sábado, 7 de diciembre de 2013

La segunda vuelta.


Michelle Bachelet prepara ya el camino que la llevará, por segunda ocasión, a La Moneda. Lo hará, válgame usted la repetición, por segunda vuelta, un método electoral que garantiza, dicen las democracias practicantes, que los indecisos se aclaren y los decididos se confirmen. Esto me hace pensar que, en ocasiones, por aquello de la chancla que yo tiro -dicho siempre repetido, jamás confirmado-, el no volveré, la maledicencia respecto a las segundas partes e indiscreciones semejantes, las segundas vueltas se ponen de moda. Las ventajas de regresar la página son múltiples. Vea usted una película que le gusta. Véala de nuevo. La confirmación será motivo de contundencia: o se queda usted en su gusto, y le encuentra más escenas, más detalles, más gestos, más colores, o la desecha y pone en su lugar los quinientos capítulos de Mirada de mujer. Así de duro, así de claro.

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Todo esto viene en relación a que Mi Cobijadechinosyojos y yo hemos vuelto. Esto es motivo de muchas cosas. Habrá quienes, no creyendo en las segundas oportunidades, tomen como un mal paso mercadotécnico esta decisión. Una mala estrategia que, dirán los más incrédulos, sólo responde a los tremendos fríos que las madrugadas nos han estado acomodando a lo largo y ancho de todo el país. Crean lo que quieran. Yo, por puro buen gusto, no me meto en asuntos de fe, gobierno y ejército. Y luego asuman la responsabilidad de que, si no se cree en el Cielo, no existe derecho a réplica si les toca partir y llegar ahí pretendiendo pedir asilo postmortem.
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Para nosotros, que hemos protagonizado el regreso hasta ahora, para estos dos hombres adultos, conscientes, consistentes -bueno, esto a veces como que nos falla, pero le echamos gans-, y llenos de buenas intenciones, esto es motivo de mucha energía puesta en marcha. Ya, para tales efectos, le hemos metido a las respectivas almas una dosis extra de Redbull, y dos dosis grandes de paciencia. Lo primero para no dejar de caminar -cosa que cuesta volver a hacer después de que se ha pisado el freno-; lo segundo, para que el caminar sea honesto, sincero, concienzudo. 
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Y vamos bien. Ya sé, hasta esto último escrito no podían ustedes dormir de la zozobra. Pues listo, vayan estirando la cobija y apeñuscando sus pies fríos. La verdad es que hemos vuelto del exilio renovados, dispuestos a retomar la construcción de la patria nuestra, corregir dos o tres estructuras que de facto hemos visto en la distancia estaban mal, andaban chuecas, y enderezar la navegación hacia puertos menos flemáticos, menos codependientes, menos irrespetuosos de la individualidad, un efecto de la libertad que el romance a veces olvida, a veces obliga a ignorar.
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Es cierto que nos somos perfectos, ni infalibles. La tranquilidad al respecto danza alrededor de un consuelo multitudinario: nadie lo es. Hoy en día, más parejas de divorcian de las que se forman -¿cómo? No sé. Pregúntenle a Gaby Vargas, Martha Debayle, Lolita Ayala, Fernanda Familiar o demás comunicadoras amantes de la estadística demencial-.  Ante la fragilidad de las relaciones y la dureza que en ellas imponen los tiempos corrientes, lo adecuado, el último recurso de hecho, es entender que lo obligatorio es caminar. Para eso nos hemos elegido, de entre las multitudes, y para eso mismo hemos vuelto a sentarnos en la misma banca, a pronunciar el mismo idioma, a compartir el pan.
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No se trata, pues, de componer la vida. No seremos ejemplo, ni es nuestra pretensión que sobre nosotros se erija cualquier suerte de aplauso, cualquier especie de récord en cuanto a duración, fidelidad, escala de valores, y demás tonterías semejante con que las revistas del corazón tapizan a las parejas famosas. No somos de inicio, y a Dios gracias de por medio, famosos de ninguna índole. Sólo dos hombres, como dije hace un par de párrafos, aprendiendo a regarla y corregirla, lo que es la vida. Nuestro único interés es caminar. Si andando juntos, mano a mano de nuevo, nos surge la posibilidad de ser vistos por otros como un buen remanso, una esperanza, un ideal, eso será sólo un accidente. Nada más que un accidente.
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Les dejo el mensaje más claro posible: amen. Atrévanse. Corren malos tiempos para los soñadores, pésimos tiempos para los que se entregan, pero excelentes tiempos para el azar y el atrevimiento. Y no lo sabrán si no se animan, elevan anclas y zarpan. Lo nuestro, lo que Mi Cobijadechinosyojos y yo nos traemos entre manos, es, además de una predisposición casi innata a tropezar dos veces con la misma piedra, a levantar dos veces la misma chancla, a escribir para las segundas partes los mejores guiones, un fanatismo por la felicidad. Nos gusta, nos encanta, somos sus "fanseses". La buscamos y la hacemos nuestra a la menor provocación. Esto sí, tómenlo por lección: persíganla. Al llegar el último día, sin tener de ello yo conocimiento de causa, presumo ahora que será lo único que nos llevaremos, lo que tomaremos y valoraremos por sobre todo lo demás. Y una vez que la tengan, antes de perderla de nuevo en su efectiva fugacidad, abrácenla y reconózcance en ella. 
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Me voy con una anécdota más al respecto. Hace unos días, un proveedor, enamorado de una de mis hijas -dos mujeres rudas, de batalla, de ésas que pegan y luego preguntan, y que aguantan de todo antes de caer rendidas más por cumplir el guión que por fatal cansancio, dos tremebundas hembras que forman mi equipo laboral-, le dijo a su Julieta antes de salir corriendo, coyón como son siempre los hombres enamorados: "qué bonita es la vida". Y sí. Qué bonita es para el que ama sin reparos, sin temor al dolor, con la conciencia tranquila y el corazón bien claro.
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¡Salud!

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