilloso de vivir: abandonados en este "valle de lágrimas", todo encuentro es una posibilidad, todo abrazo es un futuro.
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Ahora mismo estoy cerrando el día de mi vigésimo sexto aniversario. Eso también trae a este Baile una celebración de glamour y pasarela, porque nació precisamente en un cumpleaños mío, hace ya seis arduos años. Y aunque ahora lo visito menos, lo hago siempre que tengo algo importante qué decir, con la conciencia de que no andarán ustedes leyendo por aquí cualquier guarrada, sino verdaderas joyas que han nacido de la observación, la reflexión, el decoro y la razón. Como la trilogía de las sombras de Grey, pero con menos azotones en la cabecera.
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Así que hoy tengo muchas qué festejar. Celebro el amor, que llega todos los días a mí a raudales, en muchos disfraces, en múltiples formas, en muchas vías, y me abraza, y me sorprende, y me cuestiona sobre qué he hecho para merecerle, qué hago todos los días para conservarle; celebro la familia, que distanciada o incomprensiva, es también herencia, historia, raíz, yacimiento; celebro la posibilidad de haber nacido en un país que me ofrece los regalos del sabor, la risa, la pasión, el arte y el color, y que sólo pide a cambio mi apertura, mi humildad; celebro el amanecer, la lluvia, el anochecer, el sol, la luna; celebro los sabores que me gustan, las enfermedades que me alentan, las palabras que me alientan; celebro ser hispanohablante -con veinte y tantos años de experiencia-, y la posibilidad de abrazarte en ese idioma; celebro la palabra, que es una joya preciosa, su uso y su evolución; celebro el trabajo, que dignifica y moviliza; celebro la sonrisa, la carcajada y el llanto, a partes iguales; celebro la Historia, que es una hechura preciosa del tiempo; celebro mis preferencias, y hago de ellas sólo una parte de mí; celebro mi cuerpo, sus límites y sus alzamientos; celebro la música, la literatura, el cine, la pintura, y los sentidos que, como cinco regalos, se han puesto en mi individualidad para celebrarlo todo; celebro la reflexión, el encanto, los fuegos artificiales, el descubrimiento; celebro la niñez que vive en mí, que es, dice El Mayordemishermanos, una tautología; celebro la inspiración, la creatividad, el esfuerzo y el dormir; celebro los sueños; celebro la muerte, que es final, descanso y recordatorio; celebro los viajes, los que van al interior y los que ocupan carretera; celebro los saltos al vacío, y los paracaídas; celebro la amistad, la compañía, la verdad y la soledad; celebro el retorno, y el laberinto, y su salida; celebro la luz, el cielo, la estrella y la Creación. Celebro el baile, y el Baile. Celebro el inestimable regalo que es la vida.
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¡Salud!

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