miércoles, 30 de octubre de 2013

Músico poeta.

Piedad, piedad para el que sufre,
piedad, piedad para el que llora,
un poco de calor para nuestras vidas,
y una poca de luz en nuestra aurora.
Oración caribe.

Agustín está cumpliendo años. 113, para ser exactos. Con gusto, de estar en mis manos, haría una cooperacha entre los que aquí bailamos y le enviaría, a nombre de todos, claro está, un bonito detalle: una buena caja de cigarros, un par de mancuernillas, un whisky de fina importación. Ya, de perdida, una serenata con trío huasteco. Pero como para hacer cualquiera de esas cosas, para halagar al Músico Poeta, tendría yo que tomar medidas drásticas sobre mi vida -terminarla, para ser exactos-, o usar una tabla ouija -cosa que, para lo que hay que ver ya en estos tiempos, resulta peccata minuta, un sinsilico juego infantil-, pues mejor nos quedamos todos aquí sentadito
s, cómodamente, pensando en don Agustín.
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A Agustín lo rodea el misterio -nota al pie: amo hablar de él, porque lo que diga será estupendo, y por pura tocayes -?- es como si me lo estuviera diciendo a mí mismo. fin de la nota al pie-. Desde el lugar de su nacimiento, que Veracruz ya signó en Tlacotalpan sin que todavía fanáticos, historiadores y conspiradores de teorías estén totalmente conformes, hasta sus composiciones, a las cuales cierto grupo de recelosos sigue dudando en su autoría, buscándole, si no tres pies al gato, cuatro notas menos al estilo, pasando por su cicatriz, su fama de mujeriego -sus amores, por ende-, la vida de Lara es una caja de sorpresas . Y más que el misterio, al hombre de la voz de terciopelo lo rodea el escándalo. Porque cuando la verdad es medianamente descubierta, cuando los hechos constatados no alcanzan a cubrir por completo la satisfacción de las interrogaciones, surge el rumor, y su crecida, su pleamar, se llama escandalazo.
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Y es que todos hablan siempre de Agustín Lara. Vivo y muerto. María Félix lo calificaría hasta su desaparición como un gran amante. Un hombre romántico, diría la Doña, capaz de conquistar a cualquier mujer. Guadalupe Loaeza, la eterna "yegua fina", incluso lanzaría alguna vez sobre la mesa la noticia, demencial por su imprudencia y su llamamiento al morbo, de que la gran fama de Agustín como amante estaría levantada -nunca mejor dicho- sobre el portentoso tamaño de su miembro viril. Cierto o falso, a Lara le sobraban "amigas", y es suya la frase, ésta sí de viva voz, que delata su penar, cuando al referirse a otro grande de la época, éste actor, que compartía su mal, Pedro Infante, diría Agustín en sentido contrario: "Tiene el mismo defecto que yo. Nos chocan horriblemente las mujeres. No queremos saber nada de ellas. ¡Oiga usted, qué horror!". 
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Las otras famas son mucho más oscuras, socialmente menos aplaudidas: su alcoholismo y su gusto por cierta clase de drogas, como el opio. La misma Félix negaría tajantemente en alguna entrevista ambos rumores, asegurando que sí, al autor de Madrid y Arráncame la vida le gustaría tomar, ¿por qué no? y de vez en cuando, alguna copita, pero sin que fuera nunca un problema mayor, sin que mellara la dignidad de vida del "Flaco de oro". Lo del opio, diría Félix, ésa sí era una tontería inventada por quienes no toleran el talento ajeno en la composición, la creatividad, y el buen gusto musical, y asumen que todos a quienes la naturaleza no dotó de buenos "denarios", hemos de recurrir a la influencia de alguna droga para salir avante -yo, por eso, diario traigo mi Coca Cola light bien fría entre las ingles -?--. 
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La presencia no es un mito, ni una fama, ni un rumor. Hay suficientes imágenes en toda clase de archivos como para negar que el escuálido hombre sentado frente al piano, con la mirada atenta sobre las teclas, la frente echa un nudo de inspiración, los dedos frágiles como diez agujas de cartón, el eterno traje de fina tela y el eterno pañuelo en el bolsillo, es todo presencia y buen gusto. Distinción. Así fumara, no puedo imaginarlo oliendo mal. "Es que era un tipo...", dice la Doña, mientras hace con sus dedos índice y pulgar un anillo que lleva a la altura del pecho y pasa de arriba a abajo, como para marcar total rectitud, total y absoluta formalidad. "Era un tipo a quien la palabra glamour, incluso, le sabe sosa", agregaríamos nosotros. Su cabello engominado, sus mechones canosos perfectamente acomodados, sus zapatos y calcetines combinados. Si de estilo se trata, Agustín nos lleva a todos, y por derecho propio, la delantera. Hasta su tumba, una de las pocas que el gobierno mexicano decidió poner en el la Rotonda del Panteón de Dolores apenas fallecido el interfecto, evitándole al cadáver de Lara las penas y penurias de exhumaciones, extravíos de cadáveres y desvaríos de políticos metiches, que otros enterrados ahí mismo padecieron antes de ocupar un espacio en tan honroso recinto, hasta su tumba, decía, es en sus motivos dorados y sus lozas negras bien lustradas, total distinción y elegancia.
