lunes, 21 de octubre de 2013

Las cuitas del joven.


Tres cosas son inherentes al hombre: la inteligencia, la estupidez y las penas de amor. Éstas últimas, teorizadas y menospreciadas, vilipendiadas y tachadas de locura, dramatizadas en Shakespeare y noveladas en Cervantes, son de las tres cosas inherentes la más castrante. Porque uno puede ir por ahí sabiéndose estúpido, o inteligente, y hasta recibir reconocimientos o aplaudir a otros por la práctica de ambas costumbres. Pero las penas de amor hunden, inflaman, demeritan, y la única forma en que pueblos de tradicional reserva como el mexicano han encontrado para distraerlas o valorarlas un poco, es la dupla formada por la música y el vicio -también dicen que las penas con pan son menos, pero oigan, traemos un inflamente problema de obesidad, ¿creen que me voy a poner a recomendar la tragazón? ¿Qué clase de Baile creen que están leyendo? ¡Ala!-

.
En ambas cosas, los mexicanos nos lucimos solos. Llenamos los palenques, paseamos entre las gradas los whiskies y los tequilas, coreamos a José Alfredo, a Juan Gabriel, a Chavela, y luego dormimos con ganas el sueño de los justos. Con la tranquilidad de que, despertando, las penas no se habrán ido, pero las habremos apaleado por un rato, las habremos reducido a meros temas de cantina. Nos habremos reído de ellas, las habremos llorado un poco, en compañía de los amigos, como es debido -dicen-.
.
Hoy que yo traigo las mías a cuestas, muy actuales, muy frescas, muy de este año -¡qué año! la sutileza y rapidez con que se ha ido es directamente proporcional a los chin...adazos (la censura de mis informantes, que van llegando de visitar Chalma, está que castra) que ha propinado-. Yo, claro está, asumo muy modernamente que la culpa no la tiene el otro. En eso, todos los compositores de canciones para limpiar las penas de amor -curarlas, dicen los que las beben; ahogarlas, dicen los que las libran-, estarían, a decir de cuanta terapeuta he visitado yo, tremendamente equivocados. Porque todo mundo culpa a la mujer ladina, el hombre infiel, la hembra inmisericorde cuyas crueles artimañas lo traen a uno, por decir lo menos, lamiendo la banqueta en convención anual de pacientes con pie de atleta -convención que, agregaré a la imagen que he intentado crear en ustedes con alevosía, asco, morbo y ventaja, se realiza sin calzado alguno-. 
.
Nadie asume, pues, que es uno quien abre su corazón, es uno quien permite, es uno quien vuelve a tomar la llamada, a aceptar las palabras, a dar entrada. La lógica al respecto es poco menos que de parvulitos: si el perro mordió una vez, mordió diez más. Y si el perro está detrás de la puerta esperando a que abra uno para dejarse ir a la yugular, pian pianito o de un tajo, pero siempre a la yugular, ¿pa' qué abres la puerta de nuevo, ingrato? Esto es ilógico, pero comprensible: responde a la también muy humana tendencia al pensamiento fantástico, en que la cosa que no funciona lo hará de pronto si seguimos apretando exactamente el mismo botón que ya comprobamos no la hace andar. ¿Cómo? ¿Bajo qué esquema? ¿Obedeciendo a qué leyes de la antimateria? Vaya usted a saber, y si sabe, me avisa.
.
También me ha parecido hoy que nadie ha descrito en sus letras de desamor los impactos que tiene sobre el estómago el proceso de desintoxicación y desapego. Todo mundo habla siempre del corazón. El corazón que sufre, que se acongoja, que llora incluso -ver a un metacardio llorar no debe ser nada agradable-. Pero, ¿qué hay del estómago que se abotaga, que se hace un nudo, que luego juega una mala pasada y en las primeras de cambios se desbalancea, propiciando deshidrataciones y desnutriciones de dar miedo? 
.
Eso lo pensé, lo adivinaron bien, mientras cantaba yo divinamente algunos sones oaxaqueños en el sanitario el día de hoy -cito ahora al universal filósofo de los tiempos modernos, Armando Huesos alias Pitbul: "ya tú sabes"-. Dedicar un vaciado de estómago a la memoria del que se va debe ser de las cosas más provechosas y adecuadas que existen para los males de amor, y es hora que ni Paquita, ni Ana Gabriel, ni las Pandora, salen con una rola que cuente precisamente eso: cómo después de una despedida se pueden pasar las horas con la vida fugándose por todos los orificios del cuerpo. Y luego sí, es muy probable, levantarse uno del escusado, peinarse el copete y corear a Yuridia con aquello de "ya te olvidé".
.
Pero supongo que sería grotesco. Si lo es escuchar a cualquiera de sus intérpretes corear la Paloma negra de Tomás Méndez, por aquello de que uno, cuando está bueno y sano, siempre tiende a pensar que andar penando de amor es cosa mítica y de idiotas, imagínense lo que sería haber oído a Lola Beltrán hablar de su nocturno romance con la taza del baño, el bote de la basura, el machuelo de la banqueta. Me estoy poniendo muy nasty. Todo esto era para decirles que este Baile, que es constancia y son, debe leer ahora que corren tiempos difíciles para el corazón -y el estómago, puntualizaré: especialmente el estómago-, del que esto escribe, y de que extiendo la presente a sabiendas de que en esta vida, a la usanza del proverbial poema, todo pasa y todo queda. Ya nos reiremos. Por lo pronto, échenle más sal al agua que estoy perdiendo electrolitos como atleta de maratón.
.
¡Salud!

No hay comentarios: