domingo, 29 de diciembre de 2013

El año que nos deja.


"Me dejó una chiva, me dejó una cabra,
me dejó una esposa y una linda suegra".
Canción popular.
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Éste ha sido, en definitiva, el año más interesante de mi vida hasta ahora. Al menos no recuerdo otro año que significara tantos retos, tantas pruebas iniciáticas, tantos planteamientos, tantos derrumbes, y que me dejara salir bien librado de ellos al alzar la copa y brindar con las campanadas en su cierre. No, no lo hay. 2013 se lució conmigo en materia de exponerme a la vida, y con los resultados le estoy tremendamente agradecido.
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Fue un año de viajar. Fui muy lejos y muy cerca. Conocí lugares que no conocía, probé sabores que no había probado, escuché historias que no había escuchado, y comprobé la certeza de un dicho gastado: México es diverso. Lo que es más, entendí que el dicho le queda corto al hecho. También corroboré la veracidad de esta otra conocida moraleja: el que viaja mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho. Abracé a mi país por su centro, y muchos punto de su cinturón. Me sorpredió con sus innumerables acabados barrocos, sus ciudades de calles trazadas oníricamente por ángeles, sus platillos improvisados al fragor de la batalla. Me abrazó con afecto, y yo le devolví el abrazo con el profundísimo amor que le tengo. No dejo de sorprenderme por sus desvaríos, no dejo de llorar sus incontables ausencias, pero los viajes de este año, los recorridos por sus playas, valles y urbes, me han hecho quererlo más, apreciarlo más, tomarlo, como a las parejas de años, por sus lados menos flacos, y asirlo a mí como una buena estrella que se lleva en el pecho esperando le dé suerte, le recuerde siempre el hogar.
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Fue un año de dejar ir. De aceptar las pérdidas irremediables y luchar por las rescatables. De recorrer la arena recontando los daños, y de volver a construir. O de aceptar la ausencia como un vacío que pesa, duele, se sufre, pero que impulsa el crecimiento personal como la combustión en un cohete. De abrazar muy fuerte, llorar los duelos de las personas y las ideas -que son más dolorosos que los de las personas-, y luego ir soltando hasta caer rendidos y sonrientes. Un año de entender que soy un ser humano, de tenerlo más presente que nunca, y luchar contra la culpa y las equivocaciones que eso conlleva, los miles de males, incluidos los fisiológicos, que tendrán que aquejarme siempre que decida aceptar el reto y seguir viviendo. El reto de estar aquí, de seguir contándola.
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Fue un año de derrumbes. Aceptar que las estructuras construídas no son eternas, y que incluso las que creemos más afianzadas experimentarán con los años desgaste y destrucción. El tiempo es mágico, porque cura -y me curó de varias este 2013-, pero cobra la factura siempre que se le deja pasar. También esto es inherente a nuestra cualidad humana: estamos destinados al final. Por eso, creo, nos gustan tanto los ciclos, y ponemos nuestras expectativas en función de una serie de límites cronológicos: nos dan la seguridad de que siempre, sin importar qué tan dañados quedemos tras el derrumbe, podremos volver a construir, pian pianito, con la confianza y la seguridad de que, si no como antes, por lo hemos abremos de recuperar el techo y la cordura, habrá de ser nuestra de nuevo la razón. 
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Fue un año de construcción. De pedir disculpas y abrazar el amor que se nos da todos los días, eso lo tengo cada vez más claro, como un regalo merecido. El amor en todas sus formas, en todas sus manifestaciones, en todos sus temples y abrazos. El amor en el plato que se nos sirve caliente, la mano que nos recuerda el límite al que debemos llegar, la palabra que toma el corazón y lo aclimata. El oído atento, el consejo bienintencionado, el índice que señala, la puerta que se abre, el corazón que se entrega y se desvive. La paz que se nos brinda. El esfuerzo que se pone en función de nuestra tranquilidad. De aceptar el amor, y de reconocerlo. Porque no hay hombre más infeliz sobre la tierra, incluso por sobre aquél que está solo, que el que no es capaz de reconocer la cara del amor entre la muchedumbre, y asirse de él como de la mayor de las esperanza.