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Muy por encima de todo rumor o mitote, está la obra de Agustín. He comenzado por el mito porque sé que son ustedes todos morbosos y nomás leían esperando encontrar datos con qué llenar su hambre de notas faranduleras y comecuandohays. Pero la verdad, que sabemos todos, es que nada en la vida de Lara se compara con el nivel de su creación. Los insidiosos, que ya antes mencionaba, insisten en decir que hay cosas de Lara que no pueden ser de Lara. "Les faltan notas", "les sobran notas", "no hay forma de que haya escrito toda una suite sobre España sin conocer nunca ese país", dicen los más avezados, que seguro dibujaron alguna vez en la primaria un elefante o un león sin haber jamás salido de Tlalnepantla. La verdad es que para escribir sobre lo que no se ha visto en persona, basta un poco de cultura general, otro poco de imaginación, y un mucho de capacidad de sincretismo. 
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A Lara, todo eso se le daba bien. Entendía, con apenas un par de ideas, toda una cuestión, y era capaz de hacer sobre ella muchas y muy variadas canciones. La cuestión de la que mejor hablan sus canciones es el amor. De La fugitiva a Farolito, pasando por las siempre coreada María bonita, o la eternamente versionada Solamente una vez, el genio de Agustín para hablar del amor es vario y profundo: del que se fue, del que surge, del que apenas asomándose se esfuma. Lo he dicho muchas veces, lo digo una vez más: no hay quien cante al amor como lo hace Lara.
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El gran inconveniente del delgado genio frente al piano fue siempre su voz. Con el paso de los años, sumando tabaco y whisky, el asunto no mejoró en absoluto. Pero su sincretismo y su excelente oído actuaron de nuevo en su beneficio: durante su vida, supo elegir las mejores voces para cantar toda la amplia gama de ritmos y géneros que compuso no sólo para el piano, sino para orquestas enteras. Del tango al bolero, del vals al ritmo tropical de trompetas y timbales, Lara hizo de su creatividad un artilugio y de sus intérpretes el mejor ejecutor. Toña La Negra -así, como apellidos-, es quizá la más célebre. Su voz cantando Oración caribe, o Palmera, no tiene comparación. Antes de García Márquez o Cabrera Infante, Toña La Negra habló del trópico y el paraíso como jamás ningún poeta logró hacerlo. Su voz, incluso por encima de otras intérpretes del género como Celia Cruz u Olga Guillot, dibuja en nuestras mentes piñas, cocos y arena, vegetación y vida, de manera más que magistral. Su sentimiento, inigualable, transmite sensaciones que, creo a veces, ni Lara frente a su propia partitura imaginó jamás.
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El otro grande es Pedro Vargas. A Pedro, que por encima de todo fue su amigo, lo tuvo siempre dispuesto para hacer famosas las canciones cuyos tonos, cercanos a lo operístico, podía alcanzar con facilidad. Vargas, que a pesar de su gigantesco físico -o quizá, gracias a él-, gozaba de un estilo y formalidad muy parecidos a los de Lara, no dudó jamás en inflar el pecho -que de por sí ya traía medio inflado siempre-, para lanzar impresionantes notas al aire, en interpretaciones de las obras de Agustín, como Granada o Arráncame la vida, que no ha logrado jamás otro intérprete posterior -si están pensando en Luis Miguel, háganse un favor, cierren y váyanse. Habrase visto-.
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Yo particularmente veo con buenos ojos lo que en tiempos modernos han hecho artistas como Natalia Lafourcade, a través de su álbum Mujer divina, o Alondra de la Parra, en algunas canciones de su Travieso carmesí. La cuestión de retomar a Lara es para hablar del amor es, si no deseable, elemental. Nuestro idioma ha tenido, sin que medie ningún fanatismo en mi observación, grandes creadores de música. Grandes letristas, grandes compositores. Pero nadie, se los puedo garantizar, tan prolífico y exacto como Lara. Nadie tan sentimental. Porque, para empezar, Lara rara vez escribía por encargo, y si lo hacía, lo hacía por gusto. Si la obra generada no placía al que la pagaba, no aceptaba el pago y la lanzaba por su cuenta. En eso radica también la gracia de su genio: en su libertad. Agustín Lara fue, sin que ninguna mujer, rumor o verdad pudiera desmentirlo, un hombre libre. Atado, las pocas veces que logró formalizar, se confundía y desataba sus peores ángulos. En cambio, independiente y volando sobre el piano, no hubo jamás quien lo detuviera. También eso deberíamos aprender  de él los que hoy miramos la música y buscamos la creación: la libertad pese a todo, con todo, en todo.
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Les dejo el interés, espero. Si no han escuchado a Lara, han faltado a un deber para con su nacionalidad. Si escuchándolo no les prende, han faltado a otro deber, pero éste hacia con su  expresión sentimental -¿ya lo notaron? amo usar conjunciones conjuntamente aunque sepa que es garrafal hacerlo-. Y si lo escuchan y se quedan con él, bienvenidos. En el Baile, por lo pronto y de homenaje, le subiremos dos rayitas al volumen. Nomás aguas, porque se enamoran.
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¡Salud!

