domingo, 16 de diciembre de 2012

Talavera III.

Me despertó el último jaloneo con que terminaba de estacionarse la pesada mole de acero. Nunca me han gustado lo trenes. Papá insiste en que no hay maquinaria más perfecta, más precisa, más demostrativa del ingenio humano. Y luego agrega, inflando el pecho como gallo en cortejo: “Nuestra Revolución se hizo en tren”. Y marca la r tanto que no hallo más que pensarla en mayúsculas. Pero yo desconfío de ellos. Me parecen exagerados, pesados, monstruosos, un desperdicio de metal. Por eso cuando me mandó con dos de sus hombres de confianza a la estación en Guadalajara, recibí la noticia, casi una orden como todo lo que sale de su boca, con una sonrisa de desdén. Lo hice a propósito. Él había estado insistiendo en la necesidad “urgente” de mandarme con la tía Carmen. Envió telegramas, telefoneó toda la semana, con una terquedad que me pareció sospechosa. Me conoce. Sabe que si se impone, si terquea conmigo, obtiene de mí una negativa mucho más rotunda que la que obtendría si accede a negociar. Por eso estuvo la semana entera en las sobremesas, en las visitas a los conocidos, en sus entrevistas con cuanto hombre de corbata y zapato de charol pisó la casa, mencionando el tema como una ocurrencia pasajera. “Le digo a Marissa que sería bueno que pasara unos meses con la familia de Clara, que en paz descanse” “¿En la capital, mi general? ¡Pero no es ése lugar para una señorita de su edad!”, contestaban casi todos, mientras yo, taza de porcelana en mano, pies cruzados, mirada baja, moño redondo en el chongo, rubor apenas perceptible, reía por lo bajo. “Creo que estar lejos de casa le haría valorar un poco más lo que tiene. Además qué mejor momento que ahora, que terminó sus estudios y no tarda en ser pedida”. Con “ser pedida” papá se refiere a algo menos que ser raptada. No lo dice, hombre reservado al fin, pero mis dieciséis le parecen una edad más que adecuada para pactar un matrimonio por conveniencia. Yo igual río. Y cada vez que lo hago, como cuando sonreí con desdén ante su ordenanza de partir, papá carraspea, golpea con el puño la mesa o el escritorio, se encienden sus ojos, tiembla su bigote, sus fosas nasales se abren gigantes, como un par de norias. Pero nada más. Toma aire y se calma. Agacha la cabeza, y bajo el bigote alcanzo siempre a distinguir una sonrisa de rendición. Con mis medios hermanos y mi hermano en el extranjero, o casados y haciendo sus cosas, a veces creo que papá es conmigo más abuelo que padre. Sus manos no me tocan más que para acariciarme, no mucho, y su voz no se alza más que para decir lo que hay por hacer, con órdenes que yo interpreto siempre como sugerencias. Pero luego lo veo en La Concordia, los fines de semana que me deja acompañarlo a supervisar el pastoreo, o en las imprentas, que visita una por una cada lunes paseándonos por la ciudad, o en las papelerías, cuyo logo diseñó él mismo pensando en un gran compás y una gigante escuadra que trazan una perfecta P, así mayúscula, en cada marquesina, cada bolsa de papel, cada remisión de entrega. “Papelerías Pinteros”. Lo veo entre las máquinas automáticas, alemanas, que suben y bajan una y otra vez en un acelerado y acompasado fluir de tuercas y tornillos, y en cada subida y bajada estampan una página entera sobre el papel. Lo veo hablar tras el mostrador, con cada administrador, cada gerente, cada encargado, cada capataz, y comprendo que no es conmigo como con los demás. Y he de confesar que esa distinción particular que tiene hacia mí me halaga, me obliga a veces a no cuestionarlo en nada. Sólo reír, un poco, para hacerlo enojar también un poco, y luego ver su calma llegar como un regalo que me hace a mí, “la menor de mis luces”, dice, su calma que es un presente personal. Por eso cuando abrí los ojos, sentada en el vagón de primera clase, pensé que con acceder a su imposición de mandarme a esa capital de la que tanto todos hablan, esa ciudad que Miss Marriot tras sus bifocales, sus faldas rectas y sus erres pronunciadas como eles, tacha de “inmoroal”, me ganaba un poco más de su calma, y con ello un poco más de su cariño. El sol me deslumbró y mi primera sensación fue la de estar lejos de casa. Me abrazó el ruido, aún sin salir del vagón, el ruido y el bullicio. La estación me pareció el estómago ardiente de un monstruo mitológico que se sobrecoge en medio de una digestión dificultosa. Tras el cristal, conforme mis ojos se acostumbraron a la luz tras el sueño, se dibujó frente a mí un andén por completo distinto al que dejé en Guadalajara, unas diez horas atrás, dónde un guardavías incluso se tomó el tiempo de ayudarme a subir mi equipaje de mano al vagón. Gente yendo y viniendo, maletas de todos los tamaños cruzándose entre piernas, brazos, carretillas y sombreros. Trabajadores ferroviarios, con sus boinas y sus overoles, andando de un lado a otro con sacos, pinzas, ajas y barras metálicas, tubos, palas, sus frente sudorosas, sus brazos marcados, sus rostros en expresión de un agotamiento tan intenso como las fuerzas que no los dejan parar, me recordaron a los peones del rancho de papá. La misma mirada agotada, la misma mueca rígida en los labios, el mismo ceño fruncido bajo su respectiva ceja marcada. Y alrededor de ellos, parejas que se abrazan, padres que cargan a sus hijos, rebozos y sombreros tras los que se esconden bocas que se besan, bocas que gesticulan. Tanta gente, en tanto espacio, que llega un momento en que, al menos a mí me pasó, una deja de ver personas y ya sólo asiste al espectáculo populoso de un montón de sacos, corbatas, faldas, pendientes, botas, piernas, bigotes y bolsos. Recuerdo que me mareó el ajetreo, y clavé ansiosamente mis dedos en el descansabrazos del asiento al pensar que tendría que bajar en un momento más a formar parte de él. Me sobrecogió la voz de un mozo de a bordo que entró al vagón para apresurar la salida, a gritos de “Estación Buenavista, señores, señoritas. Estación Buenavista”. Abrió los compartimentos y algunas cajas de sombreros cayeron al suelo, entre las voces indignadas de las damas. Detrás de mí, una mujer rubia a quien en la parte del encamino en que no dormí escuché hablar con su acompañante en un perfecto inglés, pronunció un “Awful! I told you, my dear, this mexican people doesn’t travel on donkeys anymore just ‘cause they don’t want to clean the shit”, que pasó al parecer desapercibido para la mayoría de los viajantes, salvo un par de señoras de andar pomposo que, al pasar rumbo a la salida, le dirigieron una mirada de indignación. Tomé mis cosas y salí al andén. Afuera, la luz del día que se colaba por entre los espacios abiertos de la construcción, me cegó de nuevo. Sentí aún más estar en las entrañas de una bestia. Miré al norte, dónde gigantescos arcos permiten el acceso de los trenes. Me pareció ver las fauces abiertas y dentadas de un leviatán postrado a pleno sol. Arriba, con los muelles y arcos de acero que sostienen el techo, apareció ante mi vista el costillar del mismo ser titánico. En plena contemplación, el mar de gente caminando en todas direcciones me arrastró sin misericordia. Acostumbrados a ser llevados sólo por mi voluntad, mis pies se cruzaron, y lo único que atiné hacer fue solar mi equipaje de mano y poner mis manos contra el suelo de la estación. La gente, presurosa, no se detuvo. La entraña de la bestia me devoraba, y yo sentí convertirme en uno más de los tacones de las señoras, las medias corridas, los calcetines oscuros, los zapatos de agujeta, los pantalones de casimir. Me sobrecogió la posibilidad de desaparecer en medio de aquella marabunta, y pensé que papá mataría a la tía Carmen al saberme desaparecida, convertida en un par de piernas condenado a vagar sin fin en las entrañas del monstruo de acero. De pronto, una mano me tomó por el hombro y me levantó. Frente a mí, un rostro enflaquecido y