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Fue un año de creación. Si yo siempre ando volando alto, este 2013 fue un año de organizar y direccionar. Un año en que la creatividad, en mí y en los que están conmigo, fluyó con singular energía, llenándolo todo de luz y claridad. Se avanzaron proyectos, se aplaudieron puntos finales, se apoyaron otros sueños, y el resultado fue siempre tan alentador como si fuera todo mío, todo producto de mi pluma. El hecho es claro, y contundente: la creatividad es contagiosa. Estimula su energía en quienes te rodean, y la que provoques en ellos redundará en la tuya. Más claro aún: hecha más agua a la fuente, y el chorro que te caiga será cada vez más grueso -?-
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Fue un año de apreciar mucho. De ver cosas nunca vistas, de leer cosas nunca leídas, de vivir cosas nunca vividas. De conocer personas desconocidas, meterlas por el colador y dejarlas ir. El beneficio de los años está en la valoración excesiva de lo personal. Dicho de otro modo: con los años, se vuelve uno más huraño, más especial. La mula, válganme ustedes la expresión, no era arisca, la hicieron. El filtro se vuelve más pequeño, y hay quienes venían pasando de lo lindo de filtro en filtro, y ya de pronto no caben. Supongo que es uno el que cambia, uno el que crece, y las cosas y los sentimientos y las ciudades y las palabras nos van quedando cada vez más pequeñas, y uno debe, porque el tiempo sigue corriendo inclemente, elegir lo que le queda y lo que no, para usar lo uno a su favor, y para dejar lo otro a la caridad. 
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Fue un año de arte. De escudriñar muralistas y ensayistas, novelistas y sagas populares. De mucho cine mexicano, mucho orgullo nacional. Y de apreciarlo todo desde la mayor sencillez posible, porque no hay otra forma de entender el arte que agachando la cabeza y encendiendo las ideas.
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Fue un año de esoterismo. De visitar templos piramidales, hacerles preguntas a un manojo de cartas, vivir constelaciones y luego guardarlo todo en la maleta de las cosas que hay que vivir. De apreciar las experiencias con otro filtro, quizá más delicado, de más finos agujeros, y no tenerle miedo a lo que, más allá de nuestra razón, nos ofrece la vida en todos sus misterios.
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Fue un año de sonreír con ganas. De sonreírle a los problemas, convertirlos en una broma-papalote, y echarlos a volar. Y con esa misma energía, reír a carcajadas. De placer, de dolor, de entrega y exposición a la verdad. No hay, este 2013 lo comprobó, forma más preclara de aventarse al ruedo que una buena risa. La actitud ha definido este año el noventa porciento de los resultados. El resto, lo que suceda después, ya es cosa que no nos compete, y que por tanto es pertinente no echar en nuestro costal. El método es simple, no más de dos pasos: se cierran los ojos y se abraza la dicha. Incluso en los peores ratos, se abraza la dicha, porque crisis es crecimiento, y no dejamos de crecer hasta adquirir, diría el buen Dante, "ciudadanía divina".
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Fue un año inmejorable. Inmejorable hacia lo que estaba tras él. Y ahora, claro está, 2014 tiene para mí muchos retos gigantescos. Si confío en mi natural creencia en los ciclos, el que inicia en unos días debe ser prometedor. Mucho de lo alcanzado, mucho de lo sorpresivo que tuvo este que termina, estuvo en el hecho de que me propuse desde un inicio abrazar la vida en toda su extensión y vivir tantas cosas como me fuera posible, sin más restricción que mi salud y mi integridad. Y el resultado fue genuino: mi integridad está intacta, y mi vagón, como podrán comprobar en la fotografía que ilustra esta preciosa entrada merecedora de un Pullitzer -y mi nieve de limón-, regresó repleto de recuerdos, de moralejas, de enseñanzas, de luz y de calor. Habrá, entonces, que peinarse de nuevo el copete y asumir lo que viene con los pies bien firmes, porque el mar sigue picado, yo sigo deseando de la vida una sorpresa, y esta ola está que lleva.
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¡Salud!