lunes, 21 de octubre de 2013

Las cuitas del joven.


Tres cosas son inherentes al hombre: la inteligencia, la estupidez y las penas de amor. Éstas últimas, teorizadas y menospreciadas, vilipendiadas y tachadas de locura, dramatizadas en Shakespeare y noveladas en Cervantes, son de las tres cosas inherentes la más castrante. Porque uno puede ir por ahí sabiéndose estúpido, o inteligente, y hasta recibir reconocimientos o aplaudir a otros por la práctica de ambas costumbres. Pero las penas de amor hunden, inflaman, demeritan, y la única forma en que pueblos de tradicional reserva como el mexicano han encontrado para distraerlas o valorarlas un poco, es la dupla formada por la música y el vicio -también dicen que las penas con pan son menos, pero oigan, traemos un inflamente problema de obesidad, ¿creen que me voy a poner a recomendar la tragazón? ¿Qué clase de Baile creen que están leyendo? ¡Ala!-

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En ambas cosas, los mexicanos nos lucimos solos. Llenamos los palenques, paseamos entre las gradas los whiskies y los tequilas, coreamos a José Alfredo, a Juan Gabriel, a Chavela, y luego dormimos con ganas el sueño de los justos. Con la tranquilidad de que, despertando, las penas no se habrán ido, pero las habremos apaleado por un rato, las habremos reducido a meros temas de cantina. Nos habremos reído de ellas, las habremos llorado un poco, en compañía de los amigos, como es debido -dicen-.
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Hoy que yo traigo las mías a cuestas, muy actuales, muy frescas, muy de este año -¡qué año! la sutileza y rapidez con que se ha ido es directamente proporcional a los chin...adazos (la censura de mis informantes, que van llegando de visitar Chalma, está que castra) que ha propinado-. Yo, claro está, asumo muy modernamente que la culpa no la tiene el otro. En eso, todos los compositores de canciones para limpiar las penas de amor -curarlas, dicen los que las beben; ahogarlas, dicen los que las libran-, estarían, a decir de cuanta terapeuta he visitado yo, tremendamente equivocados. Porque todo mundo culpa a la mujer ladina, el hombre infiel, la hembra inmisericorde cuyas crueles artimañas lo traen a uno, por decir lo menos, lamiendo la banqueta en convención anual de pacientes con pie de atleta -convención que, agregaré a la imagen que he intentado crear en ustedes con alevosía, asco, morbo y ventaja, se realiza sin calzado alguno-. 
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Nadie asume, pues, que es uno quien abre su corazón, es uno quien permite, es uno quien vuelve a tomar la llamada, a aceptar las palabras, a dar entrada. La lógica al respecto es poco menos que de parvulitos: si el perro mordió una vez, mordió diez más. Y si el perro está detrás de la puerta esperando a que abra uno para dejarse ir a la yugular, pian pianito o de un tajo, pero siempre a la yugular, ¿pa' qué abres la puerta de nuevo, ingrato? Esto es ilógico, pero comprensible: responde a la también muy humana tendencia al pensamiento fantástico, en que la cosa que no funciona lo hará de pronto si seguimos apretando exactamente el mismo botón que ya comprobamos no la hace andar. ¿Cómo? ¿Bajo qué esquema? ¿Obedeciendo a qué leyes de la antimateria? Vaya usted a saber, y si sabe, me avisa.
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También me ha parecido hoy que nadie ha descrito en sus letras de desamor los impactos que tiene sobre el estómago el proceso de desintoxicación y desapego. Todo mundo habla siempre del corazón. El corazón que sufre, que se acongoja, que llora incluso -ver a un metacardio llorar no debe ser nada agradable-. Pero, ¿qué hay del estómago que se abotaga, que se hace un nudo, que luego juega una mala pasada y en las primeras de cambios se desbalancea, propiciando deshidrataciones y desnutriciones de dar miedo? 
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Eso lo pensé, lo adivinaron bien, mientras cantaba yo divinamente algunos sones oaxaqueños en el sanitario el día de hoy -cito ahora al universal filósofo de los tiempos modernos, Armando Huesos alias Pitbul: "ya tú sabes"-. Dedicar un vaciado de estómago a la memoria del que se va debe ser de las cosas más provechosas y adecuadas que existen para los males de amor, y es hora que ni Paquita, ni Ana Gabriel, ni las Pandora, salen con una rola que cuente precisamente eso: cómo después de una despedida se pueden pasar las horas con la vida fugándose por todos los orificios del cuerpo. Y luego sí, es muy probable, levantarse uno del escusado, peinarse el copete y corear a Yuridia con aquello de "ya te olvidé".
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Pero supongo que sería grotesco. Si lo es escuchar a cualquiera de sus intérpretes corear la Paloma negra de Tomás Méndez, por aquello de que uno, cuando está bueno y sano, siempre tiende a pensar que andar penando de amor es cosa mítica y de idiotas, imagínense lo que sería haber oído a Lola Beltrán hablar de su nocturno romance con la taza del baño, el bote de la basura, el machuelo de la banqueta. Me estoy poniendo muy nasty. Todo esto era para decirles que este Baile, que es constancia y son, debe leer ahora que corren tiempos difíciles para el corazón -y el estómago, puntualizaré: especialmente el estómago-, del que esto escribe, y de que extiendo la presente a sabiendas de que en esta vida, a la usanza del proverbial poema, todo pasa y todo queda. Ya nos reiremos. Por lo pronto, échenle más sal al agua que estoy perdiendo electrolitos como atleta de maratón.
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¡Salud!

domingo, 20 de octubre de 2013

El dulce sabor de la píldora azul.


Esta semana, tomé valor y cerré mi cuenta en Facebook. Apenas avisé, como quien no quiere que se sepa, que se haga argüende. Tal vez así sea. Ya hay suficientes dramas mínimos en mis días recientes, como para encima agregarle el cortón de venas con apio que significaría para el denso y poblado cuórum de dicha red social mi desaparición. Sin escenitas, sin malos rollos. Todo tranquilo, con la confianza y la seguridad de que estamos haciendo lo mejor posible.

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Pero no hay forma. Apenas di click en "confirmar", entendí que daba el último acribillazo -¿existe esa palabra o me traiciona mi uso desquiciado, diario e irrefrenable del español?-, daba el último sablazo, pues, para vernos más académicos, a mi de por sí inexistente vida social. Es sorprendente. Hoy día todo sucede en Facebook. Si no lo viste ahí, si no te lo dijeron en su chat, si tu muro no se vio replegado de pronto por el video oportuno, la nota con liga o la imagen compartida, si no te etiquetaron, no pasó. Dalo por hecho, por hecho real y contundente. Así seas estudiante, ama de casa o empresario. En este último caso, si tu negocio no goza de una aplicación, página o seguidores, estás más frito que la solitaria papa de la freidora de Mc Donalds que el apresurado y distraído trabajador no alcanza a recoger al levantar la canastilla, y que se queda ahí, horas, días enteros, girando y soltando burbujas como pedazo de Alka-Seltzer. 
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Pero era necesario. El suicidio al que me arriesgo, es un suicidio de amor. De amor por la vida, no vayan a creer que ya las ando dando -¿qué? ¡las horas, sucios!- No he creado casi nada en el último año, y los proyectos en el tintero prometen tanto, y me harían tan feliz en su finalización, que el otro día soñé a uno de esos personajes que está esperando ahí, con todo y ficha de las que dan en las salchichonerías de los supermercados con su numerito rojo, venir hacia mí y soltarme un "te pasas" en la cara. Y sí, me paso. Me paso de tiempo, de rosca, de desidioso. Y Facebook no ayudaba en nada. Ni a eso ni al resto de las artes de mi intelecto.
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Es muy cierto que intentaba yo ponerme culto. Compartir arte, folklore, cultura de todos los niveles posibles. El video de Youtube, la noticia de El Universal, la reseña personal. Y tenía yo seguidores, lindos, monos, asiduos y fieles, que un segundo después de mi post en el muro ya estaban dando "me gusta", comentando, señalando, felicitando, agregando. A todos ellos, espero, les hará falta mi persona -?- Y si no, podrán agregar a García Márquez, Vargas Llosa, Poniatowska o Paty Chapoy, quienes harán lo propio en mi ausencia -sobre todo Paty Chapoy-. No sufrirán, no padecerán ninguna clase de agravio en mi partida.
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Yo, en cambio, respiro aliviado. Eso que acabo de escribir es una reverenda mentira. Sin Facebook, hoy día uno es poca cosa. El resto de los medios se ha vuelto tan ralo en su uso, que comienzo a ver los mensajes de texto, las llamadas y ya no digamos los correos electrónicos, como artificios de museo, daguerrotipos de un pasado muy lejano. Tengo el síndrome de abstinencia facebookera a todo lo que da, y el centro de rehabilitación que me corresponde cerró ya sus puertas para concentrarse en acumular seguidores, "me gusta" y comentarios. Me lleva, me trae, me carga, y me vuelve a llevar.
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No quedará más que escribir aquí. Yo soy una persona que, conociéndose incluso antes de que Facebook me obligara al deleitoso y minucioso pero durísimo ejercicio de recordar mis lecturas, películas y gustos, suelo tener que obligarme a lo saludable. Obligarme a esto fue lo que yo buscaba. Regresar al origen. Volver a las andadas primeras que nos dieron el motor, muchos motores, y que luego se fueron perdiendo entre páginas, amigos -de los cuales, cabe decir, uno puede apenas conocer en físico a tres o cuatro de una lista de quinientos-, fotos, comentarios, etiquetas y demás. Abrí la puerta al mundo real, y descubrí que quienes vivimos en las redes sociales hemos dejado de vivir. Decir "me gusta", hoy día, carece de otro significado que una manita empuñada con su respectivo pulgar alzado y su manga azul abotonada. Ya no se escuchan las voces, ya no se ven las personas, ya nadie se abraza ni se acaricia. Nos dio mucho miedo sentir el sol, dejar de presumir que anduvimos en Bahamas, que vacacionamos en Chapala, que nos perdimos en el subterráneo, que probamos un nuevo sabor de Starbucks. Nos dio miedo no darle "like" a Gaby Vargas, a "Amo ver llover", a "Yo también tuve una novia pechugona". Y nos perdimos. Andamos perdidos. Y ni forma de regresar.
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Mark Zuckerberg debe estar feliz. Ya hasta película tiene. El resto de nosotros, me incluyo antes de dejar su red social, seguimos creyendo que la vida se ha vuelto un acomodado conjunto de palabras e imágenes que acumulamos frente a la pantalla. La vida, que está real y absoluta acá afuera, nos va pareciendo invivible. Tal vez George Orwell tenía razón después de todo: habrá un futuro en que, convencidos de que se está mejor frente a la pantalla, le daremos toda nuestra atención al plasma y el Gran Hermano. 
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Yo cerré para escribir, para crear, para darle una oportunidad al olvido y la melancolía. A los sentimientos reales, que Facebook no atina  a agrupar por completo con sus muy lamentables y generales "Me siento..." Sentimientos que duelen o alegran, pero que sobre todo se sienten. Ustedes ahí síganle. Si en un rato no logré mantenerme firme en esto, si respirar de nuevo no me convenció del todo, me tragaré mis palabras y les daré "me gusta" a todos. Por lo pronto, mi decisión está puesta en despertar de la Matrix y abrir los brazos. Frente a la computadora, el celular o el dispositivo móvil, uno cierra las manos en un acto simbólico que reniega de la vida. Afuera, en cambio, no hay mejor forma de hacerse de la mayor calidad en la experiencia vital que extendiendo las manos tan ancho cual el mundo es. Ya les contaré, espero, cómo me va yendo en ésto de vivirla de a de veras.
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¡Salud!

¿Más largas, o así está bien?

El gran reto que enfrenta el cine mexicano, al menos en su época moderna (digamos, de Sólo con tu pareja al año presente), se llama prejuicio. Como un fantasma que se cierne sobre él -amo el verbo "cernir" y sus conjugaciones. Me parece tan bizcochero-, cobra el karma de que fue el cine mismo el gran difusor de prejuicios durante su temprana época dorada, antes de que la televisión tomara la estafeta y continuara sembrando preconceptos en las mentalidades nacionales -y hasta con más saña-. Ahora, cuando va superando el terrible bache -abismal, catastrófico y prolongado, que es lo peor- que significó en su cronología el "cine de ficheras", que sólo nos legó a figurillas del vodevil como Lyn May o Irma Serrano, y por cuya densa sombra hoy todavía muchos mexicanos se resisten a pagar un boleto si la reseña incluye la leyenda de "mexicana", cuando apenas vamos saliendo todos -escritores, productores, actores, guionistas y cinéfilos- de tan oscuro pasado, lo peor que le puede pasar a una película mexicana hoy día es que el prejuicio llegue y le quite el sueño -y las entradas, y la posibilidad futura de seguir haciendo más y mejor cine, de que todos ganemos con la consolidación de una más robusta y fortalecida industria cinematográfica nacional-.
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Yo asistí a ver No sé si cortarme las venas o dejármelas largas con un prejuicio tremendo. Positivo, pero prejuicio al fin. Remontando la idea -?-, supongo que es aún peor que un buen prejuicio respecto a una cinta nacional se vea opacado en la realidad, a que un mal prejuicio se vea confirmado. A mí todos sus espectadores me había dicho que la llamada "ópera prima" de Manolo Caro -lo cual es algo injusto, porque el creador de todo el concepto que dio la vuelta al país primero en teatro, y que atascó foros y palcos hace unos años en la versión teatral, ya había dirigido antes varios cortos (los cuales, claro está, ni él mismo menciona nunca)-, su "estrellita de la buena suerte", su "torta bajo el brazo", era exquisita, deleitosa, fascinante, mordaz e hilarante. Y supongo que sí, que yo soy el que está mal, porque podía ver a la sala entera desgañitarse de risa en dos o tres escenas que a mí no me arrancaron más que un profundo suspiro de melancólica conexión. Pero estar mal es, en ocasiones, la manera más idónea de estar en lo cierto -?- Al menos, eso sí, de criticar sabroso. 
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Levantémoslas primero, para luego dejarlas caer. No sé si cortarme las venas... goza de un guión interesante. Interesante resulta aquí, ahora lo leo, una palabra grotesca. Disculpen el tacto -?- Tiene un buen guión, aderezado con los enredos, confusiones, histerias y asuntos similares, que hacen a toda buena comedia llegar a un auditorio que espera, porque para eso pagó, identificarse en lo incómodo y hacer catarsis a través de la carcajada, el aplauso -sí, mi nombre es Agustín y soy de los que aplauden en las escenas cómicas cinematográficas. Hooooola Agustín-.  
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Aderezando al guión, las actuaciones se lucen solas. Los actores conocen a sus personajes, y llevarlos al cine debió resultarles más simple que comer mazapán y llenarse de morusas la playera. Es Ludwika Paleta, sin embargo, quien en su interpretación de la eternamente diazepaneada Nora, nos regala la mejor interpretación. Su esposo -en la trama, porque en la vida real no sé, yo me quedé en Plutarco Haza pero uno de mis informantes, telenovelero y lector asiduo de TvNotas, se ha ya reído de mí-, es Aarón, quien ocupa el cuerpo -?