domingo, 20 de octubre de 2013

¿Más largas, o así está bien?

El gran reto que enfrenta el cine mexicano, al menos en su época moderna (digamos, de Sólo con tu pareja al año presente), se llama prejuicio. Como un fantasma que se cierne sobre él -amo el verbo "cernir" y sus conjugaciones. Me parece tan bizcochero-, cobra el karma de que fue el cine mismo el gran difusor de prejuicios durante su temprana época dorada, antes de que la televisión tomara la estafeta y continuara sembrando preconceptos en las mentalidades nacionales -y hasta con más saña-. Ahora, cuando va superando el terrible bache -abismal, catastrófico y prolongado, que es lo peor- que significó en su cronología el "cine de ficheras", que sólo nos legó a figurillas del vodevil como Lyn May o Irma Serrano, y por cuya densa sombra hoy todavía muchos mexicanos se resisten a pagar un boleto si la reseña incluye la leyenda de "mexicana", cuando apenas vamos saliendo todos -escritores, productores, actores, guionistas y cinéfilos- de tan oscuro pasado, lo peor que le puede pasar a una película mexicana hoy día es que el prejuicio llegue y le quite el sueño -y las entradas, y la posibilidad futura de seguir haciendo más y mejor cine, de que todos ganemos con la consolidación de una más robusta y fortalecida industria cinematográfica nacional-.
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Yo asistí a ver No sé si cortarme las venas o dejármelas largas con un prejuicio tremendo. Positivo, pero prejuicio al fin. Remontando la idea -?-, supongo que es aún peor que un buen prejuicio respecto a una cinta nacional se vea opacado en la realidad, a que un mal prejuicio se vea confirmado. A mí todos sus espectadores me había dicho que la llamada "ópera prima" de Manolo Caro -lo cual es algo injusto, porque el creador de todo el concepto que dio la vuelta al país primero en teatro, y que atascó foros y palcos hace unos años en la versión teatral, ya había dirigido antes varios cortos (los cuales, claro está, ni él mismo menciona nunca)-, su "estrellita de la buena suerte", su "torta bajo el brazo", era exquisita, deleitosa, fascinante, mordaz e hilarante. Y supongo que sí, que yo soy el que está mal, porque podía ver a la sala entera desgañitarse de risa en dos o tres escenas que a mí no me arrancaron más que un profundo suspiro de melancólica conexión. Pero estar mal es, en ocasiones, la manera más idónea de estar en lo cierto -?- Al menos, eso sí, de criticar sabroso. 
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Levantémoslas primero, para luego dejarlas caer. No sé si cortarme las venas... goza de un guión interesante. Interesante resulta aquí, ahora lo leo, una palabra grotesca. Disculpen el tacto -?- Tiene un buen guión, aderezado con los enredos, confusiones, histerias y asuntos similares, que hacen a toda buena comedia llegar a un auditorio que espera, porque para eso pagó, identificarse en lo incómodo y hacer catarsis a través de la carcajada, el aplauso -sí, mi nombre es Agustín y soy de los que aplauden en las escenas cómicas cinematográficas. Hooooola Agustín-.  
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Aderezando al guión, las actuaciones se lucen solas. Los actores conocen a sus personajes, y llevarlos al cine debió resultarles más simple que comer mazapán y llenarse de morusas la playera. Es Ludwika Paleta, sin embargo, quien en su interpretación de la eternamente diazepaneada Nora, nos regala la mejor interpretación. Su esposo -en la trama, porque en la vida real no sé, yo me quedé en Plutarco Haza pero uno de mis informantes, telenovelero y lector asiduo de TvNotas, se ha ya reído de mí-, es Aarón, quien ocupa el cuerpo -?- de Raúl Méndez, un actor que transmite siempre, así se trate de un cansado esposo con harta insatisfacción amorosa a cuestas, mucha energía en su interpretación. Ambos viven en el mismo edificio que Lucas y Julia (Luis Gerardo Méndez, a quien la maldición de Daniel Radcliffe -o Güicho Domínguez, pa' regionalizarlo- ya persigue desde su interpretación de Xavi Noble en la muy merecidamente laureada Nosotros los Nobles, y Zuria Vega -birip... birip... ¡ah, sí! La hija de Gonzalo Vega), una pareja de mejores amigos que se han casado para "taparle el ojo al macho" de la homosexualidad de Lucas y la despreocupación vital de Julia. Las dos parejas funcionan como casi totales desconocidos, hasta que la presencia de un futbolista en retiro, Félix (Luis Ernesto Franco, que a mí siempre me da la impresión, cuando lo veo en pantalla chica al menos, de que no sabe si va, viene, picha, cacha, deja batear, vive o nomás la ve pasar), la presencia del futbolista lesionado, decía, los enfrenta  y delata, detonando toda clase de fantásticas -?- situaciones -perdón en serio por lo de "fantásticas", pero traigo hoy una carencia de adjetivos que hasta me doy ñáñaras-. 
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¿Seguimos con el levantón? Bueno, los diálogos son buenos, la dirección es... buena, la fotografía es... reducida (claro, sí, porque habitamos en departamentos, y claro también porque Manolo Caro seguro sigue pensando en un escenario de tres por cuatro dónde si se mueve poquito más de lo debido Méndez -cualquiera de los dos-, ya le voló el ojo a Méndez -nuevamente, cualquiera de los dos-). La música es... alternativa. La dirección de arte es... buena. Y es aquí cuando mi orquesta de grillos comienza a afinar. Treeees, cuaaaatro...
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El problema, vuelvo al inicio -cosa que me fascina y que hago de manera recurrente, debo confesar-, es que asistí a la sala cinematográfica con una carga tal de comentarios cercanos tan positivos que rayaban en la histeria colectiva, y con el fantasma de entrevistas, trailers -el estúpido Blogger pretende obligarme, con su subrayado detector de faltas ortográficas, a poner "adelantos fílmicos"- observaciones, reseñas y hasta garantías Cinépolis, que tuve que comprar dos asientos, uno para mí y otro para el saco que llevaba -me acordé, no sé por qué, de Chabelo, cuando inundaba su estudio de cartas de sus "cuates" y luego se sumergía en ellas, con todo y goggles, a elegir a los ganadores de vayaustedasaberquépromociónpitera-. Al final, salí con mi saco a cuestas y con la tremebunda sensación de que esperaba más.
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Chin. Ya estoy mirando a los once millones de fans de la cinta echarse sobre mí, hacer trocitos a H -que ahora que ya está de nuevo trabajando conmigo anda fascinada -si les digo que mis adjetivos andan mal, andan mal de veras-, quemar mis diccionarios y secuestrar a mis informantes. Pero ni modo. Por algo me han de apuñalar en esta vida de todas formas -yo y mi delirio de Pedro Navajas-. Mejor que sea por mi franqueza y mi transparencia -nombre, si hasta parezco Ifai, de veras-. Además, esta entrada le pone un punto oscuro y crítico al cúmulo de críticas positivas y esperanzadoras, lo cual dará más brillo al auditorio que terminando de leer ésta -?-, se lanzará al cine esperando ver un bodrio -yo nunca hablé de tal cosa, pero ya los conozco cómo son de exagerados-, y encontrará, definitivamente, algo mejor que eso -un poco, sólo un poco mejor que eso-.
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Mi consejo, como siempre, es que vayan a verla. Se van a distraer, y si son heterosexuales -ya empezamos con prejuicios otra vez-, seguro apuntarán a la pantalla unas diez veces en la hora cuarenta minutos que dura la puesta de Caro, al tiempo que le darán su respectivo codazo a la novia(o), la esposa(o), la "amiga"(o), la amante(o) o la cosa. Si son homosexuales, y tienen aún un poco de sentimientos ahí en su corazón -busquen, busquen, el último gañán seguro dejó dos rayitas-, seguro sufrirán dos o tres momentos de "parenelmundoqueyameidentifiquéseñorcácaronosigamás". Pero sobre todo, se van a distraer -ya lo dijiste, quimosabi. ¿Para eso querías volver al Baile? ¡Apaga y vete!-
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Ya me voy. Cuando vuelvan del cine, prendan la luz y nos saludamos. Yo mientras me quedo a oscuras para no estar pensando en lo complicado que somos, lo difícil que nos hacemos la existencia negándonos y negando a los otros -¡ah, miren! Sí la entendí después de todo-
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¡Salud!

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