sábado, 28 de diciembre de 2013

Los fabulosos 26.


"La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza jamás envejece"
Franz Kafka.
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No sé a ustedes, pero a mí me pone terriblemente nervioso cumplir años. Eso, como muchas otras cosas de la vida, es una reverenda tontería. Reverenda por patética, tontería por su poco valor. Esto porque, al menos en mi caso, dicho nerviosismo no responde sino al enfrentamiento de la edad -un mero accidente que se acumula con el tiempo, que es a su vez otro gran accidente- con ciertos paradigmas que, como todo paradigma, se nos ha impuesto desde la convocatoria a un hecho tonto y deleznable: a cada edad corresponde un específico alcance. Ya lo decían los comerciales de la SEP, en los años mozos: "Con seis años cumplidos, a primero de primaria deben ingresar".

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Así que uno, a los veintiséis, debería tener ya un trabajo muy estable, una pareja formal, un buen automóvil, un precioso grupo de amigos importantes y ciertos contactos que le aseguren el futuro. Otra patraña, porque el futuro si algo tiene es que es terriblemente inseguro -cual adolescente atacado por el acné, o Kalimba en su entrevista con Loret de Mola-. En suma, un catálogo de productos qué presumir a los primos en las navidades -me encanta ponerlo en plural, así, navidade, porque en estas fechas nacen muchas, muchas cosas, en muchos, muchos corazones-. 
Desde varios de esos puntos, soy un chile frito. Soy ya un licenciado que no ejerce lo que estudió por cinco años y medio; este año me distancié y luego volví con Mi Cobijadechinosyojos, a quien reconozco, entre muchas otras cosas, que aguantó sin inmutarse los movimientos de un tablero estrictamente personal, un poco a las de "tú hazte bolas con tu vida, a mí que me esculquen"; ando siempre en transporte urbano, porque es tanta la responsabilidad que siento tras un volante que me es imposible sentarme a conducir sin andar pidiendo disculpas de antemano; casi no he visto a mis amigos, y he peleado con dos o tres que, debo decirlo, han manifestado cosas justas tanto como reverendas niñerías -porque así pasa: con los años, uno se vuelve más selectivo, más reacio a abrir el corazón, a andarse por las ramas-. Y de contactos ni hablemos, que el otro día intenté mover mis influencias para obtener un descuento en mi pago anual del agua, y es hora que Lupita la de la tanda, a quien creía una amiga de altos vuelos, no me ha dado el sí. Es que así no se puede, es que así no se puede.
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Pero en esos mismos puntos, soy también un triunfador. Todos los días me levanto para ir a un trabajo que, lejano a las Letras, es cercano a la información, su procesamiento y su difusión para la toma de decisiones, triada fantástica que me encanta, y en donde aprendo siempre algo nuevo, siempre de personas interesantes, dispuestas a enseñar; recuperando sus abrazos, obtuve de Mi Cobijadechinosyojos el regreso de un acompañamiento sin par que siempre tengo a su lado, porque por lento, despistado, ideático y maníatico que sea, es un gran, gran, gran -así, tres veces- compañero de andanzas; con todo y el aumento, no tener carro me permite ahorrar dinero y no molestarme en marchar por los gasolinazos -sí, ya sé, si sube la gasolina sube el diésel, y eso pone a los transportistas de malos pelos, pero entonces yo marcharé contra el aumento en su tarifa, lo que sucederá con suerte cada año, y no contra aumentos en la gasolina que, si bien les va, sube cada día-; a los amigos muy amados los he conservado, y su presencia y su aliento y su escucha y su ejemplo han sido a veces mi guía y mi orgullo, mi buena tarde, mi recordatorio del presente como un regalo -que por eso, decía en KungFu Panda el maestro Oogway, se llama presente-, de la necesidad de mantener los pies sobre la tierra alternando eso con muy altos vuelos; y por aquello de las influencias y los contactos, me basta con abrir los ojos para notar que siempre que algo surge, alguien entre la multitud sale a mi encuentro y me enseña de nuevo a remar. Eso es  parte de lo maravilloso de vivir: abandonados en este "valle de lágrimas", todo encuentro es una posibilidad, todo abrazo es un futuro.
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Ahora mismo estoy cerrando el día de mi vigésimo sexto aniversario. Eso también trae a este Baile una celebración de glamour y pasarela, porque nació precisamente en un cumpleaños mío, hace ya seis arduos años. Y aunque ahora lo visito menos, lo hago siempre que tengo algo importante qué decir, con la conciencia de que no andarán ustedes leyendo por aquí cualquier guarrada, sino verdaderas joyas que han nacido de la observación, la reflexión, el decoro y la razón. Como la trilogía de las sombras de Grey, pero con menos azotones en la cabecera.
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Así que hoy tengo muchas qué festejar. Celebro el amor, que llega todos los días a mí a raudales, en muchos disfraces, en múltiples formas, en muchas vías, y me abraza, y me sorprende, y me cuestiona sobre qué he hecho para merecerle, qué hago todos los días para conservarle; celebro la familia, que distanciada o incomprensiva, es también herencia, historia, raíz, yacimiento; celebro la posibilidad de haber nacido en un país que me ofrece los regalos del sabor, la risa, la pasión, el arte y el color, y que sólo pide a cambio mi apertura, mi humildad; celebro el amanecer, la lluvia, el anochecer, el sol, la luna; celebro los sabores que me gustan, las enfermedades que me alentan, las palabras que me alientan; celebro ser hispanohablante -con veinte y tantos años de experiencia-, y la posibilidad de abrazarte en ese idioma; celebro la palabra, que es una joya preciosa, su uso y su evolución; celebro el trabajo, que dignifica y moviliza; celebro la sonrisa, la carcajada y el llanto, a partes iguales; celebro la Historia, que es una hechura preciosa del tiempo; celebro mis preferencias, y hago de ellas sólo una parte de mí; celebro mi cuerpo, sus límites y sus alzamientos; celebro la música, la literatura, el cine, la pintura, y los sentidos que, como cinco regalos, se han puesto en mi individualidad para celebrarlo todo; celebro la reflexión, el encanto, los fuegos artificiales, el descubrimiento; celebro la niñez que vive en mí, que es, dice El Mayordemishermanos, una tautología; celebro la inspiración, la creatividad, el esfuerzo y el dormir; celebro los sueños; celebro la muerte, que es final, descanso y recordatorio; celebro los viajes, los que van al interior y los que ocupan carretera; celebro los saltos al vacío, y los paracaídas; celebro la amistad, la compañía, la verdad y la soledad; celebro el retorno, y el laberinto, y su salida; celebro la luz, el cielo, la estrella y la Creación. Celebro el baile, y el Baile. Celebro el inestimable regalo que es la vida.
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¡Salud!