bigotón en mitad de un marco que formaban un sombrero pasado de moda y una corbata de moño, me recordó los cromos de Francisco I. Madero que he visto en el despacho de papá. “Señorita Pinteros”, me barrió de arriba abajo con la mirada. “Debe usted andarse con cuidado. Está ya en la ciudad de México, y aquí a los provincianos distraídos se los come el vaivén del progreso”. Sonrió bajo el bigote y me ofreció su mano. “Antoine Novak, amigo de la familia de su madre y servidor”. El sujeto tomó mi equipaje y tuve que aducir que la media vuelta exagerada y el golpe de tacón que dio significaron un sencillo “sígame”. Caminando a contracorriente detrás de él, mientras explicaba que ése no era sino un viejo andén, usado de improviso en lugar de los más modernos, construidos hace unos años un poco más al norte, debido a la sobrecarga de llegadas, los rostros de las personas me parecieron escalofriantes, como los de un ejército fantasmal condenado a vagar en mitad de algún círculo del infierno. Al salir del andén, una vez más me golpeó la luz del sol. Asaltó mi vista el movimiento de los carros, de todas clases y colores, yendo y viniendo por la avenida frente a la construcción. El fluir del estacionamiento, chico para la cantidad de gente que entraba y salía de los andenes, me recordó el chocar pesado y dispar de las reses alebrestadas en los corrales de papá. El ruido, una constante desde que abrí los ojos en el vagón, atacó como nunca mis oídos al dejar el umbral de la estación. Los pitos de los automóviles, el cada vez más lejano motor de los trenes, los gritos de los acomodadores, el chocar de fierros, ruedas y cadenas en los patios de maniobras, las sonoras carcajadas de dos indios borrachos en mitad de la acera, el chillar de las llantas, el crujir de la grava suelta en el asfalto, me hicieron sentir mareada de nuevo. Me apoyé en un buick negro, igual al que le regaló papá hace dos navidades a mi hermano Andrés. Mi acompañante quitó el seguro y abrió la puerta. Mi rostro debió llamarle la atención. “Es la altura”, me dijo en mitad de una mueca, “se acostumbrará en un par de horas”. Entré en el automóvil, y puse mis manos sobre mis orejas, intentando detener la vorágine de los sonidos. Me sentí atacada, presa de una multitud de estímulos que me devoraba aún con más violencia que el leviatán de la estación. “Si tiene usted calor puede bajar la ventanilla”, sugirió el señor Novak, y le tomé la palabra, pensando en la posibilidad de que un poco de aire calmara mi ansiedad. “Le parecerá anticuado, pero las veces que me han ofrecido cambiarlo me he rehusado terminantemente. ¿No cree usted que hay un valor incalculable en las cosas del pasado?”, me compartió, refiriéndose al coche. Esperó mi respuesta, pero al notar mi aturdimiento, que intenté borrar tras una sonrisa cortés, destrabó el freno de mano y se metió en el fluir de los autos. A mi alrededor, los coches pasaban a toda velocidad. La calle era un río salvaje en mitad del cual el buick del señor Novak intentaba sólo no volcarse con el vértigo de la corriente. El viento, entrando en fuertes ráfagas por la ventanilla abierta, me golpeaba duro en la cara y alborotaba mis cabellos. Podía sentir la maraña de pelo que se formaba ya en mi cabeza, y que apenas alcanzaba a notar en el retrovisor. Al cruzar las calles perpendiculares, distinguía sólo aceras llenas, gente parada por todos lados, edificios gigantes, ventanas circulares, puertas de acero y esmerilado abriéndose, vidrios y herrerías con formas nunca vistas. En el gigante espacio en blanco que dejó un cruce con lo que me pareció otra avenida, vi pintarse en el horizonte, en mitad de una plaza larga y despoblada, un arco gigante con una bóveda de bronce como techo. Recordé el lucifer de Dante, en lo más profundo del averno, con sus piernas perdidas, y me pareció que eso que estaba ahí, a un par de cuadras, era justamente ese par de extremidades descomunales, extraviadas