domingo, 29 de diciembre de 2013

El año que nos deja.


"Me dejó una chiva, me dejó una cabra,
me dejó una esposa y una linda suegra".
Canción popular.
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Éste ha sido, en definitiva, el año más interesante de mi vida hasta ahora. Al menos no recuerdo otro año que significara tantos retos, tantas pruebas iniciáticas, tantos planteamientos, tantos derrumbes, y que me dejara salir bien librado de ellos al alzar la copa y brindar con las campanadas en su cierre. No, no lo hay. 2013 se lució conmigo en materia de exponerme a la vida, y con los resultados le estoy tremendamente agradecido.
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Fue un año de viajar. Fui muy lejos y muy cerca. Conocí lugares que no conocía, probé sabores que no había probado, escuché historias que no había escuchado, y comprobé la certeza de un dicho gastado: México es diverso. Lo que es más, entendí que el dicho le queda corto al hecho. También corroboré la veracidad de esta otra conocida moraleja: el que viaja mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho. Abracé a mi país por su centro, y muchos punto de su cinturón. Me sorpredió con sus innumerables acabados barrocos, sus ciudades de calles trazadas oníricamente por ángeles, sus platillos improvisados al fragor de la batalla. Me abrazó con afecto, y yo le devolví el abrazo con el profundísimo amor que le tengo. No dejo de sorprenderme por sus desvaríos, no dejo de llorar sus incontables ausencias, pero los viajes de este año, los recorridos por sus playas, valles y urbes, me han hecho quererlo más, apreciarlo más, tomarlo, como a las parejas de años, por sus lados menos flacos, y asirlo a mí como una buena estrella que se lleva en el pecho esperando le dé suerte, le recuerde siempre el hogar.
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Fue un año de dejar ir. De aceptar las pérdidas irremediables y luchar por las rescatables. De recorrer la arena recontando los daños, y de volver a construir. O de aceptar la ausencia como un vacío que pesa, duele, se sufre, pero que impulsa el crecimiento personal como la combustión en un cohete. De abrazar muy fuerte, llorar los duelos de las personas y las ideas -que son más dolorosos que los de las personas-, y luego ir soltando hasta caer rendidos y sonrientes. Un año de entender que soy un ser humano, de tenerlo más presente que nunca, y luchar contra la culpa y las equivocaciones que eso conlleva, los miles de males, incluidos los fisiológicos, que tendrán que aquejarme siempre que decida aceptar el reto y seguir viviendo. El reto de estar aquí, de seguir contándola.
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Fue un año de derrumbes. Aceptar que las estructuras construídas no son eternas, y que incluso las que creemos más afianzadas experimentarán con los años desgaste y destrucción. El tiempo es mágico, porque cura -y me curó de varias este 2013-, pero cobra la factura siempre que se le deja pasar. También esto es inherente a nuestra cualidad humana: estamos destinados al final. Por eso, creo, nos gustan tanto los ciclos, y ponemos nuestras expectativas en función de una serie de límites cronológicos: nos dan la seguridad de que siempre, sin importar qué tan dañados quedemos tras el derrumbe, podremos volver a construir, pian pianito, con la confianza y la seguridad de que, si no como antes, por lo hemos abremos de recuperar el techo y la cordura, habrá de ser nuestra de nuevo la razón. 
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Fue un año de construcción. De pedir disculpas y abrazar el amor que se nos da todos los días, eso lo tengo cada vez más claro, como un regalo merecido. El amor en todas sus formas, en todas sus manifestaciones, en todos sus temples y abrazos. El amor en el plato que se nos sirve caliente, la mano que nos recuerda el límite al que debemos llegar, la palabra que toma el corazón y lo aclimata. El oído atento, el consejo bienintencionado, el índice que señala, la puerta que se abre, el corazón que se entrega y se desvive. La paz que se nos brinda. El esfuerzo que se pone en función de nuestra tranquilidad. De aceptar el amor, y de reconocerlo. Porque no hay hombre más infeliz sobre la tierra, incluso por sobre aquél que está solo, que el que no es capaz de reconocer la cara del amor entre la muchedumbre, y asirse de él como de la mayor de las esperanza.
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Fue un año de creación. Si yo siempre ando volando alto, este 2013 fue un año de organizar y direccionar. Un año en que la creatividad, en mí y en los que están conmigo, fluyó con singular energía, llenándolo todo de luz y claridad. Se avanzaron proyectos, se aplaudieron puntos finales, se apoyaron otros sueños, y el resultado fue siempre tan alentador como si fuera todo mío, todo producto de mi pluma. El hecho es claro, y contundente: la creatividad es contagiosa. Estimula su energía en quienes te rodean, y la que provoques en ellos redundará en la tuya. Más claro aún: hecha más agua a la fuente, y el chorro que te caiga será cada vez más grueso -?-
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Fue un año de apreciar mucho. De ver cosas nunca vistas, de leer cosas nunca leídas, de vivir cosas nunca vividas. De conocer personas desconocidas, meterlas por el colador y dejarlas ir. El beneficio de los años está en la valoración excesiva de lo personal. Dicho de otro modo: con los años, se vuelve uno más huraño, más especial. La mula, válganme ustedes la expresión, no era arisca, la hicieron. El filtro se vuelve más pequeño, y hay quienes venían pasando de lo lindo de filtro en filtro, y ya de pronto no caben. Supongo que es uno el que cambia, uno el que crece, y las cosas y los sentimientos y las ciudades y las palabras nos van quedando cada vez más pequeñas, y uno debe, porque el tiempo sigue corriendo inclemente, elegir lo que le queda y lo que no, para usar lo uno a su favor, y para dejar lo otro a la caridad. 
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Fue un año de arte. De escudriñar muralistas y ensayistas, novelistas y sagas populares. De mucho cine mexicano, mucho orgullo nacional. Y de apreciarlo todo desde la mayor sencillez posible, porque no hay otra forma de entender el arte que agachando la cabeza y encendiendo las ideas.
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Fue un año de esoterismo. De visitar templos piramidales, hacerles preguntas a un manojo de cartas, vivir constelaciones y luego guardarlo todo en la maleta de las cosas que hay que vivir. De apreciar las experiencias con otro filtro, quizá más delicado, de más finos agujeros, y no tenerle miedo a lo que, más allá de nuestra razón, nos ofrece la vida en todos sus misterios.
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Fue un año de sonreír con ganas. De sonreírle a los problemas, convertirlos en una broma-papalote, y echarlos a volar. Y con esa misma energía, reír a carcajadas. De placer, de dolor, de entrega y exposición a la verdad. No hay, este 2013 lo comprobó, forma más preclara de aventarse al ruedo que una buena risa. La actitud ha definido este año el noventa porciento de los resultados. El resto, lo que suceda después, ya es cosa que no nos compete, y que por tanto es pertinente no echar en nuestro costal. El método es simple, no más de dos pasos: se cierran los ojos y se abraza la dicha. Incluso en los peores ratos, se abraza la dicha, porque crisis es crecimiento, y no dejamos de crecer hasta adquirir, diría el buen Dante, "ciudadanía divina".
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Fue un año inmejorable. Inmejorable hacia lo que estaba tras él. Y ahora, claro está, 2014 tiene para mí muchos retos gigantescos. Si confío en mi natural creencia en los ciclos, el que inicia en unos días debe ser prometedor. Mucho de lo alcanzado, mucho de lo sorpresivo que tuvo este que termina, estuvo en el hecho de que me propuse desde un inicio abrazar la vida en toda su extensión y vivir tantas cosas como me fuera posible, sin más restricción que mi salud y mi integridad. Y el resultado fue genuino: mi integridad está intacta, y mi vagón, como podrán comprobar en la fotografía que ilustra esta preciosa entrada merecedora de un Pullitzer -y mi nieve de limón-, regresó repleto de recuerdos, de moralejas, de enseñanzas, de luz y de calor. Habrá, entonces, que peinarse de nuevo el copete y asumir lo que viene con los pies bien firmes, porque el mar sigue picado, yo sigo deseando de la vida una sorpresa, y esta ola está que lleva.
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¡Salud!

sábado, 28 de diciembre de 2013

Los fabulosos 26.


"La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza jamás envejece"
Franz Kafka.
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No sé a ustedes, pero a mí me pone terriblemente nervioso cumplir años. Eso, como muchas otras cosas de la vida, es una reverenda tontería. Reverenda por patética, tontería por su poco valor. Esto porque, al menos en mi caso, dicho nerviosismo no responde sino al enfrentamiento de la edad -un mero accidente que se acumula con el tiempo, que es a su vez otro gran accidente- con ciertos paradigmas que, como todo paradigma, se nos ha impuesto desde la convocatoria a un hecho tonto y deleznable: a cada edad corresponde un específico alcance. Ya lo decían los comerciales de la SEP, en los años mozos: "Con seis años cumplidos, a primero de primaria deben ingresar".