sábado, 7 de diciembre de 2013

Mima


Mima se ha ido. Éste, reflexiono en primera instancia y antes de que el fantasma del olvido juegue conmigo como acostumbra, ha sido un año de pérdidas. Algunas, las menos, han dado pie a felices reencuentros, cumpliendo cabalmente aquello de que "si crees que algo es tuyo, debes dejarlo ir". Otras, las más dolorosas o impactantes al menos, han sido irreparables. Se han ido personas cercanas, con quienes apenas un par de meses atrás se convivió, se charló, se compartió, se disfrutó de la vida. La vida, en su continuo salir de escena en este 2013, ha dejado muy clara para mí su lección más importante: lo que tiene de hermosa, diversa, interesante y retadora, lo tiene de fugaz. Lo que ofrece, como en buffet de desayuno, es muy bueno, pero dura sólo un par de horas, tras las cuales, claro está, hay que pagar otro cubierto.

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La pérdida más dura, la más fría, la más anonadante, se dio esta tarde. Es una pérdida cercana a la orfandad. Mima era, sin temor a exagerar, una segunda madre no sólo para mí, sino para muchos que, compartiendo la "primeidad", compartimos también con ella el gigantesco regalo que fue ser sus sobrinos. Un regalo de luz, de amor, de igualación de las posibilidades: cuando en cualquiera de los núcleos faltaba mamá o papá, Mima aparecía con sus bolsos gigantescos, su altura despampanante, su melena de tubos y fijador, su carga de palabras prohibidas, su sonrisa abierta y su risa fácil que lo llenaba todo, incluso el hueco que faltaba, el espacio vacío del corazón, el eco y la tristeza.
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No había lugar como sus brazos. Yo, que guardo en mi memoria con cariño -con las limitadas capacidades que ésta tiene- los abrazos más frondosos, puedo asegurar que difícilmente había espacio tan cálido, tan amoroso, tan dador de energía y luz, como sus brazos largos, fuertes, de mujer a quien el trabajo le ha resultado, más que una necesidad, un modo de explicarse la existencia. Los brazos de una mujer que, amando mucho y entregando mucho, también sufrió mucho y padeció de mucho. Pero a quien, pese a lo difícil que le resultó aprender la lección, nunca le vimos una mala cara, nunca le padecimos una amargura. Como buena mujer de tierras calientes, tenía su carácter, eso sí. Pero con la misma boca que maldecía y chingadeaba, acurrucaba y enternecía. Amaba, sin miramentos, con la conciencia aparente de que ésa, amar, era la tarea para la que había sido señalada en esta vida.
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Cuando a don Benjamín esa misma vida le dio un golpe directo en el corazón que lo dejó en coma unos días y en convalecencia de por vida, estando todavía él en un profundo sueño y doña Mago -tremebunda, entregada, abnegada y entonces casi viuda- obligada a cuidarlo, Mima apareció una tarde con sus doscientas maletas enormes, su melena exhuberante, su "¡mis amores!" en la punta de la lengua y sus bolsas de dulces, tamales, chilorios, suaves de coco y demás delicias sinaloenses colgando de las manos. Llenó la casa de tanto amor, que mis hermanos y yo casi olvidamos la tragedia, el filo duro de la orfandad y la viudez de la madre que se ceñía sobre nosotros hostigoso, alarmante. Cocinó lo que pedimos -con la excelente mano que siempre tuvo para hasta por la comida llenar el corazón-, limpió y sacudió la tristeza y el polvo, cantó en el patio mientras tendía nuestros uniformes, y por al menos un mes no dejó que ningún aviso de luto tocara a la puerta. Su luz, lo veo ahora con claridad, espantó a la muerte, cuyo fantasma nos rozaba ya la espalda.
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En esa misma temporada, Mima aceptó llevarme a la fiesta de cumpleaños de un compañero de la primaria. Nueva en la ciudad, pero hábil en el volante, Mima guió el carro de doña Mago por calles que ambos desconocíamos, ella por su extranjerismo y yo por mi edad. Acostumbrada a conducir su eterna Combi naranja, Mima tomaba avenidas y asaltaba boulevares a fuerza de "pitazos", "chingados" y "cabrones", trío de garantías viales que manejaba a la perfección. Ya a cierta hora, y harta de no encontrar el número, hizo saltar el Cutlass gris de doña Mago por entre una hilera de pinos en mitad de un camellón. Su intento fue vano. Nunca dimos con el domicilio. Cansada y malhumorada, volteó conmigo y propuso un trato, porque entre ella y yo la complicidad fluyó siempre desde que compartimos la primera mirada: "Oye, hijo, ¿y si le das el regalo mañana a tu amiguito y vamos ahorita por una nieva de chorro?" Sobra decir que se hizo el trato.
