miércoles, 30 de octubre de 2013

Músico poeta.

Piedad, piedad para el que sufre,
piedad, piedad para el que llora,
un poco de calor para nuestras vidas,
y una poca de luz en nuestra aurora.
Oración caribe.

Agustín está cumpliendo años. 113, para ser exactos. Con gusto, de estar en mis manos, haría una cooperacha entre los que aquí bailamos y le enviaría, a nombre de todos, claro está, un bonito detalle: una buena caja de cigarros, un par de mancuernillas, un whisky de fina importación. Ya, de perdida, una serenata con trío huasteco. Pero como para hacer cualquiera de esas cosas, para halagar al Músico Poeta, tendría yo que tomar medidas drásticas sobre mi vida -terminarla, para ser exactos-, o usar una tabla ouija -cosa que, para lo que hay que ver ya en estos tiempos, resulta peccata minuta, un sinsilico juego infantil-, pues mejor nos quedamos todos aquí sentadito
s, cómodamente, pensando en don Agustín.
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A Agustín lo rodea el misterio -nota al pie: amo hablar de él, porque lo que diga será estupendo, y por pura tocayes -?- es como si me lo estuviera diciendo a mí mismo. fin de la nota al pie-. Desde el lugar de su nacimiento, que Veracruz ya signó en Tlacotalpan sin que todavía fanáticos, historiadores y conspiradores de teorías estén totalmente conformes, hasta sus composiciones, a las cuales cierto grupo de recelosos sigue dudando en su autoría, buscándole, si no tres pies al gato, cuatro notas menos al estilo, pasando por su cicatriz, su fama de mujeriego -sus amores, por ende-, la vida de Lara es una caja de sorpresas . Y más que el misterio, al hombre de la voz de terciopelo lo rodea el escándalo. Porque cuando la verdad es medianamente descubierta, cuando los hechos constatados no alcanzan a cubrir por completo la satisfacción de las interrogaciones, surge el rumor, y su crecida, su pleamar, se llama escandalazo.
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Y es que todos hablan siempre de Agustín Lara. Vivo y muerto. María Félix lo calificaría hasta su desaparición como un gran amante. Un hombre romántico, diría la Doña, capaz de conquistar a cualquier mujer. Guadalupe Loaeza, la eterna "yegua fina", incluso lanzaría alguna vez sobre la mesa la noticia, demencial por su imprudencia y su llamamiento al morbo, de que la gran fama de Agustín como amante estaría levantada -nunca mejor dicho- sobre el portentoso tamaño de su miembro viril. Cierto o falso, a Lara le sobraban "amigas", y es suya la frase, ésta sí de viva voz, que delata su penar, cuando al referirse a otro grande de la época, éste actor, que compartía su mal, Pedro Infante, diría Agustín en sentido contrario: "Tiene el mismo defecto que yo. Nos chocan horriblemente las mujeres. No queremos saber nada de ellas. ¡Oiga usted, qué horror!". 
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Las otras famas son mucho más oscuras, socialmente menos aplaudidas: su alcoholismo y su gusto por cierta clase de drogas, como el opio. La misma Félix negaría tajantemente en alguna entrevista ambos rumores, asegurando que sí, al autor de Madrid y Arráncame la vida le gustaría tomar, ¿por qué no? y de vez en cuando, alguna copita, pero sin que fuera nunca un problema mayor, sin que mellara la dignidad de vida del "Flaco de oro". Lo del opio, diría Félix, ésa sí era una tontería inventada por quienes no toleran el talento ajeno en la composición, la creatividad, y el buen gusto musical, y asumen que todos a quienes la naturaleza no dotó de buenos "denarios", hemos de recurrir a la influencia de alguna droga para salir avante -yo, por eso, diario traigo mi Coca Cola light bien fría entre las ingles -?--. 
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La presencia no es un mito, ni una fama, ni un rumor. Hay suficientes imágenes en toda clase de archivos como para negar que el escuálido hombre sentado frente al piano, con la mirada atenta sobre las teclas, la frente echa un nudo de inspiración, los dedos frágiles como diez agujas de cartón, el eterno traje de fina tela y el eterno pañuelo en el bolsillo, es todo presencia y buen gusto. Distinción. Así fumara, no puedo imaginarlo oliendo mal. "Es que era un tipo...", dice la Doña, mientras hace con sus dedos índice y pulgar un anillo que lleva a la altura del pecho y pasa de arriba a abajo, como para marcar total rectitud, total y absoluta formalidad. "Era un tipo a quien la palabra glamour, incluso, le sabe sosa", agregaríamos nosotros. Su cabello engominado, sus mechones canosos perfectamente acomodados, sus zapatos y calcetines combinados. Si de estilo se trata, Agustín nos lleva a todos, y por derecho propio, la delantera. Hasta su tumba, una de las pocas que el gobierno mexicano decidió poner en el la Rotonda del Panteón de Dolores apenas fallecido el interfecto, evitándole al cadáver de Lara las penas y penurias de exhumaciones, extravíos de cadáveres y desvaríos de políticos metiches, que otros enterrados ahí mismo padecieron antes de ocupar un espacio en tan honroso recinto, hasta su tumba, decía, es en sus motivos dorados y sus lozas negras bien lustradas, total distinción y elegancia.
