jueves, 18 de julio de 2013

Elogio de aniversario.


"Esta ciudad es un desmadre de cosas bonitas que el turista que viene por dos semanas no es capaz de entender, pero en el que sí se puede descubrir cierta lógica después de un tiempo. Si no la entiendes, te tienes que marchar, porque la ciudad está allí y no va a cambiar, pero la ciudad sí te cambia a ti. Yo, por ejemplo, ya llego a las citas más tarde" 
Revista Algarabía, núm. 100
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Cada quien posee su ciudad. Dentro, muy dentro, la guarda cada corazón. En unos, felizmente corresponde esta ciudad del alma al suelo que los vio nacer. En otros, se conjuga la presencia de los seres queridos, la labor y el sustento, como clavos que unen el espíritu al lugar físico de calles y azoteas. En mi caso, la de horas "ojerosas y pintadas", tiene sus motivos -que no son rosas pintadas de azul, ni unos labios queriendo besar, como los de la canción-, sus motivos muy míos, para estar en mi corazón, para ser mi ciudad:

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1. A sus 688 años cumplidos -ahí nomás-, posee una vitalidad que desconoce el paso de las horas. Me he sorprendido en sus calles bebiendo limonada a las dos de la mañana, rodeado de gente que lee, escucha, ama, come y trabaja, sin que la Ciudad entera reconozca la ausencia del sol, la caída de las hojas, el devenir de las estrellas.
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2. Es una ciudad en que el surrealismo, la ironía y los extremos, se pasean con descaro. En la fila del supermercado, la señora de Interlomas, con niñera, mayordomo, revista Quién en mano y bolsa Chanel con yorkshire terrier incluido, espera democráticamente su turno entre el viene-viene del estacionamiento y el oficinista de Polanco. En el Metro, y sin exagerar, con sus 200 km de vías, sus millón 157,490 vueltas anuales, sus 201 trenes y sus 175 estaciones, viven varios miles de mexicanos que no han visto la luz del sol en años. En Coyoacán, junto al bolígrafo "de a dos por cinco", se oferta la bisutería de más de dos ceros escandalosos en la etiqueta. En la Villa, rezan hombro con hombro el que ha perdido una pierna, la quinceañera que ya no sabe de virginidades -por mera estadística nacional- y el Presidente que, desconsiderado en su toma de protesta del todo antijuarista, hace del ayate su estandarte. 
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3. Es la ciudad que vio inspirarse y leudar como la espuma a las grandes inteligencias artísticas del país. Perdón que empiece por lo obvio, pero lo obvio es lo elemental: Rivera, Siqueiros, Kahlo, Cantinflas, Negrete, Félix, Figueroa, El Indio, Infante, Pinal, Fábregas, Pacheco, Fuentes, Paz, Leñero, Sor Juana, Altamirano, Velarde, O'Gorman, Velasco, Barragán, Atl, Posadas, Vicente Rojo, López Tarso, Cuarón, Iñárritu, Pani, Tolsá, y un gigantesco etcétera que se prolonga hasta el futuro.
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4. Es la ciudad que vio nacer algunas de mis novelas favoritas. Le robó a Colombia sus Cien años de soledad, transfirió los poderes del Manhattan on transfer a su propia Región más transparente, se secó en un llano de orfandad para darle a Rulfo -y a Hispanoamérica toda- su Pedro Páramo, y se convirtió completa en una oleada de nostalgia -la mejor relación que se puede tener con una ciudad, decía Borges- para que Carlos pudiera recordar las batallas que se daban en el desierto de un patio de una escuela que alguna vez existió en una calle en una colonia que fue la Roma, que hoy no es, pero que sigue siendo, pero que será.
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5. Es la ciudad que posee las obras de arte que me dan de comer al corazón a través de la mirada: el Sueño de una tarde dominical... y El hombre en la encrucijada... de Rivera; la arquitectura de Correos, Antropología, Palacio Nacional, el Museo Nacional de Arte, Bellas Artes -dentro y fuera, como dos caras de una moneda que uno podría no reconocer por separado- y las mil un casas de los mil y un nombres de la Roma y la Juárez; la roca tallada inmisericordemente hasta encontrar en el centro de su forma "una flecha, un fetiche, un dios de forma ambigua"; el azul de la casa de Frida, el rojo de la de Trotsky, el volcánico de la de Diego, el vidrio de la de O'Gorman. 
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6. Es la ciudad que tiene un palacio forrado de azulejos, un bosque a la mitad -con zoológico, mural subacuático y castillo incluido-, un rascacielos como puerta de entrada al centro neurálgico de su pasado, un Gran Hotel con candelabro Tiffany's, una pirámide en medio de una estación de tren urbano, un paseo con quinientas estatuas y la insurgencia de la sexta avenida más larga del mundo.
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7. Es la ciudad en que habita mi hermano, quien me contagió y luego compartió el amor; la que le dio la nacionalidad mexicana a otra hermana; la que me ha visto noviar agusto, llorar agusto, comer agusto, reír con ganas y ser yo sin miedo. La ciudad que me reconforta en la pérdida, me acompaña en la nostalgia, me aclimata en la dicha y me controla en la prosperidad.
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8. Es la ciudad en que el pan dulce sabe mejor, no porque esté provista del mejor trigo o el mejor azúcar, sino porque es la que tiene más experiencia haciéndolo, perfeccionándolo, comiéndolo y saboréandolo.
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9. Es la ciudad que ha sobrevivido a toda catástrofe posible: terremotos, incendios, inundaciones, explosiones, guerras, saqueos, hambrunas, golpes de estado, epidemias y pretensiones apocalípticas. Porque, decía Monsiváis -otro grande que dedicó la vida entera a amarla-, ante ella la propensión es el pensamiento del caos: "ya no cabemos; se acabará el agua; esto ya no funciona; pronto se hundirá completa; es imposible vivir aquí".
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10. Es la ciudad que he elegido para amar a destajo. Éste, por sobre todo motivo, es mi motivo. ¡Feliz cumpleaños, mi "negra o colérica o mansa o cruel o fastidiosa nada más", mi "valiente y vigorosa", mi "invernadero"! ¡Feliz cumpleaños, mi Capirucha!
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¡Salud!