- de Raúl Méndez, un actor que transmite siempre, así se trate de un cansado esposo con harta insatisfacción amorosa a cuestas, mucha energía en su interpretación. Ambos viven en el mismo edificio que Lucas y Julia (Luis Gerardo Méndez, a quien la maldición de Daniel Radcliffe -o Güicho Domínguez, pa' regionalizarlo- ya persigue desde su interpretación de Xavi Noble en la muy merecidamente laureada Nosotros los Nobles, y Zuria Vega -birip... birip... ¡ah, sí! La hija de Gonzalo Vega), una pareja de mejores amigos que se han casado para "taparle el ojo al macho" de la homosexualidad de Lucas y la despreocupación vital de Julia. Las dos parejas funcionan como casi totales desconocidos, hasta que la presencia de un futbolista en retiro, Félix (Luis Ernesto Franco, que a mí siempre me da la impresión, cuando lo veo en pantalla chica al menos, de que no sabe si va, viene, picha, cacha, deja batear, vive o nomás la ve pasar), la presencia del futbolista lesionado, decía, los enfrenta  y delata, detonando toda clase de fantásticas -?- situaciones -perdón en serio por lo de "fantásticas", pero traigo hoy una carencia de adjetivos que hasta me doy ñáñaras-. 
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¿Seguimos con el levantón? Bueno, los diálogos son buenos, la dirección es... buena, la fotografía es... reducida (claro, sí, porque habitamos en departamentos, y claro también porque Manolo Caro seguro sigue pensando en un escenario de tres por cuatro dónde si se mueve poquito más de lo debido Méndez -cualquiera de los dos-, ya le voló el ojo a Méndez -nuevamente, cualquiera de los dos-). La música es... alternativa. La dirección de arte es... buena. Y es aquí cuando mi orquesta de grillos comienza a afinar. Treeees, cuaaaatro...
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El problema, vuelvo al inicio -cosa que me fascina y que hago de manera recurrente, debo confesar-, es que asistí a la sala cinematográfica con una carga tal de comentarios cercanos tan positivos que rayaban en la histeria colectiva, y con el fantasma de entrevistas, trailers -el estúpido Blogger pretende obligarme, con su subrayado detector de faltas ortográficas, a poner "adelantos fílmicos"- observaciones, reseñas y hasta garantías Cinépolis, que tuve que comprar dos asientos, uno para mí y otro para el saco que llevaba -me acordé, no sé por qué, de Chabelo, cuando inundaba su estudio de cartas de sus "cuates" y luego se sumergía en ellas, con todo y goggles, a elegir a los ganadores de vayaustedasaberquépromociónpitera-. Al final, salí con mi saco a cuestas y con la tremebunda sensación de que esperaba más.
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Chin. Ya estoy mirando a los once millones de fans de la cinta echarse sobre mí, hacer trocitos a H -que ahora que ya está de nuevo trabajando conmigo anda fascinada -si les digo que mis adjetivos andan mal, andan mal de veras-, quemar mis diccionarios y secuestrar a mis informantes. Pero ni modo. Por algo me han de apuñalar en esta vida de todas formas -yo y mi delirio de Pedro Navajas-. Mejor que sea por mi franqueza y mi transparencia -nombre, si hasta parezco Ifai, de veras-. Además, esta entrada le pone un punto oscuro y crítico al cúmulo de críticas positivas y esperanzadoras, lo cual dará más brillo al auditorio que terminando de leer ésta -?-, se lanzará al cine esperando ver un bodrio -yo nunca hablé de tal cosa, pero ya los conozco cómo son de exagerados-, y encontrará, definitivamente, algo mejor que eso -un poco, sólo un poco mejor que eso-.
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Mi consejo, como siempre, es que vayan a verla. Se van a distraer, y si son heterosexuales -ya empezamos con prejuicios otra vez-, seguro apuntarán a la pantalla unas diez veces en la hora cuarenta minutos que dura la puesta de Caro, al tiempo que le darán su respectivo codazo a la novia(o), la esposa(o), la "amiga"(o), la amante(o) o la cosa. Si son homosexuales, y tienen aún un poco de sentimientos ahí en su corazón -busquen, busquen, el último gañán seguro dejó dos rayitas-, seguro sufrirán dos o tres momentos de "parenelmundoqueyameidentifiquéseñorcácaronosigamás". Pero sobre todo, se van a distraer -ya lo dijiste, quimosabi. ¿Para eso querías volver al Baile? ¡Apaga y vete!-
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Ya me voy. Cuando vuelvan del cine, prendan la luz y nos saludamos. Yo mientras me quedo a oscuras para no estar pensando en lo complicado que somos, lo difícil que nos hacemos la existencia negándonos y negando a los otros -¡ah, miren! Sí la entendí después de todo-
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¡Salud!