domingo, 29 de diciembre de 2013

El año que nos deja.


"Me dejó una chiva, me dejó una cabra,
me dejó una esposa y una linda suegra".
Canción popular.
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Éste ha sido, en definitiva, el año más interesante de mi vida hasta ahora. Al menos no recuerdo otro año que significara tantos retos, tantas pruebas iniciáticas, tantos planteamientos, tantos derrumbes, y que me dejara salir bien librado de ellos al alzar la copa y brindar con las campanadas en su cierre. No, no lo hay. 2013 se lució conmigo en materia de exponerme a la vida, y con los resultados le estoy tremendamente agradecido.
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Fue un año de viajar. Fui muy lejos y muy cerca. Conocí lugares que no conocía, probé sabores que no había probado, escuché historias que no había escuchado, y comprobé la certeza de un dicho gastado: México es diverso. Lo que es más, entendí que el dicho le queda corto al hecho. También corroboré la veracidad de esta otra conocida moraleja: el que viaja mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho. Abracé a mi país por su centro, y muchos punto de su cinturón. Me sorpredió con sus innumerables acabados barrocos, sus ciudades de calles trazadas oníricamente por ángeles, sus platillos improvisados al fragor de la batalla. Me abrazó con afecto, y yo le devolví el abrazo con el profundísimo amor que le tengo. No dejo de sorprenderme por sus desvaríos, no dejo de llorar sus incontables ausencias, pero los viajes de este año, los recorridos por sus playas, valles y urbes, me han hecho quererlo más, apreciarlo más, tomarlo, como a las parejas de años, por sus lados menos flacos, y asirlo a mí como una buena estrella que se lleva en el pecho esperando le dé suerte, le recuerde siempre el hogar.
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Fue un año de dejar ir. De aceptar las pérdidas irremediables y luchar por las rescatables. De recorrer la arena recontando los daños, y de volver a construir. O de aceptar la ausencia como un vacío que pesa, duele, se sufre, pero que impulsa el crecimiento personal como la combustión en un cohete. De abrazar muy fuerte, llorar los duelos de las personas y las ideas -que son más dolorosos que los de las personas-, y luego ir soltando hasta caer rendidos y sonrientes. Un año de entender que soy un ser humano, de tenerlo más presente que nunca, y luchar contra la culpa y las equivocaciones que eso conlleva, los miles de males, incluidos los fisiológicos, que tendrán que aquejarme siempre que decida aceptar el reto y seguir viviendo. El reto de estar aquí, de seguir contándola.
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Fue un año de derrumbes. Aceptar que las estructuras construídas no son eternas, y que incluso las que creemos más afianzadas experimentarán con los años desgaste y destrucción. El tiempo es mágico, porque cura -y me curó de varias este 2013-, pero cobra la factura siempre que se le deja pasar. También esto es inherente a nuestra cualidad humana: estamos destinados al final. Por eso, creo, nos gustan tanto los ciclos, y ponemos nuestras expectativas en función de una serie de límites cronológicos: nos dan la seguridad de que siempre, sin importar qué tan dañados quedemos tras el derrumbe, podremos volver a construir, pian pianito, con la confianza y la seguridad de que, si no como antes, por lo hemos abremos de recuperar el techo y la cordura, habrá de ser nuestra de nuevo la razón. 
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Fue un año de construcción. De pedir disculpas y abrazar el amor que se nos da todos los días, eso lo tengo cada vez más claro, como un regalo merecido. El amor en todas sus formas, en todas sus manifestaciones, en todos sus temples y abrazos. El amor en el plato que se nos sirve caliente, la mano que nos recuerda el límite al que debemos llegar, la palabra que toma el corazón y lo aclimata. El oído atento, el consejo bienintencionado, el índice que señala, la puerta que se abre, el corazón que se entrega y se desvive. La paz que se nos brinda. El esfuerzo que se pone en función de nuestra tranquilidad. De aceptar el amor, y de reconocerlo. Porque no hay hombre más infeliz sobre la tierra, incluso por sobre aquél que está solo, que el que no es capaz de reconocer la cara del amor entre la muchedumbre, y asirse de él como de la mayor de las esperanza.