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Muy por encima de todo rumor o mitote, está la obra de Agustín. He comenzado por el mito porque sé que son ustedes todos morbosos y nomás leían esperando encontrar datos con qué llenar su hambre de notas faranduleras y comecuandohays. Pero la verdad, que sabemos todos, es que nada en la vida de Lara se compara con el nivel de su creación. Los insidiosos, que ya antes mencionaba, insisten en decir que hay cosas de Lara que no pueden ser de Lara. "Les faltan notas", "les sobran notas", "no hay forma de que haya escrito toda una suite sobre España sin conocer nunca ese país", dicen los más avezados, que seguro dibujaron alguna vez en la primaria un elefante o un león sin haber jamás salido de Tlalnepantla. La verdad es que para escribir sobre lo que no se ha visto en persona, basta un poco de cultura general, otro poco de imaginación, y un mucho de capacidad de sincretismo. 
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A Lara, todo eso se le daba bien. Entendía, con apenas un par de ideas, toda una cuestión, y era capaz de hacer sobre ella muchas y muy variadas canciones. La cuestión de la que mejor hablan sus canciones es el amor. De La fugitiva a Farolito, pasando por las siempre coreada María bonita, o la eternamente versionada Solamente una vez, el genio de Agustín para hablar del amor es vario y profundo: del que se fue, del que surge, del que apenas asomándose se esfuma. Lo he dicho muchas veces, lo digo una vez más: no hay quien cante al amor como lo hace Lara.
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El gran inconveniente del delgado genio frente al piano fue siempre su voz. Con el paso de los años, sumando tabaco y whisky, el asunto no mejoró en absoluto. Pero su sincretismo y su excelente oído actuaron de nuevo en su beneficio: durante su vida, supo elegir las mejores voces para cantar toda la amplia gama de ritmos y géneros que compuso no sólo para el piano, sino para orquestas enteras. Del tango al bolero, del vals al ritmo tropical de trompetas y timbales, Lara hizo de su creatividad un artilugio y de sus intérpretes el mejor ejecutor. Toña La Negra -así, como apellidos-, es quizá la más célebre. Su voz cantando Oración caribe, o Palmera, no tiene comparación. Antes de García Márquez o Cabrera Infante, Toña La Negra habló del trópico y el paraíso como jamás ningún poeta logró hacerlo. Su voz, incluso por encima de otras intérpretes del género como Celia Cruz u Olga Guillot, dibuja en nuestras mentes piñas, cocos y arena, vegetación y vida, de manera más que magistral. Su sentimiento, inigualable, transmite sensaciones que, creo a veces, ni Lara frente a su propia partitura imaginó jamás.
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El otro grande es Pedro Vargas. A Pedro, que por encima de todo fue su amigo, lo tuvo siempre dispuesto para hacer famosas las canciones cuyos tonos, cercanos a lo operístico, podía alcanzar con facilidad. Vargas, que a pesar de su gigantesco físico -o quizá, gracias a él-, gozaba de un estilo y formalidad muy parecidos a los de Lara, no dudó jamás en inflar el pecho -que de por sí ya traía medio inflado siempre-, para lanzar impresionantes notas al aire, en interpretaciones de las obras de Agustín, como Granada o Arráncame la vida, que no ha logrado jamás otro intérprete posterior -si están pensando en Luis Miguel, háganse un favor, cierren y váyanse. Habrase visto-.
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Yo particularmente veo con buenos ojos lo que en tiempos modernos han hecho artistas como Natalia Lafourcade, a través de su álbum Mujer divina, o Alondra de la Parra, en algunas canciones de su Travieso carmesí. La cuestión de retomar a Lara es para hablar del amor es, si no deseable, elemental. Nuestro idioma ha tenido, sin que medie ningún fanatismo en mi observación, grandes creadores de música. Grandes letristas, grandes compositores. Pero nadie, se los puedo garantizar, tan prolífico y exacto como Lara. Nadie tan sentimental. Porque, para empezar, Lara rara vez escribía por encargo, y si lo hacía, lo hacía por gusto. Si la obra generada no placía al que la pagaba, no aceptaba el pago y la lanzaba por su cuenta. En eso radica también la gracia de su genio: en su libertad. Agustín Lara fue, sin que ninguna mujer, rumor o verdad pudiera desmentirlo, un hombre libre. Atado, las pocas veces que logró formalizar, se confundía y desataba sus peores ángulos. En cambio, independiente y volando sobre el piano, no hubo jamás quien lo detuviera. También eso deberíamos aprender  de él los que hoy miramos la música y buscamos la creación: la libertad pese a todo, con todo, en todo.
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Les dejo el interés, espero. Si no han escuchado a Lara, han faltado a un deber para con su nacionalidad. Si escuchándolo no les prende, han faltado a otro deber, pero éste hacia con su  expresión sentimental -¿ya lo notaron? amo usar conjunciones conjuntamente aunque sepa que es garrafal hacerlo-. Y si lo escuchan y se quedan con él, bienvenidos. En el Baile, por lo pronto y de homenaje, le subiremos dos rayitas al volumen. Nomás aguas, porque se enamoran.
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¡Salud!

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