en mitad del altiplano. Llegamos luego, tras más edificios gigantescos, más aceras llenas, más gente en todos lados, más ventanas, puertas, esmerilados, aceros, vidrios y herrerías, tras árboles y pórticos, balcones, arbotantes, cables y tinacos, a otro río de dos direcciones. “El Paseo de la Reforma, señorita Pinteros. Trazado por Maximiliano como ruta directa a Palacio Nacional, y embellecido por la afrancesada mano de don Porfirio. Una belleza, ¿no le parece?”, narró el señor Novak desde el volante, midiendo con lentitud el espacio exacto para incorporarse al fluir de ese otro río salvaje que me pareció el Paseo. Me sorprendió verme repentinamente rodeada de árboles y arbustos. Los automóviles me parecieron canoas veloces moviéndose sobre el agua entre las dos riveras de altos y frondosos guardianes, dos riveras sobre las que miran el fluir del agua decenas de estatuas cuyos nombres y rostros no he alcanzado a distinguir. En medio del río, un alargado islote con cactus altos y esféricos espinosos. El señor Novak me señaló un indígena de alto penacho, lanza al hombro y mirada sombría al infinito, parado en una gran isla en mitad del Paseo, sobre una columna con motivos aztecas custodiada por ocho felinos de crecida y encrespada melena. “El monumento a Cuauhtémoc. De lo más nacionalista”. Más adelante, entre edificios cada vez más grandes que se levantan sobre el arroyo como imponentes vigías, cerros de ventanas, torres de acero y vidrio polarizado, una simple palma. Como nunca, sentí estar en mitad de un paraje selvático. La sirena de una ambulancia resonó a mi lado, y pensé en un bote salvavidas enviado en mi auxilio. “La palma es la única glorieta viva del Paseo. Seguro pronto la remplazarán por alguna efigie más apropiada”, sentenció el señor Novak, sin disimular su desagrado, señalando la palmera de ramas abiertas y grueso tronco que se yergue en pleno tráfico, como soberana coronada en mitad de su propia isla. Una flota de tranvías y trolebuses nos alcanzó por la derecha, y su repentina aparición me sobresalgó. Seis, uno tras otro, como enormes monstruos marinos de docenas de ojos, miraron el pequeño buick del señor Novak con actitud displicente. Me pareció que lo golpearían y sacarían del arroyo, en pleno uso de la facultad con que los dota la selección natural, la ley del más fuerte. “Y ése, señorita Pinteros, es el Monumento a la Independencia, con su Victoria Alada y sus cuatro sedentes: paz, ley, justicia y guerra, en bronce, y sus héroes, nuestro héroes, en mármol blanco. Observe los detalles de la columna, las ramas de olivo y laurel, el león y el niño, los obeliscos y los faroles”. Mis ojos no pudieron más que quedarse en el Ángel. En la punta de la columna, dorado y resplandeciente, alza semidesnudo la corona de la victoria. En su mano izquierda, descansa la cadena de la opresión despedazada. Su mirada al oriente es la de la esperanza, y la pose de sus pies y sus alas, como arrancando el vuelo, son los de la entrega confiada en el porvenir. Pensé en el viaje, en mi viaje, en este viaje, y aunque sigo extrañando mi casa, el Paseo ya no me pareció tan extraño. Las canoas fueron carros, y los monstruos de docenas de ojos grandes pero simples tranvías y trolebuses. Los árboles y arbustos sólo precisos testigos de las laterales, y el alargado islote con cactus un camellón de inspiración desértica. El insistente ruido de la ciudad se detuvo, o al meno dejó de atormentarme. El gesto sereno del Ángel tranquilizó también mis sensaciones indispuestas. A la sombra del Ángel, creo ahora, restauré mi seguridad. Cuando llegamos a la casa de tía Carmen, una mansión de altos techos y ventanas de mosaico en la calle Durango, en la colonia Roma, mi corazón deseaba, como lo hace ahora mientras escribo estas líneas, volver atrás y contemplarlo todo de nuevo. A la sombra del Ángel, claro está. 

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