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Así que uno, a los veintiséis, debería tener ya un trabajo muy estable, una pareja formal, un buen automóvil, un precioso grupo de amigos importantes y ciertos contactos que le aseguren el futuro. Otra patraña, porque el futuro si algo tiene es que es terriblemente inseguro -cual adolescente atacado por el acné, o Kalimba en su entrevista con Loret de Mola-. En suma, un catálogo de productos qué presumir a los primos en las navidades -me encanta ponerlo en plural, así, navidade, porque en estas fechas nacen muchas, muchas cosas, en muchos, muchos corazones-. 
Desde varios de esos puntos, soy un chile frito. Soy ya un licenciado que no ejerce lo que estudió por cinco años y medio; este año me distancié y luego volví con Mi Cobijadechinosyojos, a quien reconozco, entre muchas otras cosas, que aguantó sin inmutarse los movimientos de un tablero estrictamente personal, un poco a las de "tú hazte bolas con tu vida, a mí que me esculquen"; ando siempre en transporte urbano, porque es tanta la responsabilidad que siento tras un volante que me es imposible sentarme a conducir sin andar pidiendo disculpas de antemano; casi no he visto a mis amigos, y he peleado con dos o tres que, debo decirlo, han manifestado cosas justas tanto como reverendas niñerías -porque así pasa: con los años, uno se vuelve más selectivo, más reacio a abrir el corazón, a andarse por las ramas-. Y de contactos ni hablemos, que el otro día intenté mover mis influencias para obtener un descuento en mi pago anual del agua, y es hora que Lupita la de la tanda, a quien creía una amiga de altos vuelos, no me ha dado el sí. Es que así no se puede, es que así no se puede.
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Pero en esos mismos puntos, soy también un triunfador. Todos los días me levanto para ir a un trabajo que, lejano a las Letras, es cercano a la información, su procesamiento y su difusión para la toma de decisiones, triada fantástica que me encanta, y en donde aprendo siempre algo nuevo, siempre de personas interesantes, dispuestas a enseñar; recuperando sus abrazos, obtuve de Mi Cobijadechinosyojos el regreso de un acompañamiento sin par que siempre tengo a su lado, porque por lento, despistado, ideático y maníatico que sea, es un gran, gran, gran -así, tres veces- compañero de andanzas; con todo y el aumento, no tener carro me permite ahorrar dinero y no molestarme en marchar por los gasolinazos -sí, ya sé, si sube la gasolina sube el diésel, y eso pone a los transportistas de malos pelos, pero entonces yo marcharé contra el aumento en su tarifa, lo que sucederá con suerte cada año, y no contra aumentos en la gasolina que, si bien les va, sube cada día-; a los amigos muy amados los he conservado, y su presencia y su aliento y su escucha y su ejemplo han sido a veces mi guía y mi orgullo, mi buena tarde, mi recordatorio del presente como un regalo -que por eso, decía en KungFu Panda el maestro Oogway, se llama presente-, de la necesidad de mantener los pies sobre la tierra alternando eso con muy altos vuelos; y por aquello de las influencias y los contactos, me basta con abrir los ojos para notar que siempre que algo surge, alguien entre la multitud sale a mi encuentro y me enseña de nuevo a remar. Eso es  parte de lo maravilloso de vivir: abandonados en este "valle de lágrimas", todo encuentro es una posibilidad, todo abrazo es un futuro.
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Ahora mismo estoy cerrando el día de mi vigésimo sexto aniversario. Eso también trae a este Baile una celebración de glamour y pasarela, porque nació precisamente en un cumpleaños mío, hace ya seis arduos años. Y aunque ahora lo visito menos, lo hago siempre que tengo algo importante qué decir, con la conciencia de que no andarán ustedes leyendo por aquí cualquier guarrada, sino verdaderas joyas que han nacido de la observación, la reflexión, el decoro y la razón. Como la trilogía de las sombras de Grey, pero con menos azotones en la cabecera.
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Así que hoy tengo muchas qué festejar. Celebro el amor, que llega todos los días a mí a raudales, en muchos disfraces, en múltiples formas, en muchas vías, y me abraza, y me sorprende, y me cuestiona sobre qué he hecho para merecerle, qué hago todos los días para conservarle; celebro la familia, que distanciada o incomprensiva, es también herencia, historia, raíz, yacimiento; celebro la posibilidad de haber nacido en un país que me ofrece los regalos del sabor, la risa, la pasión, el arte y el color, y que sólo pide a cambio mi apertura, mi humildad; celebro el amanecer, la lluvia, el anochecer, el sol, la luna; celebro los sabores que me gustan, las enfermedades que me alentan, las palabras que me alientan; celebro ser hispanohablante -con veinte y tantos años de experiencia-, y la posibilidad de abrazarte en ese idioma; celebro la palabra, que es una joya preciosa, su uso y su evolución; celebro el trabajo, que dignifica y moviliza; celebro la sonrisa, la carcajada y el llanto, a partes iguales; celebro la Historia, que es una hechura preciosa del tiempo; celebro mis preferencias, y hago de ellas sólo una parte de mí; celebro mi cuerpo, sus límites y sus alzamientos; celebro la música, la literatura, el cine, la pintura, y los sentidos que, como cinco regalos, se han puesto en mi individualidad para celebrarlo todo; celebro la reflexión, el encanto, los fuegos artificiales, el descubrimiento; celebro la niñez que vive en mí, que es, dice El Mayordemishermanos, una tautología; celebro la inspiración, la creatividad, el esfuerzo y el dormir; celebro los sueños; celebro la muerte, que es final, descanso y recordatorio; celebro los viajes, los que van al interior y los que ocupan carretera; celebro los saltos al vacío, y los paracaídas; celebro la amistad, la compañía, la verdad y la soledad; celebro el retorno, y el laberinto, y su salida; celebro la luz, el cielo, la estrella y la Creación. Celebro el baile, y el Baile. Celebro el inestimable regalo que es la vida.
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¡Salud!

sábado, 7 de diciembre de 2013

Mima


Mima se ha ido. Éste, reflexiono en primera instancia y antes de que el fantasma del olvido juegue conmigo como acostumbra, ha sido un año de pérdidas. Algunas, las menos, han dado pie a felices reencuentros, cumpliendo cabalmente aquello de que "si crees que algo es tuyo, debes dejarlo ir". Otras, las más dolorosas o impactantes al menos, han sido irreparables. Se han ido personas cercanas, con quienes apenas un par de meses atrás se convivió, se charló, se compartió, se disfrutó de la vida. La vida, en su continuo salir de escena en este 2013, ha dejado muy clara para mí su lección más importante: lo que tiene de hermosa, diversa, interesante y retadora, lo tiene de fugaz. Lo que ofrece, como en buffet de desayuno, es muy bueno, pero dura sólo un par de horas, tras las cuales, claro está, hay que pagar otro cubierto.

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La pérdida más dura, la más fría, la más anonadante, se dio esta tarde. Es una pérdida cercana a la orfandad. Mima era, sin temor a exagerar, una segunda madre no sólo para mí, sino para muchos que, compartiendo la "primeidad", compartimos también con ella el gigantesco regalo que fue ser sus sobrinos. Un regalo de luz, de amor, de igualación de las posibilidades: cuando en cualquiera de los núcleos faltaba mamá o papá, Mima aparecía con sus bolsos gigantescos, su altura despampanante, su melena de tubos y fijador, su carga de palabras prohibidas, su sonrisa abierta y su risa fácil que lo llenaba todo, incluso el hueco que faltaba, el espacio vacío del corazón, el eco y la tristeza.
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No había lugar como sus brazos. Yo, que guardo en mi memoria con cariño -con las limitadas capacidades que ésta tiene- los abrazos más frondosos, puedo asegurar que difícilmente había espacio tan cálido, tan amoroso, tan dador de energía y luz, como sus brazos largos, fuertes, de mujer a quien el trabajo le ha resultado, más que una necesidad, un modo de explicarse la existencia. Los brazos de una mujer que, amando mucho y entregando mucho, también sufrió mucho y padeció de mucho. Pero a quien, pese a lo difícil que le resultó aprender la lección, nunca le vimos una mala cara, nunca le padecimos una amargura. Como buena mujer de tierras calientes, tenía su carácter, eso sí. Pero con la misma boca que maldecía y chingadeaba, acurrucaba y enternecía. Amaba, sin miramentos, con la conciencia aparente de que ésa, amar, era la tarea para la que había sido señalada en esta vida.
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Cuando a don Benjamín esa misma vida le dio un golpe directo en el corazón que lo dejó en coma unos días y en convalecencia de por vida, estando todavía él en un profundo sueño y doña Mago -tremebunda, entregada, abnegada y entonces casi viuda- obligada a cuidarlo, Mima apareció una tarde con sus doscientas maletas enormes, su melena exhuberante, su "¡mis amores!" en la punta de la lengua y sus bolsas de dulces, tamales, chilorios, suaves de coco y demás delicias sinaloenses colgando de las manos. Llenó la casa de tanto amor, que mis hermanos y yo casi olvidamos la tragedia, el filo duro de la orfandad y la viudez de la madre que se ceñía sobre nosotros hostigoso, alarmante. Cocinó lo que pedimos -con la excelente mano que siempre tuvo para hasta por la comida llenar el corazón-, limpió y sacudió la tristeza y el polvo, cantó en el patio mientras tendía nuestros uniformes, y por al menos un mes no dejó que ningún aviso de luto tocara a la puerta. Su luz, lo veo ahora con claridad, espantó a la muerte, cuyo fantasma nos rozaba ya la espalda.
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En esa misma temporada, Mima aceptó llevarme a la fiesta de cumpleaños de un compañero de la primaria. Nueva en la ciudad, pero hábil en el volante, Mima guió el carro de doña Mago por calles que ambos desconocíamos, ella por su extranjerismo y yo por mi edad. Acostumbrada a conducir su eterna Combi naranja, Mima tomaba avenidas y asaltaba boulevares a fuerza de "pitazos", "chingados" y "cabrones", trío de garantías viales que manejaba a la perfección. Ya a cierta hora, y harta de no encontrar el número, hizo saltar el Cutlass gris de doña Mago por entre una hilera de pinos en mitad de un camellón. Su intento fue vano. Nunca dimos con el domicilio. Cansada y malhumorada, volteó conmigo y propuso un trato, porque entre ella y yo la complicidad fluyó siempre desde que compartimos la primera mirada: "Oye, hijo, ¿y si le das el regalo mañana a tu amiguito y vamos ahorita por una nieva de chorro?" Sobra decir que se hizo el trato.
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Tiempo después, le devolví el favor. Huyendo de un conflicto con uno de sus hermanos, y del calor infernal que habita las mitades de año en tierras sinaloenses, Mima vino de visita a pasar hace años un verano. Me pidió que la llevara al centro de la ciudad que habito -iba a escribir "mi ciudad", pero imaginé traicionada a Mi Ciudad, la verdadera, que reina y manda por los siglos de los siglos desde su Altiplanicie central, y sentí asco de mí mismo-. Planeé un itinerario y la paseé por cuanto rincón histórico pude. Acostumbrada a recorrer siempre todo Culiacán a pie a partir de que su inseparable Combi naranja dio de sí, no chistó ni reclamó. Hacia el atardecer, nos atraparon las horas en una banca de la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, con sendas coca colas y bolsas de papas fritas con chile y limón en nuestras manos. Por primera vez, creo, entendió que estaba junto a un adulto, y puso frente a la luz del crepúsculo los secretos familiares, las historias calladas y los temas revoltosos. Me cuestionó sobre mis preferencias sexuales, e indagó sobre las de El Mayordemishermanos. Guardo ése como el mejor abrazo que nos dimos, el más sincero, el más honesto, puestos ambos al mismo nivel, encontrándonos ambos habitantes de la misma patria en el corazón.
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Ahora un vulgar cáncer nos la ha quitado a todos. Su partida deja tantos huérfanos como primos somos. No puede uno sentir menos que un leve resentimiento hacia la existencia que le ha sido negada. La Menordemishermanas, previo a un reciente viaje relámpago que hizo a Culiacán para visitarla, me confesó adoloridísima: "se me hace muy pronto. Siento que tengo aún por vivir con ella muchas cosas". Es cierto. De Mima nunca hubiéramos tenido suficiente. La calidez de su amor era, por decir lo menos, adictiva. Su compañía un aire fresco, su sola presencia un consuelo, su escucha y su caricia un bien inestimable. Su ausencia deja ahora, entonces, muchos vacíos. El cáncer, que llegó en ella silencioso y voraz, como si temiera que al anunciarse con más antelación lográramos arráncersela de entre las manos, nos la arrebató con una rapidez que, aunque suene raro, se agradece. Porque lo hemos visto hacer de las suyas por años, desintegrando a la persona hasta que ella misma y los suyos la desconocen. A Mima, hay que decirlo, tuvo a bien tomarla casi de improviso. 
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Ahora tendremos que resolver su pérdida. Entregarse a un duelo cuesta el doble cuando quien se ha ido sigue haciendo falta en el corazón. Cuando no hay a quién mirar que cubra el faltante al menos en lo que se consigue aceptar la pérdida. No hay cómo arreglar eso. Habrá, entonces, que entender que lo mejor a esperar es el encuentro cuando nosotros, los que aquí la amamos y disfrutamos del privilegio enorme que fue ser amados por ella, hagamos también lo obligatorio y "adquiramos ciudadanía divina". 
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Hoy, a dónde quiera que esté, no puedo sino enviarle un delicado beso. Lo que me queda es el recuerdo y la lección de amor que supo prodigar con sus acciones. Creer que es cierto aquello de que la vida es sólo el comienzo. Y me queda también lo que dejó en mí con sus cuidados, su presencia y su compañía. La energía que supo proyectar sobre quienes fuimos puestos a su cuidado en alguna ocasión. Lo que hay de ella en mi mirada, mi amar y mi perdonar. Lo que la amo y la amaré por siempre, sin que su pérdida o su ausencia puedan reducir ni un poco la gratitud y el lazo indisoluble que nuestras vidas, al encontrarse hasta en la sangre compartida, compartieron con buena suerte. Muy, muy buena suerte. 
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¡Salud!

La segunda vuelta.


Michelle Bachelet prepara ya el camino que la llevará, por segunda ocasión, a La Moneda. Lo hará, válgame usted la repetición, por segunda vuelta, un método electoral que garantiza, dicen las democracias practicantes, que los indecisos se aclaren y los decididos se confirmen. Esto me hace pensar que, en ocasiones, por aquello de la chancla que yo tiro -dicho siempre repetido, jamás confirmado-, el no volveré, la maledicencia respecto a las segundas partes e indiscreciones semejantes, las segundas vueltas se ponen de moda. Las ventajas de regresar la página son múltiples. Vea usted una película que le gusta. Véala de nuevo. La confirmación será motivo de contundencia: o se queda usted en su gusto, y le encuentra más escenas, más detalles, más gestos, más colores, o la desecha y pone en su lugar los quinientos capítulos de Mirada de mujer. Así de duro, así de claro.

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Todo esto viene en relación a que Mi Cobijadechinosyojos y yo hemos vuelto. Esto es motivo de muchas cosas. Habrá quienes, no creyendo en las segundas oportunidades, tomen como un mal paso mercadotécnico esta decisión. Una mala estrategia que, dirán los más incrédulos, sólo responde a los tremendos fríos que las madrugadas nos han estado acomodando a lo largo y ancho de todo el país. Crean lo que quieran. Yo, por puro buen gusto, no me meto en asuntos de fe, gobierno y ejército. Y luego asuman la responsabilidad de que, si no se cree en el Cielo, no existe derecho a réplica si les toca partir y llegar ahí pretendiendo pedir asilo postmortem.
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Para nosotros, que hemos protagonizado el regreso hasta ahora, para estos dos hombres adultos, conscientes, consistentes -bueno, esto a veces como que nos falla, pero le echamos gans-, y llenos de buenas intenciones, esto es motivo de mucha energía puesta en marcha. Ya, para tales efectos, le hemos metido a las respectivas almas una dosis extra de Redbull, y dos dosis grandes de paciencia. Lo primero para no dejar de caminar -cosa que cuesta volver a hacer después de que se ha pisado el freno-; lo segundo, para que el caminar sea honesto, sincero, concienzudo. 
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Y vamos bien. Ya sé, hasta esto último escrito no podían ustedes dormir de la zozobra. Pues listo, vayan estirando la cobija y apeñuscando sus pies fríos. La verdad es que hemos vuelto del exilio renovados, dispuestos a retomar la construcción de la patria nuestra, corregir dos o tres estructuras que de facto hemos visto en la distancia estaban mal, andaban chuecas, y enderezar la navegación hacia puertos menos flemáticos, menos codependientes, menos irrespetuosos de la individualidad, un efecto de la libertad que el romance a veces olvida, a veces obliga a ignorar.
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Es cierto que nos somos perfectos, ni infalibles. La tranquilidad al respecto danza alrededor de un consuelo multitudinario: nadie lo es. Hoy en día, más parejas de divorcian de las que se forman -¿cómo? No sé. Pregúntenle a Gaby Vargas, Martha Debayle, Lolita Ayala, Fernanda Familiar o demás comunicadoras amantes de la estadística demencial-.  Ante la fragilidad de las relaciones y la dureza que en ellas imponen los tiempos corrientes, lo adecuado, el último recurso de hecho, es entender que lo obligatorio es caminar. Para eso nos hemos elegido, de entre las multitudes, y para eso mismo hemos vuelto a sentarnos en la misma banca, a pronunciar el mismo idioma, a compartir el pan.
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No se trata, pues, de componer la vida. No seremos ejemplo, ni es nuestra pretensión que sobre nosotros se erija cualquier suerte de aplauso, cualquier especie de récord en cuanto a duración, fidelidad, escala de valores, y demás tonterías semejante con que las revistas del corazón tapizan a las parejas famosas. No somos de inicio, y a Dios gracias de por medio, famosos de ninguna índole. Sólo dos hombres, como dije hace un par de párrafos, aprendiendo a regarla y corregirla, lo que es la vida. Nuestro único interés es caminar. Si andando juntos, mano a mano de nuevo, nos surge la posibilidad de ser vistos por otros como un buen remanso, una esperanza, un ideal, eso será sólo un accidente. Nada más que un accidente.
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Les dejo el mensaje más claro posible: amen. Atrévanse. Corren malos tiempos para los soñadores, pésimos tiempos para los que se entregan, pero excelentes tiempos para el azar y el atrevimiento. Y no lo sabrán si no se animan, elevan anclas y zarpan. Lo nuestro, lo que Mi Cobijadechinosyojos y yo nos traemos entre manos, es, además de una predisposición casi innata a tropezar dos veces con la misma piedra, a levantar dos veces la misma chancla, a escribir para las segundas partes los mejores guiones, un fanatismo por la felicidad. Nos gusta, nos encanta, somos sus "fanseses". La buscamos y la hacemos nuestra a la menor provocación. Esto sí, tómenlo por lección: persíganla. Al llegar el último día, sin tener de ello yo conocimiento de causa, presumo ahora que será lo único que nos llevaremos, lo que tomaremos y valoraremos por sobre todo lo demás. Y una vez que la tengan, antes de perderla de nuevo en su efectiva fugacidad, abrácenla y reconózcance en ella. 
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Me voy con una anécdota más al respecto. Hace unos días, un proveedor, enamorado de una de mis hijas -dos mujeres rudas, de batalla, de ésas que pegan y luego preguntan, y que aguantan de todo antes de caer rendidas más por cumplir el guión que por fatal cansancio, dos tremebundas hembras que forman mi equipo laboral-, le dijo a su Julieta antes de salir corriendo, coyón como son siempre los hombres enamorados: "qué bonita es la vida". Y sí. Qué bonita es para el que ama sin reparos, sin temor al dolor, con la conciencia tranquila y el corazón bien claro.
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¡Salud!

miércoles, 13 de noviembre de 2013

De frentes fríos.


Nos cayó un frente frío. Eso es un asunto grave. Yo no sé si al resto de los países les pase, pero saber que México atraviesa por un frente frío, éste mi México de playas soleadas, ciudades con eternas primaveras, dioses mitológicos que se lanzan al fuego y se transforman en astros incandescentes, hombres en llamas que suben al infinito vía cúpulas de edificios coloniales, éste mi México que Italo Calvino tuvo a bien incluir en cierta antología de cuentos titulada Bajo el sol jaguar, éste mi México de llamaradas de petate y ardientes pasiones, éste mi México de calores, atravesando un frente frío. No cabe duda: corren tiempos surrealistas.

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Lo peor es que nos agarró desprevenidos. Habíamos tenido climas extremos, con madrugadas congelantes y tardes de angustiosos calores. Angustiosas calores, para que no se me pierdan los de la costa. Y de pronto, cuando ya estábamos guardando las chamarras y preguntándonos seriamente si no andarían mal los termostatos celestes, el frío en toda su onda nos tomó por la espalda y nos sobrecogió sobremanera sobresaltándonos sobresuntuosamente -sobre todo-.
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Encima de todo, yo tuve que hacer un viaje express a mi Capital en búsqueda de cierto documento que, en carácter de ultrasecreto, tuve que traer al trabajo. Y ahí va uno, disfrutando el paisaje del Altiplano Central, cuando entrando al Estado de México el camión entero se convierte en una suerte de hielera jaibolera y sus pasajeros, nosotros los pobres, en abigarrados cubitos de hielo. ¡Qué pavor! En cuestión de segundos mis mocos eran estalagtitas y mi boca una maldición por el chamarrón de tres kilos que, sin necesitar realmente, utilicé en la mañana para llegar a mi pequeña, modesta y larga oficina, suya también si ayudan con los gastos.
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La Ciudad, lluviosita y apagadona, para variar, me miró con sorpresa y puso en circulación una marcha extra de automóviles para recibirme. Yo, por asuntos meramente relacionados con el carácter de urgencia que tenía mi misión, apenas la peiné. Y ella como que se indignó y me dijo: "Pues ahí cuando quieras darme tiempo de calidad,  me buscas, chulo". Se dio la media vuelta y me enseñó su espalda de luces y estrellas. Anduve revoloteando por sus nortes, bajé apenas un poco a sus ponientes y hube de verme en la necesidad -?!- de tomar ahí mismo mi autobús de regreso a estas tierras tapatías que igual encontré a punto de malteada. 
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Este frente frío que nos ha pegado por toda la retaguardia, ni es de Dios, ni me viene mal. Ay, ya lo dije. A mí me gusta el frío. Me gusta que nos pegue. La gente se ve mejor con la cara entumida y las manos sin saber dónde meterse, que en tanga, bikini, o medio sudada, trío de terribles consecuencias visuales del verano. Mi México, de ardorosos motivos, es también ya el primer lugar mundial en obesidad y sobrepeso. Eso significa que los gringuitos, con sus freeways, sus fastfoods, sus syrups, sus creams y sus extrasupersizeme, lucirán mejor -porcentualmente hablando, claro está- en traje de verano que nosotros. Y en lo que el millón de impuestos extras a los Gansitos, la Coca Cola y los Crujitos, logra que volvamos a ser curvilíneos aztecas, dignos de subir y bajar diez veces el teocalli sin asomo de sofocación, lo nuestro, lo nuestro, serán las gabardinas y las felpas.
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Vayan sacando sus abrigos. El frente frío amenaza con convertirse, como ya ha pasado otras veces, en un invierno de reserva. Yo estoy viendo claramente compras de pánico por todas partes. Hasta pantallas planas se está llevando la gente. Supongo, entonces, que planean hibernar. Me dicen mis informantes que no alarme, que se trata del Buen Fin. Pues yo veo a las señoras comprando pan Bimbo como si el mundo se fuera a acabar, y lo único que tendremos para desayunar la mañana siguiente que eso suceda, serán rebanadas de almidón fortificado proporcionadas por un maquiavélico oso polar panadero que, ¿ya lo notaron?, siempre posa para las fotos sacando la lengua. Conclusión: Miley Cyrus y el osito Bimbo salieron en la misma camada. Esto tampoco fue por alarmar, pero seguiremos informando.
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¡Salud!

miércoles, 30 de octubre de 2013

Músico poeta.

Piedad, piedad para el que sufre,
piedad, piedad para el que llora,
un poco de calor para nuestras vidas,
y una poca de luz en nuestra aurora.
Oración caribe.

Agustín está cumpliendo años. 113, para ser exactos. Con gusto, de estar en mis manos, haría una cooperacha entre los que aquí bailamos y le enviaría, a nombre de todos, claro está, un bonito detalle: una buena caja de cigarros, un par de mancuernillas, un whisky de fina importación. Ya, de perdida, una serenata con trío huasteco. Pero como para hacer cualquiera de esas cosas, para halagar al Músico Poeta, tendría yo que tomar medidas drásticas sobre mi vida -terminarla, para ser exactos-, o usar una tabla ouija -cosa que, para lo que hay que ver ya en estos tiempos, resulta peccata minuta, un sinsilico juego infantil-, pues mejor nos quedamos todos aquí sentadito
s, cómodamente, pensando en don Agustín.
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A Agustín lo rodea el misterio -nota al pie: amo hablar de él, porque lo que diga será estupendo, y por pura tocayes -?- es como si me lo estuviera diciendo a mí mismo. fin de la nota al pie-. Desde el lugar de su nacimiento, que Veracruz ya signó en Tlacotalpan sin que todavía fanáticos, historiadores y conspiradores de teorías estén totalmente conformes, hasta sus composiciones, a las cuales cierto grupo de recelosos sigue dudando en su autoría, buscándole, si no tres pies al gato, cuatro notas menos al estilo, pasando por su cicatriz, su fama de mujeriego -sus amores, por ende-, la vida de Lara es una caja de sorpresas . Y más que el misterio, al hombre de la voz de terciopelo lo rodea el escándalo. Porque cuando la verdad es medianamente descubierta, cuando los hechos constatados no alcanzan a cubrir por completo la satisfacción de las interrogaciones, surge el rumor, y su crecida, su pleamar, se llama escandalazo.
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Y es que todos hablan siempre de Agustín Lara. Vivo y muerto. María Félix lo calificaría hasta su desaparición como un gran amante. Un hombre romántico, diría la Doña, capaz de conquistar a cualquier mujer. Guadalupe Loaeza, la eterna "yegua fina", incluso lanzaría alguna vez sobre la mesa la noticia, demencial por su imprudencia y su llamamiento al morbo, de que la gran fama de Agustín como amante estaría levantada -nunca mejor dicho- sobre el portentoso tamaño de su miembro viril. Cierto o falso, a Lara le sobraban "amigas", y es suya la frase, ésta sí de viva voz, que delata su penar, cuando al referirse a otro grande de la época, éste actor, que compartía su mal, Pedro Infante, diría Agustín en sentido contrario: "Tiene el mismo defecto que yo. Nos chocan horriblemente las mujeres. No queremos saber nada de ellas. ¡Oiga usted, qué horror!". 
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Las otras famas son mucho más oscuras, socialmente menos aplaudidas: su alcoholismo y su gusto por cierta clase de drogas, como el opio. La misma Félix negaría tajantemente en alguna entrevista ambos rumores, asegurando que sí, al autor de Madrid y Arráncame la vida le gustaría tomar, ¿por qué no? y de vez en cuando, alguna copita, pero sin que fuera nunca un problema mayor, sin que mellara la dignidad de vida del "Flaco de oro". Lo del opio, diría Félix, ésa sí era una tontería inventada por quienes no toleran el talento ajeno en la composición, la creatividad, y el buen gusto musical, y asumen que todos a quienes la naturaleza no dotó de buenos "denarios", hemos de recurrir a la influencia de alguna droga para salir avante -yo, por eso, diario traigo mi Coca Cola light bien fría entre las ingles -?--. 
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La presencia no es un mito, ni una fama, ni un rumor. Hay suficientes imágenes en toda clase de archivos como para negar que el escuálido hombre sentado frente al piano, con la mirada atenta sobre las teclas, la frente echa un nudo de inspiración, los dedos frágiles como diez agujas de cartón, el eterno traje de fina tela y el eterno pañuelo en el bolsillo, es todo presencia y buen gusto. Distinción. Así fumara, no puedo imaginarlo oliendo mal. "Es que era un tipo...", dice la Doña, mientras hace con sus dedos índice y pulgar un anillo que lleva a la altura del pecho y pasa de arriba a abajo, como para marcar total rectitud, total y absoluta formalidad. "Era un tipo a quien la palabra glamour, incluso, le sabe sosa", agregaríamos nosotros. Su cabello engominado, sus mechones canosos perfectamente acomodados, sus zapatos y calcetines combinados. Si de estilo se trata, Agustín nos lleva a todos, y por derecho propio, la delantera. Hasta su tumba, una de las pocas que el gobierno mexicano decidió poner en el la Rotonda del Panteón de Dolores apenas fallecido el interfecto, evitándole al cadáver de Lara las penas y penurias de exhumaciones, extravíos de cadáveres y desvaríos de políticos metiches, que otros enterrados ahí mismo padecieron antes de ocupar un espacio en tan honroso recinto, hasta su tumba, decía, es en sus motivos dorados y sus lozas negras bien lustradas, total distinción y elegancia.
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Muy por encima de todo rumor o mitote, está la obra de Agustín. He comenzado por el mito porque sé que son ustedes todos morbosos y nomás leían esperando encontrar datos con qué llenar su hambre de notas faranduleras y comecuandohays. Pero la verdad, que sabemos todos, es que nada en la vida de Lara se compara con el nivel de su creación. Los insidiosos, que ya antes mencionaba, insisten en decir que hay cosas de Lara que no pueden ser de Lara. "Les faltan notas", "les sobran notas", "no hay forma de que haya escrito toda una suite sobre España sin conocer nunca ese país", dicen los más avezados, que seguro dibujaron alguna vez en la primaria un elefante o un león sin haber jamás salido de Tlalnepantla. La verdad es que para escribir sobre lo que no se ha visto en persona, basta un poco de cultura general, otro poco de imaginación, y un mucho de capacidad de sincretismo. 
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A Lara, todo eso se le daba bien. Entendía, con apenas un par de ideas, toda una cuestión, y era capaz de hacer sobre ella muchas y muy variadas canciones. La cuestión de la que mejor hablan sus canciones es el amor. De La fugitiva a Farolito, pasando por las siempre coreada María bonita, o la eternamente versionada Solamente una vez, el genio de Agustín para hablar del amor es vario y profundo: del que se fue, del que surge, del que apenas asomándose se esfuma. Lo he dicho muchas veces, lo digo una vez más: no hay quien cante al amor como lo hace Lara.
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El gran inconveniente del delgado genio frente al piano fue siempre su voz. Con el paso de los años, sumando tabaco y whisky, el asunto no mejoró en absoluto. Pero su sincretismo y su excelente oído actuaron de nuevo en su beneficio: durante su vida, supo elegir las mejores voces para cantar toda la amplia gama de ritmos y géneros que compuso no sólo para el piano, sino para orquestas enteras. Del tango al bolero, del vals al ritmo tropical de trompetas y timbales, Lara hizo de su creatividad un artilugio y de sus intérpretes el mejor ejecutor. Toña La Negra -así, como apellidos-, es quizá la más célebre. Su voz cantando Oración caribe, o Palmera, no tiene comparación. Antes de García Márquez o Cabrera Infante, Toña La Negra habló del trópico y el paraíso como jamás ningún poeta logró hacerlo. Su voz, incluso por encima de otras intérpretes del género como Celia Cruz u Olga Guillot, dibuja en nuestras mentes piñas, cocos y arena, vegetación y vida, de manera más que magistral. Su sentimiento, inigualable, transmite sensaciones que, creo a veces, ni Lara frente a su propia partitura imaginó jamás.
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El otro grande es Pedro Vargas. A Pedro, que por encima de todo fue su amigo, lo tuvo siempre dispuesto para hacer famosas las canciones cuyos tonos, cercanos a lo operístico, podía alcanzar con facilidad. Vargas, que a pesar de su gigantesco físico -o quizá, gracias a él-, gozaba de un estilo y formalidad muy parecidos a los de Lara, no dudó jamás en inflar el pecho -que de por sí ya traía medio inflado siempre-, para lanzar impresionantes notas al aire, en interpretaciones de las obras de Agustín, como Granada o Arráncame la vida, que no ha logrado jamás otro intérprete posterior -si están pensando en Luis Miguel, háganse un favor, cierren y váyanse. Habrase visto-.
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Yo particularmente veo con buenos ojos lo que en tiempos modernos han hecho artistas como Natalia Lafourcade, a través de su álbum Mujer divina, o Alondra de la Parra, en algunas canciones de su Travieso carmesí. La cuestión de retomar a Lara es para hablar del amor es, si no deseable, elemental. Nuestro idioma ha tenido, sin que medie ningún fanatismo en mi observación, grandes creadores de música. Grandes letristas, grandes compositores. Pero nadie, se los puedo garantizar, tan prolífico y exacto como Lara. Nadie tan sentimental. Porque, para empezar, Lara rara vez escribía por encargo, y si lo hacía, lo hacía por gusto. Si la obra generada no placía al que la pagaba, no aceptaba el pago y la lanzaba por su cuenta. En eso radica también la gracia de su genio: en su libertad. Agustín Lara fue, sin que ninguna mujer, rumor o verdad pudiera desmentirlo, un hombre libre. Atado, las pocas veces que logró formalizar, se confundía y desataba sus peores ángulos. En cambio, independiente y volando sobre el piano, no hubo jamás quien lo detuviera. También eso deberíamos aprender  de él los que hoy miramos la música y buscamos la creación: la libertad pese a todo, con todo, en todo.
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Les dejo el interés, espero. Si no han escuchado a Lara, han faltado a un deber para con su nacionalidad. Si escuchándolo no les prende, han faltado a otro deber, pero éste hacia con su  expresión sentimental -¿ya lo notaron? amo usar conjunciones conjuntamente aunque sepa que es garrafal hacerlo-. Y si lo escuchan y se quedan con él, bienvenidos. En el Baile, por lo pronto y de homenaje, le subiremos dos rayitas al volumen. Nomás aguas, porque se enamoran.
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¡Salud!

lunes, 21 de octubre de 2013

Las cuitas del joven.


Tres cosas son inherentes al hombre: la inteligencia, la estupidez y las penas de amor. Éstas últimas, teorizadas y menospreciadas, vilipendiadas y tachadas de locura, dramatizadas en Shakespeare y noveladas en Cervantes, son de las tres cosas inherentes la más castrante. Porque uno puede ir por ahí sabiéndose estúpido, o inteligente, y hasta recibir reconocimientos o aplaudir a otros por la práctica de ambas costumbres. Pero las penas de amor hunden, inflaman, demeritan, y la única forma en que pueblos de tradicional reserva como el mexicano han encontrado para distraerlas o valorarlas un poco, es la dupla formada por la música y el vicio -también dicen que las penas con pan son menos, pero oigan, traemos un inflamente problema de obesidad, ¿creen que me voy a poner a recomendar la tragazón? ¿Qué clase de Baile creen que están leyendo? ¡Ala!-

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En ambas cosas, los mexicanos nos lucimos solos. Llenamos los palenques, paseamos entre las gradas los whiskies y los tequilas, coreamos a José Alfredo, a Juan Gabriel, a Chavela, y luego dormimos con ganas el sueño de los justos. Con la tranquilidad de que, despertando, las penas no se habrán ido, pero las habremos apaleado por un rato, las habremos reducido a meros temas de cantina. Nos habremos reído de ellas, las habremos llorado un poco, en compañía de los amigos, como es debido -dicen-.
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Hoy que yo traigo las mías a cuestas, muy actuales, muy frescas, muy de este año -¡qué año! la sutileza y rapidez con que se ha ido es directamente proporcional a los chin...adazos (la censura de mis informantes, que van llegando de visitar Chalma, está que castra) que ha propinado-. Yo, claro está, asumo muy modernamente que la culpa no la tiene el otro. En eso, todos los compositores de canciones para limpiar las penas de amor -curarlas, dicen los que las beben; ahogarlas, dicen los que las libran-, estarían, a decir de cuanta terapeuta he visitado yo, tremendamente equivocados. Porque todo mundo culpa a la mujer ladina, el hombre infiel, la hembra inmisericorde cuyas crueles artimañas lo traen a uno, por decir lo menos, lamiendo la banqueta en convención anual de pacientes con pie de atleta -convención que, agregaré a la imagen que he intentado crear en ustedes con alevosía, asco, morbo y ventaja, se realiza sin calzado alguno-. 
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Nadie asume, pues, que es uno quien abre su corazón, es uno quien permite, es uno quien vuelve a tomar la llamada, a aceptar las palabras, a dar entrada. La lógica al respecto es poco menos que de parvulitos: si el perro mordió una vez, mordió diez más. Y si el perro está detrás de la puerta esperando a que abra uno para dejarse ir a la yugular, pian pianito o de un tajo, pero siempre a la yugular, ¿pa' qué abres la puerta de nuevo, ingrato? Esto es ilógico, pero comprensible: responde a la también muy humana tendencia al pensamiento fantástico, en que la cosa que no funciona lo hará de pronto si seguimos apretando exactamente el mismo botón que ya comprobamos no la hace andar. ¿Cómo? ¿Bajo qué esquema? ¿Obedeciendo a qué leyes de la antimateria? Vaya usted a saber, y si sabe, me avisa.
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También me ha parecido hoy que nadie ha descrito en sus letras de desamor los impactos que tiene sobre el estómago el proceso de desintoxicación y desapego. Todo mundo habla siempre del corazón. El corazón que sufre, que se acongoja, que llora incluso -ver a un metacardio llorar no debe ser nada agradable-. Pero, ¿qué hay del estómago que se abotaga, que se hace un nudo, que luego juega una mala pasada y en las primeras de cambios se desbalancea, propiciando deshidrataciones y desnutriciones de dar miedo? 
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Eso lo pensé, lo adivinaron bien, mientras cantaba yo divinamente algunos sones oaxaqueños en el sanitario el día de hoy -cito ahora al universal filósofo de los tiempos modernos, Armando Huesos alias Pitbul: "ya tú sabes"-. Dedicar un vaciado de estómago a la memoria del que se va debe ser de las cosas más provechosas y adecuadas que existen para los males de amor, y es hora que ni Paquita, ni Ana Gabriel, ni las Pandora, salen con una rola que cuente precisamente eso: cómo después de una despedida se pueden pasar las horas con la vida fugándose por todos los orificios del cuerpo. Y luego sí, es muy probable, levantarse uno del escusado, peinarse el copete y corear a Yuridia con aquello de "ya te olvidé".
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Pero supongo que sería grotesco. Si lo es escuchar a cualquiera de sus intérpretes corear la Paloma negra de Tomás Méndez, por aquello de que uno, cuando está bueno y sano, siempre tiende a pensar que andar penando de amor es cosa mítica y de idiotas, imagínense lo que sería haber oído a Lola Beltrán hablar de su nocturno romance con la taza del baño, el bote de la basura, el machuelo de la banqueta. Me estoy poniendo muy nasty. Todo esto era para decirles que este Baile, que es constancia y son, debe leer ahora que corren tiempos difíciles para el corazón -y el estómago, puntualizaré: especialmente el estómago-, del que esto escribe, y de que extiendo la presente a sabiendas de que en esta vida, a la usanza del proverbial poema, todo pasa y todo queda. Ya nos reiremos. Por lo pronto, échenle más sal al agua que estoy perdiendo electrolitos como atleta de maratón.
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¡Salud!

domingo, 20 de octubre de 2013

El dulce sabor de la píldora azul.


Esta semana, tomé valor y cerré mi cuenta en Facebook. Apenas avisé, como quien no quiere que se sepa, que se haga argüende. Tal vez así sea. Ya hay suficientes dramas mínimos en mis días recientes, como para encima agregarle el cortón de venas con apio que significaría para el denso y poblado cuórum de dicha red social mi desaparición. Sin escenitas, sin malos rollos. Todo tranquilo, con la confianza y la seguridad de que estamos haciendo lo mejor posible.

