miércoles, 22 de mayo de 2013

Millenials (o la generación del factor sorpresa)


Disculpen la ausencia. Libro, como todos los otros mortales condenados a ganar el pan con el sudor de las frentes (así, en plural, para que el doble sentido les acaricie el morbo), la lucha por el tiempo y su aprovechamiento. Soy, a mi pesar, un adulto que busca, al menos económicamente, sacarla adelante (así, sin explicación alguna, otra vez para acariciarles el morbo. Cuchi cuchi). Además, me pasa como al indígena norteamericano de cierto cuentillo placero que alguna vez leí en uno de esos folletines que venden en librerías Gonvill con excesivo y apremiante éxito: no digo palabra en mucho tiempo porque no tengo nada interesante qué decir.

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Ganado un poco de tiempo (en las dos de tres caídas, yo normalmente me llevo a casa media o tres cuartos), ha llegado a mis manos un texto que merece no sólo mi atención, sino la ruptura de mi ausencia. La revista Chilango, en su edición en línea, ha publicado hace unos días un artículo que me incluye, no por mi fama, mis obras o mis pensamientos (que ya sería buena hora que alguno las compilara, por cierto -no, el modesto no vino. Mi ego lo ahogó en el camino-), sino porque señala la existencia, para mí desconocida hasta ahora, al menos con ese mote, de una tal "Generación Millenial".
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Chilango -o más correctamente Hugo Alberto Juárez, porque eso de culpar a toda la publicación es muy priísta, y aunque esté de moda ahorita en verdad a mí eso de las corbatas rojas y las chamarras de piel como que no me va-, señala que dicha generación, formada por los hoy adultos nacidos entre 1982 y 1995, está integrada por jóvenes -sí, todavía, pese a tantos pagos de casetas- felices, positivos, prácticos, de pensamiento estratégico, con objetivos, trabajadores, comunicadores, concientes y tolerantes. ¡Hombre, Hugo, muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido! Nomás le faltó decir que excelentes amantes y perfectos escritores, y entonces yo hubiera pedido a los editores de chilango.com que titularan de nuevo la nota con mi nombre y apellidos. ¡Caaaaray!
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Esperarán ahora ustedes mi opinión respecto a dicha visión del conjunto de personas con quienes he compartido mayoritariamente mi vida hasta ahora. Y de mí, claro. Y de nuevo, como casi siempre, los dejaré intranquilos. 
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Es que sí, pero no (oh, pues, apaga y vámonos). Veo en muchos de los integrantes de mi generación, y me incluyo, todas esas características que la nota menciona. Trabajamos, y mucho, y somos mucho más conscientes de asuntos de importancia como el impacto ecológico, la diversidad sexual, la tolerancia y el respeto, la apertura de las conciencias, la multiculturalidad y su complejidad, mucho más conscientes, decía, que generaciones como la de nuestros padres, hermanos mayores o abuelos, a quienes, por ejemplo, eso de entender el valor de las diferencias nomás no se les dio -por regla general, claro, porque hablar de ésta o aquella generación requiere obligatoriamente meternos a todos en diferentes cajitas, y habrá siempre quien no encaje, a quien la sola nomenclatura de cierto periodo de años le venga guanga, quien requiera, por precisión estadística, de la formación de un grupo intergeneracional. Pero si así nos vamos no acabamos-. 
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Pero somos también el producto masivo de muchos intereses particulares que hicieron en nosotros un experimento. El punto álgido de dicha afirmación recae en la formación de un target específico que ha sido redituable como jamás ningún otro lo fue antes en la historia del marketing: el de los teenagers. Hablar de adolescentes en la generación X fue dejarlo todo en "incomprensibles y problemáticos". Movimientos musicales, culturales y sociales, surgieron de la adolescencia misma para mostrar la rebeldía, la búsqueda de la autoconsciencia y la definición de la personalidad, tres características propias de quienes aún no alcanzan del todo la mayoría de edad -mental y existencial, por supuesto, porque la legal es un asunto volátil, impuesto y fantasmal-. Con los Millenials, los grandes empresarios descubrieron al fin lo ricos que serían si pudieran llegar a ese segmento cantándoles en su idioma y manifestando como un valor indudable la incomprensión de la que son objeto. Sí, sí, pobres de ustedes, nadie jamás podrá saber lo difícil que es ser un adolescente.
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En respuesta a dicha búsqueda experimental, se nos dio a beber un brebaje de resultados hasta hace poco funestos. Por un lado, el consumo masivo como necesidad prioritaria. Entre más tengas, entre más digas que tienes, más serás eso que no sabes que eres. Más cerca estarás de ser, por fin, tú. Por el otro, la exposición a la marca como razón de ser, más allá de la necesidad que opera detrás de la adquisición de un bien o servicio. Si tiene marca, me va, me queda, me satisface. Eso ya se hacía antes, cierto, se ha hecho siempre. Pero jamás la aplicación de tales mensajes estuvo dirigida a un grupo tan fácilmente manipulable como el adolescente. Creada la zona de confort, los anunciantes, grandes operadores del nuevo status quo, siguieron manipulando su fórmula letal: se nos engendró el egoísmo ("just do it","las cosas como son", "obedece a tu sed") , la individualidad, el bienestar y el placer personal como metas mayúsculas de la actividad diaria. Si no se siente bien, si no te va, si no te cuadra, deséchalo y adquiere otro. Y aprendido el sonsonete, no nos quedó más que replicarlo en el resto de nuestras decisiones vitales: la carrera, la profesión, el matrimonio o la soltería, la amistad y los hobbies.