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Tiempo después, le devolví el favor. Huyendo de un conflicto con uno de sus hermanos, y del calor infernal que habita las mitades de año en tierras sinaloenses, Mima vino de visita a pasar hace años un verano. Me pidió que la llevara al centro de la ciudad que habito -iba a escribir "mi ciudad", pero imaginé traicionada a Mi Ciudad, la verdadera, que reina y manda por los siglos de los siglos desde su Altiplanicie central, y sentí asco de mí mismo-. Planeé un itinerario y la paseé por cuanto rincón histórico pude. Acostumbrada a recorrer siempre todo Culiacán a pie a partir de que su inseparable Combi naranja dio de sí, no chistó ni reclamó. Hacia el atardecer, nos atraparon las horas en una banca de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, con sendas coca colas y bolsas de papas fritas con chile y limón en nuestras manos. Por primera vez, creo, entendió que estaba junto a un adulto, y puso frente a la luz del crepúsculo los secretos familiares, las historias calladas y los temas revoltosos. Me cuestionó sobre mis preferencias sexuales, e indagó sobre las de El Mayordemishermanos. Guardo ése como el mejor abrazo que nos dimos, el más sincero, el más honesto, puestos ambos al mismo nivel, encontrándonos ambos habitantes de la misma patria en el corazón.
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Ahora un vulgar cáncer nos la ha quitado a todos. Su partida deja tantos huérfanos como primos somos. No puede uno sentir menos que un leve resentimiento hacia la existencia que le ha sido negada. La Menordemishermanas, previo a un reciente viaje relámpago que hizo a Culiacán para visitarla, me confesó adoloridísima: "se me hace muy pronto. Siento que tengo aún por vivir con ella muchas cosas". Es cierto. De Mima nunca hubiéramos tenido suficiente. La calidez de su amor era, por decir lo menos, adictiva. Su compañía un aire fresco, su sola presencia un consuelo, su escucha y su caricia un bien inestimable. Su ausencia deja ahora, entonces, muchos vacíos. El cáncer, que llegó en ella silencioso y voraz, como si temiera que al anunciarse con más antelación lográramos arráncersela de entre las manos, nos la arrebató con una rapidez que, aunque suene raro, se agradece. Porque lo hemos visto hacer de las suyas por años, desintegrando a la persona hasta que ella misma y los suyos la desconocen. A Mima, hay que decirlo, tuvo a bien tomarla casi de improviso. 
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Ahora tendremos que resolver su pérdida. Entregarse a un duelo cuesta el doble cuando quien se ha ido sigue haciendo falta en el corazón. Cuando no hay a quién mirar que cubra el faltante al menos en lo que se consigue aceptar la pérdida. No hay cómo arreglar eso. Habrá, entonces, que entender que lo mejor a esperar es el encuentro cuando nosotros, los que aquí la amamos y disfrutamos del privilegio enorme que fue ser amados por ella, hagamos también lo obligatorio y "adquiramos ciudadanía divina". 
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Hoy, a dónde quiera que esté, no puedo sino enviarle un delicado beso. Lo que me queda es el recuerdo y la lección de amor que supo prodigar con sus acciones. Creer que es cierto aquello de que la vida es sólo el comienzo. Y me queda también lo que dejó en mí con sus cuidados, su presencia y su compañía. La energía que supo proyectar sobre quienes fuimos puestos a su cuidado en alguna ocasión. Lo que hay de ella en mi mirada, mi amar y mi perdonar. Lo que la amo y la amaré por siempre, sin que su pérdida o su ausencia puedan reducir ni un poco la gratitud y el lazo indisoluble que nuestras vidas, al encontrarse hasta en la sangre compartida, compartieron con buena suerte. Muy, muy buena suerte. 
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¡Salud!