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Pero no hay forma. Apenas di click en "confirmar", entendí que daba el último acribillazo -¿existe esa palabra o me traiciona mi uso desquiciado, diario e irrefrenable del español?-, daba el último sablazo, pues, para vernos más académicos, a mi de por sí inexistente vida social. Es sorprendente. Hoy día todo sucede en Facebook. Si no lo viste ahí, si no te lo dijeron en su chat, si tu muro no se vio replegado de pronto por el video oportuno, la nota con liga o la imagen compartida, si no te etiquetaron, no pasó. Dalo por hecho, por hecho real y contundente. Así seas estudiante, ama de casa o empresario. En este último caso, si tu negocio no goza de una aplicación, página o seguidores, estás más frito que la solitaria papa de la freidora de Mc Donalds que el apresurado y distraído trabajador no alcanza a recoger al levantar la canastilla, y que se queda ahí, horas, días enteros, girando y soltando burbujas como pedazo de Alka-Seltzer. 
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Pero era necesario. El suicidio al que me arriesgo, es un suicidio de amor. De amor por la vida, no vayan a creer que ya las ando dando -¿qué? ¡las horas, sucios!- No he creado casi nada en el último año, y los proyectos en el tintero prometen tanto, y me harían tan feliz en su finalización, que el otro día soñé a uno de esos personajes que está esperando ahí, con todo y ficha de las que dan en las salchichonerías de los supermercados con su numerito rojo, venir hacia mí y soltarme un "te pasas" en la cara. Y sí, me paso. Me paso de tiempo, de rosca, de desidioso. Y Facebook no ayudaba en nada. Ni a eso ni al resto de las artes de mi intelecto.
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Es muy cierto que intentaba yo ponerme culto. Compartir arte, folklore, cultura de todos los niveles posibles. El video de Youtube, la noticia de El Universal, la reseña personal. Y tenía yo seguidores, lindos, monos, asiduos y fieles, que un segundo después de mi post en el muro ya estaban dando "me gusta", comentando, señalando, felicitando, agregando. A todos ellos, espero, les hará falta mi persona -?- Y si no, podrán agregar a García Márquez, Vargas Llosa, Poniatowska o Paty Chapoy, quienes harán lo propio en mi ausencia -sobre todo Paty Chapoy-. No sufrirán, no padecerán ninguna clase de agravio en mi partida.
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Yo, en cambio, respiro aliviado. Eso que acabo de escribir es una reverenda mentira. Sin Facebook, hoy día uno es poca cosa. El resto de los medios se ha vuelto tan ralo en su uso, que comienzo a ver los mensajes de texto, las llamadas y ya no digamos los correos electrónicos, como artificios de museo, daguerrotipos de un pasado muy lejano. Tengo el síndrome de abstinencia facebookera a todo lo que da, y el centro de rehabilitación que me corresponde cerró ya sus puertas para concentrarse en acumular seguidores, "me gusta" y comentarios. Me lleva, me trae, me carga, y me vuelve a llevar.
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No quedará más que escribir aquí. Yo soy una persona que, conociéndose incluso antes de que Facebook me obligara al deleitoso y minucioso pero durísimo ejercicio de recordar mis lecturas, películas y gustos, suelo tener que obligarme a lo saludable. Obligarme a esto fue lo que yo buscaba. Regresar al origen. Volver a las andadas primeras que nos dieron el motor, muchos motores, y que luego se fueron perdiendo entre páginas, amigos -de los cuales, cabe decir, uno puede apenas conocer en físico a tres o cuatro de una lista de quinientos-, fotos, comentarios, etiquetas y demás. Abrí la puerta al mundo real, y descubrí que quienes vivimos en las redes sociales hemos dejado de vivir. Decir "me gusta", hoy día, carece de otro significado que una manita empuñada con su respectivo pulgar alzado y su manga azul abotonada. Ya no se escuchan las voces, ya no se ven las personas, ya nadie se abraza ni se acaricia. Nos dio mucho miedo sentir el sol, dejar de presumir que anduvimos en Bahamas, que vacacionamos en Chapala, que nos perdimos en el subterráneo, que probamos un nuevo sabor de Starbucks. Nos dio miedo no darle "like" a Gaby Vargas, a "Amo ver llover", a "Yo también tuve una novia pechugona". Y nos perdimos. Andamos perdidos. Y ni forma de regresar.
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Mark Zuckerberg debe estar feliz. Ya hasta película tiene. El resto de nosotros, me incluyo antes de dejar su red social, seguimos creyendo que la vida se ha vuelto un acomodado conjunto de palabras e imágenes que acumulamos frente a la pantalla. La vida, que está real y absoluta acá afuera, nos va pareciendo invivible. Tal vez George Orwell tenía razón después de todo: habrá un futuro en que, convencidos de que se está mejor frente a la pantalla, le daremos toda nuestra atención al plasma y el Gran Hermano. 
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Yo cerré para escribir, para crear, para darle una oportunidad al olvido y la melancolía. A los sentimientos reales, que Facebook no atina  a agrupar por completo con sus muy lamentables y generales "Me siento..." Sentimientos que duelen o alegran, pero que sobre todo se sienten. Ustedes ahí síganle. Si en un rato no logré mantenerme firme en esto, si respirar de nuevo no me convenció del todo, me tragaré mis palabras y les daré "me gusta" a todos. Por lo pronto, mi decisión está puesta en despertar de la Matrix y abrir los brazos. Frente a la computadora, el celular o el dispositivo móvil, uno cierra las manos en un acto simbólico que reniega de la vida. Afuera, en cambio, no hay mejor forma de hacerse de la mayor calidad en la experiencia vital que extendiendo las manos tan ancho cual el mundo es. Ya les contaré, espero, cómo me va yendo en ésto de vivirla de a de veras.
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¡Salud!

¿Más largas, o así está bien?

El gran reto que enfrenta el cine mexicano, al menos en su época moderna (digamos, de Sólo con tu pareja al año presente), se llama prejuicio. Como un fantasma que se cierne sobre él -amo el verbo "cernir" y sus conjugaciones. Me parece tan bizcochero-, cobra el karma de que fue el cine mismo el gran difusor de prejuicios durante su temprana época dorada, antes de que la televisión tomara la estafeta y continuara sembrando preconceptos en las mentalidades nacionales -y hasta con más saña-. Ahora, cuando va superando el terrible bache -abismal, catastrófico y prolongado, que es lo peor- que significó en su cronología el "cine de ficheras", que sólo nos legó a figurillas del vodevil como Lyn May o Irma Serrano, y por cuya densa sombra hoy todavía muchos mexicanos se resisten a pagar un boleto si la reseña incluye la leyenda de "mexicana", cuando apenas vamos saliendo todos -escritores, productores, actores, guionistas y cinéfilos- de tan oscuro pasado, lo peor que le puede pasar a una película mexicana hoy día es que el prejuicio llegue y le quite el sueño -y las entradas, y la posibilidad futura de seguir haciendo más y mejor cine, de que todos ganemos con la consolidación de una más robusta y fortalecida industria cinematográfica nacional-.
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Yo asistí a ver No sé si cortarme las venas o dejármelas largas con un prejuicio tremendo. Positivo, pero prejuicio al fin. Remontando la idea -?-, supongo que es aún peor que un buen prejuicio respecto a una cinta nacional se vea opacado en la realidad, a que un mal prejuicio se vea confirmado. A mí todos sus espectadores me había dicho que la llamada "ópera prima" de Manolo Caro -lo cual es algo injusto, porque el creador de todo el concepto que dio la vuelta al país primero en teatro, y que atascó foros y palcos hace unos años en la versión teatral, ya había dirigido antes varios cortos (los cuales, claro está, ni él mismo menciona nunca)-, su "estrellita de la buena suerte", su "torta bajo el brazo", era exquisita, deleitosa, fascinante, mordaz e hilarante. Y supongo que sí, que yo soy el que está mal, porque podía ver a la sala entera desgañitarse de risa en dos o tres escenas que a mí no me arrancaron más que un profundo suspiro de melancólica conexión. Pero estar mal es, en ocasiones, la manera más idónea de estar en lo cierto -?- Al menos, eso sí, de criticar sabroso. 
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Levantémoslas primero, para luego dejarlas caer. No sé si cortarme las venas... goza de un guión interesante. Interesante resulta aquí, ahora lo leo, una palabra grotesca. Disculpen el tacto -?- Tiene un buen guión, aderezado con los enredos, confusiones, histerias y asuntos similares, que hacen a toda buena comedia llegar a un auditorio que espera, porque para eso pagó, identificarse en lo incómodo y hacer catarsis a través de la carcajada, el aplauso -sí, mi nombre es Agustín y soy de los que aplauden en las escenas cómicas cinematográficas. Hooooola Agustín-.  
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Aderezando al guión, las actuaciones se lucen solas. Los actores conocen a sus personajes, y llevarlos al cine debió resultarles más simple que comer mazapán y llenarse de morusas la playera. Es Ludwika Paleta, sin embargo, quien en su interpretación de la eternamente diazepaneada Nora, nos regala la mejor interpretación. Su esposo -en la trama, porque en la vida real no sé, yo me quedé en Plutarco Haza pero uno de mis informantes, telenovelero y lector asiduo de TvNotas, se ha ya reído de mí-, es Aarón, quien ocupa el cuerpo -?- de Raúl Méndez, un actor que transmite siempre, así se trate de un cansado esposo con harta insatisfacción amorosa a cuestas, mucha energía en su interpretación. Ambos viven en el mismo edificio que Lucas y Julia (Luis Gerardo Méndez, a quien la maldición de Daniel Radcliffe -o Güicho Domínguez, pa' regionalizarlo- ya persigue desde su interpretación de Xavi Noble en la muy merecidamente laureada Nosotros los Nobles, y Zuria Vega -birip... birip... ¡ah, sí! La hija de Gonzalo Vega), una pareja de mejores amigos que se han casado para "taparle el ojo al macho" de la homosexualidad de Lucas y la despreocupación vital de Julia. Las dos parejas funcionan como casi totales desconocidos, hasta que la presencia de un futbolista en retiro, Félix (Luis Ernesto Franco, que a mí siempre me da la impresión, cuando lo veo en pantalla chica al menos, de que no sabe si va, viene, picha, cacha, deja batear, vive o nomás la ve pasar), la presencia del futbolista lesionado, decía, los enfrenta  y delata, detonando toda clase de fantásticas -?- situaciones -perdón en serio por lo de "fantásticas", pero traigo hoy una carencia de adjetivos que hasta me doy ñáñaras-. 
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¿Seguimos con el levantón? Bueno, los diálogos son buenos, la dirección es... buena, la fotografía es... reducida (claro, sí, porque habitamos en departamentos, y claro también porque Manolo Caro seguro sigue pensando en un escenario de tres por cuatro dónde si se mueve poquito más de lo debido Méndez -cualquiera de los dos-, ya le voló el ojo a Méndez -nuevamente, cualquiera de los dos-). La música es... alternativa. La dirección de arte es... buena. Y es aquí cuando mi orquesta de grillos comienza a afinar. Treeees, cuaaaatro...
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El problema, vuelvo al inicio -cosa que me fascina y que hago de manera recurrente, debo confesar-, es que asistí a la sala cinematográfica con una carga tal de comentarios cercanos tan positivos que rayaban en la histeria colectiva, y con el fantasma de entrevistas, trailers -el estúpido Blogger pretende obligarme, con su subrayado detector de faltas ortográficas, a poner "adelantos fílmicos"- observaciones, reseñas y hasta garantías Cinépolis, que tuve que comprar dos asientos, uno para mí y otro para el saco que llevaba -me acordé, no sé por qué, de Chabelo, cuando inundaba su estudio de cartas de sus "cuates" y luego se sumergía en ellas, con todo y goggles, a elegir a los ganadores de vayaustedasaberquépromociónpitera-. Al final, salí con mi saco a cuestas y con la tremebunda sensación de que esperaba más.
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Chin. Ya estoy mirando a los once millones de fans de la cinta echarse sobre mí, hacer trocitos a H -que ahora que ya está de nuevo trabajando conmigo anda fascinada -si les digo que mis adjetivos andan mal, andan mal de veras-, quemar mis diccionarios y secuestrar a mis informantes. Pero ni modo. Por algo me han de apuñalar en esta vida de todas formas -yo y mi delirio de Pedro Navajas-. Mejor que sea por mi franqueza y mi transparencia -nombre, si hasta parezco Ifai, de veras-. Además, esta entrada le pone un punto oscuro y crítico al cúmulo de críticas positivas y esperanzadoras, lo cual dará más brillo al auditorio que terminando de leer ésta -?-, se lanzará al cine esperando ver un bodrio -yo nunca hablé de tal cosa, pero ya los conozco cómo son de exagerados-, y encontrará, definitivamente, algo mejor que eso -un poco, sólo un poco mejor que eso-.
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Mi consejo, como siempre, es que vayan a verla. Se van a distraer, y si son heterosexuales -ya empezamos con prejuicios otra vez-, seguro apuntarán a la pantalla unas diez veces en la hora cuarenta minutos que dura la puesta de Caro, al tiempo que le darán su respectivo codazo a la novia(o), la esposa(o), la "amiga"(o), la amante(o) o la cosa. Si son homosexuales, y tienen aún un poco de sentimientos ahí en su corazón -busquen, busquen, el último gañán seguro dejó dos rayitas-, seguro sufrirán dos o tres momentos de "parenelmundoqueyameidentifiquéseñorcácaronosigamás". Pero sobre todo, se van a distraer -ya lo dijiste, quimosabi. ¿Para eso querías volver al Baile? ¡Apaga y vete!-
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Ya me voy. Cuando vuelvan del cine, prendan la luz y nos saludamos. Yo mientras me quedo a oscuras para no estar pensando en lo complicado que somos, lo difícil que nos hacemos la existencia negándonos y negando a los otros -¡ah, miren! Sí la entendí después de todo-
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¡Salud!

jueves, 18 de julio de 2013

Elogio de aniversario.


"Esta ciudad es un desmadre de cosas bonitas que el turista que viene por dos semanas no es capaz de entender, pero en el que sí se puede descubrir cierta lógica después de un tiempo. Si no la entiendes, te tienes que marchar, porque la ciudad está allí y no va a cambiar, pero la ciudad sí te cambia a ti. Yo, por ejemplo, ya llego a las citas más tarde" 
Revista Algarabía, núm. 100
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Cada quien posee su ciudad. Dentro, muy dentro, la guarda cada corazón. En unos, felizmente corresponde esta ciudad del alma al suelo que los vio nacer. En otros, se conjuga la presencia de los seres queridos, la labor y el sustento, como clavos que unen el espíritu al lugar físico de calles y azoteas. En mi caso, la de horas "ojerosas y pintadas", tiene sus motivos -que no son rosas pintadas de azul, ni unos labios queriendo besar, como los de la canción-, sus motivos muy míos, para estar en mi corazón, para ser mi ciudad:

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1. A sus 688 años cumplidos -ahí nomás-, posee una vitalidad que desconoce el paso de las horas. Me he sorprendido en sus calles bebiendo limonada a las dos de la mañana, rodeado de gente que lee, escucha, ama, come y trabaja, sin que la Ciudad entera reconozca la ausencia del sol, la caída de las hojas, el devenir de las estrellas.
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2. Es una ciudad en que el surrealismo, la ironía y los extremos, se pasean con descaro. En la fila del supermercado, la señora de Interlomas, con niñera, mayordomo, revista Quién en mano y bolsa Chanel con yorkshire terrier incluido, espera democráticamente su turno entre el viene-viene del estacionamiento y el oficinista de Polanco. En el Metro, y sin exagerar, con sus 200 km de vías, sus millón 157,490 vueltas anuales, sus 201 trenes y sus 175 estaciones, viven varios miles de mexicanos que no han visto la luz del sol en años. En Coyoacán, junto al bolígrafo "de a dos por cinco", se oferta la bisutería de más de dos ceros escandalosos en la etiqueta. En la Villa, rezan hombro con hombro el que ha perdido una pierna, la quinceañera que ya no sabe de virginidades -por mera estadística nacional- y el Presidente que, desconsiderado en su toma de protesta del todo antijuarista, hace del ayate su estandarte. 
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3. Es la ciudad que vio inspirarse y leudar como la espuma a las grandes inteligencias artísticas del país. Perdón que empiece por lo obvio, pero lo obvio es lo elemental: Rivera, Siqueiros, Kahlo, Cantinflas, Negrete, Félix, Figueroa, El Indio, Infante, Pinal, Fábregas, Pacheco, Fuentes, Paz, Leñero, Sor Juana, Altamirano, Velarde, O'Gorman, Velasco, Barragán, Atl, Posadas, Vicente Rojo, López Tarso, Cuarón, Iñárritu, Pani, Tolsá, y un gigantesco etcétera que se prolonga hasta el futuro.
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4. Es la ciudad que vio nacer algunas de mis novelas favoritas. Le robó a Colombia sus Cien años de soledad, transfirió los poderes del Manhattan on transfer a su propia Región más transparente, se secó en un llano de orfandad para darle a Rulfo -y a Hispanoamérica toda- su Pedro Páramo, y se convirtió completa en una oleada de nostalgia -la mejor relación que se puede tener con una ciudad, decía Borges- para que Carlos pudiera recordar las batallas que se daban en el desierto de un patio de una escuela que alguna vez existió en una calle en una colonia que fue la Roma, que hoy no es, pero que sigue siendo, pero que será.
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5. Es la ciudad que posee las obras de arte que me dan de comer al corazón a través de la mirada: el Sueño de una tarde dominical... y El hombre en la encrucijada... de Rivera; la arquitectura de Correos, Antropología, Palacio Nacional, el Museo Nacional de Arte, Bellas Artes -dentro y fuera, como dos caras de una moneda que uno podría no reconocer por separado- y las mil un casas de los mil y un nombres de la Roma y la Juárez; la roca tallada inmisericordemente hasta encontrar en el centro de su forma "una flecha, un fetiche, un dios de forma ambigua"; el azul de la casa de Frida, el rojo de la de Trotsky, el volcánico de la de Diego, el vidrio de la de O'Gorman. 
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6. Es la ciudad que tiene un palacio forrado de azulejos, un bosque a la mitad -con zoológico, mural subacuático y castillo incluido-, un rascacielos como puerta de entrada al centro neurálgico de su pasado, un Gran Hotel con candelabro Tiffany's, una pirámide en medio de una estación de tren urbano, un paseo con quinientas estatuas y la insurgencia de la sexta avenida más larga del mundo.
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7. Es la ciudad en que habita mi hermano, quien me contagió y luego compartió el amor; la que le dio la nacionalidad mexicana a otra hermana; la que me ha visto noviar agusto, llorar agusto, comer agusto, reír con ganas y ser yo sin miedo. La ciudad que me reconforta en la pérdida, me acompaña en la nostalgia, me aclimata en la dicha y me controla en la prosperidad.
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8. Es la ciudad en que el pan dulce sabe mejor, no porque esté provista del mejor trigo o el mejor azúcar, sino porque es la que tiene más experiencia haciéndolo, perfeccionándolo, comiéndolo y saboréandolo.
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9. Es la ciudad que ha sobrevivido a toda catástrofe posible: terremotos, incendios, inundaciones, explosiones, guerras, saqueos, hambrunas, golpes de estado, epidemias y pretensiones apocalípticas. Porque, decía Monsiváis -otro grande que dedicó la vida entera a amarla-, ante ella la propensión es el pensamiento del caos: "ya no cabemos; se acabará el agua; esto ya no funciona; pronto se hundirá completa; es imposible vivir aquí".
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10. Es la ciudad que he elegido para amar a destajo. Éste, por sobre todo motivo, es mi motivo. ¡Feliz cumpleaños, mi "negra o colérica o mansa o cruel o fastidiosa nada más", mi "valiente y vigorosa", mi "invernadero"! ¡Feliz cumpleaños, mi Capirucha!
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¡Salud!

miércoles, 22 de mayo de 2013

Millenials (o la generación del factor sorpresa)


Disculpen la ausencia. Libro, como todos los otros mortales condenados a ganar el pan con el sudor de las frentes (así, en plural, para que el doble sentido les acaricie el morbo), la lucha por el tiempo y su aprovechamiento. Soy, a mi pesar, un adulto que busca, al menos económicamente, sacarla adelante (así, sin explicación alguna, otra vez para acariciarles el morbo. Cuchi cuchi). Además, me pasa como al indígena norteamericano de cierto cuentillo placero que alguna vez leí en uno de esos folletines que venden en librerías Gonvill con excesivo y apremiante éxito: no digo palabra en mucho tiempo porque no tengo nada interesante qué decir.