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Por ello, quizá con lo único que no concuerdo de la nota de Hugo Alberto Juárez es con ese asunto de que somos altamente proclives al trabajo en equipo. No es cierto. Preferimos hacerlo solos. Si bien nuestra convivencia es mucha y es cada vez más consistente, lo que requiere esfuerzo y responsabilidad de nuestra parte nos es más sencillo en solitario. Somos, pareciera que no pero sí, desconfiados de lo que otros pudieran hacer con nuestro nombre, nuestra presencia y nuestra esencia. De que algo pudiera cambiar lo que somos, ciscados al fin por una mercadotecnia que nos enseñó a defenderlo comprando. 
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Esta dinámica creó adolescentes caóticos. Nuestra iniciación a la edad adulta fue, en definitiva, un revoltijo mayor al que fue para las generaciones anteriores. Para ser "alguien", había que ser lo más parecido posible a Britney Spears, y lo menos posible a Alanis Morrisette. Con los años, claro, el mismo sistema implementado se preocupó por vender la diferencia como igualmente apetitosa, e hizo de lo diferente "parte de". Era igualmente deseable ser popero que rockero, fresa que "teto", gordo que flaco, feliz o infeliz: todo estaba permitido mientras consumieras algo. Por eso, cuando mi generación llegó a la edad adulta -ahora sí la legal-, y terminó la licenciatura que los mismos medios masivos le vendieron como producto definitorio, el resultado fue el shock: el mundo no sólo no era un binomio de bandas en continuo enfrentamiento, en absolutos negros y blancos, ni la licenciatura terminada aseguraba el éxito, ni el consumir de todo y a diario firmaba definitiva carta abierta para la felicidad. Había que, pues, retroceder el camino y recuperar lo que éramos. O, más fácilmente, reconstruir desde ahí. Esto explicaría, en parte, por qué Millenials con inclinaciones artísticas actuales han vuelto los ojos a las generaciones pasadas para, por ejemplo, expresar el amor. El trabajo musical reciente de Natalia Lafourcade, por ejemplo, no es casual. Ella misma lo ha dicho en entrevista: ante el agotamiento de las palabras, ante la pérdida de su lucidez -nunca mejor empleada esta palabra-, no va quedando más que ir a preguntarle a los abuelos cómo es que se hace el amor.
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Por eso movimientos con el de los indignados, o #Yosoy132, no están ausentes de cierta melancolía. Son, en esencia, la búsqueda sorpresiva y desesperada de entes de mi generación de elementos para hacerse de un espacio en el aquí y en el ahora. La edad adulta nos sorprendió vacíos, maltrechos sobrevivientes de una década de pantalones plásticos y sistemas de comunicación en aumento impostergable. Había que buscar un lugar, una conexión con el mundo, y había que hacerlo ya. Cuando abrí mi cuenta en facebook, hace cinco años, descubrí no sólo que jamás en mi vida había logrado comunicarme por completo, sino que el nacimiento de redes sociales de la naturaleza que hay ahora auguraba un destino todavía más tétrico para nuestras capacidades comunicativas. Las mías y las de mi generación. Si el mensaje de texto en el celular y el Messenger limitaron nuestras opciones mientras se nos vendían como métodos para ampliarlas, las redes sociales se nos presentaron como un reto y un arma de dos filos. Abandonamos el abrazo y nos volvimos expertos en la caricia del teclado (sin albur).
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Lo que veo ahora en los Millenials que conmigo conviven, en mis amigos, mis compañeros de trabajo, algunas de mis personas más cercanas, es una necesidad creciente de ese espacio. Nuestros padres y abuelos caían en esa necesidad cuando otra necesidad, casi biológica, los orientaba a la búsqueda de pareja -mayoritariamente, claro-, y la elección de esa pareja, junto con la profesión, definía su futuro. A nosotros nos pegó el hambre, nos sorprendió casi incapaces -hasta intelectualmente- de hacernos de medios personales para la supervivencia, y el Ipod y el Ipad y el Itunes y el Iphone no ayudaron demasiado. Nuestro reto es gigante, y parte sólo del progresivo despertar hacia la realidad -las realidades- que en toda su complejidad hemos iniciado desde hace unos años, gracias, hay que decirlo, a la influencia del Internet y su capacidad para traer noticias y hacernos a todos partícipes de ellas. Pensar se convierte, de pronto, en un artículo más de la canasta básica. El reto sustancial está en sabernos parte de un mundo que hasta ahora ignoramos, presas fáciles de un sistema que ya nos tomó, ya nos usó, y ahora pretende dejarnos ir sin saber ya qué vendernos, creando productos que acercan la adultez o prolongan la adolescencia -de lo cual, no lo dudo, extraerán pronto otro target-. Nuestro reto, decía, sale de despertar y continúa hasta entender que, si bien nuestra conciencia individual es básica, nuestro entendimiento social lo será aún más. Y que, si seguimos dormidos, las generaciones pasarán sobre nosotros entendiéndonos como fracasos de un experimento del que fuimos parte. Pruebas fallidas. Chin. Sentí ñáñaras. 
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Para reflexionar, pues.
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¡Salud!