La segunda vuelta.


Michelle Bachelet prepara ya el camino que la llevará, por segunda ocasión, a La Moneda. Lo hará, válgame usted la repetición, por segunda vuelta, un método electoral que garantiza, dicen las democracias practicantes, que los indecisos se aclaren y los decididos se confirmen. Esto me hace pensar que, en ocasiones, por aquello de la chancla que yo tiro -dicho siempre repetido, jamás confirmado-, el no volveré, la maledicencia respecto a las segundas partes e indiscreciones semejantes, las segundas vueltas se ponen de moda. Las ventajas de regresar la página son múltiples. Vea usted una película que le gusta. Véala de nuevo. La confirmación será motivo de contundencia: o se queda usted en su gusto, y le encuentra más escenas, más detalles, más gestos, más colores, o la desecha y pone en su lugar los quinientos capítulos de Mirada de mujer. Así de duro, así de claro.

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Todo esto viene en relación a que Mi Cobijadechinosyojos y yo hemos vuelto. Esto es motivo de muchas cosas. Habrá quienes, no creyendo en las segundas oportunidades, tomen como un mal paso mercadotécnico esta decisión. Una mala estrategia que, dirán los más incrédulos, sólo responde a los tremendos fríos que las madrugadas nos han estado acomodando a lo largo y ancho de todo el país. Crean lo que quieran. Yo, por puro buen gusto, no me meto en asuntos de fe, gobierno y ejército. Y luego asuman la responsabilidad de que, si no se cree en el Cielo, no existe derecho a réplica si les toca partir y llegar ahí pretendiendo pedir asilo postmortem.
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Para nosotros, que hemos protagonizado el regreso hasta ahora, para estos dos hombres adultos, conscientes, consistentes -bueno, esto a veces como que nos falla, pero le echamos gans-, y llenos de buenas intenciones, esto es motivo de mucha energía puesta en marcha. Ya, para tales efectos, le hemos metido a las respectivas almas una dosis extra de Redbull, y dos dosis grandes de paciencia. Lo primero para no dejar de caminar -cosa que cuesta volver a hacer después de que se ha pisado el freno-; lo segundo, para que el caminar sea honesto, sincero, concienzudo. 
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Y vamos bien. Ya sé, hasta esto último escrito no podían ustedes dormir de la zozobra. Pues listo, vayan estirando la cobija y apeñuscando sus pies fríos. La verdad es que hemos vuelto del exilio renovados, dispuestos a retomar la construcción de la patria nuestra, corregir dos o tres estructuras que de facto hemos visto en la distancia estaban mal, andaban chuecas, y enderezar la navegación hacia puertos menos flemáticos, menos codependientes, menos irrespetuosos de la individualidad, un efecto de la libertad que el romance a veces olvida, a veces obliga a ignorar.
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Es cierto que nos somos perfectos, ni infalibles. La tranquilidad al respecto danza alrededor de un consuelo multitudinario: nadie lo es. Hoy en día, más parejas de divorcian de las que se forman -¿cómo? No sé. Pregúntenle a Gaby Vargas, Martha Debayle, Lolita Ayala, Fernanda Familiar o demás comunicadoras amantes de la estadística demencial-.  Ante la fragilidad de las relaciones y la dureza que en ellas imponen los tiempos corrientes, lo adecuado, el último recurso de hecho, es entender que lo obligatorio es caminar. Para eso nos hemos elegido, de entre las multitudes, y para eso mismo hemos vuelto a sentarnos en la misma banca, a pronunciar el mismo idioma, a compartir el pan.
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No se trata, pues, de componer la vida. No seremos ejemplo, ni es nuestra pretensión que sobre nosotros se erija cualquier suerte de aplauso, cualquier especie de récord en cuanto a duración, fidelidad, escala de valores, y demás tonterías semejante con que las revistas del corazón tapizan a las parejas famosas. No somos de inicio, y a Dios gracias de por medio, famosos de ninguna índole. Sólo dos hombres, como dije hace un par de párrafos, aprendiendo a regarla y corregirla, lo que es la vida. Nuestro único interés es caminar. Si andando juntos, mano a mano de nuevo, nos surge la posibilidad de ser vistos por otros como un buen remanso, una esperanza, un ideal, eso será sólo un accidente. Nada más que un accidente.
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Les dejo el mensaje más claro posible: amen. Atrévanse. Corren malos tiempos para los soñadores, pésimos tiempos para los que se entregan, pero excelentes tiempos para el azar y el atrevimiento. Y no lo sabrán si no se animan, elevan anclas y zarpan. Lo nuestro, lo que Mi Cobijadechinosyojos y yo nos traemos entre manos, es, además de una predisposición casi innata a tropezar dos veces con la misma piedra, a levantar dos veces la misma chancla, a escribir para las segundas partes los mejores guiones, un fanatismo por la felicidad. Nos gusta, nos encanta, somos sus "fanseses". La buscamos y la hacemos nuestra a la menor provocación. Esto sí, tómenlo por lección: persíganla. Al llegar el último día, sin tener de ello yo conocimiento de causa, presumo ahora que será lo único que nos llevaremos, lo que tomaremos y valoraremos por sobre todo lo demás. Y una vez que la tengan, antes de perderla de nuevo en su efectiva fugacidad, abrácenla y reconózcance en ella. 
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Me voy con una anécdota más al respecto. Hace unos días, un proveedor, enamorado de una de mis hijas -dos mujeres rudas, de batalla, de ésas que pegan y luego preguntan, y que aguantan de todo antes de caer rendidas más por cumplir el guión que por fatal cansancio, dos tremebundas hembras que forman mi equipo laboral-, le dijo a su Julieta antes de salir corriendo, coyón como son siempre los hombres enamorados: "qué bonita es la vida". Y sí. Qué bonita es para el que ama sin reparos, sin temor al dolor, con la conciencia tranquila y el corazón bien claro.
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¡Salud!