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Ganado un poco de tiempo (en las dos de tres caídas, yo normalmente me llevo a casa media o tres cuartos), ha llegado a mis manos un texto que merece no sólo mi atención, sino la ruptura de mi ausencia. La revista Chilango, en su edición en línea, ha publicado hace unos días un artículo que me incluye, no por mi fama, mis obras o mis pensamientos (que ya sería buena hora que alguno las compilara, por cierto -no, el modesto no vino. Mi ego lo ahogó en el camino-), sino porque señala la existencia, para mí desconocida hasta ahora, al menos con ese mote, de una tal "Generación Millenial".
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Chilango -o más correctamente Hugo Alberto Juárez, porque eso de culpar a toda la publicación es muy priísta, y aunque esté de moda ahorita en verdad a mí eso de las corbatas rojas y las chamarras de piel como que no me va-, señala que dicha generación, formada por los hoy adultos nacidos entre 1982 y 1995, está integrada por jóvenes -sí, todavía, pese a tantos pagos de casetas- felices, positivos, prácticos, de pensamiento estratégico, con objetivos, trabajadores, comunicadores, concientes y tolerantes. ¡Hombre, Hugo, muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido! Nomás le faltó decir que excelentes amantes y perfectos escritores, y entonces yo hubiera pedido a los editores de chilango.com que titularan de nuevo la nota con mi nombre y apellidos. ¡Caaaaray!
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Esperarán ahora ustedes mi opinión respecto a dicha visión del conjunto de personas con quienes he compartido mayoritariamente mi vida hasta ahora. Y de mí, claro. Y de nuevo, como casi siempre, los dejaré intranquilos. 
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Es que sí, pero no (oh, pues, apaga y vámonos). Veo en muchos de los integrantes de mi generación, y me incluyo, todas esas características que la nota menciona. Trabajamos, y mucho, y somos mucho más conscientes de asuntos de importancia como el impacto ecológico, la diversidad sexual, la tolerancia y el respeto, la apertura de las conciencias, la multiculturalidad y su complejidad, mucho más conscientes, decía, que generaciones como la de nuestros padres, hermanos mayores o abuelos, a quienes, por ejemplo, eso de entender el valor de las diferencias nomás no se les dio -por regla general, claro, porque hablar de ésta o aquella generación requiere obligatoriamente meternos a todos en diferentes cajitas, y habrá siempre quien no encaje, a quien la sola nomenclatura de cierto periodo de años le venga guanga, quien requiera, por precisión estadística, de la formación de un grupo intergeneracional. Pero si así nos vamos no acabamos-. 
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Pero somos también el producto masivo de muchos intereses particulares que hicieron en nosotros un experimento. El punto álgido de dicha afirmación recae en la formación de un target específico que ha sido redituable como jamás ningún otro lo fue antes en la historia del marketing: el de los teenagers. Hablar de adolescentes en la generación X fue dejarlo todo en "incomprensibles y problemáticos". Movimientos musicales, culturales y sociales, surgieron de la adolescencia misma para mostrar la rebeldía, la búsqueda de la autoconsciencia y la definición de la personalidad, tres características propias de quienes aún no alcanzan del todo la mayoría de edad -mental y existencial, por supuesto, porque la legal es un asunto volátil, impuesto y fantasmal-. Con los Millenials, los grandes empresarios descubrieron al fin lo ricos que serían si pudieran llegar a ese segmento cantándoles en su idioma y manifestando como un valor indudable la incomprensión de la que son objeto. Sí, sí, pobres de ustedes, nadie jamás podrá saber lo difícil que es ser un adolescente.
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En respuesta a dicha búsqueda experimental, se nos dio a beber un brebaje de resultados hasta hace poco funestos. Por un lado, el consumo masivo como necesidad prioritaria. Entre más tengas, entre más digas que tienes, más serás eso que no sabes que eres. Más cerca estarás de ser, por fin, tú. Por el otro, la exposición a la marca como razón de ser, más allá de la necesidad que opera detrás de la adquisición de un bien o servicio. Si tiene marca, me va, me queda, me satisface. Eso ya se hacía antes, cierto, se ha hecho siempre. Pero jamás la aplicación de tales mensajes estuvo dirigida a un grupo tan fácilmente manipulable como el adolescente. Creada la zona de confort, los anunciantes, grandes operadores del nuevo status quo, siguieron manipulando su fórmula letal: se nos engendró el egoísmo ("just do it","las cosas como son", "obedece a tu sed") , la individualidad, el bienestar y el placer personal como metas mayúsculas de la actividad diaria. Si no se siente bien, si no te va, si no te cuadra, deséchalo y adquiere otro. Y aprendido el sonsonete, no nos quedó más que replicarlo en el resto de nuestras decisiones vitales: la carrera, la profesión, el matrimonio o la soltería, la amistad y los hobbies.
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Por ello, quizá con lo único que no concuerdo de la nota de Hugo Alberto Juárez es con ese asunto de que somos altamente proclives al trabajo en equipo. No es cierto. Preferimos hacerlo solos. Si bien nuestra convivencia es mucha y es cada vez más consistente, lo que requiere esfuerzo y responsabilidad de nuestra parte nos es más sencillo en solitario. Somos, pareciera que no pero sí, desconfiados de lo que otros pudieran hacer con nuestro nombre, nuestra presencia y nuestra esencia. De que algo pudiera cambiar lo que somos, ciscados al fin por una mercadotecnia que nos enseñó a defenderlo comprando. 
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Esta dinámica creó adolescentes caóticos. Nuestra iniciación a la edad adulta fue, en definitiva, un revoltijo mayor al que fue para las generaciones anteriores. Para ser "alguien", había que ser lo más parecido posible a Britney Spears, y lo menos posible a Alanis Morrisette. Con los años, claro, el mismo sistema implementado se preocupó por vender la diferencia como igualmente apetitosa, e hizo de lo diferente "parte de". Era igualmente deseable ser popero que rockero, fresa que "teto", gordo que flaco, feliz o infeliz: todo estaba permitido mientras consumieras algo. Por eso, cuando mi generación llegó a la edad adulta -ahora sí la legal-, y terminó la licenciatura que los mismos medios masivos le vendieron como producto definitorio, el resultado fue el shock: el mundo no sólo no era un binomio de bandas en continuo enfrentamiento, en absolutos negros y blancos, ni la licenciatura terminada aseguraba el éxito, ni el consumir de todo y a diario firmaba definitiva carta abierta para la felicidad. Había que, pues, retroceder el camino y recuperar lo que éramos. O, más fácilmente, reconstruir desde ahí. Esto explicaría, en parte, por qué Millenials con inclinaciones artísticas actuales han vuelto los ojos a las generaciones pasadas para, por ejemplo, expresar el amor. El trabajo musical reciente de Natalia Lafourcade, por ejemplo, no es casual. Ella misma lo ha dicho en entrevista: ante el agotamiento de las palabras, ante la pérdida de su lucidez -nunca mejor empleada esta palabra-, no va quedando más que ir a preguntarle a los abuelos cómo es que se hace el amor.
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Por eso movimientos con el de los indignados, o #Yosoy132, no están ausentes de cierta melancolía. Son, en esencia, la búsqueda sorpresiva y desesperada de entes de mi generación de elementos para hacerse de un espacio en el aquí y en el ahora. La edad adulta nos sorprendió vacíos, maltrechos sobrevivientes de una década de pantalones plásticos y sistemas de comunicación en aumento impostergable. Había que buscar un lugar, una conexión con el mundo, y había que hacerlo ya. Cuando abrí mi cuenta en facebook, hace cinco años, descubrí no sólo que jamás en mi vida había logrado comunicarme por completo, sino que el nacimiento de redes sociales de la naturaleza que hay ahora auguraba un destino todavía más tétrico para nuestras capacidades comunicativas. Las mías y las de mi generación. Si el mensaje de texto en el celular y el Messenger limitaron nuestras opciones mientras se nos vendían como métodos para ampliarlas, las redes sociales se nos presentaron como un reto y un arma de dos filos. Abandonamos el abrazo y nos volvimos expertos en la caricia del teclado (sin albur).
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Lo que veo ahora en los Millenials que conmigo conviven, en mis amigos, mis compañeros de trabajo, algunas de mis personas más cercanas, es una necesidad creciente de ese espacio. Nuestros padres y abuelos caían en esa necesidad cuando otra necesidad, casi biológica, los orientaba a la búsqueda de pareja -mayoritariamente, claro-, y la elección de esa pareja, junto con la profesión, definía su futuro. A nosotros nos pegó el hambre, nos sorprendió casi incapaces -hasta intelectualmente- de hacernos de medios personales para la supervivencia, y el Ipod y el Ipad y el Itunes y el Iphone no ayudaron demasiado. Nuestro reto es gigante, y parte sólo del progresivo despertar hacia la realidad -las realidades- que en toda su complejidad hemos iniciado desde hace unos años, gracias, hay que decirlo, a la influencia del Internet y su capacidad para traer noticias y hacernos a todos partícipes de ellas. Pensar se convierte, de pronto, en un artículo más de la canasta básica. El reto sustancial está en sabernos parte de un mundo que hasta ahora ignoramos, presas fáciles de un sistema que ya nos tomó, ya nos usó, y ahora pretende dejarnos ir sin saber ya qué vendernos, creando productos que acercan la adultez o prolongan la adolescencia -de lo cual, no lo dudo, extraerán pronto otro target-. Nuestro reto, decía, sale de despertar y continúa hasta entender que, si bien nuestra conciencia individual es básica, nuestro entendimiento social lo será aún más. Y que, si seguimos dormidos, las generaciones pasarán sobre nosotros entendiéndonos como fracasos de un experimento del que fuimos parte. Pruebas fallidas. Chin. Sentí ñáñaras. 
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Para reflexionar, pues.
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¡Salud!