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Fue un año de creación. Si yo siempre ando volando alto, este 2013 fue un año de organizar y direccionar. Un año en que la creatividad, en mí y en los que están conmigo, fluyó con singular energía, llenándolo todo de luz y claridad. Se avanzaron proyectos, se aplaudieron puntos finales, se apoyaron otros sueños, y el resultado fue siempre tan alentador como si fuera todo mío, todo producto de mi pluma. El hecho es claro, y contundente: la creatividad es contagiosa. Estimula su energía en quienes te rodean, y la que provoques en ellos redundará en la tuya. Más claro aún: hecha más agua a la fuente, y el chorro que te caiga será cada vez más grueso -?-
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Fue un año de apreciar mucho. De ver cosas nunca vistas, de leer cosas nunca leídas, de vivir cosas nunca vividas. De conocer personas desconocidas, meterlas por el colador y dejarlas ir. El beneficio de los años está en la valoración excesiva de lo personal. Dicho de otro modo: con los años, se vuelve uno más huraño, más especial. La mula, válganme ustedes la expresión, no era arisca, la hicieron. El filtro se vuelve más pequeño, y hay quienes venían pasando de lo lindo de filtro en filtro, y ya de pronto no caben. Supongo que es uno el que cambia, uno el que crece, y las cosas y los sentimientos y las ciudades y las palabras nos van quedando cada vez más pequeñas, y uno debe, porque el tiempo sigue corriendo inclemente, elegir lo que le queda y lo que no, para usar lo uno a su favor, y para dejar lo otro a la caridad. 
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Fue un año de arte. De escudriñar muralistas y ensayistas, novelistas y sagas populares. De mucho cine mexicano, mucho orgullo nacional. Y de apreciarlo todo desde la mayor sencillez posible, porque no hay otra forma de entender el arte que agachando la cabeza y encendiendo las ideas.
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Fue un año de esoterismo. De visitar templos piramidales, hacerles preguntas a un manojo de cartas, vivir constelaciones y luego guardarlo todo en la maleta de las cosas que hay que vivir. De apreciar las experiencias con otro filtro, quizá más delicado, de más finos agujeros, y no tenerle miedo a lo que, más allá de nuestra razón, nos ofrece la vida en todos sus misterios.
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Fue un año de sonreír con ganas. De sonreírle a los problemas, convertirlos en una broma-papalote, y echarlos a volar. Y con esa misma energía, reír a carcajadas. De placer, de dolor, de entrega y exposición a la verdad. No hay, este 2013 lo comprobó, forma más preclara de aventarse al ruedo que una buena risa. La actitud ha definido este año el noventa porciento de los resultados. El resto, lo que suceda después, ya es cosa que no nos compete, y que por tanto es pertinente no echar en nuestro costal. El método es simple, no más de dos pasos: se cierran los ojos y se abraza la dicha. Incluso en los peores ratos, se abraza la dicha, porque crisis es crecimiento, y no dejamos de crecer hasta adquirir, diría el buen Dante, "ciudadanía divina".
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Fue un año inmejorable. Inmejorable hacia lo que estaba tras él. Y ahora, claro está, 2014 tiene para mí muchos retos gigantescos. Si confío en mi natural creencia en los ciclos, el que inicia en unos días debe ser prometedor. Mucho de lo alcanzado, mucho de lo sorpresivo que tuvo este que termina, estuvo en el hecho de que me propuse desde un inicio abrazar la vida en toda su extensión y vivir tantas cosas como me fuera posible, sin más restricción que mi salud y mi integridad. Y el resultado fue genuino: mi integridad está intacta, y mi vagón, como podrán comprobar en la fotografía que ilustra esta preciosa entrada merecedora de un Pullitzer -y mi nieve de limón-, regresó repleto de recuerdos, de moralejas, de enseñanzas, de luz y de calor. Habrá, entonces, que peinarse de nuevo el copete y asumir lo que viene con los pies bien firmes, porque el mar sigue picado, yo sigo deseando de la vida una sorpresa, y esta ola está que lleva.
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¡Salud!

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